3.1. LA VIDA DE SÓCRATES
Apología, Fedón y Banquete: Confianza en la razón, uso del lenguaje, coherencia.
Consagrado en vida al análisis de los razonamientos y a la veracidad con la que se proferían los preceptos morales, Sócrates, desarrolló una profunda creencia en sí mismo y por ende en sus prédicas. Esto gracias al valor que le otorgó al correcto ejercicio de la razón. Interesado en estar siempre de acuerdo consigo mismo, se esmeró por ser coherente tanto en el contenido de sus razonamientos, como en el uso de las palabras. Esta preocupación se evidencia en la defensa que hace en el tribunal al otorgarle a la razón plena confianza. Para él el ejercicio de dar cuenta de los hechos por medio del razonamiento, no sólo procuran el juicio correcto, sino que es la forma más digna de proceder.
Se puede describir a Sócrates como un hombre que confía plenamente en la razón, por ello ésta constituye en su vida el fundamento de su acción. La considera primordial porque con el correcto uso que se da de ella, es posible configurar principios sólidos que lleven a la acción deliberativa, autónoma y con fuerte
convicción. Estar convencido a plenitud gracias al correcto uso de la razón, es la forma más elevada de procedimiento que puede llegar a concebir el ser humano, pues esta forma permite hacerle honor a la justicia y a la verdad. Con la razón, se hace innecesario utilizar mecanismos que pretendan a toda costa el convencimiento, bien sea desde la manipulación de los afectos, la mentira o la fuerza. Por el contrario, con el ejercicio correcto de los razonamientos, se efectúa una legítima persuasión, en donde lo que se dice tiene el firme propósito de exponer fielmente lo que es verdadero, según corresponda. Por ello en la Apología el maestro afirma que
los jueces están sentados no “para conceder por favor lo justo (…) sino juzgar con
arreglo a las leyes” (35c Apología).
Al lado de este ejercicio argumentativo con miras a la acción, se encuentra la preocupación por hablar siempre del mismo modo y en el mismo sentido, sin adornos y procurando ser coherente en todos los espacios, pues ello permite no sólo estar en primer lugar de acuerdo consigo mismo, sino también lograr establecer acuerdos con sus interlocutores. Es evidente que para Sócrates el ser cuidadoso con el uso del lenguaje es de suma importancia porque es en éste en dónde se evidencia la opción de vida que el ser humano elige construir conforme a lo que considera conveniente. Por esta misma razón para él la vida se convierte en la fuente de creación del discurso filosófico, pues juntos, vida y discurso, se articulan para concebir la forma por la que se comprende y practica la acción del vivir. Así, argumentar las razones por las que se actúa de determinada manera demanda cuidado, pues este ejercicio puede contribuir a que disminuyan las consecuencias morales equivocadas a causa de la ignorancia y el mal uso de las palabras tanto para sí mismo como en relación con los otros. El buen uso del lenguaje, es decir, el ser coherente y mantener el mismo sentido en lo que se dice, facilita el actuar correctamente; para él es claro que tener dificultades para expresarse no sólo muestra un defecto gramatical, sino que desde la ambigüedad que genera, puede llegar a producir daño en las almas de los hombres. Así, se puede destacar que el uso de las palabras va en sintonía con la adecuada argumentación, por eso para el
maestro no existe mayor mal que el odiar los razonamientos, pues es impío con uno mismo y con los demás despreciar aquello que da la posibilidad de creer en algo con convicción y legítima verdad. De este modo se constata una vez más que Sócrates es un defensor de la verdad, su preocupación vital está anclada en la forma de argumentación, para con ello evitar hablar y actuar injustamente.
La relevancia que le da al correcto proceder hace que se esmere en ser un hombre hábil en el ejercicio de la correcta argumentación y del correcto uso del lenguaje, cuenta con extraordinaria capacidad argumentativa, sus argumentos y la coherencia con la que actúa según éstos es una de las cualidades que lo hace sabio. La coherencia es uno de los rasgos que más interesa resaltar aquí, puesto que regirá su forma de pensar y de actuar.
Este ser coherente se ve ejemplificado desde su pretensión por querer decir siempre lo mismo y mantenerse firme en sus creencias y posiciones, pues su saber decir es su saber hacer, procura decir siempre lo mismo y actuar conforme a su discurso, o mas bien, procura que lo que dice no sea otra cosa más que el fiel reflejo de lo que hace. El discurso filosófico, como lo dice Pierre Hadot, se origina en una elección de vida y en una opción existencial58, por ello la coherencia es uno de los temas más valiosos en la tradición filosófica antigua y en la herencia del mismo Sócrates, en ella se funda precisamente su sentido moral.
