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PART III: CASE STUDY

6.3 Findings

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Para la mayoría de nosotros, desde nuestra más tierna infancia, la Santísima Virgen se nos ha propues- to como modelo de pureza y como socorro indispen- sable en el difícil aprendizaje de la castidad. En ella, la pureza irradia con un brillo deslumbrante, la femini- dad se vuelve límpida con todo lo que ésta tiene de ternura y de belleza originales.

Todo en María es puro. Está modelada con una arcilla inmaculada, Dios rehace a la mujer en su pure- za primitiva. Nueva Eva, tiene todo el frescor, toda la inocencia de un mundo naciente. Ha sido preservada de toda mancha de pecado original. Desde el primer instante de su existencia, la vida divina se le ha dado sin mérito alguno de su parte por la gracia previsora de Dios, para que la plenitud de gracia de este princi- pio le permita ser madre del Redentor. Así está envuel- ta desde el principio con el amor misericordioso y san- tificante de Dios.

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cosas son posibles para Dios, es su poesía. Lo que es interesante es comprender su significado.

¿Por qué el Señor ha querido nacer de María de tal manera que ella permaneciese virgen? Eso no es normal. Hemos visto la alta dignidad del casto amor conyugal. No es lógico que ese amor no convenga a la madre de Cristo. No es suficiente considerar en pri- mer lugar la virginidad (incluso consagrada a Dios) en sí misma, y en general como un ideal por sí mismo, y después considerar a la Virgen María como un caso ideal de esta virginidad. El amor conyugal y la fecun- didad conyugal están consagrados por un sacramen- to de Cristo.

No, para comprender la virginidad cristiana es preciso, al contrario, partir de la Virgen María, hecha virgen por y en el nacimiento del Verbo Encarnado.

María se ha convertido en madre en su carne por su " S í " , en el abandono incondicional de todo su ser obediente y creyente, a la voluntad de Dios. Ahí está la raíz de su virginidad, reflejo interior, consecuencia de su vocación a la maternidad divina, fuerza íntima unida a esta misión. Su voluntad de virginidad está por completo contenida en su disponibilidad a abrirse sin reservas, en todas partes y siempre, a las disposi- ciones de la santa voluntad de Dios. Está incluida en su libertad y en su amor, cuando dice: aquí estoy, yo soy la sierva del Señor.

Pero si éste es el sentido profundo de la virginidad de María, se nos plantea entonces una cuestión. ¿Por qué el Hijo de Dios quiso hacerse hombre sin tener un padre terreno? No se puede responder simplemente: Separada del pecado y de toda complicidad del

pecado, lo ha seguido estando durante toda su vida. Esto se expresa de forma positiva en su consagración total al Señor y a su voluntad sobre ella.

Quizá nos veamos tentados a hacer de María una figura mítica, un arquetipo, diría Jung, la expresión de un ideal humano, muy profundo ciertamente, pero no exento de cierto dualismo. María puede fácilmente convertirse en la expresión de una concepción angéli- ca de la castidad, cerniéndose lejos, por encima de la vida carnal y sexual. Es una lástima, pues ella tiene una significación profunda, pero en otro sentido. Una significación que viene de Dios y no de nosotros.

Cuando miramos la Escritura vemos, y es sorpren- dente, que la virginidad de María está estrechamente unida a su maternidad. La Sagrada Escritura no cono- ce a María más que como virgen y madre de Dios. Las dos cosas juntas. Cristo ha nacido de la Virgen María. La Iglesia confiesa que ella fue virgen antes, durante y después del nacimiento de Cristo.

No perdamos nuestro tiempo intentando imagi- nar de forma demasiado precisa lo que esto significa concretamente. La maternidad de María, libre de todo pecado y de los desórdenes de la concupiscencia, ha tenido que ser en muchos aspectos diferente del común de las personas y exenta de muchas dificulta- des que intervienen de ordinario como consecuencia del pecado original. Pero, más profundamente, se trata de un acto de Dios, de un signo hecho por su omnipotencia. Cristo resucitado se reunió con sus apóstoles, aunque las puertas estaban cerradas. Estas

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porque tenía un Padre en el cielo. Pues si el ser naci- do de María es efectivamente el Hijo del Padre eterno, no es porque Jesús, como hombre, no tenga padre terreno, sino porque el Verbo eterno que está en rela- ción de Hijo respecto a Dios Padre, asume una natu- raleza humana. Y es por este título, en razón de su calidad de Persona divina de Hijo por lo que tiene un Padre en el cielo -independientemente de lo que fue o podía ser el comienzo de su naturaleza humana, por ejemplo, si hubiese nacido de la unión de José y María. Existe, por tanto, otra razón.

La Encarnación del Hijo de Dios es el misterio libre de la gracia de Dios. No hay una exigencia desde abajo para que el Verbo se haga carne. Su origen viene únicamente de lo alto. Es el primero que no ha nacido: "de sangre, ni deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios" (Jn 1, 13). Y, para que esto se vea claramente, ha querido hacerse hom- bre de esta manera, sin padre terreno: " Y o no soy de abajo, de la fuerza interior de este mundo, ni siquiera del amor humano más noble y más santo, soy exclu- sivamente de lo alto".

