Los restos constructivos que han llegado hasta nosotros son, cuanto menos, escasos en lo relativo a la variedad de los materiales. Además de algunos elementos pétreos que pudieron haber servido para apoyar o acuñar los pies derechos que sustentarían las cubiertas de las chozas, tan sólo se documentaron, muy abundantemente, lo que hemos venido en llamar adobes, aun cuando es evidente la falta de precisión del término para referirnos a la amalgama de fragmentos de barro que fueron amasados, en su mayoría, con
elementos vegetales, y cuya forma, en todo caso, se aleja de la cuadrangular o trapezoidal, más convencional para este característico y singular material constructivo que está bien documentado en la región desde los primeros momentos protohistóricos y especialmente en la cuenca central del valle del Duero.
Con mayor propiedad debiéramos reseñar que nos encontramos ante fragmentos de manteados o bloques de barro seco, que incluyen restos de granos pétreos y muestran huellas de haber sido amasados con elementos vegetales muy finos a tenor de los estrechos canales que conservan como impronta. En su mayoría no sufrieron la acción del fuego sino que debieron secarse lenta y progresivamente tal y como se deduce de la uniformidad de color de sus capas internas. Hay otros que, por el contrario, se caracterizan por una coloración rojiza oxidante que se aclara hacia las capas interiores, lo que parece deberse a la acción de un foco de calor importante. Es difícil saber si la exposición al fuego se produjo intencionadamente, procurando su endurecimiento en su utilización como elemento constructivo, o posteriormente, por un proceso accidental que pudo ser el causante, además, de la destrucción de la estructura constructiva, lo que no parece improbable, tal y como ilustran las intensas coloraciones negruzcas que recubren el suelo de las estancias reconocidas.
Sin duda han quedado ejemplos de unos y otros, probablemente por que las diferencias se deban a haber tenido usos distintos. De los fragmentos recuperados pueden distinguirse, al menos, cuatro formas o tipologías. Todas se repiten en los dos yacimientos que nos ocupan, por lo que la descripción sirve para identificar las piezas individualizadas en uno y otro asentamiento, lo que tratamos de sintetizar en la tabla reproducida en la Figura 48:
Forma 1. Entre los restos destacan los que tienen
forma aplacada, con los extremos redondeados, uno cóncavo y otro convexo, siendo la distancia media entre uno y otro superior a los 18 cm y un grosor que varía de los 4 a los 7 cm. La cara exterior esta rugosa y la interior, junto con los bordes, alisada.
Su aspecto por las curvaturas de las piezas es similar, en todo, al de un fragmento de una gran vasija, posibilitando identificar una parte externa, cóncava, de la interna, convexa, e interpretarlas como tiras de barro que constituirían el revoco o forro de las estructuras excavadas en el suelo del poblado, como hemos visto en los ejemplares fotografiados. De tal forma, tendría
todo su sentido la colocación de tiras superpuestas para forrar las paredes. Durante la construcción, para facilitar su unión, se redondearía el borde superior donde encajaría la siguiente tira o churro con tandas próximas a los 20 cm de altura que coincide, grosso modo, con la superficie que abarca una mano extendida. Asimismo, se explicaría lo rugoso o descuidado de la superficie externa, que, por estar apoyada en la pared del hoyo, no tendría posibilidad de alisarse. Más aún, la presión para alisar la cara interna y propiciar una buena unión con la hilada anterior conllevaría el contacto del barro fresco sobre la propia pared a la que se adhería, reproduciendo la irregularidad propia de la textura del relleno.
La uniformidad de las muestras recogidas hace concebir este proceso como una respuesta artesanal a una necesidad funcional. Con toda probabilidad una vez forrado el hoyo, debía realizarse un fuego en su interior consiguiendo de tal forma secar el barro, configurar su forma definitiva y asegurar su impermeabilidad. Así se explicaría que muchos de estos bloques conserven fragmentos de cerámicas y restos de piedras, con coloración que denota haber sido expuestos a altas temperaturas. Entre los aglutinantes del barro debió contarse con ceniza de hogares, procurando amasar elementos cuya combinación favoreciera el aislamiento de la humedad, uno de los peligros para conservar el grano y los frutos que se almacenarían en estos hoyos o silos.
Forma 2. Un segundo grupo de fragmentos está
constituido por las cuñas o bloques de forma triangular o trapezoidal que muestran huellas de ramaje, excepto en una o más caras o extremos que aparecen alisados. Se trata siempre de bloques que recubrían, recogían o rodeaban entramados vegetales realizados con ramas de pequeño o mediano tamaño, con huellas que raramente superan los 10 cm, aun cuando se identifican otras cuyos diámetros oscilan entre los 18 y los 26 cm (Figura 50).