Este ser coherente significa ser fiel a sí mismo, a sus principios y convicciones, esto es, al mandato divino, que en el caso de Sócrates es ser un pedagogo en el ejercicio de la justicia. Esto puede verse ejemplificado en su interés por evitar cometer actos impíos, abstención que se exterioriza no sólo por su fuerte creencia en Zeus, sino porque se propone enseñar a través del ejemplo el respeto a las propias convicciones y a ser coherente con sus creencias y acciones. De aquí su constante preocupación por ser honesto ante sí mismo, pues ello le permite mantener coherencia entre el decir y el hacer; característica propia del hombre justo.
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Para él es principio moral practicar la justicia en primer lugar consigo mismo para luego sí establecer acuerdos de la misma pretensión con otros; se torna coherente en la medida en que lo que hace es lo que expresa en su discurso y su discurso es reflejo de sus acciones.
Apología y Fedón: Divinidad, serenidad y actitud piadosa.
La presencia religiosa se torna como fundamento para la acción, Sócrates cree profundamente en la existencia de la divinidad, en varios pasajes aparece con actitud de agradecimiento y profundo respeto ante lo divino. Esta manifestación se le revela por medio de la voz interior que no sólo le indica su misión, sino que lo invita a mantener la tranquilidad cuando obedece a su mandato. La plena confianza en la presencia de la divinidad es lo que le otorga la tranquilidad que caracteriza su proceder, por ello siempre se conduce con actitud serena, pues confía en la voluntad de los dioses y en su benevolencia para con los mortales. Para Sócrates es claro que quién actúa conforme a la ley divina, con obediencia y procurando en todo la justicia más que la discordia, no tiene razones para vivir en angustia y con temor alguno, contrario a esto, confía plenamente en la autoridad de los dioses para que sean ellos quienes impartan su propia ley.
Por esta razón un signo de su convicción en la divinidad es la tranquilidad ante el acontecimiento de la muerte; esta actitud de calma y de serenidad es muy representativa en la personalidad del maestro, no sólo durante su vida sino incluso al final de ella, pues se arroja confiado a los designios divinos porque cree profundamente en la bondad de los dioses. Considera que ellos se preocupan del bienestar de los hombres buenos tanto en vida como después de la muerte, por lo tanto no hay razón para temer o desobedecerles, de allí que sea piadoso obedecer a sus designios y esperanzarse en su cuidado. Dicho esto, es innegable que su paz y serenidad es una de las características de su personalidad, lo reveló durante su vida y en el momento de su muerte.
La intención piadosa por obedecer fielmente el mandato de los dioses es una característica predominante del sabio ático, aparece de modo transversal en los diferentes ámbitos de su vida. De este modo su creencia tiene consecuencias directas en el desempeño de su misión, tanto en lo que debe o no hacer, según la señal enviada por el dios.
Su fidelidad a los designios divinos incluye la convicción de que no es lícito hacerse daño a sí mismo, aun en aquellos momentos en los que el hombre, colmado de infinita angustia y desespero, le parezca mejor estar muerto que vivir. Para él sería un acto impío tomar la decisión de terminar con la propia vida, antes de esperar a que sean los dioses los que determinen el final de la corporeidad de la persona, pues sólo ellos han de cuidar y tomar decisión sobre la vida humana, ya que es a estos seres superiores a los que el alma les pertenece. Por ello saldar las deudas en vida y cumplir a las promesas que se han hecho tanto a humanos como a dioses, es también un acto piadoso del auténtico proceder socrático.
Apología, Fedón y Banquete: Vocación filosófica
La creencia en la divinidad también influye en su vocación, a través de la voz interior que le advierte abstenerse de participar activamente en la política, Sócrates interpreta que el ejercicio de la justicia se efectúa mejor desde la vida privada, es decir, en diálogo íntimo con sus discípulos. Interpreta el mandato de la voz como una forma de hacer filosofía, pues al considerarse poco hábil para la composición de mitos y en cambio sí para la composición de razonamientos, entiende que el llamado del dios era a seguir desempeñando la misión que hasta entonces ejecutaba, esta es, continuar con el examen riguroso de los razonamientos que fundamentan la acción del hombre desde lo que éste considera verdadero o no. De este modo, la filosofía es una misión divina para él, por ello procura contagiar a los hombres del deseo de búsqueda de aquello que es más conveniente para sus vidas y en proponerles un método para encontrarlo.
