PART III: CASE STUDY
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La actitud de María ante Dios, la espera, la dispo- nibilidad y receptividad a la gracia de Dios, la concien- cia de que la meta suprema es la gracia y sólo la gra- cia, es algo que debe vivir en cada cristiano como una disposición permanente.
El cristiano no se salva por sus propias fuerzas. No construye una torre de Babel por la que, desarrollan- do progresivamente sus posibilidades y acumulando sus recursos, intenta alcanzar el cielo. Después de haber utilizado todas las fuerzas que le ofrece la tierra y después de haber hecho todo lo posible, tiene que confesar que no es más que un pobre mendigo, un servidor inútil.
Lo que cuenta verdadera y definitivamente, el cris- tiano lo debe recibir de Dios y sólo de Dios, por pura gracia. Pues lo que Dios da, es Él mismo, por amor. Y nadie puede merecer eso. A este nivel, pobreza y vir- ginidad dicen lo mismo. Únicamente la mujer estéril,
LA FELICIDAD DE SER CASTO
la que ha renunciado a la fecundidad, puede dar a luz a Cristo.
Todo cristiano debe poseer una aptitud a la renuncia de los bienes del mundo, no solamente allí donde este mundo es pecado, trivialidad y tiniebla, sino también donde es belleza, esplendor y felicidad. Una aptitud para renunciar porque cree, de una forma verdaderamente concreta, que Dios sobrepasa toda realidad creada y que toda realidad creada no tiene valor más que en relación con Él.
Es el carisma de algunos en la Iglesia el concreti- zar esto en un estado tangible de vida, en la renuncia a lo que es más bello, lo que está más cerca del cora- zón del hombre. Pasan más allá y, como María, signi- fican que no reciben lo inesperado, que es la salva- ción, sino de la gracia de lo alto únicamente. La única gratuidad posible a los pobres, a los esencialmente pobres frente a Dios, como somos nosotros, es la gra- tuidad de una pura receptividad a su amor, una dispo- nibilidad de todo nuestro ser, cuerpo y alma, para reci- bir en la alabanza y alegría, el don increíble del mismo Dios.
Abandono y alegría en la pura receptividad de un Amor absolutamente gratuito y recreador de nuestro ser profundo, de nuestro corazón de carne crística, de un corazón que por fin podrá amar, esto es lo que debe modelar nuestra oración. Una oración casta es una oración pobre. Unas manos abiertas para recibir- lo todo, unas manos vacías que no se cierran sobre el don. "Porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso" (Le 1, 49). Es el Señor quien hace grandes
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cosas en el fondo de nuestra humildad. Dejémosle hacer. ¿Por qué interponer tanto nuestro charloteo en la obra del Espíritu Santo? Sólo el Espíritu es casto porque el Espíritu es Amor.
Es desolador ver a hombres (y mujeres)1 retenidos
en el umbral de una oración más profunda por la riqueza misma de la oración que ellos han construido y adquirido con tanta buena voluntad. Ellos poseen la oración y son poseídos por ella. No saben soltar la presa de lo que creen tener, lo temen profundamen- te, en su carne, temen abandonarse sin más a esta fuente de agua viva que su fe les dice que está en ellos, pero que está escondida a los ojos de su intros- pección humana. El andamiaje era necesario para construir el edificio espiritual, pero ahora hay que des- hacerse de él. Hay que despejar la abertura del pozo de la tierra que la cubría, ahora dejemos manar el agua de su fuente escondida, enterrada. Somos lla- mados a ser perfectos como el Padre, a amar como Cristo hasta llegar al amor a los enemigos, hasta el don de nuestra vida. Eso solamente puede realizarse en la medida en que digamos sí, "fiat", al Amor que brota en nosotros, en la medida en que lo dejamos brotar en nuestros corazones.
No podemos ser castos más que de la castidad de Dios. Dios es casto en la totalidad del don de sí. En la Santísima Trinidad, en el Padre, el Amor es un don total, receptividad total en el Hijo, comunión total y
1 Es a veces quizá la señal de una feminidad que no ha alcan- zado aún su propia madurez, o una sexualidad, en sentido amplio, no enteramente asumida.
