PART III: CASE STUDY
6.1 Methodology
Miremos ahora los escollos posibles, algunas ten- siones que hacen difícil la verdadera amistad.
148
10. LA AMISTAD: AQUEL QUE DA RECIBE
149
Espera: Cuando voy hacia el otro, llevo conmigo,
consciente o inconscientemente, una cierta espera. Si su respuesta no satisface mi espera, seré decepciona- do. Quizá espero demasiado de él, por ejemplo una presencia continua contraria a nuestra forma de vida, o a una exclusividad que perjudica la vida comunita- ria. Puede ser muy importante, cuando uno se da cuenta de esta decepción, el poder discutir el proble- ma con el amigo. Forma parte de la amistad el descu- brir y hacer explícitos, poco a poco, sus propios hori- zontes. Estos no son conocidos de antemano, pero se revelan a medida que la relación se profundiza. Cada amistad es una aventura en un país desconocido y lleno de promesas.
Interdependencia: Cada persona necesita una
cierta autonomía: ser ella misma, asumir su soledad y su libertad, situarse frente a los demás con tranquili- dad y confianza. Es la condición de una relación con el prójimo. Igual que en el amor, la acogida sana de sí mismo es la condición del amor, de la acogida del otro.
Una hiperdependencia, la incapacidad de mante- nerse de pie por sus propios medios, no es propio del hombre maduro. Hay amigos que nos hacen peticio- nes desorbitadas que no podemos atender. Sin embargo nadie es totalmente independiente. Desde el seno de nuestra madre hasta nuestra muerte, dependemos más o menos de otro. El signo de una personalidad verdaderamente madura es más bien una cierta interdependencia, libremente asumida; la capacidad de depender de los demás de una manera realista.
LA FELICIDAD DE SER CASTO 10. LA AMISTAD: AQUEL QUE DA RECIBE
En la amistad hay dependencia recíproca, libre- mente consentida. Un amigo es alguien de quien puedo permitirme depender. Es alguien de quien no tengo miedo. Puedo mostrarme vulnerable y limitado, porque me fío de su acogida y comprensión. A su vez, mi amigo es alguien que puede permitirse depender de mí, y del que escojo asumir las necesidades de dependencia.
No es fácil encontrar el equilibrio en esta materia. Existen dos formas malsanas de reaccionar: negar que necesito de alguien, es el hecho de alardear de una independencia absoluta, pero ficticia; es incapaz de aceptar y expresar su propia debilidad, tiene que dominar siempre en una relación. La persona dema- siado independiente no es lo bastante fuerte para aceptar su imperfección y confiarse a otro. Tendrá ten- dencia a unirse con alguien que manifieste una nece- sidad excesiva de dependencia.
El extremo opuesto es la persona que tiene una sed insaciable de dependencia. Formula peticiones excesivas y constantes, se convierte fácilmente en posesiva y atosigante para el amigo. Esa no es una relación madura en la cual cada uno da y recibe. La tendencia de esta clase de personas es unirse con una persona hiperindependiente, pero la relación no tiene más remedio que ser frustrante para uno y otro..
En cada persona, igual que en cada grupo de per- sonas, es necesariamente laborioso el encontrar un equilibrio sano entre dependencia e independencia en las relaciones afectivas. Para un religioso o un monje es importante observar que la dependencia libremen-
te abrazada por el voto de obediencia es una cosa dis- tinta y no contraria, en absoluto, a la madurez perso- nal. En lo que concierne a la amistad con un superior, la autoridad exige una cierta distancia pero no una independencia total. El superior tiene las mismas necesidades afectivas que cualquier hombre.
Ambivalencia: Cada persona lleva consigo una
cierta cantidad de cólera que hay que saber aceptar y expresar de una forma aceptable. Algunos religiosos tienden a negar su existencia, ya que contradice la imagen ideal que tienen de ellos mismos. Existe, creo, más cólera inhibida que sexualidad inhibida entre los monjes. Espontáneamente sentimos miedo y descon- fianza hacia el desconocido que encontramos.
