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Chapter 11 Conclusions and Future Works

11.2 Future Works

De este cuerpo de evidencias se desprenden cuatro puntos importantes: en primer lugar, los mercados de los países en desarrollo son altamente imperfectos, y quienes no tienen suficiente riqueza o estatus social tien- den a subinvertir. Los recursos subutilizados debido a esta subinversión terminan siendo usados para algún fin menos productivo, lo que reduce la productividad general. En el ejemplo de la industria de ropa tejida de Tirupur, los Gounders estaban invirtiendo en exceso en sus propias fir- mas, relativamente improductivas, mientras que las firmas mucho más productivas de los de afuera estaban urgidas de capital. La tierra de las mujeres ghanesas se estaba degradando, porque ellas no tenían el estatus social necesario para retener la tierra durante el período de barbecho. Una vez más, esto es una pérdida para la sociedad. El hecho de que otras per- sonas que sí tienen estatus y pueden barbechar sus tierras según lo necesi- ten, no compensa de ninguna manera, la pérdida de productividad de las tierras de los que no tienen poder. Esto crea la fuerte presunción de que ciertos tipos específicos de redistribución, mediante el empoderamiento de ciertas personas o incrementando el acceso de las mismas a recursos o contactos, pueden promover la eficiencia y la equidad.

En segundo lugar, esta hipótesis implicaría una inclinación a favor de las clases de distribución que apuntan a la falta específica de acceso a recursos o influencia, causante de la ineficiencia. En algunas situaciones esto significaría redistribuir los activos, pero también podría significar redistribuir el acceso a capital, tal vez promoviendo el microcrédito, fortaleciendo los derechos de tierras de la mujer o el acceso de ésta a puestos de trabajo y a programas de bienestar, diseñando programas de acción afirmativa para romper con los estereotipos, y mejorando el acce- so a los sistemas de justicia.

En tercer lugar, puesto que las inversiones crean riqueza y la riqueza facilita invertir en un mundo en el que los mercados no funcionan muy bien, es mucho lo que una pequeña ayuda puede hacer. Iniciar el nego- cio correcto podría ser el desafío más grande: una vez iniciado, el nego- cio podría autopropulsarse sin más ayuda.

En cuarto lugar, no es claro que los beneficiarios de esta clase de redistribución promotora de la eficiencia tengan que ser los más pobres de entre los pobres. Debido a que el ideal es promover las inversiones productivas, el objetivo lo deben constituir los que tengan más probabi- lidades de hacer esas inversiones. El que los más pobres sean la gente adecuada desde este punto de vista es una cuestión empírica y cuya respuesta podría depender del conjunto de oportunidades económicas disponibles.

La comunidad de microcrédito, en particular, ha debatido por largo tiempo este último problema, al tratar de decidir si el microcrédito es el mejor instrumento para ayudar a los más pobres de los pobres. Esto evidentemente nos vuelve a llevar, en parte, a si los más pobres son quienes tienen los proyectos que ofrecen los retornos más altos, que podría ser el caso si los pobres y los menos pobres tuvieran la misma clase de funciones de producción, y si hay retornos decrecientes para la producción a mayores escalas. Si, en cambio, la tecnología más produc- tiva en esta área tuviera un costo de producción fijo pero (supongamos) por otra parte los retornos fueran decrecientes, dar a los pobres mayor acceso a los recursos de capital puede no ser muy productivo: aún con todo el capital que puedan obtener, es posible que no sean capaces de cubrir los costos fijos. Podría ser más efectivo ayudar a gentes que sean ligeramente menos pobres, porque con alguna ayuda pueden lograr ini- ciar efectivamente un negocio.

¿Qué tan buena o mala es la asunción de retornos decrecientes en la función de producción de una determinada firma? Como se mencionó antes, McKenzie y Woodruff (2003) estiman una función de producción

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Desigualdad e inversión

para pequeñas empresas mexicanas que sugiere retornos fuertemente decrecientes. Mesnard y Ravallion (2004), utilizando datos de Túnez, encuentran débiles retornos decrecientes. Pero estimar una función de producción que muestre retornos locales crecientes es inherentemente difícil. Una firma tiende a crecer (o a encogerse) rápidamente cuando está en la etapa de retornos crecientes. Entonces, al observar unas pocas firmas que están en esta etapa tendemos a rechazar con demasiada fre- cuencia la asunción de retornos locales crecientes. Ciertamente la inter- pretación natural de los resultados de Banerjee y Duflo (2004a) que muestran retornos cercanos al 100% en firmas medianas de India, es que los retornos son crecientes en cierto rango.

