La teoría e investigación sobre el desarrollo emocional en la transición a la adultez generalmente destaca la autonomía e intimidad como metas evolutivas. Según Erikson (2000; Brown y cols., 2002; Levinson, 1986), además de la autonomía de los padres debe establecerse intimidad física y emocional con la pareja escogida y los Otros significativos, en contraposición al aislamiento y posterior a un “adecuado” logro de la identidad para “poder” ser adulto; como analizamos en la sección anterior. Como los mismos citados reconocen, estas tareas, así como la libertad o rango de opciones que se tienen para elegir las relaciones íntimas, están formuladas desde lo considerado como metas adecuadas en la cultura mayoritaria de Occidente. Y es en esta área donde quizá es más palpable la intercesión de los valores culturales, puesto que la mayoría de las descripciones e investigaciones son basadas en idiosincrasias o formas de vida estadounidenses. De hecho, numerosos estudios se han enfocado en mostrar lo disímiles que son las formas de vida afectiva y familiar entre los grupos culturales mayoritarios al interior de este diverso país, siendo luego los que constituyen la mayor parte de las citas en los manuales de Psicología Evolutiva.
La mayoría de las explicaciones sobre los procesos de desarrollo en este ámbito provienen de las teorías psicoanalíticas. Por principio, Freud creía que los conflictos no resueltos con los padres se reactivan durante la adolescencia, y que, cuando se resuelven, el individuo es capaz de desarrollar una relación amorosa madura y funcionar independientemente como adulto (Santrock, 2004). El desarrollo de la capacidad de amar y ser amado suele tomarse por los investigadores como el eje vertebrador de la vida afectiva adulta.100
Al respecto de las emociones, diversas investigaciones sostienen la idea de que los adultos tienden a responder a los estímulos emocionales con reacciones menos viscerales que los adolescentes, haciéndolo en cambio de manera más racional y razonada (Apear; DeBellis y
100 El modelo más conspicuo sobre las relaciones afectivas en general, es quizá la pirámide propuesta por Sternberg
(1986), en cuyos vértices coloca los tres elementos que componen el afecto -pasión, intimidad, decisión y compromiso- y cuyas caras e intersecciones explican toda la gama posible de relaciones que establecemos en la vida adulta, según la presencia o ausencia de cada uno de los elementos, desde la ausencia de relación amorosa hasta el amor consumado. Rice (1997), por su parte, plantea la multidimensonalidad del sentimiento de amor, sus diferentes elementos (i. e., romántico, erótico, dependiente, filial y altruista), y que es completo cuando los contiene a todos.
cols.; Dahl; en ibid.). Neugarten, por su parte, encuentra que conforme envejecemos disminuye la polarización sexual de las emociones: mientras que las mujeres se vuelven más tolerantes de su propia agresividad e impulsos egocéntricos, los varones de sus impulsos afiliativos y de crianza (cit. en Magen y cols., 2002).
Una característica de la transición y los años de la adultez joven es ser las etapas en que más amigos se tienen. Según cita Lefrançois (2001), en la evolución continua del yo durante la adultez son muy importantes las amistades, sobre todo en condiciones de soltería y no obstante que se conviva menos con los pares que durante la adolescencia, pues la intimidad y estabilidad sustituyen la frecuencia como fuente del lazo amistoso. Según citan Cargan y Melko (1982; en Rice, 1997), la necesidad de amistad, compañía y convivencia con los amigos resulta especialmente prioritaria en la vida de los solteros, condición de vida cada vez más frecuente. También mencionan que los patrones de ocio y diversión entre personas (jóvenes) solteras suelen ser similares a los de los adolescentes. Los casados, sin embargo, parecen divertirse más y ser más felices, y aun cuando los solteros se dedican a más actividades sociales.
Es importante considerar el componente voluntario y de duración de la soltería (Stein, 1981; en ibid.), estado civil que va en rápido aumento en todos los países –muy asociado también al retraso en la edad de matrimonio, y que es libremente elegido cada vez más –lo cual, como mencionamos, explica el menor peso del matrimonio como marcador de transición (Arnett, 2004), no obstante que aún la mayoría de la población se casa alguna vez (90% a nivel mundial, según DESA, 2000) y tiene hijos.101 Es muy variado el estado de soltería además por la diversidad de estilos de vida que se pueden desarrollar al no establecer una familia nuclear propia –i. e., profesional, social, individualista, activista, pasivo, que da apoyo; o por las condiciones de habitación (viviendo con la familia, con otros solteros, en solitario, etc.). Así, las investigaciones sobre solteros de edades en que se solía estar casado han aumentado copiosamente en los últimos años.
