• No results found

1. Background

1.2 Existing Educational Models

1.2.2 Project-Based Learning and The WPI Plan

Nunca es fácil aislar el instante en que una sociedad deja de progresar y empieza a decaer. Los factores implicados son tan numerosos, y se refieren a fenómenos en etapas de desarrollo tan diversas, que la vigorosa expansión de una esfera bien puede coincidir con la decadencia ya avanzada en otra. Pero, si existe tal momento en la historia del Imperio romano, corresponde al año 117 d. de J.C., cuando Adriano sucedió a Trajano en el Principado.

Bajo Trajano, el Imperio logró su máxima expansión territorial: en ese momento se incorporaron al Imperio Dacia, al otro lado del Danubio, y Armenia y Mesopotamia, al otro lado del Eufrates. Los primeros propósitos de Trajano fueron estratégicos; al anexionarse a Dacia estaba replicando a la injerencia de su rey, Decébalo, quien había obligado a Domiciano a pagar danegeld, mientras que en su política oriental estaba buscando una solución radical al conflicto secular con Partia. Al mismo tiempo, esta política militar coincidió con el movimiento económico general hacia fuera. Porque la zona comercial clásica era más grande que el Imperio. Desde tiempos de Claudio, es posible identificar varias grandes zonas comerciales, no aisladas unas de otras, sino incluyendo dentro de sus límites (que podrían abarcar varias provincias administrativas) la mayor parte de su comercio. De esta forma, España, Germania y Britania estaban agrupadas en torno a la Galia. En África, las provincias desde Mauritania hasta Cirenaica se encontraban juntas. Una tercera agrupación, que perdía cada vez más su fuerza económica, estaba compuesta por Italia, junto a las islas de Sicilia, Córcega y Cerdeña. Anclado a este bloque por el comercio de Aquileya quedaba el grupo del Danubio, desde Recia, en el oeste, hasta Dacia (y el sur de Rusia), en el este. De modo semejante, Grecia, Macedonia, Tracia, Asia Menor y Armenia estaban ligadas por antiguas tradiciones y por la cultura helénica, además de por el comercio; y otro bloque comprendía Siria, Babilonia e Irán, una región medio-romana y medio-parta en su alineación política. Tarde o temprano, era probable que se intentara unir el mayor número posible de territorios de este bloque oriental dentro de las fronteras políticas de un lado u otro; y ésta fue la tarea que realizó Trajano.

Al hacerlo, sin embargo, Trajano estiró los recursos financieros y militares del Imperio hasta el punto de ruptura; e incluso antes de sucederle Adriano hay pruebas de un cambio de política. Ahora parece que las regiones más al sur conquistadas por Trajano (si de hecho estuvieron alguna vez firmemente en manos de los romanos), el distrito de Parapotamia, entre el bajo Tigris y el Eufrates, y la ciudad de Dura, ya habían sido devueltas al nuevo rey de Partia antes de la muerte de Trajano. Adriano continuó esta política revisada, abandonando los demás territorios al otro lado del Eufrates; y con una política de consolidación pacífica trajo al Imperio el alivio que se refleja en la prosperidad de la pax Hadriani. Como un segundo Augusto, Adriano viaja por el Imperio, supervisando sus efectivas disposiciones fronterizas y organizando sus provincias con una solicitud enteramente admirable. Pero los límites que de esta forma se pusieron a la expansión del Imperio eran un indicio fatal de que se había alcanzado la cima de su energía creativa.

El crecimiento del Imperio había sido parte de un proceso de unificación política, que correspondía a la unificación económica del mundo antiguo; desde este punto de vista, Julio César y Augusto fueron, como vimos, los sucesores directos de Alejandro Magno. Se ha afirmado que, de haber vivido, César habría intentado extender las fronteras aún más, y llevar a cabo el programa de Trajano un siglo y medio

antes. Sea como fuere, lo que está bastante claro es que en tiempos de Trajano una expansión más amplia era una tarea que los recursos del Imperio ya no podían sostener. De hecho, Adriano y sus sucesores se encontraron en un dilema. El movimiento de descentralización económica hacia la periferia del Imperio suministraba un incentivo para extender las fronteras aún más lejos, y para anexionar a Roma las regiones que disfrutaban ya de estrechos lazos comerciales con el Imperio. De esta manera, quizá habría sido posible abrir todavía nuevas áreas de comercio exterior para compensar la ausencia de un profundo mercado doméstico derivada inevitablemente de la estructura de la sociedad antigua. Pero sin algún aumento en la productividad general, tal expansión sólo podría haber conducido a una descentralización mayor, dejando que las zonas interiores del Imperio sufrieran el mismo destino que Italia; y el costo de la administración y el reclutamiento de tropas para una frontera ampliada habrían acentuado la presión sobre los ciudadanos del Imperio, que ya había empezado a ser crítica. De hecho, las tendencias que ya hemos investigado habían puesto —durante el siglo y medio que separó a Julio César de Trajano— fuera del alcance de la política práctica cualquier expansión de esa índole.