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Y Tú, ¡el Dios verdadero! Únicamente Tú puedes decir Tu nombre. Yo, debo dejar que tu Palabra rompa todos los ídolos que construyo incansablemente a mi propia imagen: el tirano que da miedo, el abuelo bon- dadoso, la madre primordial en la que estoy disuelto, la ley sin piedad, el patrono justo que recompensa mis méritos, etc.
El Hijo, entregado hasta la muerte, es el único que Te revela como Padre, como Aquel cuya esencia es dar la vida por puro amor. Pero este amor es tan cegador para mis pobres ojos, que sólo los del espíritu pueden contemplarlo, reconocerlo. Me abandono a ellos para ver sin ver, más allá de toda imagen, de toda palabra, la gloria incomprensible de tu Amor en el silencio de la adoración y de la alabanza. Entonces, estoy inmer- so en Tu soledad, allí donde Tú estás en Tu verdad, Tú mismo, eternamente único. Pero, puesto que todos subsisten en Ti, y que Tú eres todo en todos, Tu sole- dad es el lugar de la comunión de todos los seres crea- dos entre ellos. En Ti, los encuentro a todos y los amo en su verdad, los engendro en Tu Amor.
Ésas son las dimensiones de nuestra oración que la fe nos revela. La humilde humanidad de nuestra oración distraída y, con frecuencia, superficial, nues- tros sentimientos lábiles y nuestras palabras pobres, nuestro deseo vacilante, nuestro silencio imperfecto, no deben volvernos sordos al murmullo del Espíritu Santo que ora en nosotros con una oración inexplica- ble que alcanza infaliblemente el corazón de Dios. No la ahoguemos, dejemos a la Oración orarnos. El Espíritu Santo respira en nosotros, y las estrellas brillan y cantan su alegría.
fecunda en el Espíritu. Por la gracia, en Cristo, esta- mos inmersos en este río de Amor. Hijos adoptivos, el amor del Espíritu Santo nos arrastra hacia el Padre.
El encuentro que quiere el Amor, entre Dios y yo, compromete a todo mi ser. Su lugar será la verdad, comunión entre mi verdadero yo y el verdadero Dios. Pero, ¿quién soy yo? Entro en las cavernas profundas de mi espíritu para descubrirme, con el fin de poder darme. Encuentro mis demonios, las fuerzas oscuras que habitan en mí. Nombro algunas de ellas, pero son legiones. Trato de fijar mi rostro interior, pero se disuelve en mil máscaras cambiantes. Quiero ofrecer mi corazón, pero mi libertad se revela como el lugar de innumerables determinismos, de los que la mayo- ría se me escapan. ¿Soy, pues, únicamente el punto de confluencia pasajero de las fuerzas impersonales y oscuras?
No. Incluso si toda la "materia" de mi ser lo fuese, mi espíritu podría mirarla desde fuera. Él puede decir: sí o no. Y, constatando mi poca luz, puedo confiar en la luz que viene de Dios, recibir de su Palabra el conocimiento último de mí mismo. De este modo, yo me conozco, en la fe, hecho a imagen de Dios, sujeto dotado de libertad, llamado por Dios a una comunión de amor, hijo del Padre en el Hijo, por el don del Espíritu. Sólo el Espíritu puede decirme mi nombre en el silencio de mi corazón. Que me calle, pues, en la oración para oír quién soy. Mi casti- dad es escucha humilde ante el misterio que me habi- ta, que me supera.
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Suelo usado, ofrecido a los pies de todo el que lle- gue, invisible.
Piedra tallada, una, sin defensa.
Unas manos abiertas, que saben recibir, sin cerrar- se sobre el don, y dar gratuitamente.
Sé tú.
La paz de la hierba.
El humo de madera quemada en otoño. Una llama.
Ser llama.
Extraño, único en su especie. Soledad. Silencio de espera. Tú. Herida mortal. Gólgota. Padre, perdónales.
Corazón atravesado, abierto. Agua y sangre.
Cuerpo de Cristo. Sacerdote del sacrificio. Esplendor de la aurora.
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