La ambivalencia es el hecho de casi todas nuestras relaciones: amamos y odiamos a la vez a la misma per- sona. La intimidad con ella produce la hostilidad. En una relación profunda, íntima, nos vemos amenaza- dos por la pérdida de nuestra autonomía, y reacciona- mos con hostilidad contra aquel que amamos. Existe una tensión entre intimidad y autonomía, y debemos poder aceptar la cólera que se deriva de ello. Mientras más íntima sea la relación, más fuertes serán la hosti- lidad y los altercados. Habrá un doble mensaje: "quie- ro estar cerca de ti" y, al mismo tiempo: "Quiero más distancia entre tú y y o " .
De ordinario tenemos miedo de expresar verbal- mente nuestra cólera. Y, sin embargo, la expresamos a través de nuestro comportamiento, nuestros olvi- dos, nuestro silencio.
LA FELICIDAD DE SER CASTO
152
10. LA AMISTAD: AQUEL QUE DA RECIBE
153
Cuando un elemento de celos, envidia, entra en
Un a relación, y es moneda corriente, debe ser recono-
cido y llamado por su nombre. Las personas a quienes concierne deben poder hablar de ello. El que es obje- to de un amor celoso no debe ceder, dejarse poseer. Es preciso que su amigo aprenda, poco a poco, a aceptar al otro y a tener confianza.
Rivalidad: Las costumbres de nuestra sociedad nos
inculcan una afirmación agresiva de nosotros mismos. Los bienes de la vida son un pastel del que esperamos sacar la mayor tajada posible. Cuanto más tengas tú, menos tendré yo.
Esta agresividad competitiva se expresa en eso que podemos llamar la ley del balancín. Para que yo pueda subir, es preciso que tu bajes; en lugar de ale- grarme de los dones de mi hermano, me entristezco y me siento como inferior, trato de reducirlo. Actuamos como si fuéramos personas en peligro de ahogarse. Para mantenerse por encima del agua, se apoya uno en la cabeza del vecino y le hunde en el agua. Esta actitud no es el espíritu del Evangelio ni el de la comu- nión de los santos. Pero miremos lúcidamente lo que ocurre entre nosotros. ¿No será que aún no somos santos?
Intimidad-soledad: La intimidad es la experiencia
de unión con otra persona en una proximidad profun- da. Es la más alta experiencia interpersonal, necesaria en cierto grado para el desarrollo normal de la perso- nalidad, para conseguir la estima de sí mismo y la ale- gría de vivir. Es una necesidad humana fundamental que se satisface de ordinario en la amistad.
Con frecuencia, la depresión es la cólera que 1 ha interiorizado. La angustia es el miedo de una emo ción (agresiva, sexual, etc.) que corre el riesgo de des bordarnos y hacernos perder el control. A veces un¿ actitud demasiado dulce y conciliadora oculta lo con- trario: una hostilidad contenida.
Para que una relación pueda avanzar es preciso que esta ambivalencia sea reconocida y expresada en una comunicación más profunda que conduzca a una relación más verdadera.
Celos: Los celos son un fenómeno muy corriente.
Provienen sobre todo de la costumbre de hacer com- paraciones. "¿Soy mejor que éste? ¿Soy más fuerte que aquél?" Tales comparaciones conducen, a veces, a sentimientos de inferioridad e inseguridad. Esto per- siste hasta el momento en que la personalidad está lo suficientemente afirmada para que la persona no tenga ya necesidad de hacer comparaciones para tener confianza en ella misma.
La rivalidad se aprende pronto en la vida. Cada niño querría ser hijo único. El niño que se siente pos- tergado aprende a estimar su valor comparándose con los demás. Todo lo ve bajo la óptica de relaciones de fuerza. Más tarde, el envidioso es el que querría ser la única persona en la vida de otro, o en una comuni- dad. Necesita ser el centro de la atención de todos. Tiene que ganar siempre. Es supersensible, posesivo, defensivo, dispuesto a ver ofensas en todas partes, reales o imaginarias, a denunciarlas, a no dejar pasar nada, a estallar con violencia.
