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4.3. Tat twan asi: el verdadero móvil de la ética

Un segundo requisito se hace necesario para una fundamentación de la ética: la superación de la “opinión escéptica”. Este punto de vista considera que no existe una moral espontánea al hombre, sino que ella se debe al cobijo de la legalidad, las costumbres, las instituciones, y en particular, la religión (cfr. DPF, E2: §13, 187 – 193 [229 – 236]). Schopenhauer no pretenderá defender un “naturalismo moral”, por el contrario, su “camino se desvía, desde luego, del de todos los demás moralistas y se hace

parecido al de Dante, que conduce primero al infierno” (DPF, E2: §14, 201 [244]). Este sendero que se surcara, estará dedicado a defender la moralidad natural del hombre con base en el egoísmo: este es el primer motor que incita a la acción.

En efecto, para Schopenhauer el impulso fundamental de todo lo existente es el egoísmo; de una dimensión colosal y tamaño gigante, cuya máxima es “que perezca el mundo mientras yo me salve” (DPF, E2: §22, 266 [313]. El egoísmo es producto, por una parte, de que “el mundo es mi representación”, luego para cada uno el mundo es una entidad que no tiene la suficiencia para mostrarse real, siendo apenas una parte de su representación. Por otra parte, el asiento principal del egoísmo se encuentra en que “el mundo es mi voluntad”, una voluntad que se disfraza de individualidad pero permanece una e indivisa en cada uno de los seres, su forma de manifestarse es la voluntad de vivir haciendo que cada individuo quiera su supervivencia a cualquier precio (cfr. MVR1: §54, 323 – 336 [330 – 341]).

El egoísmo natural es uno de los móviles de la acción, que sumado a la malevolencia hace posible deducir todos los comportamientos antiéticos, así como sus opuestos, la justicia y la caridad de donde se desprenden todas las virtudes y comportamientos dignos de elogio. No obstante, estos dos móviles no pueden ser el verdadero móvil auténtico de la moral. La existencia de valor moral puede constatarse con un hecho empírico presentado únicamente de forma negativa: la ausencia de toda manifestación egoísta. Además, debe añadirse un matiz a esta prueba moral que consiste en que toda acción debe ausentarse de buscar el dolor ajeno, con lo que el egoísmo y la malevolencia son excluidos como los móviles auténticos, originando así un móvil moral genuino: la compasión (cfr. DPF, E2: 15, 203 – 204 [246 – 247]).

Partiendo del supuesto de que las acciones de la voluntad siempre tienen que ver con el placer y dolor propios o ajenos, surgen dos clases diferenciadas de acciones. En principio, las que están motivadas por el placer propio o ajeno que carecen de cualquier

valor moral y son las propias del egoísmo. El segundo tipo de acciones tienen como valor inmediato el placer o dolor ajenos pero motivados por fines altruistas y pueden tener valor moral (cfr. DPF, E2: §15, 203 – 204 [246 – 247]). Luego lo específico de la acción moral es el altruismo: el interés ajeno. Acá es donde encontramos el tercero de los móviles de la ética y aquel fenómeno originario: la compasión. Este fenómeno acaso puede explicarse con la fórmula tomada de la antigua sabiduría hindú: Tat twan asi (Este eres tú). “Quien sea capaz de decírsela a sí mismo respecto de todos los seres con los que entra en contacto, con claro conocimiento y sólida convicción interior, con ello tiene asegurada la virtud y la santidad y se encuentra en el camino directo a la salvación” (MVR1: §66, 442 [435]).

La esencia de la compasión consiste en participar inmediatamente en el dolor ajeno, pues sólo al dolor y no al placer alude la compasión, de tal forma que se logre sentir el dolor de forma directa, pero no como de manera inmediata tenderíamos a pensar de forma propia sino ajena: “Únicamente por el hecho de que yo, aunque ese sufrimiento se me dé como algo exterior a través de la mera intuición o la noticia externa, sin embargo lo consiento, lo siento como mío, pero no en mí, sino en otro” (DPF, E2: §18, 229 [273]). Schopenhauer reconocía que el mayor equivoco en la explicación de la compasión era la “comprensión psicológica”. Esta comprensión supone un engaño a la imaginación sobre quién es quién, pretendiendo copar el lugar de cada cual y anular su individualidad en el acto moral; además, un apropiarse del dolor ajeno en la propia persona; en esta comprensión errática la

compasión nace por un engaño instantáneo de la fantasía, al ponernos nosotros mismos en el lugar del que sufre y creer en la imaginación que sufrimos su dolor en nuestra persona. Pero no es así de ninguna manera; sino que a cada momento nos queda claro y presente que él es el que sufre, y no nosotros: y es directamente en su persona, no en la nuestra, donde sentimos el sufrimiento para aflicción nuestra. Sufrimos con él, es decir, en él: sentimos su dolor como suyo y no imaginamos que sea el nuestro (DPF, E2: §16, 211 – 212 [254 – 255].

