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La incorporación referida a los contextos receptores en el campo de las migraciones internacionales, tal y como se aprehende en este estudio, se refiere a la inserción de la población migrante a las sociedades de acogida, desde un enfoque bidireccional y multidimensional (Portes y Böröcz, 1998). Bidireccional, porque involucra el mutuo ajuste entre la población inmigrada y la población autóctona. Multidimensional porque comprende distintas esferas en el asentamiento de los flujos migratorios contemporáneos, que ya no recaen única y exclusivamente en el sujeto migrante, pues involucra tanto a los gobiernos de los países receptores (a sus actitudes y decisiones), como a la población autóctona que rodea a los inmigrantes. De acuerdo a lo expresado por Torres (2011), la sociedad de acogida, incorpora a su vez una serie de modificaciones de carácter normativo, institucional e ideológico para facilitar dicho proceso de incorporación.

La incorporación en Portes y Böröcz (1998) esta desprovista de la carga valorativa- normativa propia del termino integración, que en su versión más “asimilacionista, lineal y unilateral” (Torres, 2004) atribuye responsabilidad exclusiva a las acciones individuales de los/las migrante en el proceso de “adaptación” a la sociedades receptoras. La incorporación, más que comprenderla como un punto de llegada o un fin en sí mismo, se la entiende como un proceso

Los autores, hacen referencia a los modos de incorporación de los inmigrantes en las sociedades de acogida, a partir de tres factores determinantes: las condiciones de salida, el origen de clase y los contextos de recepción. Las condiciones de salida, tienen relación con el contexto, político y social propio del país de procedencia de los/as migrantes como “condiciones políticas” que influyen de manera significativa sobre los modelos posteriores de asentamiento (Portes y Böröcz, 1998:56). El origen de clase, actúa como determinante en la posible incorporación que estos puedan conseguir en destino, pues esta última estaría condicionada por la posición socioeconómica del sujeto migrante en la sociedad de origen. Los contextos de recepción por último, tienen relación con los aspectos políticos, sociales económicos y normativos que van determinado las oportunidades y formas que adquiere la incorporación en destino.

Tres dimensiones inciden y enmarcan la situación con la que los nuevos inmigrantes se encuentran en los contextos de recepción: la actitud de los gobiernos de los países receptores, los patronos y la población nativa que rodea a los inmigrantes y las características propias de los estos últimos. (Portes y Böröcz, 1998: 59). Es posible identificar asimismo, tres tipos ideales respecto a la recepción en las sociedades de acogida: contextos poco favorables, medianamente favorables e idóneos para la inmigración. En función de la conjugación y comportamiento de estos tres factores, la incorporación de los migrantes, puede ser más inclusiva o por el contrario tornarse más excluyente.

En contextos receptores poco favorables desde el “aparato gubernamental”, el sector empresarial y la población autóctona, la migración tiende a ser mayoritariamente clandestina y temporal. Desde esta situación, caracterizada por políticas migratorias represivas, se tiende a propiciar la irregularidad y a dificultar el acceso a los derechos en la sociedad de destino. El endurecimiento de las fronteras más que limitar la llegada de nuevos migrantes, empeora sus condiciones de vida, acrecentando los niveles de pobreza y vulnerabilidad en estos grupos y llanamente bloqueando las posibilidades de movilidad social de estos. (Portes y Böröcz, 1998).

La nula o limitada responsabilidad de los gobiernos de las sociedades de acogida ante la inmigración, en este tipo de contextos, afecta también a las representaciones que los distintos

actores sociales elaboran respecto de la población migrante, convirtiéndose estos en escenarios propicios para actitudes discriminatorias y racistas por parte de la población nativa.

Podríamos decir que desde esta construcción del sujeto migrante por omisión, emerge la figura del extranjero (Simmel, 1986) como aquel negado y relegado a la no pertenencia -desde el aparato gubernamental.

