El cuadro de dataciones disponibles para definir el tránsito del III al II milenio AC en la zona del Alto Duero, una vez calibradas, refleja la habitual elevación de las fechas convencionales y, de forma paralela, un aumento del margen de probabilidad en el que se sitúan cada una de las fechas.
En muchos casos, los márgenes de probabilidad parecen excesivamente dilatados para concretar una secuencia, máxime cuando los conjuntos que se fechan ofrecen una cultura material poco variada para tan dilatado margen cronológico, si bien no hay nada en contra de que pudiera ser así. Con seguridad debe ampliarse el espectro de muestras, tanto cuantitativa como cualitativamente, con el objeto de ir ajustando la secuencia crono-cultural. En este sentido no podemos dejar de señalar la existencia, en el cuadro anterior, de porcentajes de probabilidad inferiores al 95% e incluso al 90% lo que debiera matizar la fiabilidad de esos resultados.
Ahora bien, pese a estas prevenciones, y conscientes de que cuanto se indica debe ser considerado más como una reflexión sobre la cronología absoluta de estos conjuntos que como una conclusión para definir o identificar una etapa crono-cultural, la secuencia estadística resultante ofrece una más que previsible coherencia, situándose los nuevos yacimientos en estudio entre aquellos que, tradicionalmente, se encuadran en las etapas calcolíticas-campaniforme anteriores y las posteriores, de formación del grupo Cogotas I.
La duración de la etapa Calcolítica en la zona del Alto Duero es difícil de precisar por la ausencia de resultados válidos. Los análisis de Fuente de Las Pocillas y el de El Castillejo de Garray ofrecen márgenes estadísticos superiores al centenar de años por lo que su precisión es nula. El único de los tres, el de Los Cercados de Mucientes permite su calibración, aun cuando el resultado es poco preciso, 2700-2250 cal. AC, si bien dentro de los límites que se consideran aceptables para esta etapa.
En la Submeseta Norte la secuencia del Calcolítico en el Valle del Amblés parece clara (Fabián, 2006: 447). El limite superior se ajustaría al ultimo tercio del IV milenio AC y vendría datado por las fechas de los poblados de Fuente Lirio y Aldeagordillo. El límite inferior es más impreciso, si bien no hay opiniones contrarias a situarlo un milenio más tarde, hacia el último cuarto del III milenio AC, si bien algunas dataciones parecen alcanzar los últimos momentos de este milenio.
Las fechas que permiten definir esta etapa muestran tendencia por agruparse en dos bloques, de un lado los conjuntos clásicos o antiguos que, alcanzarían, sin duda, la mitad del III milenio AC. Además de los señalados, esta etapa calcolítica estaría bien representada en otros ambientes más distantes, como Las Pozas (del Val, 1992), confirmando la existencia de un grupo homogéneo que supera ampliamente los márgenes del valle del Duero.
En el segundo bloque se agrupan las fechas mas modernas, ya en la segunda mitad del milenio y sobre todo en las dos últimas centurias, incluso alcanzando los primeros momentos del II milenio AC. En el territorio más próximo a la zona de estudio, se localizan enclaves cuya cronología parece apuntar a ese momento de tránsito, si bien su amplio margen estadístico no posibilita mayor precisión por el momento. En estos conjuntos el bagaje material puede compararse con el clásico del Calcolítico aun cuando la representación de fósiles guía no sea tan completa. Su existencia parece explicarse por la producción especializada de ciertos útiles. Es el caso de Mucientes, del que no se deben alejar los de Fuente de Las Pocillas o El Castillejo, éste en el Alto Duero, cuyos materiales podemos comparar con los anteriores.
Solapando en parte las fechas, al menos las iniciales, se advierte la presencia en otros asentamientos e incluso en los mismos de una variedad cerámica muy singular, la campaniforme. Su hallazgo se asocia en este territorio, mayoritariamente, a enterramientos, aunque no falte algún ejemplo de habitación, siendo más frecuente la variedad incisa, considerada más tardía.
El gráfico comparado de la secuencia de las dataciones calibradas a dos sigmas resulta:
Figura 113 Gráfica secuencial de las fechas calibradas. En gris las resultantes de muestras de vida corta.