Se entrega a su misión sin condiciones, sin reservas, sin esperar remuneración a cambio de su enseñanza; contrario a esto, su vocación es también su forma de vida, es una práctica que se encarna unánimemente en todo lo que es, hace y transmite. Su forma de proceder está inspirada en la fuerza recibida por la divinidad.
El ser pedagogo es el carácter del filósofo y lo que enseña es a que los hombres sean mesurados y eviten acceder a los excesos del alma, en esto se funda la posibilidad de educar para que los jóvenes sean dueños de sus emociones, razonamientos y acciones. En vista de ello considera que el vivir filosóficamente implica el continuo examen de sí mismo, de sus semejantes y de lo que está a su alrededor. Su función pedagógica está precedida por el reconocimiento humilde de la ignorancia, de aquí que su tarea como pedagogo consista en hacer que los hombres tomen conciencia de su propio no saber y se exhorten a sí mismos hacia la búsqueda de lo que es verdadero y conveniente para sus vidas. Para llevar a cabo esta misión, su procedimiento es adoptar por medio de discursos, la actitud de alguien que no sabe nada, pues la convicción de la propia ignorancia es el primer paso para adquirir el conocimiento.
Este encantador de hombres, como lo llama Alcibíades, al aproximarse a los jóvenes lo hace en disposición amorosa y con un claro interés de examinar el contenido de sus razonamientos, considera que sólo haciéndoles ver el error de sus razonamientos, es como podría motivarlos a perfeccionar su proceder y descubrir así el arte del gobierno de sí mismos. Interesado en el fruto que llevan dentro, más no en su apariencia física, riqueza o cualquier otro adorno aparente, Sócrates se aproxima a ellos con interrogantes propios que dejan en evidencia su actitud de ignorancia, sin embargo, cuando ha terminado de escuchar a su interlocutor, deja salir de su interior la sabiduría que lo hace ser hombre de gran admiración.
Por esta capacidad de respuesta, en sus discursos también se resalta esa característica de generar confrontación entre sus interlocutores, principalmente en
aquellos jóvenes que empiezan a experimentar conciencia sobre el descuido que tienen de sí mismos y la esclavitud con la que llevan su forma de vida. Sólo sus discursos, como lo comunica Alcibíades, estremecen, pues aún cuando Sócrates les ha hecho tomar conciencia que se debe hacer lo que él aconseja, al momento de partir y encontrándose lejos del maestro, Alcibíades disminuye en voluntad y dejándose gobernar por los honores, se ve impedido para actuar como es debido, por ello se avergüenza cuando nuevamente va a su encuentro, pues las palabras de Sócrates siempre generan en éste tipo de espíritus la necesidad de reconocer humildemente la falta de voluntad y compromiso con que se asume la actitud ante la vida, tanto para examinarla, como para gobernarla de acuerdo a lo que conviene.
Es la forma de decir las cosas lo que lo hace sabio. Esta capacidad de Sócrates para avergonzar a sus interlocutores, es un rasgo natural que se da en él por su capacidad de hacerle descubrir a sus discípulos que la forma de sus procedimientos carece de fundamento argumentativo y que, contrario a lo que usualmente ellos creen, sus formas de proceder están sustentadas en erróneos razonamientos que dan lugar a acciones sujetas a deseos temporales más no desde la razón.
Apología, Fedón y Banquete: Sobre la virtud de la justicia
Sócrates es un hombre justo y tiene plena convicción de su rectitud en el hablar y en el actuar, se afirma a sí mismo como tal porque siempre obedeció las órdenes que en provenían de sus superiores y asumió una actitud de humildad para aceptar y conservar los lugares que le habían sido asignados por ellos. Del mismo modo, es consciente que ha sido obediente a los dioses, filosofando y examinándose tanto a sí mismo como a los demás, mandato que cree le viene dado por la divinidad. Por esta convicción considera perjudicial y vergonzoso cometer injusticia y desobedecer al que es mejor, sea dios u hombre.