En condiciones de recepción medianamente favorables, la migración esta de cierta forma permitida y regulada. No existe un incentivo a la inmigración por parte de los Estados, ni tampoco “estereotipos importantes” por parte de la población nativa relacionados con las características de los inmigrantes (Portes y Böröcz, 1998: 60). En este escenario, más bien neutro, y sobre una base de respeto a los derechos de los migrantes, se posibilita la libre competencia “individual” en igualdad de oportunidades profesionales y económicas con la población autóctona, en función exclusiva de sus capacidades, “niveles de educación y habilidades personales” y sus atributos meritocráticos.

El contexto receptor considerado como el más idóneo, es a la vez el tipo ideal por excelencia, y por ende el más difícil de llevar a la práctica. Este se da cuando los migrantes cuentan con la asistencia activa del gobierno de acogida y en general con actitudes positivas de la población nativa. En esta situación, “los recién llegados tiene oportunidades sumamente favorables para capitalizar sus habilidades y su experiencia, de tal manera que pueden verse mejor recompensados aún que los nativos” (Portes y Böröcz, 1998: 60). En este escenario, el papel del gobierno resulta primordial para el proceso de incorporación de los migrantes a las sociedades receptoras.

El recorrido anterior por los tipos ideales de los contextos de recepción, evidencia el papel protagónico de aparato gubernamental y las políticas de las sociedades de acogida, en la incorporación de los migrantes. Como los principales responsables en; la extensión de derechos económicos, sociales, y culturales a estos colectivos, y de brindarles las condiciones necesarias para su normalización en el acceso a los servicios básicos de salud, educación, vivienda y seguridad social (Portes y Böröcz, 1998; Canales y Montiel, 2005; Cachón, 2009). En sus decisiones, actitudes y voluntades políticas descansa principalmente la posibilidad de responder a la figura de la alteridad/ diferencia desde la inclusión, y reconocer a aquellos actores que sufren la triple exclusión: discriminación cultural, exclusión socioeconómica y marginación de los mecanismos de representación y participación política” (Calderón, F. et al. Año, p.105). Pues, la consolidación de la cohesión social en sociedades cada vez más multiculturales, se construye necesariamente en relación a la alteridad, en el campo de la relación con el otro, negado o excluido en la forma social del extranjero.

El tratamiento de la migración por parte del aparato gubernamental y las políticas de los contextos, es posible identificar dos modelos de gestión de las migraciones característicos, que responden a un conjunto de “ideologías, políticas y prácticas”, adoptadas por las decisiones de los agentes del gobierno y las instituciones. Integración de la población migrante a las sociedades de acogida por; asimilación y diferenciación o multiculturalismo (Giménez, 2003; Torres, 2004)

La integración por asimilación, radica en la adopción de los valores y símbolos nacionales de la cultura hegemónica y la renuncia/ sumisión de su diversidad cultural (alteridad/diferencia). Este ejercicio de desprendimiento de su identidad cultural diferenciada y afiliación a la “identidad nacional” se convierte en valor de cambio, al otorgarle a los migrantes mayores posibilidades de integración social y económica y de movilidad ascendente, al menos teóricamente36. Asimismo se presenta como una forma de resguardar la cohesión social de la misma, entendida según preceptos de lo homogéneo y universal.

La integración por diferenciación o multiculturalismo37, por su parte, se sustenta en el principio de igualdad, de no discriminación y/o aceptación del otro, y en el respeto a las diferencias (Giménez, 2003). En este modelo, el Estado y sus instituciones se encargan de proteger la cultura de la población migrante, al mismo tiempo que promueven su participación en la sociedad de recepción. Los principales cuestionamientos al enfoque multiculturalista, confluyen en la insuficiencia de este como proyecto de cohesión social, debido- entre otras cosas -a la tendencia a la “guetización” como consecuencia del resguardo de la diversidad cultural (grupos étnicos o migrantes). Esta última se convierte al mismo tiempo en objeto de protección pero también de reclusión pues lo aleja de toda posibilidad de generar interrelaciones entre los diversos grupos que coexisten en un mismo territorio.