Difícilmente, con los datos disponibles, sera posible avanzar en la problemática de la interpretación y seriación de esta singular cerámica campaniforme. Dejando al margen la cronología de Somaén (CSIC, 69: 4620± 130 aC.), parece aceptado que la aparición y generalización de estos tipos cerámicos se documenta en la etapa final del Calcolítico. En el interior meseteño, las dataciones de los enterramientos de La Sima III y singularmente la combinación estadística de las dos fechas disponibles (2460–2270 cal. AC, con un 85.4% de probabilidad), situan la introducción del
campaniforme más antiguo –las cerámicas corresponden a los tipos Marítimo y Puntillado Geométrico–; ello a pesar de contar con la presencia de las típicas puntas Palmela y los puñales de lengüeta, que vienen siendo elementos consustanciales a la panoplia que acompaña a las especies incisas.
En el mismo territorio, los conjuntos Ciempozuelos estan presentes en el último cuarto del milenio, como indican la fecha más antigua del enterramiento de Aldeagordillo (2200–2142 cal. AC) e incluso la de Perro
más antiguas proceden de analizar muestras de hueso cuyos resultados se retraen respecto a las analíticas sobre carbón.
El declive de la presencia de Ciempozuelos habría que situarlo a finales de la primera centuria del II milenio AC, según el margen inferior que proporcionan las mismas dataciones de Aldeagordillo (2010–1940 cal. AC) o Perro Alto (1940 cal. AC), aun considerando que existen argumentos para suponer su pervivencia en momentos más tardíos, como indicaría otra fecha de Aldeagordillo (Beta 83086: 2030–1680 cal. AC) que no desentona con la más antigua de Arevalillo (1830-1600 cal. AC). Recordemos que aquí, como parecen apuntar determinadas evidencias estratigráficas, el Ciempozuelos era sustituido por las cerámicas ProtoCogotas con las que pudo llegar a convivir (Fernández Posse, 1981).
Aunque el amplio margen cronológico que ofrecen las fechas calibradas para el desarrollo del campaniforme precisa, sin duda, de ajustes, es evidente que su presencia en las tierras del interior fue dilatada, introduciéndose sobre los últimos grupos calcolíticos comentados, tal y como se confirma en los múltiples yacimientos excavados a ambos lados del Sistema Central. En el Alto Duero, a excepción de los datos de La Sima, carecemos de otras fechas radiocarbónicas, por lo que debemos mirar a las inmediaciones para poder comparar la secuencia. Así, muy próxima a esta zona, contamos con la aportada por Pico de Castro (Rodríguez Marcos, 2005) que coincide con la de Fuente Olmedo y que debiera permitir, al tratarse inequívocamente de una cabaña, fechar esta fase campaniforme, si bien por sus características no deja de asimilarse a cualquiera de los poblados que estudiamos.
De nuevo con un solapamiento de fechas, se advierte la presencia de otro grupo de yacimientos en los que la cerámica Ciempozuelos pierde el protagonismo. Por el contrario, los nuevos conjuntos cerámcios ofrecen una similar tipología que anuncia ya muchos de los elementos que caracterizarán las etapas plenas de la Edad del Bronce. Se trata, efectivamente, de los yacimientos en estudio, cuya etapa inicial no superaría el último cuarto del tercer milenio (El Parpantique 2210 cal. AC, Pico Romero 2350 y 2210 cal. AC, Los Torojones 2200 cal. AC y Los Cotorros2, 2140 cal. AC) y cuya etapa final, aunque menos precisa, no parece rebasar el primer cuarto del segundo milenio (Pico Romero 1930 y 1750 cal. AC, Los Torojones 1750 cal. AC y Los Cotorros 1860 y 1680 cal. AC). En este abanico destacan las fechas de El Parpantique con un límite inferior más antiguo (2030 y 2020 cal. AC),
ofreciendo una cronología mucho más ajustada a las dos últimas centurias del III milenio AC. Esta precisión no parece desentonar por el alto porcentaje de probabilidad de la calibración (95,4%), si bien este dato es recurrente en todos los casos, excepción de Los Cotorros que, en la única fecha disponible, ofrece los márgenes más modernos.