Por ofrecer idénticas características se incluirían en esta forma la de aquellos bloques informes que muestran huellas de maderos entrecruzados transversalmente, así como aquellos que pudieron constituir lienzos de remate entrelazado, en los que las oquedades de las huellas no tienen salida al exterior del manteado de barro. Su fragmentación da lugar a los fragmentos de cuñas y bloques definidos como Forma 2.
Figura 48 Tipología de los fragmentos de barro con huellas vegetales recuperados en las excavaciones del Alto de Parpantique y Los Torojones.
Figura 49 Reconstrucción de la sección de un silo.
Figura 50 Relleno con barro de los entramados.
Forma 3. Menos numeroso que los anteriores este
grupo quedaría singularizado por algunos ejemplos de lo que, en un principio, se identificó como plaquetas o bases, tal vez de apoyo (?). Se trata de “galletas” de barro, de forma circular o para-circular, cuyo grosor oscila de los 2 y los 5 cm, y el diámetro también varía entre los 12 y los 25 cm. La finalidad de estas piezas es difícil de precisar y no tenemos datos objetivos que puedan ilustrarla, dudando incluso sobre su atribución cronológica. Será más adelante, cuando veamos su asociación al resto de hallazgos y materiales, el momento de avanzar en su interpretación y adscripción.
Forma 4. Un último grupo estaría caracterizado por
algunos bloques o fragmentos de barro de difícil clasificación. Todos los incluidos en este último grupo constatan la presencia de una angulosidad marcada a modo de entalle, destacado entre 1 y 4 cm, y por disponer, en todo caso, de varias zonas alisadas y una rugosa. La angulosidad de dicho entalle y la banda alisada hacen pensar en recubrimientos de superficies de tablas o tablones, o al menos de un desbastado regular de troncos; pero dicha afirmación no deja de ser una mera suposición para la que carecemos de cualquier otra evidencia. Por tanto, lo señalado para el punto anterior, en cuanto a su interpretación, sirve igualmente para este último tipo.
En el yacimiento de El Parpantique se identificaron 84 elementos de estos tipos, de los que únicamente cinco son consideramos indeterminados. La mayoría corresponden a modelos de los dos primeros grupos con una muestra de 30 y 31 fragmentos respectivamente (un 71% del total) mientras que los tipos 3 y 4 están menos representados, con 10 y 8 ejemplares en cada caso (Anexo 2. Elementos de barro).
La mayoría de los fragmentos procedentes de El Parpantique, en concreto 62 (75,6%), fueron localizados en superficie, en el nivel removido por la máquina, por lo que su distribución espacial es, cuanto menos, problemática; y poco aclara, también que, 55 de los señalados (88%) fueran recogidos en el espacio delimitado por el Corte 4, dominando entre ellos los del tipo 2 (22 ejemplares) sobre los del tipo 1 (17 ejemplares).
Estratigráfica y topográficamente sólo podemos confirmar que los fragmentos de manteado del tipo 2 se localizaron en el cuadro 3H y 51V’, en espacios vinculados a zonas de habitación, si bien, también se documentan en el cuadro 65/AH’ en zona de silos. Por el contrario, el tipo 3, el que caracterizábamos como
en exclusividad en el Corte 4, con la peculiaridad de que 9 de los 10 ejemplares identificados se recogieron entre los materiales de la superficie removida en el espacio en el que se delimitaba una gran cabaña
rectangular. El ejemplar restante se localizó, también en superficie, en la ampliación de la campaña de 1987 del Corte 1, también sobre una zona de hábitat.
Figura 51 Distribución de los fragmentos de barro. Forma 1: rojo; 2: azul; 3 amarillo; 4 verde.
Esta tendencia no puede ser contrastada como definitiva por los escasos hallazgos producidos en nivel arqueológico y dado lo exiguo de la muestra. Ahora bien, al observa su distribución espacial (Figura 51) puede plantearse algún comentario.
Se confirmaría que las muestras correspondientes al tipo 1 y 2 se vinculan a las zonas de hábitat, preferentemente la segunda, mientras que los bordes de silo tienen una menor definición.
El tipo 4, por el contrario, sólo se vincula al gran silo P.2 del Corte 5 y a la zona interior del Corte 2. En P.2, su asociación a las estructuras de época histórica no ofrece dudas, por lo que hemos de interpretar que la
localización de estos mismos tipos en el Corte 2 se debe asociar al nivel superior, el de época medieval, lo que confirmaría la supuesta finalidad que deducíamos como revoco o manteado de tablas.