En el contexto de nuestra investigación viene a cuento citar las razones y factores que parecen explicar dicha decisión (cit. en Clemente, 1996; Lefrançois, 2001; Papalia y cols., 2005). Jóvenes de diversas muestras destacan mucho las oportunidades de desarrollo profesional, incluyendo la tendencia a la igualación entre sexos; además de otras ventajas y situaciones muy palpables en sociedades individualistas: deseos de autorrealización, libertad sexual, los anticonceptivos, una menor presión social y mayor aceptación de formas alternativas
101 Habremos de tener en cuenta que ‘la soltería’ la constituyen en realidad todos los no casados (v. gr. como en
México, donde las personas en unión libre, divorciadas, viudas y separadas son legalmente solteras). Cargan y Melko (1982, cit. en Rice, 1997) puntualizan que los solteros añosos suelen tener un mejor ajuste que los jóvenes.
de vida o de emparejamiento.102 También contribuyen al aumento de la soltería las dificultades para conseguir pareja y los temores al fracaso. Arnett (2004) destaca la apertura social hacia el sexo prematrimonial pero entre los jóvenes mayores de edad y no hacia las relaciones entre adolescentes.103 Con todo lo antes dicho, es comprensible cómo los mitos y estereotipos circundantes tanto a los adolescentes como a los solteros se insertan cada vez más en la imagen de la adultez-joven –v. gr., que son ricos, más felices, promiscuos o demasiado apegados a los padres. Erikson (1980; igual Craig, 2001) explica que ser parte de una pareja tiene que ver tanto con el logro de la identidad adolescente, como con su mayor desarrollo durante la vida adulta.
En el proceso de búsqueda y selección de pareja la atracción física parece jugar un papel importante, pero sólo al principio y reforzada por otros componentes de personalidad, emocionales y culturales.104 Para las relaciones a largo plazo resultan fundamentales la influencia de la familia y los otros cercanos, la proximidad y las similitudes en diversos aspectos –carácter, personalidad, origen social, valores y creencias– según revelan las investigaciones que han ido sustituyendo la vieja idea de la complementariedad (i. e., Winch [1958], en Craig, 2001) como eje para formar pareja.
Arnett (2004) cita la validación consensual como explicación: dada la similitud con el otro, tenderemos a justificar sus atributos si están presentes en nosotros. Además, precisa la importancia de las cualidades para la relación como un elemento más crucial en las etapas posteriores a la adolescencia, dada la mayor profundidad y seriedad de los noviazgos. La teoría instrumental de la selección defiende, por su parte y en síntesis, que sí pueden manifestarse necesidades complementarias además de las similitudes; por ejemplo las derivadas de las diferencias entre géneros (Centers, 1975; en Craig, 2001). Éstas últimas se destacan a menudo en las fuentes respecto de los notables cambios que, en tiempos recientes, ha habido en los formatos para relacionarse con parejas potenciales, caracterizados por una fuerte tendencia a la liberalidad de género. Nuevamente, destacan las diferencias culturales en los valores y las
102 Entre las ventajas se mencionan las oportunidades de satisfacción, desarrollo personal, para conocer gente
distinta y disfrutar de amistades diferentes, para cambiar y crecer en la carrera; la independencia económica, y la autonomía psicológica y social. En contraparte, los jóvenes mencionan como las principales desventajas la soledad y falta de compañía, las penurias económicas, las limitaciones en la vida social, la frustración sexual o de la paternidad/maternidad, y los prejuicios.
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Explica asimismo que los solteros de ambos sexos son menos promiscuos de lo que se suele pensar y toman más agencia del asunto que antes, sin la intervención paterna. Estas descripciones contrastan con las ofrecidas por Welti (2002), quien destaca que las actitudes conservadoras entre mujeres latinoamericanas jóvenes, hacia el sexo premarital, parecen incrementarse al encuentro de la tan mentada “revolución sexual”, supuestamente liberadora a partir de los sesentas.
104 La teoría de estímulo, valor y función (cit. en Craig, 2001) señala las etapas por las que pasa el cortejo: en la de
estímulo se emite un juicio inicial sobre el otro; en la segunda se aclara la compatibilidad al comparar los valores; y en la de funciones se decide si es posible sostener una relación a largo plazo.
interacciones como principal elemento que permita establecer conclusiones más ajustadas a los contextos.