A lo largo de todo el período que va desde el siglo I hasta los tiempos de Marco Aurelio (161-80 d. de J.C.), hay claros indicios de una disminución de la población; una comparación de las cifras procedentes de Egipto y Palestina con las cantidades pagadas en relación con la manumisión de esclavos en Delfos durante el mismo período, muestra una baja general de precios, junto a una subida de los salarios: fenómenos que juntos confirman el cuadro general recogido en las fuentes literarias, de una disminución global en la población del Imperio. Además, como en Grecia durante la crisis del siglo II a. de J.C., la burguesía en particular se negaba a tener hijos. Queda claro que esta tendencia empezó temprano, si nos fijamos en la legislación promulgada por Augusto contra ella, legislación que no habría sido reafirmada constantemente y no habría mantenido su vigencia durante tres siglos si las autoridades no la hubieran considerado importante y, por lo menos parcialmente, eficaz. De igual manera, por razones que hemos de considerar en breve, las clases más ricas de las ciudades se negaban cada vez más a aceptar sus responsabilidades militares para la defensa del Imperio; incluso los cargos administrativos comunes, que sus antepasados ocuparon con orgullo, les parecían ahora una carga financiera que no estaban dispuestos a asumir. En resumen, los recursos y la mano de obra potencial del Imperio ya no eran adecuados a las exigencias que se les imponían, y mucho menos a la prosecución de la política expansionista de Trajano, que desde muchos puntos de vista era el desarrollo lógico del Imperio.

La disminución de la población y la contracción de los recursos no estuvieron acompañadas, desafortunadamente, por una reducción en el costo de la administración imperial. Un Imperio que se extendía de Northumberland al Eufrates, de los Cárpatos al Sahara, no podía reducir sus gastos por debajo de cierta cantidad mínima. Había que enviar gobernadores, recaudar impuestos, poner guarniciones fronterizas; el Imperio necesitaba del servicio de policía, había que limpiar sus aguas de piratas, mantener en orden los caminos y conservar los correos imperiales. De la amplia red de ciudades que eran guardianes de la cultura antigua, cada una tenía sus propios problemas locales de administración municipal, su consejo de decuriones, con un cierto prestigio que mantener mediante la construcción de edificios apropiados y la provisión de festividades y beneficios; y el sostenimiento del nivel cultural romano exigía en toda esta amplia región el suministro adecuado de las comodidades de la vida civilizada —baños, gimnasios, teatros, anfiteatros, escuelas de lucha cuerpo a cuerpo, acueductos, casas consistoriales, arcos ceremoniales, sepulcros labrados, columnas triunfales, plazas de mercado, columnatas y templos—, consideradas todas ellas esenciales para la vida en plenitud de un ciudadano romano. La vida en las ciudades se caracterizaba siempre por el despilfarro. Se ha señalado que el mundo antiguo no sólo fracasó en el desarrollo de la productividad del trabajo, sino que tampoco consiguió crear el puritanismo que tantas veces ha crecido al lado de ese desarrollo. El rico de la ciudad malgastaba sus riquezas o las invertía en terrenos: ni en un caso ni en el otro aumentaba la riqueza de la comunidad. Además, los costos de la corte, con sus lujos y sus concesiones de «pan y circo» a la mimada metrópoli, no eran de ninguna manera una partida insignificante del presupuesto imperial; y cuando, en los siglos III

y IV, la administración fue subdividida, y había que mantener nada menos que cuatro cortes simul- táneamente, la carga se hizo casi insoportable.

El Imperio, en tiempos de contracción económica, no poseía ya más recursos para pagar esta pesada cuenta. De hecho, el endeudamiento privado estaba tan generalizado que desalentaba la actividad económica, y en el año 118 d. de J.C., Adriano estuvo de acuerdo en cancelar una deuda incobrable al tesoro público por la cantidad de 900 millones de sestercios, y después dejó de cobrar muchas cuentas pendientes. Pero cuando los ciudadanos del Imperio no podían pagar, la remisión de deudas no era, evidentemente, una solución permanente. El problema era sencillamente que había que vivir con menos gastos; y toda la cuestión financiera pasó a ser cardinal desde el siglo II. Más pronto o más tarde había que obligar a los contribuyentes a conseguir lo que exigía el Estado; lo que a su vez implicaba que el Estado debería hacerse más fuerte, ya que, en su nuevo papel de extorsionador, tenía que convertirse de forma creciente en enemigo del hombre común. En los primeros años del Principado, la política había consistido en animar a las ciudades de Italia y del Imperio a que tomaran a Roma como modelo y dirigieran sus propios asuntos. En Oriente, el sistema griego de mantener una asamblea primaria, un consejo elegido para un período corto y magistrados anuales, había sido abolido gradualmente en favor del tipo de organización municipal romana, que, como ya hemos visto (página 36*), podía, por medio de