Un corolario de esta discusión es que la redistribución que maximiza el crecimiento de la productividad no necesariamente es aquella que tiene el efecto inmediato más fuerte sobre la pobreza. Tampoco lo es aquella que más hace por reducir la desigualdad. En verdad, excepto bajo circunstancias muy especiales, esta discusión no nos dice nada de la relación entre alguna medida global de desigualdad y la eficiencia del uso o de la inversión de recursos. Consideremos el caso visto anterior- mente en el que la función de producción tiene un costo fijo pero tam- bién retornos decrecientes. Si todas las firmas son iguales y el máximo que cada una puede invertir es menos que el costo fijo, ninguna podrá iniciar un negocio. Incrementar la desigualdad elevará la productividad del capital, al hacer posible que algunas firmas paguen los costos fijos. Debido a que además los retornos son decrecientes, llegará un punto en el que cualquier incremento adicional de la desigualdad general sería contraproducente.

En términos más generales, el efecto de la desigualdad dependerá de la configuración de la función de producción y de la magnitud del po- tencial de inversión de la persona promedio en relación con el costo fijo. Obviamente, el asunto se complica aún más si diferentes firmas tienen diferentes funciones de producción y si la productividad está correla- cionada con la riqueza del propietario (como podría ser si la educación del propietario fuera un insumo importante de la producción y la gente rica tendiera a tener mayor educación).

Varios autores han intentado hallar en datos transnacionales una re- lación sistemática entre desigualdad y crecimiento (presumiblemente lo que la inversión está destinada a alcanzar). Una gran cantidad de litera- tura30 estimó una ecuación de largo plazo, haciendo una regresión, por

ejemplo, del crecimiento entre 1960 y 1990 sobre el ingreso en 1960, con una serie de variables de control y la desigualdad en 1960. La esti- mación de estas ecuaciones tendió a generar coeficientes negativos para desigualdad. Pero hay preocupaciones obvias acerca de si esa relación pudo haber estado enteramente determinada por variables omitidas. Para abordar este problema, Li y Zou (1998), Forbes (2000), y otros utilizaron la dimensión cronológica de la base de datos de Deininger y Squire para ver (efectivamente) el efecto de cambios a corto plazo en la desigualdad sobre cambios en el crecimiento.31 Los resultados cambian

de manera verdaderamente radical: el coeficiente de desigualdad en esta especificación es positivo y significativo.

Un reciente artículo de revisión de Voitchovsky (2004) concluye que ambos efectos son muy sólidos. Casi todos los estudios que se fijan en la relación transversal entre desigualdad y crecimiento subsiguiente du- rante un período relativamente largo en datos transnacionales, y espe- cialmente los que utilizan medidas de desigualdad de activos, encuentran una relación negativa frecuentemente significativa.32 En contraste, la

mayoría de los estudios que se fijan en la relación entre cambios en la desigualdad y cambios en el crecimiento, incluidos varios estudios que hacen el análisis a nivel subnacional dentro del mismo país, encuentran un efecto positivo.

Tanto Banerjee y Duflo (2003) como Voitchovsky (2004) concluyen que no hay razón para dar prioridad a uno de estos grupos de resulta- dos con respecto al otro. Ciertamente ambos podrían ser correctos. Por ejemplo, en el corto plazo las políticas que permiten grandes re- cortes en salarios reales podrían estimular la inversión, pero a largo pla- zo el consecuente incremento de la pobreza podría dificultarle más a la población mantener su capital humano. También ambos podrían ser errados. De máxima importancia entre las muchas razones por las cua- les tanto las evidencias transversales como las cronológicas podrían ser desorientadoras, son las siguientes: la posibilidad de una relación no lineal entre desigualdad y crecimiento; problemas de comparabilidad de los datos transnacionales, y la difícil cuestión de identificar la direc- ción de causalidad cuando ambas variables tienden a influenciarse mu- tuamente.

Esta falta de resultados nítidos tal vez sea decepcionante, pero vale la pena enfatizar que nuestro foco de atención aquí ha sido corregir desigualdades específicas en oportunidades productivas, y no una medi- da general de desigualdad. Pese a la gran atención dedicada al interro- gante de una relación sistemática entre desigualdad general y crecimiento a nivel de país, el cuerpo de evidencias todavía no es convincente. En todo caso es claro que hay situaciones en las que se presume fuertemen- te que reducir una desigualdad específica promovería una mejor inver- sión.