También considera que es mayor mal el cometer injusticia que padecerla, pues quien provoca el mal se hace daño a sí mismo y este acto es más corrosivo
para el alma que el padecer el mal por causa de otro. No tiene dudas en cuanto a que la injusticia y la ignorancia deterioran el alma y este mal sólo es posible curarlo con el análisis, la crítica y la refutación. Por eso su vida la ha sometido a un proceso continuo de examen permanente y autocrítica. Examinarse le permite identificar qué necesita para llevar una vida mejor y evitar así desviarse del camino de la justicia; también le permite reconocer que para avanzar en el camino de la acción y del juicio correcto, se requiere, de forma permanente, ejercitación en la adquisición de virtudes que lo hagan mejor y más dueño de sí, como por ejemplo: la virtud de la templanza, la cual consiste en mantenerse indiferente ante la presencia o ausencia de bienes materiales59; el no dejarse excitar por los deseos sino dominarlos moderada y ordenadamente son las virtudes que le conviene practicar al filósofo, pues en Sócrates, la virtud es igual al conocimiento, de allí que cuando se hace el mal hacia sí mismo o hacia otro, se deba a una razón de ignorancia y no de voluntad60, por ello su insistencia para que las personas cuiden de su alma como si fuese su bien más preciado.
A la virtud de la justicia la acompañan otras virtudes que también son propias del filósofo. Sócrates se presenta también como un hombre valiente, moderado, con templanza y no le interesa el reconocimiento personal, estas cualidades lo llevan a ser un hombre sabio, pues logra llevar una vida buena, virtuosa y prudente, esto le da la esperanza de tener una vida digna. En tanto filósofo, es un hombre que en vida ignoró los placeres del cuerpo y comprendió que
debía oponerse a ellos. Como relata Guthrie era del tipo de hombres que “no daba
importancia a las apariencias, sino que iba normalmente descalzo, justo con un manto y unas sandalias sencillas. El vigor, la templanza y el autocontrol son las
características más notables de su carácter”61; se esmeró por cultivar el placer que
emana del conocimiento, la prudencia, la justicia, el valor, la libertad y la verdad.
59
Cf. GUTHRIE,Historia de la Filosofía Griega, Vol. III, p. 380. 60
Cf. Ibídem., p. 369. 61
Es un hombre que se ocupa del cuidado del alma y no de los cuerpos o de los bienes, aventaja a los demás en dominio de sí mismo en su proceder es cauteloso, sereno y mantiene extremada observación de todo cuanto hay a su alrededor.
Banquete y Fedón: Dominio de los deseos y purificación para la muerte
Para llevar una forma de vida conforme a la virtud, el dominio de los deseos del cuerpo es tema fundamental en su práctica cotidiana. En el Banquete por ejemplo, muestra con su actitud la capacidad que tiene para no dejarse dominar por el placer que genera la bebida, pues aunque bebió como sus compañeros, siempre mantuvo la cordura y fue dueño de sí. Este dominio también se expresa en su impasibilidad durante la noche en la que compartieron el mismo lecho junto con Alcibíades. Sócrates una vez más se mostró imperturbable ante los placeres del cuerpo (Cf.216d -218e Banquete). Ahora bien, tal como se ve en el Fedón, el no dejarse excitar por los deseos, sino dominarlos moderada y ordenadamente es una de estas virtudes que le conviene al filósofo (Cf.68c Fedón), no sólo porque le permite vivir de forma armónica y equilibrada, sino porque alcanzar estas virtudes es el resultado de un dedicado trabajo que pretende la purificación del alma del individuo, condición que hace posible que las almas que llegan al Hades vivan en compañía de los dioses. Así se entiende que la forma de vida que el filósofo elige implica de manera continua la preparación para la muerte.
Este aspecto se desarrolla propiamente con Platón, pero aquí, es decir, en el Fedón, se alcanza a entrelazar las características del carácter moral socrático con teorías del pensamiento platónico. Precisando este asunto se puede comprender que la separación del cuerpo y del alma le permite a ella alcanzar un estado de purificación, pues ya no tendrá como impedimento al cuerpo para lograr alcanzar el conocimiento, pues es aquel el que lo ata a los placeres corpóreos. De este modo, el dominio de los placeres del cuerpo se logra de manera definitiva después de la muerte, pues la separación entre alma y cuerpo, facilita el ideal d purificación que se pretende alcanzar en vida con la ejercitación de las virtudes propias para este fin.
En este sentido su ocupación se centrará más en el alma que en el cuerpo y los placeres superficiales que acompañan a este (Cf.64e Fedón), pues es en ella en