PART II: DESIGN
5. Design of the measurement model
5.3 Eliminating redundancy between dimensions
Veamos algunos rasgos esenciales de la amistad.
Estima: La apreciación del otro, de sus dones (físi-
cos, intelectuales, morales, espirituales), del bien que hay en él mismo (incluso aunque pierda sus dones).
Mirada: La percepción de este bien depende en
parte de la calidad de la mirada que dirijo al otro. Una mirada amistosa tiene predisposición a ver las cualida- des y no los defectos del otro, a interpretar todo a su favor, a no insistir obsesivamente sobre lo que irrita y divide, sino en detenerse, consciente y deliberada- mente, sobre lo que alegra y une. Los sentimientos espontáneos que siento hacia un hermano no están inmediatamente bajo el control de mi voluntad, pero lo que yo pienso de él, sí que lo está, y, poco a poco, estos sentimientos llegarán. Debo mirar a cada uno de mis hermanos como a un amigo posible, y el que lo llegue a ser de hecho, depende, en parte, de mi esfuerzo.
LA FELICIDAD DE SER CASTO
10. LA AMISTAD: AQUEL QUE DA RECIBE
diferente, reaccionan agresivamente y piden la unifor- midad.
Pero el respeto puede ser exigente: éste no dice: "sé lo que eres, aunque te destruyas", sino: "sé lo que en verdad eres". Puede confrontar al amado, interpelarlo en nombre de lo mejor que hay en él mismo, y que quizá esté traicionando. Pero, cuidado, distingamos entre un respeto exigente que da la vida, y una forma de agresividad escondida que querría destruirla en nombre del " b i e n " del otro.
Benevolencia: Querer que el otro sea, querer que
todo lo que contribuye a ello se haga, querer su bien más profundo y más real.
Compartir, don de sí: El amor no calcula. Da con
amplitud sus bienes, se entrega abriendo libremente el núcleo íntimo y personal de su corazón, comparte sus sentimientos, sus deseos, sus miedos, sus pensa-
mientos. Querría realizar la comunión más profunda posible, compartir todo lo que es y todo lo que tiene con el amado.
Para algunas personas, por educación o tempera- mento, muy reservadas en la expresión de sus senti- mientos, esto puede plantear un problema. Existe todo un vocabulario que aprender, un mundo interior que descifrar. Algunos, a menudo los mismos, no tie- nen estima de ellos mismos.
Piensan que no son interesantes para el prójimo, temen ser mal comprendidos o rechazados. Entonces, sólo comunican las cosas más exteriores de su vida, permanecen desconocidos para los hermanos, aisla- dos. Sufren mucho por ello. Es preciso que compren-
Libertad: La amistad es libre. Yo escojo a
amigo, soy escogido por él. La atracción sensible, ins- tintiva, si existe, es asumida de manera consciente y libre, ratificada en función de un bien superior. Esto es muy importante para nosotros en la cartuja. El Señor es quien nos ha dado a nuestros hermanos, y no siem- pre son de nuestro gusto.
Sin embargo, no por eso está excluida la amistad. Yo puedo escoger el que sean mis amigos, mirarlos como amigos, pensar en ellos, orar por ellos. La vida compartida teje lazos. Se puede dar, incluso, el lazo sensible, "por añadidura". Poco a poco por ejemplo, la Eucaristía crea un lazo carnal entre nosotros que somos, y cada vez más, un cuerpo en el Cuerpo de Cristo. "Y ningún hombre ha odiado jamás su propio cuerpo; al contrario, se le alimenta y se cuida de él. Es precisamente lo que Cristo hace por la Iglesia" (Ef 5, 29).
Comprensión: Únicamente el que ama conoce al
otro. El amor sensible no puede conocer al otro en su alteridad, lo ve únicamente a través de sus propias medidas y sus deseos; no puede salir de su yo. El amor desinteresado es el único que puede aprehender el misterio del otro, abrirle un espacio en el que pueda ser él mismo
Respeto exigente: De ahí un inmenso respeto
frente a la alteridad del otro, incluso cuando ésta me cuestione. Algunas personas, fundamentalmente poco seguras de ellas mismas, que se conocen mal a sí mismas, que dependen de apoyos exteriores, se sienten amenazadas por la libertad del otro de ser
LA FELICIDAD DE SER CASTO
dan que para ser amados, tienen que compartir su mundo interior, y dejar entrar en él a sus amigos. Que no tengan miedo. En la base de toda relación, existe una " f e " en el otro, en su benevolencia innata. Para nosotros, esta " f e " se apoya sobre nuestra fe en la presencia del amor de Dios que actúa en el corazón del hermano, por la visión del rostro de Cristo en su rostro. Corramos el riesgo de la apertura. Nos hace- mos vulnerables, dejamos caer nuestras defensas. Habrá heridas, naturalmente, pero habrá frutos de manera más natural aún. Sepamos perdonar, ver la llamada, detrás de un exterior cerrado o hiriente. Cristo se esconde detrás de este rostro. Nuestra fe es la que le permite nacer. E inversamente, sólo este her- mano me puede revelar este rostro de Cristo.
Tú eres interesante, queremos conocerte, ver el mundo con tus ojos, oír las vibraciones de tu corazón. No esperamos de ti cosas originales o geniales, sino esa nota única que es la tuya en la armonía del uni- verso.
Y nosotros, interesémonos por el otro, por sus sentimientos y sus pensamientos. Busquemos el tú tímido, no de manera agresiva, captadora o domina- dora, sino con amor, respeto, con la alegría del que encuentra una perla. Nuestra atención será nuestro primer don: saber escuchar, acoger.