Chapter 5 PMU Accuracy Analysis
5.2 Accuracy Limitation Analysis
5.2.1 Error Source Analysis
PA R T E
ENLAPRIMERAPARTEDEESTE INFORME, RESUMIMOS alguna de las eviden- cias de desigualdad en varias dimensiones. Además de afectar directa- mente el bienestar, aspectos como salud, educación, ingresos, poder y acceso a servicios determinan las oportunidades de la gente para su pro- greso y logros futuros. Enfatizamos las interconexiones entre estas di- versas dimensiones. No solamente hay desigualdad en la distribución de ingresos, el estado de salud y la escolaridad, sino que además –y lo que es más importante– estos indicadores tienden a estar correlacionados. Los ricos tienden a tener mejor salud y mejor educación que los otros. Los más pobres entre los pobres tienden a tener la menor escolaridad y algunos de los peores indicadores de salud. Generalmente estas correla- ciones se extienden también a los servicios públicos, donde los pobres logran acceso a infraestructura, electricidad, agua, sanidad y disposi- ción de basuras mucho más tarde que los demás, si es que llegan a te- nerlo.
Debido a que la educación y la salud le ayudan a la persona a ganar influencia en la sociedad, el tener voz y poder político también se consi- deran generalmente correlacionados con el bienestar económico. La interacción entre estas desigualdades económicas, sociales y políticas que se refuerzan mutuamente, las perpetúa por generaciones. El capí- tulo 2 presentó evidencias que indican que una diferencia del 10% en estatus económico entre dos familias de una generación tiende a conlle- var, en promedio, a una diferencia de entre el 4 y el 7% en la siguiente generación, dependiendo del país y de los detalles de la medición. Es claro que las oportunidades no son independientes del entorno social y familiar ni de la identidad de grupo.
¿Son importantes esas disparidades? ¿Le preocupan a la gente las grandes diferencias que se observan en el acceso a educación y salud, y en las oportunidades económicas, o solamente le preocupa el hecho de que algunas personas tengan bajos niveles absolutos de ingresos, años
de escolaridad y acceso a servicios? ¿Deben preocuparse los responsa- bles de formulación de políticas por la desigualdad de oportunidades que generan la discriminación, el acceso desigual a la justicia u otros procesos injustos? ¿Debe una institución como el Banco Mundial, cuyo objetivo primordial es asistir a sus países clientes en la erradicación de la pobreza extrema, preocuparse por las desigualdades –de oportunidad, en los resultados finales, y en los procesos?
Las opiniones sobre estos interrogantes son muy variadas. En la po- lítica doméstica de Estados Unidos, por ejemplo, un tema considerado desde hace mucho tiempo es el apoyo en pro de la igualdad de oportu- nidades. Franklin D. Roosevelt dijo una vez: “sabemos que la igualdad de habilidad individual nunca ha existido ni existirá, pero insistimos en que de todas maneras hay que buscar la igualdad de oportunida- des”.1Algunos participantes en las consultas para este Informe se mos-
traron incluso ofendidos de que se planteara siquiera la pregunta: “¿Es importante la desigualdad?”, porque consideraban que la respuesta era “obviamente, sí”. Un participante consideró que la sola pregunta indi- caba que “nosotros estamos padeciendo de una terrible tolerancia al horror”.2
Los próximos 3 capítulos de este informe abordan la siguiente pre- gunta: ¿Debe la buena política para el desarrollo relacionarse con la equidad? Como se explicó en el capítulo 1, la equidad se entiende aquí como la búsqueda de oportunidades iguales y el evitar privaciones seve- ras. Equidad no es lo mismo que la igualdad de ingresos, o en estado de salud, o en ningún otro resultado final específico. Es la búsqueda de una situación en la que el esfuerzo, las preferencias y las iniciativas persona- les –y no el entorno familiar, la casta, la raza o el género– expliquen las diferencias de logros económicos entre las personas. Una situación en la que todas las instituciones sean ciegas al color y en que las instituciones no comerciales sean igualmente sensibles a los ricos que a los pobres. En la que los derechos personales y de propiedad se hagan cumplir igual- mente para todos. Y en la que todos tengan acceso a los servicios públi- cos y a la infraestructura para elevar su productividad y sus oportunidades de éxito en los mercados.
Las evidencias que revisamos aquí provienen de disciplinas que van desde la economía y la historia hasta la sociología y la antropología. Haciendo un balance, estas evidencias sugieren que la búsqueda de pros- peridad sostenible a largo plazo es inseparable de una ampliación de las oportunidades económicas y del poder político a la mayor parte, si no a toda la sociedad. Un conjunto de razones para esto surge de fallas en los mercados de capitales, de tierra y laborales. Esas fallas suponen que las oportunidades productivas no necesariamente son captadas por quienes tienen el máximo potencial para producir retornos de sus talentos o ideas, sino, por el contrario, por los que tienen más riqueza, mejores conexiones o terrenos más grandes. Esto no sucedería si los mercados funcionaran perfectamente, pues entonces los recursos fluirían hacia los
que tienen los proyectos de inversión más productivos. Pero dado que los mercados no son perfectos, hay campo para programas de redistri- bución eficiente.