LA FELICIDAD DE SER CASTO 10. LA AMISTAD: AQUEL QUE DA RECIBE
Las personas tienen diferentes necesidades de intimidad y de distancia. Hay que respetar estas dife- rencias. Con frecuencia, se trata de la elección de un estilo de vida: por ejemplo, el cartujo renuncia a des- arrollar muchas relaciones de amistad posibles. Un hombre cuya vida interior es muy rica tiene menos necesidad de relaciones exteriores. El Señor habita como amigo en lo profundo de nuestro corazón, donde nos unimos a Él en la oración, con un amor íntimo.
Esto no debe degenerar en el aislamiento de unas personas que viven juntas pero sin contacto profundo. A los que se aman les gusta estar juntos en una proximidad humana. Entre nosotros, es verdad, las ocasiones son muy restringidas. Sin embargo, com- partimos una misma vocación, una misma sensibilidad religiosa (en general); creamos una cultura diferente de la del mundo. Aprovechemos las ocasiones que nos proporciona nuestra vida para compartirla, pero sepamos también contentarnos con pocos hechos y expresiones exteriores; así serán más ricos. Y la prue- ba última de la amistad es que sepa permanecer viva en la separación.
La separación física puede obligarnos a profundi- zar nuestro amor, a saber extraer su esencia más allá de los condicionamientos exteriores y efímeros. La fe, la confianza, la libertad alcanzan su madurez en el amor que el otro lleva en su corazón, incluso cuando está lejos de nosotros. El dolor de la ausencia purifica, mantiene intacta la frescura de un amor siempre joven.
Toda persona necesita una vida privada, un espa- cio de soledad en el que pueda hundirse en sí misma. Nuestra vida no puede ser solamente vivida a nivel de las relaciones, con el riesgo de no tener nada verdade- ramente personal que compartir. Entre nosotros este peligro casi no existe, hay que decirlo ¡felizmente! Pero puede ser el caso de sacerdotes comprometidos, en cuerpo y alma, en el ministerio, y para ciertos supe- riores.
Si hablo mucho sobre la amistad es porque la soledad afectiva puede ser un peso demasiado pesa- do para el monje. Es importante hacer frente a nues- tra necesidad de intimidad y aprender a cómo conver- tirse en amigos unos de otros, y así caminar juntos, apoyándose mutuamente, por el camino que todos hemos elegido, el de Cristo en el desierto yendo al Padre por el Espíritu de amor.
Fidelidad: La fidelidad es la amistad en el tiempo,
cuando sabe mantener el lazo de amor a través de las vicisitudes de las historias personales. Puede contar contigo hasta a muerte. Eso presupone que cada compañero no degenere y sea siempre el que amo.
Vamos a abordar ahora lo que el Espíritu nos aporta por el don del ágape que, es el único que, nos permitirá realizar las exigencias del amor de amistad.
11
EL ÁGAPE
El amor de deseo y el amor de amistad brotan de nuestro corazón de carne. Hablan, a veces, un lengua- je oscuro y exigente, pero familiar para nosotros, rico de todo un humus humano.
El amor de caridad viene de Dios, habla con pala- bras humanas, pero para enunciar un mensaje divino, incomprensible, demasiado infinito para nuestros corazones pequeños. Más que un mensaje, nos apor- ta la realidad del amor divino, haciendo irrupción en nuestro mundo. De repente todo cambia. La vida y la muerte, la verdadera vida y la verdadera muerte, son ya posibles. Ante Cristo, el ateísmo es posible, y el
infierno.
El eros buscaba la belleza en la forma sensible. La Belleza se revela "sin apariencia ni presencia para atraer nuestras miradas, y no tenía aspecto que pudié- ramos estimar" (Is 53, 2).
LA FELICIDAD DE SER CASTO
La amistad buscaba la comunión recíproca e ínti- ma; el Amor se revela solo, abandonado de los hom- bres y de Dios, en el grito mismo de la soledad: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (cf Mt 27, 46; Me 15, 34; Sal 22 [21], 2). Soledad que, sin embargo, es "para nosotros": expresión de una soli- daridad y una comunión totales.
