PART II: DESIGN
5. Design of the measurement model
5.2 Dimensions and indicators of alignment
"Nunca se ha terminado de aprender a amar". Hay un peso que lleva hacia lo inhumano en las rela- ciones humanas. Se comprueba que es necesario un aprendizaje, un esfuerzo constante para pasar por las formas de amor inacabadas, en las que no entran en juego más que algunos elementos del amor personal cuando se ha realizado de una forma completa.
Hemos visto el lugar, en nuestra vida, del eros, el amor sensible e instintivo. Proviene de la necesidad natural del instinto. Su orientación es egocéntrica. Va hacia la belleza visible y sensible para apropiársela y gozar de ella. El objeto de este amor es un objeto de consumo: su objeto es mi bien; pregunta para qué me sirve; se interesa por el prójimo en la medida en que éste le puede aportar algo. Tiende a reducir al otro al "status" de objeto, a volatilizar el tú en " e s o " , a no ver esa dimensión de su ser que mira hacia mí. Me es indiferente, en el fondo, el saber quién es el otro y lo que le hace vivir. " Y o " es la medida de todo, todo gira
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alrededor de mí. En el límite es un narcisismo que puede llegar hasta nuestra idolatría. Y con relación al otro engendrar dos soledades.
La amistad, la philía, es un amor espiritual y per- sonal. Proviene, no de la necesidad, sino de una incli- nación libre que es respuesta a las cualidades percibi- das, por el espíritu, en el amado, que va más allá de la belleza sensible para llegar hasta el fondo más ínti- mo de la persona, a la fuente de su ser, allí donde, a imagen de Dios, se enraiza con él. Ciertamente el eros, el atractivo sensible, se encuentran aquí, compe- netran la amistad. Pueden servir de punto de partida: el amor adolescente está lleno de él (en materia reli- giosa también), los grandes amores de los adolescen- tes, tan idealistas y, sin embargo, tan egocéntricos. No cabe duda que es una etapa necesaria, que se con- vierte en tragedia cuando permanece uno en ella toda la vida. No se descubre jamás al prójimo en su verdad propia. Se impone una purificación.
Poco a poco el amor debe transformarse en amis- tad, manteniendo, al mismo tiempo, intacto el calor y el impulso del eros. Por una percepción más profunda del otro, el amor se llena de admiración, de estima por el bien que percibe y que quiere conservar y hacer cre- cer. Se convierte en amor desinteresado, su orienta- ción se dirige hacia el bien del amado, no hacia el suyo; por su amigo está dispuesto a sacrificar su pro- pio bien, y en el límite, su vida. No piensa más que en lo que se puede dar al otro, en lo que puede ayudar- le a desarrollarse, a ser feliz. Quiere compartir todo con él, tener todo en común, hasta los bienes más íntimos de su ser. Con un respeto total, llega hasta el
tú profundo del otro, el amor se convierte en comu- nión entre dos personas, libres y conscientes.
El amor de amistad no excluye, sin embargo, la realización del yo, por lo tanto, un cierto amor de sí mismo. El " y o " es un valor absoluto. No puede verse reducido a un puro medio para realizar el bien del pró- jimo. Es una desviación del amor el deseo de una fusión en la que yo desaparezca en el otro, en la que hago del otro mi Dios, en la que yo esté dispuesto a sacrificarle todo principio de bien y de mal. Aquí, es el eros quien domina, ciegamente.
En la amistad, el que da recibe siempre. El que "pierde" su yo, lo vuelve a encontrar, mayor, sin que por eso se vea retraído cualquier aspecto del yo del otro. La mayor comunión se realiza entre dos sujetos que cada vez son más ellos mismos, y asumen más plenamente su soledad irreducible de personas libres, en el don mutuo que se hacen. Eres tú quien me da a mí. Soy yo quien te da a ti.
Tú no eres para mí una cosa, un " e s o " , ni una persona intercambiable (un " é l " : lo que ocurre a veces cuando, en nuestra relación con alguien, es su función o el papel que representa el que tiene priori- dad y no la persona en su singularidad; siempre hay, y quizá necesariamente, algo de esto en las relaciones con un padre maestro o un prior). Tú eres tú, en tu individualidad irreductible, única, irremplazable.
Como yo no soy verdaderamente yo más que frente a ti, y viceversa, se deduce que la amistad no alcanza su plenitud más que cuando es recíproca. Sin embargo, a veces, nosotros empezamos a amar los
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primeros; es nuestro mismo amor, en primer lugar sin reciprocidad, el que hace nacer la respuesta, poco a poco, en el otro. Quien siembra amor, cosechará amor. No exijamos de golpe una respuesta plena. Hay que saber creer y esperar, en una espera humilde.
La amistad admite realizaciones diversas. Tengo una o varias amistades fuertes, las otras se sitúan a distintas distancias en círculos concéntricos. Es el tri- buto de nuestras posibilidades humanas limitadas, y de la ausencia de las condiciones materiales necesa- rias para desarrollar todas las amistades posibles, etc. Hay que ser realistas, no dejando de tener por ello un corazón abierto a todos los hermanos, en un grupo pequeño como es el nuestro.
Existe el peligro de un egoísmo sutil en una amis- tad que tiende a formar un círculo exclusivo, ya sea entre dos personas, o a nivel de grupo, cerrándose al exterior y descansando en sí, gozando de sí mismo. Contra este vicio, conocido con el nombre de "amis- tades particulares", tan peligroso para la vida comuni- taria, los autores espirituales de antaño se sublevaban airadamente. Toda amistad es necesariamente parti- cular, individualizada. Pero su perversión está señala- da por notas captadoras, sensuales, obsesivas y final- mente, egocéntricas. La amistad verdadera dilata nuestro corazón, lo hace capaz y dispuesto a amar con una extensión cada vez mayor. La relación entre el yo y el tú, se abre sobre el nosotros, con una fecundi- dad que supera nuestras personas.
En el matrimonio el amor es pasión, eros y amis- tad, en una intimidad máxima, incluso física. Es exclu-
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sivo en la plenitud del don mutuo, sobre todo, en su realización física. Normalmente, con los años, el amor de amistad termina por predominar sobre el amor sexual.
En nuestro caso, lo componentes físicos y sexua- les están en un segundo término desde el principio. La amistad, como tal, no tiende a la unión corporal. La intimidad afectiva no conduce a la intimidad genital. Aunque esencialmente animada por el eros, la prima- cía pertenece al amor espiritual y personal.