La verdadera compasión no nace de un error de nuestro conocimiento del fenómeno, de un ánimo apesadumbrado que desemboca en la lastima o de una intención de suprimir otras individualidades y hacerlas mías, por el contrario, la compasión nace de un conocimiento verdadero de la esencia de la vida:

Lo único que puede mover a las buenas acciones y las obras de la caridad es el conocimiento del sufrimiento ajeno que se hace inmediatamente comprensible a partir del propio y se equipara a él. Pero de ahí resulta que el amor puro es por naturaleza compasión, sea grande o pequeño el sufrimiento que mitiga, en el cual se incluye cualquier deseo insatisfecho. Por eso no tendremos reparos en oponernos directamente a Kant, que pretendió reconocer como verdadera bondad y virtud exclusivamente la nacida de la reflexión abstracta –en particular del concepto del deber y del imperativo categórico- y calificó la compasión de debilidad y en modo alguno de virtud; así pues, frente a Kant diremos: el mero concepto es tan estéril para la auténtica virtud como para el auténtico arte: todo amor verdadero y puro es compasión, y todo amor que no sea compasión es egoísmo (MVR1: §67, 444 [437]).

Mediante la compasión las fronteras de la individualidad que separan a los seres se vuelven meras apariencias, pues tras ellas se esconde una identidad esencial compartida. Para quienes acceden a la compasión, el otro no es ya un “no yo”, sino “otra vez yo”, y el placer y el dolor ajenos son motivos para un querer de igual o mayor relevancia que el propio. La compasión es traspasar el velo de Maya, es decir, acceder al “secreto último de la vida”: “el mal y la maldad, el sufrimiento y el odio, la víctima y el verdugo”, son lo mismo, aun cuando aparezcan diferentes a la representación (cfr. MVR1: §68, 465 [456]).

La compasión presenta dos niveles lo suficientemente diferenciados desde los que se establecen las dos virtudes éticas fundamentales: la justicia y la caridad. El nivel inferior de la compasión, la justicia, se limita a frenar el egoísmo propio evitando el sufrimiento ajeno. Este grado inferior de la compasión es en esencia restrictivo y busca limitar todas las potencias antimorales evitando actos injustos. En cuanto al grado superior de la compasión, la caridad, busca fomentar la ayuda a tantos como sea posible lo que lleva a

una operación activa que tiene como característica la eliminación del sufrimiento ajeno; instaurada en Occidente por el Cristianismo y malograda por su fusión con el judaísmo, según Schopenhauer, ya las antiguas civilizaciones de Oriente conocían su potencial y alcance (cfr. DPF, E2: §18, 229 – 230 [274 – 275]). En la medida en que la compasión es el resorte de la acción moral, solo las verdaderas acciones que broten de ella podrán tener valor moral. Cuando esta despierta en cada quien nuestra individualidad presta cobijo al bien y al mal que sufren los demás, haciéndolo propio, aunque con distinta intensidad, como si fueran suyos.

Schopenhauer busca avales a su principio moral encontrándolos fructíferamente en la experiencia. A partir de esto, confirma Schopenhauer que, la compasión es el “móvil moral más puro” (cfr. DPF, E2: §19, 231 – 233 [276 – 278]). De igual forma, el móvil establecido es el único que puede “gloriarse de una eficacia real y hasta amplia”: “Pues nadie querrá afirmar lo mismo de los demás principios morales de los filósofos; porque estos se componen de proposiciones abstractas, en parte hasta sofísticas, sin otro fundamento más que una artificial combinación de conceptos; de modo que su aplicación al obrar real tendría a veces un aspecto ridículo” (DPF, E2: §19, 233 [278]). En efecto, la compasión se presenta como el móvil moral de mayor eficacia, superior incluso al de la religión, pues no precisa de argumentaciones, explicaciones casuísticas, ni de conocimientos abstractos sino solo intuitivos que tienen validez para casos individuales como generales (cfr. DPF, E2: 19, 236 – 239 [281 -284]. Además, Schopenhauer añade algo a su confirmación del auténtico móvil moral que resulta revolucionaria: la protección a los animales. Schopenhauer recuerda como la tradición filosófica de Occidente ha avalado el trato brutal hacia los animales y apenas los considera seres inferiores al servicio del ser humano (cfr. DPF, E2: §19, 238 - 245 [284 - 290]). A falta de una autoridad filosófica sobre su fundamento, presente apenas en unas cuantas opiniones de Rousseau, Schopenhauer confirma su fundamento moral con base en las sabidurías Hindú, China, el Cristianismo primitivo y la antigua Grecia (cfr. DPF, E2: §19 [246 – 249]).