Un ejemplo de esa naturaleza nos lo ofrece la Operation Barga, una reforma de la tenencia en el estado hindú de Bengala occidental a fina- les de los años setenta y los ochenta. Por lo menos desde el trabajo del gran economista victoriano Alfred Marshall, es sabido que la aparcería provee pocos incentivos y desestimula el esfuerzo. En esas condiciones, una intervención gubernamental que fuerce a los terratenientes a dar a los aparceros una mayor participación del rendimiento que la que les daría el mercado, incrementaría el esfuerzo y la productividad. Esto es exactamente lo que sucedió en Bengala occidental, India, cuando un gobierno de izquierda subió al poder en 1977. La participación del ren- dimiento destinada al tenedor se fijó en un mínimo del 75%, siempre que el tenedor proveyera todos los insumos. Además, a éste se le garan- tizó en gran medida la seguridad de la tenencia, cosa que pudo estimu- larlo a acometer inversiones en la tierra a más largo plazo. Evidencias de encuestas muestran un incremento sustancial tanto en la seguridad de la tenencia como en la proporción del rendimiento que le queda al apar- cero. El hecho de que la implementación de esta reforma fuera dirigida burocráticamente, y de que avanzara a diferente velocidad en diferentes áreas, sugiere la posibilidad de utilizar la variación en la implementación de la reforma para evaluar su impacto. Las evidencias indican que hubo un incremento del 62% en la productividad de la tierra.33

Un programa diferente, que también promovió la equidad y la efi- ciencia, tenía que ver con corregir los efectos de la desigualdad intrafamiliar. Una larga línea de investigaciones afirma que los ingresos y los gastos suelen estar controlados por los miembros masculinos de la familia y que esto lleva a la subinversión, especialmente en salud y edu- cación de las niñas. Un efecto colateral del desmonte del apartheid en Sudáfrica fue la expansión del programa social sudafricano de pensiones para la población negra. El derecho a pensión se les reconocería a los ancianos varones y mujeres, y muchas mujeres mayores que vivían solas se beneficiaron. En muchos casos, los niños de padres muy pobres fue- ron enviados a vivir con sus abuelos, quienes empezaban a recibir estas pensiones. Duflo (2003) compara el impacto de estas nuevas transfe- rencias sobre la nutrición de los niños que vivían con los abuelos, en forma separada para los hogares en que la pensión la recibía la abuela y aquellos en los que la recibía el abuelo.

En cuanto a los niños nacidos antes de la expansión, en 1990 y 1991, la estatura para la edad era ligeramente menor en las familias en las que la abuela habría de terminar recibiendo la pensión. En cuanto a los na- cidos después de la expansión, en 1992 y 1993, los niños son significa- tivamente más altos (exceptuando los recién nacidos) en esas familias. No hay ninguna diferencia entre las familias no elegibles y aquellas en las que la pensión la recibe el abuelo. (A los niños varones esencial- mente no los afecta.) Las estimaciones sugieren que recibir la pensión (que era aproximadamente el doble del ingreso per cápita entre los negros) era suficiente para ayudar a las niñas a superar la mitad de la brecha en estatura para la edad entre niños sudafricanos y norteameri- canos.

Estos ejemplos muestran que es posible mejorar simultáneamente la equidad y la eficiencia. La redistribución juiciosa –de ingresos para las abuelas, de poder para las agricultoras pobres, de crédito para los em- presarios de pequeñas firmas– puede incrementar la productividad de recursos como la tierra, el capital humano y el capital físico. Si los mer- cados fallan, los recursos no siempre fluyen hacia donde su retorno es más grande, particularmente si eso resulta ser en proyectos dirigidos por gente que tiene limitados recursos económicos o influencia. Eviden-

cias de cuidadosos estudios de caso macroeconómicos, algunos de los cuales se resumieron en este capítulo, sugieren que ciertas formas de redistribución pueden reducir el desperdicio y contribuir a un mejor uso de los recursos, al mismo tiempo que reducir la desigualdad de oportu- nidades. De hecho, ello mejora la eficiencia precisamente porque reduce la desigualdad de oportunidades.

Esto no significa que no puedan imaginarse fácilmente ciertos tipos de redistribución que perjudican la eficiencia. Pero dadas las fallas casi universales de mercado y la subinversión en los países pobres, mediante una combinación de buena investigación y reflexión cuidadosa, sería posible identificar oportunidades para dirigir recursos hacia la gente pobre que esté en posición de hacer buen uso de los mismos.

En la argumentación a favor de mejoras de la equidad que eleven también la eficiencia, este capítulo empleó principalmente evidencias macroeconómicas sobre mercados, riqueza y agencia de los individuos. El próximo capítulo utiliza una serie diferente de evidencias históricas, macroeconómicas e institucionales para sostener que procesos históricos complejos, combinados con desigualdades en influencia y poder, pue- den llevar a malas instituciones políticas y económicas, las cuales obstacu- lizan severamente el desarrollo de los países pobres.

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Uganda 79

Costa Rica y Cuba