Estos enclaves con cronología del Bronce Antiguo parecen, por sus características, continuar la seriación de los conjuntos calcolíticos anteriores, si bien es evidente que entre ambos se intercalan los hallazgos genuinamente campaniformes, y singularmente los del tipo Ciempozuelos que es dominante en las tierras del interior, y que constituye un epifenómeno que sobrepasa esta secuencia lineal.
Indistintamente del necesario ajuste cronológico, parece confirmarse en algún momento la coincidencia de unos y otros en el en el mismo espacio, en algún momento de su desarrollo, algo que no debe resultar extraño, dado que en el momento inicial del campaniforme se constata su aparición en conjuntos de de adscripción calcolítica.
Con los datos disponibles, se aprecia que en uno y otro caso constituyen, genéricamente, manifestaciones distintas: los yacimientos atribuidos al horizonte Parpantique se identifican con poblados al aire libre, mientras que los hallazgos Ciempozuelos corresponden mayoritariamente a contextos funerarios. Sería tentador hacer coincidir unas y otras manifestaciones como complementarias de un mismo grupo, pero no disponemos de argumentos para respaldarlo, bien al contrario, sí que tenemos para sospechar que se trata de dos realidades distintas pero que pudieron llegar a convivir.
Hay, es cierto, poblados que cuentan con cerámicas no sólo de tradición campaniforme, sino de adscripción Ciempozuelos. En líneas anteriores referimos, por ejemplo, el caso del Pico del Castro (Rodríguez, 2005) al que se pudiera sumar el de Los Torojones, aunque en uno y otro yacimiento (2350–1960 y 2200-1750 cal. AC) la presencia de esta típica cerámica no deja de ser anecdótica, apenas unos fragmentos correspondientes a una o dos piezas cerámicas de un volumen superior al millar de fragmentos.
No puede concretarse en estas líneas lo que entendemos por un poblado campaniforme, pero resulta evidente que la documentación de un tipo cerámico no puede, por sí sólo, presuponer una adscripción crono- cultural, del mismo modo que la presencia de determinadas cerámicas decoradas en El Parpantique o Pico Romero no pueden hacernos suponer su
adscripción a la fase ProtoCogotas, como así se ha puesto de manifiesto en otros hallazgos similares; p.e. el citado de la cueva burgalesa de El Mirador (Moral et alii, 2003-2004).
Por el contrario, en la zona de estudio hay evidencias de la existencia de otros hallazgos de habitación, localizados en zonas bajas, en los que es posible su adscripción campaniforme, caso de El Molino de Garray (Fernández Moreno, 1997) o El Guijar de Almazán (Revilla, 1985), no sólo por el mayor volumen de piezas, sino porque se constata la presencia de esta típica decoración sobre cerámica de almacenamiento y de cocina, y no sólo sobre la terna de vasos que conforman el típico ajuar funerario. El mismo modelo de habitación parece derivarse de otros hallazgos próximos, tanto en la misma cuenca, caso del de Arrabal de Portillo (Fernández Manzano y Rojo, 1986), como en la del Jalón, en El Perchel (Lucas y Blasco, 1980).
Las manifestaciones funerarias fechadas en este momento también proyectan modelos distintos. Algunas, Perro Alto (Delibes et alii, 1998:167) o Aldeagordillo (Fabián, 2006: 444 y ss) se corresponden con las típicas del campaniforme: inhumaciones individuales a las que acompaña un determinado ajuar, con una composición y disposición que hace pensar en la existencia de un ritual establecido. Para fechas similares también se conocen otros enterramientos en fosa o en hoyo, tanto con deposiciones simples como múltiples, tal como se documenta en El Tomillar (2560- 2290 y 2560-2025 cal. AC) o en Santioste (2470–2010 y 2500–1950 cal. AC), en estos casos con ciertos elementos que no son extraños en los enterramientos Ciempozuelos, pero en un contexto funerario y de habitación en el que este tipo cerámico brilla por su ausencia. Y finalmente, también se conocen otros ejemplos en cueva, caso de la atribuida al Sector A de la Cueva del Asno (2600-2000 cal. AC).