El capítulo 5 documenta los casos en que puede mejorarse la eficien- cia agregada redistribuyendo la riqueza o el poder a favor de los pobres o de los grupos marginados. A veces, las evidencias de ineficiencia se ven en diferencias en productos de capital marginales entre las firmas. Sabemos que los pequeños empresarios pagan tasas de interés mucho más altas que el producto marginal de capital que se les abona a otras firmas. Sabemos que algunos agricultores distribuyen el esfuerzo entre lotes de terreno de una manera que no es socialmente eficiente, porque son propietarios de un terreno mientras que en otro son aparceros. Te- nemos evidencias experimentales que sugieren que los grupos discrimi- nados se desempeñan por debajo de sus propias capacidades, ya sea porque asimilan internamente el estereotipo o porque esperan ser trata- dos injustamente. Cada una de estas evidencias empíricas cuidadosa- mente investigadas, y otras presentadas en el capítulo 5, constituyen razones por las cuales economías más equitativas en la mayoría de los casos serían también más eficientes.3
El capítulo 6 complementa este cuadro abordando las evidencias his- tóricas, las que sugieren que grandes desigualdades en derechos y poder políticos dan origen a instituciones exclusivistas que generalmente des- gastan los procesos de desarrollo. En contraste, mayor igualdad política establece límites a la depredación de parte de los más poderosos en cada sociedad. Esto tiende a conducir a instituciones que nivelan el campo de juego y proveen oportunidades de avance y movilidad para quienes pro- vienen de entornos poco privilegiados.
Tales instituciones parecen estar asociadas con un crecimiento más sostenido. Un ejemplo se desprende de contrastar las prácticas de ex- plotación laboral de los conquistadores españoles en los centros mineros de las colonias americanas desde el siglo XVI hasta el XVIII, con la mayor libertad y oportunidad que se les dio a los primeros colonizadores en Norteamérica. Otro ejemplo de tratamiento no equitativo de los ciu- dadanos por parte del Estado, que también fue inmensamente costoso en términos de eficiencia, fue el alto gravamen impuesto a los agriculto- res africanos por juntas de mercadeo agrícola de propiedad estatal o paraestatal en Ghana, Nigeria y Zambia, que prevaleció hasta hace unas pocas décadas.
La equidad y la ecuanimidad importan no solamente porque son com- plementarias para la prosperidad a largo plazo. Es evidente que muchas personas –si no la mayoría– se preocupan por la equidad, por amor a la equidad misma. Algunos ven la igualdad de oportunidades y los procesos justos como cuestiones de justicia social y, por ende, como parte intrínseca del objetivo de desarrollo. En el capítulo 4 revisamos brevemente argu- mentos y evidencias que sugieren que la mayoría de las sociedades de- muestra una preocupación extendida y de vieja data por la equidad.
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Equidad y bienestar
4
Equidad y bienestar
capítulo
Gente de muchas culturas parece compartir una preocupación por la equidad que se refleja en tradiciones religiosas y filosóficas, al igual que en instituciones legales tanto nacionales como internacionales. Las reli- giones, desde el Islam hasta el budismo, y tradiciones filosóficas secula- res, desde Platón hasta Sen, han mostrado preocupación por la equidad y aversión a la privación absoluta. En las instituciones legales modernas la equidad sigue siendo un dogma fundamental de teoría y práctica.
El que la preocupación por la equidad esté tan extendida entre cul- turas, religiones y tradiciones filosóficas, sugiere que en los seres huma- nos hay una preferencia fundamental profundamente arraigada por la justicia. Nosotros revisamos evidencias experimentales que muestran que muchas personas dan un valor monetario a la “justicia” y están dis- puestas a renunciar a dinero real si sienten que un proceso en el que estén involucradas es injusto. Complementando estas evidencias, están los datos de encuestas de opinión y encuestas sobre bienestar subjetivo, que sugieren que, en general, una mayor desigualdad de ingresos está asociada con menores niveles agregados de bienestar subjetivo.
Un lazo empírico entre desigualdad de ingresos y reducción de la pobreza refuerza el vínculo conceptual entre la aversión a la desigual- dad y el empeño por evitar la privación absoluta. Destacamos el hecho obvio de que, si la desigualdad decrece durante un período de creci- miento, generalmente la pobreza disminuye más que si la desigualdad no hubiera cambiado. Documentamos también el hecho obvio de que una mayor desigualdad de ingresos reduce la efectividad del crecimien- to económico futuro en términos de disminución de la pobreza absoluta de ingresos.