No es que las realidades de este mundo sean malas, ni que la generación normal esté mancillada. ¡No! Únicamente que aquí se ha superado todo eso. De arriba cae verticalmente la imprevisible misericor- dia de Dios: el nacimiento del Hijo, que aunque asume nuestra carne y quiere ser de nuestra raza, no deja de ser en su humanidad el puro efecto del acto libre del Dios eterno.

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María se pone a la disposición de este acto de Dios. Lo hace con tal entrega que en ella, saliendo realmente de nosotros y, sin embargo, viniendo total- mente de lo alto, puede hacer su aparición el don absoluto de Dios: el Señor en nuestra carne. Porque Cristo no es de este mundo, sino de lo alto, María es la Virgen. Ella hace tangiblemente presente y mani- fiesto el hecho de que más allá de toda posibilidad humana creada, existe algo completamente diferente. Algo que es pura gracia.

La virginidad de María y la ausencia del Padre en el nacimiento del Señor significan, en la realidad de la vida humana, una sola y misma cosa: Dios es el Dios de la gracia libre, el Dios que no podemos forzar, el Dios que podemos recibir solamente como la gracia que se ofrece a sí misma de una manera totalmente libre. En María, tal realidad no debía solamente ani- mar las disposiciones de su corazón, sino imprimirse en todo su ser y hasta en su corporeidad, debía ser manifestada y representada en su existencia corporal. He aquí por qué ella es virgen de espíritu y de cuerpo, excepcional en todo en el plan de Dios.

Porque toda su existencia, todo lo que ella es, durante toda su vida, está encadenado, asumido en esa llamada de ser la madre del Señor. Porque, fuera de eso, ella no es nada. El lugar escondido y discreto de María, incluso en la Iglesia apostólica, es asombro- so. Porque en todo su ser, con todas sus fuerzas y en todas las situaciones de su existencia, ella está consa- grada a este único destino. Su maternidad divina como acogida total de la gracia es la fuente de donde emana el hecho de que ella haya permanecido virgen

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siempre. No sólo antes de que concibiese a su divino Hijo, sino también después. Pues, aun entonces, ella es y sigue siendo todavía la misma cosa: la pura recep- tividad a la libre gracia de lo alto. María es aquella que no tiene que hacer en este mundo más que esto: reci- bir, no solamente en sus disposiciones de espíritu (aunque esto sea lo más importante) sino hasta en la tangibilidad de su existencia corporal, recibir no las fuerzas humanas creadoras de un porvenir terreno, sino la sola gracia de Dios. Sola gratia. Deus solus.

Pero, ¿todo esto nos concierne en algo? ¿Es úni- camente un privilegio de la maternidad divina, algo excepcional que no va con nosotros? Pues bien, no. María se ha convertido en modelo para toda la virgi- nidad cristiana, y la virginidad cristiana nació en el nacimiento de Cristo.

María es modelo y confirmación para los que con vistas al Reino celestial y conforme con el consejo del Señor, por amor a Dios y en servicio de la Iglesia, renuncian al bien eminente del matrimonio. La virgini- dad de María expresa algo importante a todos los cris- tianos y, en particular, para nosotros.

"Una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas" (Ap 12, 1).

"Pero se le dieron a la Mujer las dos alas de águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos de la serpiente, donde tiene que ser alimen- tada un tiempo y tiempos y medio tiempo" (Ap

12, 14).

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Nuestra castidad de monjes solitarios es renunciar a todo un orden (natural y sobrenatural) de amor y de eficacia para dejarnos cubrir con la sombra del Espíritu Santo y concebir en nuestro corazón al Verbo eterno. A los Padres les gustaba ver un reflejo de la pure- za perfecta de la generación eterna del Hijo en el seno del Padre, en la generación temporal de Cristo en el seno de María, y también en la generación espiritual de Cristo en el seno de la Iglesia en nuestra alma.

Como María, la Iglesia es virgen, consagrada a Cristo. Es también la madre que trae al mundo a los miembros de Cristo. Y cada uno de nosotros, en la medida de nuestra fe y de nuestro amor, participa en esta dignidad, y en esta fecundidad.

Como María se ha convertido en madre por su fe virginal, madre no sólo de Jesús sino de todo el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, así podemos nosotros esperar una fecundidad espiritual, nacida de nuestra pobre castidad. Pero en esta misma fecundidad, durante y después, permanecemos "vírgenes" siem- pre, sin ver, sin poseer ningún fruto, escondidos, des- conocidos en el corazón de la Iglesia, no teniendo que decir más que la palabra de Cristo que nos habla en la soledad de nuestro corazón y en el silencio de nues- tra fe. Teniendo todo, no poseemos nada; vírgenes: transmitimos una vida que no es la nuestra.

"Grita de júbilo, estéril que no das a luz, rompe en gritos de júbilo y alegría, la que no ha tenido los dolores; que son más los hijos de la abandonada, que los hijos de la casada, dice Yahvé" (Is 54, 1).

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