El Amor absoluto se adelanta hacia el hombre, va a buscarlo allá donde está, para invitarle, despertarle para una intimidad incomprensible. Por primera vez, el hombre sabe el nombre de su deseo, y sabiéndolo, sabe que no lo conoce, no puede conocerlo, pues es Todo Otro. Precisamente como Amor, Dios se revela como Todo Otro, el que difiere esencialmente del mundo; cada vez mayor, más allá...
El amor de caridad es el único gratuito, el fruto de una libertad perfecta. Dios ama porque ama. Su amor es sin condiciones. Plenitud de ser, Él se da en pura gratuidad. Ése es el objeto de nuestra fe deslumbra- da, de nuestra esperanza. Dios nos ama, me ama a mí en mi singularidad frágil, más allá de toda cuestión de mérito, de amabilidad por mi parte, sino sencillamen- te porque es Dios, porque es Amor.
Pero, ¿por qué es preciso que tu rostro esté cubierto de sangre?
Ante este Amor nos vemos desconcertados: a la vez atraídos a las cavernas de nuestro corazón, a los lugares oscuros del deseo, y rechazados, sublevados, temerosos, amenazados...
Allí el hombre se sabe hombre, no-Dios, ser rela- tivo, finito, pecador. Al encontrar el Amor, experimen-
11. EL ÁGAPE
ta que verdaderamente no sabe amar. Su amor es efí- mero, limitado, mortal, siempre interesado, más o menos egoísta. Su amor participa de la contradicción interna de la existencia humana, a la vez mortal y espi- ritual, por tanto aspirando a lo eterno. Además, delante del Crucificado queda de manifiesto el egoís- mo profundo de aquello que estamos acostumbrados a designar con el nombre de "amor", que querríamos que fuese amor puro.
En el corazón de la humanidad existe conciencia de un fracaso, de una parálisis, de una decadencia, de un desecamiento. Todos somos capaces de sentirnos indi- ferentes ante el sufrimiento de nuestro hermano, con tal de que nosotros estemos a cubierto. Nos las arregla- mos para no ver demasiado, para no ser molestados.
Ciertamente que hay amor entre los hombres, incluso si es con frecuencia interesado. Pero este amor tiende a situarse entre las islas de simpatía mutua: las del eros, de la amistad, de la familia, del monasterio, etc. Cuando, por el contrario, se amplía, en el amor al otro en razón de una misma naturaleza humana -a esto tienden las religiones filosófico-místicas, y esto es ya precioso-, tiende a elevarse y alejarse de la realidad concreta del amor finito. No es a Miguel en su indivi- dualidad a quien yo amo, con el que me comprome- to en la fragilidad de una relación concreta, sino la naturaleza humana, concebida de una forma abstrac- ta, igual para todos los hombres.
El Amor que se revela no tiene nada de general, de abstracto, de reducible a principios generales. En primer lugar, es un actuar, absolutamente único, que se manifiesta en el desarrollo del drama de Dios con
LA FELICIDAD DE SER CASTO
la humanidad. Es el hecho de una libertad sin fondo que se dirige a otro diferente de sí mismo, ofreciéndo- le su amor. Con la medida humana, según los criterios de nuestra sabiduría, la acción divina sólo puede pare- cer locura y delirio. Si los cumple, es rompiendo nues- tras verdades para revelarnos la verdad desnuda, com- pletamente diferente. Esta verdad no aparece en los límites más finos de nuestras esperanzas, en la prolon- gación de nuestras más altas previsiones. Cae como una piedra de tropiezo, un hecho acaecido en el cen- tro de lo más real, lo más inmediato y lo más irreduc- tiblemente concreto: Cristo hombre.
Estamos ciegos, cegados. Sólo podemos ver este Amor si Dios instala su propia luz en nuestros corazo- nes por un acto creador.
"Pues el mismo Dios que dijo: 'Del seno de las tinieblas brille la luz', ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimien- to de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo" (2 Co 4, 6).
Igual que el niño se despierta al amor al ser amado, así el corazón del hombre se despertó al Amor de Dios por la libre ofrenda de la gracia de Este último en Cristo.