Será a partir de la segunda centuria del II milenio AC cuando los conjuntos vuelvan a mostrar una secuencia uniforme y distinta a las de los poblados en altura que centran este estudio. A partir de las dataciones que aporta El Balconcillo (1900–1530 cal. AC), la del Sector B de la Cueva del Asno, la serie de Los Tolmos (Jimeno, 1984), Arevallillo (Delibes y Fernández Miranda, 1990) o La Plaza (Delibes y Fernández Manzano, 1981; Rodríguez Marcos, 2009) se define una etapa intermedia de la Edad del Bronce que en el Alto Duero quedaría bien caracterizada por el denominado horizonte ProtoCogotas.
Esta etapa, definidora del Bronce Medio en la Submeseta Norte, situaría su margen superior entre mediados del siglo XIX y la mitad del siglo XVII cal. AC, mientras que el límite inferior se acomodaría entre los inicios del siglo XVI y comienzos del XV cal. AC, en una sucesión homogénea y de escaso recorrido que enlazaría, sin solución de continuidad, con la plenitud cogoteña, como reflejan, p. e., los resultados de San Román de Hornija (1420-920 y 1450-750 cal. AC) (Delibes, 1978: 237).
En todo caso, también en la transición a estos conjuntos del Bronce Medio meseteño se detectan, con las fechas recopiladas, ciertos solapamientos como los que evidencian las fechas de Cueva La Maja, con una cronología alta (2220–1940 y 2190–1940 cal. AC) para lo que se viene definiendo como Bronce Medio, situándose entre las habituales del Bronce Antiguo, si bien sus decoraciones incisas parecen apuntar a un momento inmediatamente posterior, por lo que no podemos desechar una ocupación más dilatada de la que concretan los análisis radiocarbónicos. Algo similar e inverso ocurre con la fecha de El Mirador (Moral et alii, 2003-2004) que parece muy moderna para el conjunto material que caracteriza.
Al amparo de estas agrupaciones de fechas parece viable establecer unos hitos para concretar la secuencia, máxime con la posibilidad que ofrecen algunos de los yacimientos comentados para definir fechas combinadas. Es el caso de la inhumación de La Sima III, sobre muestra de vida corta, las de las cabañas de El Parpantique y Los Tolmos, sobre restos de madera carbonizada, y la de Cueva La Maja sobre restos de carbón (Figura 114).
COMBINADA VALOR BC YACIMIENTO VALOR BP CAL. A 2 SIGMAS % PROB. LA SIMA III 3861±20 2460-2270 85.4 PARPANTIQUE 3724±23 2200-2030 95.4 CUEVA LA MAJA 3672±28 2200-1930 99.7 LOS TOLMOS 3365±35 1750-1600 84.7 Figura 114 Secuencia cronológica para el Alto Duero a partir de las fechas combinadas.
De tal forma, la fecha aportada por La Sima III determinaría, en el contexto arqueológico de la Submeseta Norte, el inicio de la cerámica campaniforme y los ritos de inhumación a los que se asocia. No es posible afirmar si la variedad incisa Ciempozuelos coincide desde este mismo momento, si bien sí puede asegurarse una pervivencia mayor al restos de los estilos campaniformes, alcanzando,
incluso superando, la fecha más moderna de la datación combinada de El Parpantique e incluso de Cueva La Maja que serían los referentes para delimitar el Bronce Antiguo en la zona. A partir de un momento indeterminado del primer cuarto del II milenio AC, se inicia una secuencia de dataciones que posicionan la fase ProtoCogotas tanto en la zona del Alto como del Duero Medio y que pueden quedar enmarcadas por la datación también combinada de Los Tolmos.
Esta secuencia tiene su nudo gordiano en la transición del Calcolítico al Bronce Medio, donde vemos coexistir una amalgama de dataciones de eventos con y sin campaniforme, y que confirman la ocupación de determinados hábitat o de distintos hallazgos funerarios. Esta cuestión, la de definir el protagonismo del campaniforme Ciempozuelos, parece hoy un problema difícil de precisar con los datos disponibles, no sólo en el Submeseta Norte, sino también al sur del Sistema Central (Díaz del Río, 2001: 281-282), donde se dispone de los resultados del poblado de El Ventorro, si bien la validez de las fechas es cuestionada incluso por los propios excavadores (Priego y Quero, 1992: 369; Blasco et alii, 1994: 117). En este panorama, los hallazgos de Camino de las Yeseras vienen a incidir en la convivencia, temporal y espacial, de inhumaciones simples y múltiples, con ausencia o presencia de campaniforme inciso, aunque parecen generalizarse las cronologías más recientes para este último estilo cerámico (Liseau et alii, 2008).