Por su parte, Torres (2011) constata que la tan anhelada “Inclusión de los migrantes” debe responder a: la Integración social y la gestión de la diversidad cultural (de manera respetuosa y adecuada). Ambos elementos son centrales para la “buena integración” entendida como la “clave” para la “sociedad deseable que se pretende construir”, en base a: “la igualdad de derechos obligaciones, el reconocimiento del pluralismo cultural y la incidencia en la interacción, la interrelación y la interculturalidad como base del funcionamiento social y construcción del nosotros” (Torres, 2011:55)

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En la práctica, la experiencia da cuenta de que se produciría un efecto contrario, pues aumentan las diferencias y las dinámicas sociales de exclusión tienden a etnificarse.

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“El término multiculturalismo se utiliza en diversos sentidos. Multiculturalismo como hecho, constatación empírica del creciente pluralismo cultural. En otros casos, multiculturalismo designa las políticas aplicadas por gobiernos y administraciones. En tercer lugar, multiculturalismo hace referencia a un proyecto normativo que considere “el pluralismo cultural como principio jurídico y político” (Torres: 2004:13)

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Parafraseando a Giménez, el enfoque intercultural, como un tipo ideal de integración vendría precisamente a llenar el vacío dejado por el multiculturalismo, a partir de “su énfasis en el terreno de la interacción entre los sujetos o entidades culturalmente diferenciados”. (Giménez, 2003). Para referirnos a la incorporación desarrollada desde el nivel local, se acopia el término “inserción urbana”38, de Torres (2006) comprendida como: “el proceso de paulatina incorporación de los inmigrantes a la ciudad como vecinos, trabajadores, consumidores y usuarios de los servicios públicos” (pp.3). La inserción social de los sujetos migrantes supone un posible reconocimiento en términos del acceso al “derecho a los servicios sociales, sanitarios y escolares”. En función del tipo de reconocimiento, la inserción puede adoptar formas más inclusivas y excluyentes, dejando en evidencia que ésta no necesariamente se traduce en “integración social”, pues otros factores como el “aislamiento e incluso rechazo social hacia quienes se insertan” además de la ausencia de reconocimiento, configuran una inserción desde la exclusión (Torres, 2007).

Moncusí y Llopis (2008) en base a las investigaciones realizadas por Torres (2007) y Martiniello (1995), proponen cinco dimensiones características de la inserción social como proceso multidimensional: normativa, de sociabilidad, sociocultural e identitaria, socioeconómica y espacial y de tres escalas o niveles (micro, meso y macro). Con el propósito de aproximarnos al objeto de estudio de esta investigación, nos centraremos en dos dimensiones estrechamente relacionadas: La dimensión espacial y la de sociabilidad39

La dimensión espacial se relaciona con “la ubicación de las personas en un entramado urbano construido como espacio a través de los usos y experiencias de quienes transitan por sus espacios públicos (Delgado, 2007 en Moncusí y Llopis; 2008). De acuerdo a lo expresado por Moncusí y Llopis (2008) esta dimensión, tiende a “condicionar la generación y mantenimiento de tramas relacionales y la Copresencia con personas de distinta condición, en distintos campos - consumo, uso de servicios y espacios públicos-“(pp.97)

En este sentido, la dimensión de las formas de sociabilidad resulta fundamental porque son las relaciones sociales las que le otorgan sentido a la realidad. Ahí donde esta se comprende necesariamente en relación a la otredad. Las acciones de reciprocidad propiciada por los vínculos

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Una de las principales distinciones entre el concepto de integración y el de inserción, radica en que mientras el primero atiende a elementos normativos (como la plena ciudadanía, la igualdad de derechos y obligaciones y la interculturalidad, entre otras cosas) El segundo responde más bien a un “proceso social” en términos facticos, que comporta una relación entre dos partes. ( Torres, 2006)

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Cabe mencionar que ambas dimensiones de la inserción social de los migrantes como un proceso multidimensional , se desarrollan con mayor profundidad en la siguiente sección NºXX

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y relaciones sociales, se concretan en el espacio público, y en los diversos usos de este por parte de los grupos que ahí convergen, se visibilizan y expresan la mayor o menor relación entre estos (Moncusí y Llopis, 2008)

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