su asamblea controlada y su consejo vitalicio, restringir las actividades de los magistrados elegidos y ase- gurar que el verdadero poder estuviera en manos de los ricos. Esto implicaba un tipo de asociación entre el gobierno de Roma y las familias ricas de los municipios. Pero con el crecimiento de la burocracia y de esas características de la administración que consideramos actualmente como signos del «estado policiaco», esta alianza se rompió. Es triste pensar que los emperadores se vieran obligados a extraer de sus súbditos por la fuerza las rentas que en los días más vigorosos de la República se sacaban del botín de las guerras extranjeras, y que la contrapartida de la pax Romana fue la extorsión legalizada.

Ambos, Trajano y Adriano, están considerados como dos de los «cinco buenos emperadores». Personalmente, sus caracteres dejaban poco lugar para la crítica; estaban sumamente interesados en el bien del Imperio y trabajaban sin cesar en favor de él. En opinión de Pausanias, que vivió en tiempos de sus dos sucesores, Adriano fue el gobernante «que dio lo sumo a todos para la felicidad del mundo». Pero fue precisamente bajo estos dos emperadores cuando aparecieron los primeros indicios desagradables de la tiranía burocrática. Si dejamos a un lado un ejemplo dudoso del año 92 d. de J.C., el primer uso de comisionados especiales para supervisar los asuntos internos de las ciudades se produjo en época de Trajano. Estos curatores se preocupaban en particular de las ciudades libres e informaban directamente al emperador. Desde los tiempos de Adriano, aumentó su número y se desarrolló cada vez más la tendencia a nombrarles para supervisar cada uno a una ciudad determinada. Ya a comienzos del siglo III había pasado a ser un cargo oficial normal, que finalmente se otorgaba a un habitante de la localidad y que degeneró en una magistratura más. Pero ya en esta época se habían inventado nuevas formas de control y coerción. También bajo Trajano encontramos el crecimiento de un sistema de arrendamientos estatales obligatorios y el reclutamiento compulsivo de funcionarios locales para los grados medios y bajos del servicio civil.

De todas formas, bajo Adriano apareció un fenómeno más odioso: la policía secreta y los delatores, que surgieron por degradación de los funcionarios de comisaría conocidos como frumentarii. Mientras aumentaba la presión sobre las ciudades, naturalmente aumentaba también la resistencia de sus habitantes, y esto llevaba, inevitablemente, al nombramiento de más empleados de la administración civil y más espías. Todavía no había llegado el momento en que Lactancio se quejaba amargamente de que había más gente viviendo de los impuestos que pagándolos; pero se habían dado los primeros pasos, y desde los tiempos de Adriano este cuerpo de policías secretos funcionó sin interrupción hasta su modificación por Diocleciano. El hecho de que fuera un emperador tan ilustrado como Adriano quien lo introdujo sugiere la idea de que había algún grado de inevitabilidad en su desarrollo. Al mismo tiempo, el gobierno intentaba conservar el apoyo de las aristocracias locales; hay algunas pruebas, en especial procedentes de las provincias de Asia Menor, de que tras la fachada de la prosperidad de los siglos I y II había un

descontento popular serio y aguzadas diferencias sociales. Conocemos la existencia de conflictos de clase en Esmirna, Rodas y Sardes, de motines e incendios premeditados en Prusa; y se ha sugerido, con visos de verosimilitud, que el gobierno imperial, incapaz de hacer concesiones radicales al pueblo, que habría preferido comida más barata y juegos circenses a complejos programas de edificación, intentó de- liberadamente apoyar la casta de la aristocracia local, como un aliado útil, con concesiones de rango senatorial. Pero esto tendía a separarles de la suerte de sus ciudades, y así hacía aún mayor la carga sobre los que seguían siendo responsables de la administración y los impuestos locales.