En la zona aragonesa, en el valle medio del Ebro, con datos muy similares a los que estamos manejando, se plantea una secuencia distinta, basada en una sucesión de elementos guía como indicadores de los cambios que se producen (López y Picazo, 2005-2006). Siguiendo los datos aportados por estos autores, las primeras cerámicas campaniformes aparecen en yacimientos líticos de superficie, con escasa cerámica a mano, para generalizarse –posiblemente con una etapa de convivencia–, en poblados en altura, con buena visibilidad, abundante cerámica a mano y escasa presencia de material lítico. El inicio de estos poblados campaniforme incisos se situaría hacia el 2500–2300 cal. AC, mientras que su declive, más difuso, se lleva hacia el 1900 cal. AC. En la zona más meridional, en la serranía turolense, la secuencia comentada se ve alterada por la existencia de poblados, también en altura y de clara estructura preurbana, con una cronología si no más amplia que la señalada, sí contemporánea, por lo que se interpreta que, en la zona, el ocaso del campaniforme debió producirse hacia el 2100 cal. AC (Ibídem: 136-137).
Distintos argumentos cuestionarían, a nuestro entender, esta propuesta. De un lado, la adscripción topográfica de algunos enclaves. Tal es el caso de Cerro del Ramo (Orera, Zaragoza), cuya existencia da pie al estudio que comentamos. La localización de la cerámica campaniforme, se realiza unos 20 m debajo de la cima, sobre unos bancales que han transformado la superficie y perfil original (Ibídem: 120-121). En segundo lugar, las fechas calibradas apuntan la secuencia del 2600 al 2300 cal. AC para los contextos campaniformes clásicos, si bien hay evidencias como Marijuán I que llevan estos conjuntos hasta una etapa ciertamente tardía, la primera mitad del II milenio AC (Ibídem: 130), en un momento más moderno que los del Alto Duero, y próximas a las más bajas de las conocidas de Peña Guerra I y II en el tramo riojano del Sistema Ibérico (Pérez Arrondo, 1985). Por tanto, el panorama no sólo no difiere del que interpretamos para la zona del Alto Duero, recordemos las dataciones, por ejemplo, del poblado turolense de Peña Dorada, 2210– 2010 y 2060-1860 cal. AC (Picazo, 1993: 24-28; Burillo y Picazo, 1991-92: 54-55), sino que, en esta zona del Valle del Ebro, la convivencia entre distintas tradiciones parece confirmarse y aún prolongarse en el tiempo.
En esta etapa de transición o de convivencia podemos situar otras referencias periféricas a nuestro territorio, caso de los poblados fortificados, morras, de la Edad del Bronce en La Macha. Los poblados más representativos, La Morra de El Quintanar y el Acequión, se situarían, respectivamente, entre el 2100– 1500, y 2200–1800 cal. AC, (Fernández-Posse et alii, 1996). Estos poblados difieren en lo conceptual de los del Alto Duero: se caracterizan por su posición topográfica en zona llana y su estructura esta determinada por una estrategia defensiva. Sin embargo el bagaje material es similar, abundantes cerámicas lisas que recuerdan referencias al Bronce Valenciano y a lo argárico.
La etapa inicial de la Edad del Bronce en la zona del Alto Duero estaría bien representada, al menos, por los yacimientos tipo Parpantique, aun cuando es ciertamente difícil de precisar por la superposición con lo Campaniforme e incluso por lo residual del Calcolítico. Por el contrario, su disolución parece determinada por la aparición de un nuevo conjunto de yacimientos que evocan un bagaje material distinto, especialmente en lo concerniente a la decoración incisa de sus cerámicas, y no tanto en la variedad de éstas o en la localización de los yacimientos, ya que también se