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DEVICE CONFIGURATION IDENTIFY B1h/C2h, PIO Data-in 1 Feature Set

7 Command Descriptions 7.1 Overview

7.10 Device Configuration Overlay (DCO)

7.10.3 DEVICE CONFIGURATION IDENTIFY B1h/C2h, PIO Data-in 1 Feature Set

A la hora señalada enfilé a la reunión en cuestión.

Me atendió en la puerta un cincuentón dem asiado bronceado, que de la borrachera no lograba em bocar la llave en la cerradura. Me tuvo que pasar la llave a través de la reja para que m e abriera el portón yo misma, m ientras él entraba presuroso a rellenar su copa. Pero ya era auspicioso que m e hubiera abierto un hom bre, y no tres mujeres decepcionadas de que yo no fuera hombre.

El clim a adentro no podía ser mejor. Una cantidad de hom bres ele­ gantísim os, todos dem asiado bronceados y perfum ados, llenaban las copas de m ujeres de veinte o treinta años m enos que ellos, bellas, finas y peinadas de peluquería. Al parecer, ahí estaban los trece abuelitos que faltaron en el crucero para solos y solas. Pero, repito, al m enos eran hom bres.

Encuentros de solos y solas

El único hom bre joven y apuesto de la noche era el discjockey, que estaba tan ocupado en un rincón haciendo e! am or con sus propios decíbeles, que le daba lo m ism o estar rodeado de mujeres solas o de patos solos.

Traté de acercarm e a él, para descubrir que no hay nada m ás frus­ trante que hablarle a un hom bre con orejas tapadas por auriculares del tam año de dos guantes de boxeo. O sea que mis esfuerzos por ser escuchada fueron los m ism os que obtuve con los últimos doce hom bres de mi vida.

Antes de que alguien pudiera presentarse ante los dem ás, nos em ­ pujaron al salón de baile (una sala de estar con los m uebles corridos contra la pared), do n d e los m ás sobrios se lanzaron a m e n e a r sus caderas, m ien tras que los d em á s d e m o strab an su creciente índice de alcohoiem ia haciendo extraños pasos en ocho. Las m ujeres m ás jóvenes bailaban co m p itien do en sensualidad, m ientras que las de m ás de treinta nos q u ed am o s cerca de la cocina com iendo todo lo que traían a domicilio: pizzas, pasteles, em panadas, sushi, y algunas cajas m isteriosas que ni siquiera llegamos a abrir. Había m ás com ida

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Ana von Rebeur

que la necesaria para alim entar al ejército chino. Cada mujer se había esm erado en llevar su especialidad para cautivar a los varones, pero el dueño de casa —que desconfiaba de las m ujeres y por eso vivía solo— había tom ado la precaución de encargar com ida a los cuatro puntos cardinales.

Como nos quedam os sin hom bres que nos rellenaran las copas o que descorcharan m ás botellas, las m ujeres que hicimos el búnker en la cocina nos aprovecham os del último recurso de la mujer abandonada: dar lástima.

Nos quedam os paradas en la sala de baile con cara de desolación, la lengua seca fuera y la copa vacía. A cada hom bre que pasaba le de­ cíamos:

—Por favor, ¿me traerías algo para beber?

—¡Sí, por supuesto! —nos dijo el único que nos escuchó, m ientras se balanceaba al ritmo de la m úsica, o del whisky—. ¿Qué quieren, precio­ sas? ¿Vino blanco, vino tinto, cham paña, whisky, gaseosa?

—Para mí, vino tinto. Gracias —le dije. —Cómo no, ya te lo traigo.

Pasó un buen rato yf de golpe, vi al m ism o gentil hom bre bailando en trencito con las m anos en la cintura de una pelirroja que levantaba el culo hasta ponérselo casi debajo de la nariz.

—iEy! ¡Me dejaste sin bebida! —alcancé a gritar an tes de que se fuera con el tren.

—¿Queeeeé? —gritó frunciéndose todo. Le señalé la copa vacía.

—Ah, sí... ¿qué querías beber? —¡Cualquier cosa! —dije humillada. Nunca m ás pasó cerca de mí.

Varias m ujeres intentam os ta m ism a táctica con varios hom bres, hasta que el más viejo de todos, el dueño de casa, nos miró con cara de p ena y nos entregó una copa engrasada de mozzarella y nos dijo caritativam ente:

—Este es mi cham paña y ya está caliente. Acábenlo m ientras traigo otra botella.

Y nunca la trajo.

Con el cham paña caliente regué u na palm era tropical que salía de un elegante m acetón de m árm ol. No creo que le haya hecho daño porque,

Encuentros de solos y solas

luego de una larga charla analizando el tem a, las m ujeres no pudim os determ inar si ia palm era era verdadera o falsa.

Ya h arta d e los decibeles, salí a m irar la luna a un bello jardín de esos que ja m á s h an sido pisados por un niño. Allí estaba, reclinado en una tum bona, el h om bre que nunca m e pudo abrir la p u erta de entrada.

Si yo hubiera tenido veinte años menos, hubiera huido hacia adentro tem iendo que él creyera que yo salía al jardín para encontrarm e a solas con él. Pero com o tengo veinte años más, y estoy en esa maravillosa edad en la que no m e im porta que un hom bre crea que lo persigo, ca­ m iné decidida a tum b arm e en el sillón a su lado.

—Qué herm o sa noche —le dije por decir algo.

Él m e miró con los m ism os ojos con los que te mira un besugo desde el hielo picado de la pescadería de la esquina.

—¿Estás deprim ida? —m e preguntó. —¡No! ¿Por qué?

—Como estás aquí y no bailas...

“No es buen partido un hom bre que piensa que si estás con él es porque estás deprim ida”, reflexioné para mis adentros.

Él suspiró, se levantó con esfuerzo y anunció: —Voy a buscar un cigarrillo. ¿Fumas?

—Sí, gracias —le contesté.

Y m e quedé sola en la noche esperando que aquel m e trajera un ci­ garrillo que nunca llegó. ¿O será que sólo habría querido inform arse de la categoría de mis vicios? Levanté mis brazos para verificar que Rexona no m e hubiera abandonado. Me miré en el reflejo del vidrio de la puerta que da al jardín para saber si con tanta frustración nocturna no habría encanecido de golpe en una noche, com o le pasó a María Antonieta en la víspera de su ejecución.

Pero nada de eso había sucedido. Simplemente, estaba rodeada de hom bres asustados.

Entré a la casa para consolarm e atragantándom e con unos esplén­ didos pastelitos de chocolate, y en el cam ino m e encontré con el due­ ño de casa que m e dijo: “Cam bia esa cara, que ya em pieza lo m ás divertido”.

Ana von Rebeur