Por eso, ya en el siglo II, bajo los rosados colores del régimen antoniniano, las debilidades y las tensiones estaban en pleno desarrollo. En el siglo III la crisis se hizo abierta y catastrófica. Los leves rumores a lo largo de las fronteras del nordeste, que a fines del siglo II d. de J.C. se habían vuelto suficientemente fuertes para sacar al filósofo Marco Aurelio de su estudio, camino del campamento, es- tallaron por fin, ahora en el desastre de una invasión bárbara de gran alcance. En esta emergencia, todo dependía del ejército. Pero, por varias razones, el ejército ya no era digno de crédito. La idea de un emperador elegido era una constante incitación a los ambiciosos líderes militares, y éstos con frecuencia podían aprovecharse de la fidelidad de las tropas, para las cuales la lealtad al Estado estaba desprovista de sentido. Esta salida resultaba aún más fácil porque los mismos ejércitos se reclutaban cada vez más entre los bárbaros. Desde el temprano Imperio encontramos una política constante (y no exenta de éxito) encaminada a asentar a pueblos fronterizos en territorio romano; así, el gobernador de Misia bajo Nerón, Tiberio Plautio Silvano Aeliano, se atribuyó el mérito de haber transportado a 10.000 hombres del otro lado del Danubio. Hombres como éstos formaban las tropas que el Imperio ya no tenía dinero para reclutar entre los sectores de confianza de la población en las provincias más avanzadas; y en la lucha contra los bárbaros, su técnica era con frecuencia mejor que la consagrada por la tradición romana. Pero la técnica no podía reemplazar a la lealtad y la fiabilidad, y un ejército barbarizado, pronto a rebelarse al mando de un general ambicioso, ya no era la fuerza apropiada para guarnecer el Imperio.

Se desbarató la maquinaria del gobierno; la guerra civil dio origen al caos; los emperadores se duplicaron, y las invasiones siguieron una tras otra con una regularidad tenebrosa. Los asaltos de los marcomanos y los cuados en el año 166 d. de J.C. fueron sofocados por fin, después de grandes esfuerzos, pero la rebelión de Avidio Casio en Oriente impidió un acuerdo final. En el siglo III, la amenaza principal venía de los godos, quienes habían aprendido las artes militares de los nómadas de las estepas durante su estancia cerca del mar Negro. Pero, además, había problemas en otras provincias. Ya en el año 173 d. de J.C. los moros habían saqueado España; y en Oriente un nuevo enemigo se levantó en la Persia sasánida. A mediados del siglo III, el emperador Galieno se rebajó al punto de tener que tomar como esposa a la hija del rey de los marcomanos y de conceder las insignias consulares a un jefe de los feroces hérulos, quienes devastaron Grecia y los Balcanes en el año 267 d. de J.C. Galieno derrotó a los alamanes en Milán en el año 258 d. de J.C., pero tuvo que abandonar el control de Recia y de lo que es ahora Baden.

Casi al mismo tiempo los francos penetraron en la Galia, conquistaron más de sesenta ciudades e hicieron de esta provincia una base para incursiones a lo largo de la costa española. Más al este, los godos pasaron por Misia y Tracia para saquear muchas de las antiguas ciudades de Asia Menor, incluyendo Calcedonia, Nicomedia, Nicea y Prusa. A pesar de los esfuerzos de los emperadores, las defensas imperiales resultaron insuficientes; y demasiados miembros de la clase gobernante no se dieron cuenta del significado de lo que estaban presenciando. Un retórico de fines del siglo III comenta cómo los bárbaros cautivos pasaban por las ciudades, convertidos en objeto de ridículo para los ciudadanos que, un día antes, habían temblado ante su cercanía, y ahora preveían su transformación en campesinos inofensivos que regatearían en el mercado y venderían sus productos, con lo cual se elevaría el nivel de vida de los habitantes de la ciudad. Mentes como éstas no habían empezado a entender lo que le estaba ocurriendo a la civilización romana.

Para muchos, el mismo ejército parecía un azote más grande que el enemigo. De lo que es ahora Aga Bey Köy, en Anatolia, llegó la siguiente súplica de arrendatarios imperiales a algún emperador del siglo III, contra las amenazas de la policía militar (colletiones):

Para decirle a Su Divinidad la verdad, a menos que su divina mano derecha ejerza alguna justicia por estos males y traiga ayuda para el futuro, los de nosotros que quedamos, incapaces de sufrir más la codicia de la policía militar (colletiones), tendremos que abandonar nuestros hogares ancestrales y sepulcros familiares, y mudarnos a la propiedad privada para preservarnos; porque los malhechores se inclinan más a perdonar a los habitantes de ésta que a los agricultores de Su Divinidad.

Súplicas semejantes llegaron a Gordiano III en el año 238 después de Jesucristo, procedentes de los campesinos de Scaptopara, en Tracia; y de Libanios, en el siglo IV, sabemos de agricultores que se volvieron bandoleros por pura desesperación. Las ciudades y las aldeas sufrieron igualmente bajo este azote, y de diversas partes del Imperio vinieron estas súplicas patéticas al Emperador, quien, según creían, todavía podía salvar a su gente si conociera los hechos.

Las clases bajas eran las que soportaban todo el peso de esta carga. Durante algún tiempo, la clase alta vivió de su capital y logró transportar los intolerables apuros a las clases que ella misma explotaba; hasta que las masas, acosadas más allá de lo que podían soportar por los fuertes impuestos, la regimentación y