Mencionábamos la diversidad en las formas de relación entre los solteros, que incluye las establecidas entre personas no-casadas pero viviendo como tales, inclusive con hijos. La notable relajación social en medios cosmopolitas occidentales hacia la exclusividad del matrimonio se refleja en la miscelánea de formas alternativas de vida que pueden presentar los adultos jóvenes –v. gr., uniones libres, separaciones, divorcios, segundas nupcias, parejas del mismo sexo o formas de vida comunal– que a su vez refleja la primacía de los deseos personales sobre los mandatos sociales para establecer un arreglo de vida afectiva o relacional determinado. Mead destaca cómo en Occidente, aun cuando no aceptamos la bigamia o poligamia, somos muy tolerantes hacia la monogamia seriada: podemos casarnos, divorciarnos y volvernos a emparejar cuantas veces nos plazca (1970; en Lefrançois, 2001; Arnett, 2004); también en aumento ha ido la permisividad sexual en cuanto a las elecciones y formas de vivirla.105 Con independencia de lo analizado hasta aquí, debemos decir que el matrimonio cubre diversas necesidades no sólo afectivo-sexuales, sino también sociales, económicas, para la estabilidad personal y de crianza. Según algunas investigaciones, personas casadas de todas las edades reportan mayores niveles de satisfacción que las solteras (v. gr., Coombs, 1991; en Lefrançois, 2001). Tanto unas como otras ven como mayores ventajas del matrimonio la compañía y el compartir las decisiones y sentimientos.
Aun cuando es difícil establecer lo que es una buena o mala relación de pareja debido a sus componentes subjetivos y a las diferencias culturales, se han encontrado factores predictivos del éxito y la duración de los matrimonios (cits. en Clemente, 1996; Papalia y cols., 2005; Rice, 1997).106 La satisfacción y la actividad sexual suelen ser mayores en los primeros años y, en general, disminuyen de modo notable a la llegada de los hijos y durante los años de crianza. En los primeros años de relación, resulta fundamental realizar diversas tareas de ajuste para adaptarse a la nueva situación; resultante a largo plazo en una estabilización emocional que, paradójicamente según Clemente (op. cit.), se relaciona con la pérdida de los componentes ciegos de la pasión e ilusión que caracterizan los años anteriores. Además se da un cambio madurativo positivo en las creencias sobre el apego, según explican Magen y cols. (2002). Para Sternberg (1986; Clemente, 1996), las disminuciones en el elemento pasional se compensan a
105 En la sección sobre adultez emergente profundizamos en los arreglos de pareja comúnmente formados en edad
de transición, diferentes al matrimonio.
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Entre ellos se citan la historia sentimental personal, la edad al contraerlo, la fuerza del compromiso, el apoyo emocional percibido, la resistencia ante las penurias, y las expectativas sobre el otro; especialmente destacando la compatibilidad y la comunicación, además de las mencionadas similitudes y la calidad de la relación para la duración de la misma.
largo plazo con la mayor intimidad, decisión y compromiso para la relación duradera; aunque según Grunebaum los rompimientos resultan de los problemas emocionales derivados en última instancia de la pérdida del amor romántico y la atracción sexual (1997; cit. en Lefrançois, 2001). El asunto es que en la época contemporánea hay más matrimonios que terminan en divorcio107; una de cuyas razones es las expectativas idealistas puestas sobre el otro para la auto-satisfacción y, como principal, la falta de compromiso, que impide la resolución de los conflictos (Kaysler, 1996; cit. en ibid.; Geiss y O`Leary, 1981; en Rice, 1997).
En cualquier caso, la familia sigue siendo fundamental para la generalidad; de hecho, en gran parte nos definimos en función de ella y nuestra posición en el sistema familiar. Para el establecimiento de un sistema independiente en la adultez joven, McGoldrick (1980; en Craig, 2001) señala como necesarias una previa redefinición de las relaciones y límites con la familia original, los amigos y la pareja. El inicio de un ciclo de vida familiar se considera desde el abandono del hogar paterno, sea para casarse o no, hasta la muerte del cónyuge, normalmente en la 3ª edad. En tiempos recientes, las mujeres ven más complicado reestructurar su plan de vida para congeniar la maternidad con el trabajo y otras ocupaciones; más en el caso de las profesionistas (ibid.; Arnett, 2004; Clemente, 1996; Papalia y cols., 2005).
Tabla 2.4.
Principales hitos del desarrollo afectivo durante la Adultez Joven relacionados con edades específicas, y fuentes consultadas.
Edad o
Rango Hecho (Fuente)
c.16-17 Edad promedio de inicio a la vida sexual activa en México y España, para ambos sexos (IMJ, 2005; Aguinaga y cols., 2005).
25,0/27,8 Edad mediana al matrimonio para mujeres y varones en México (INEGI, 2008). 29,6/31,8 Edad mediana al matrimonio para mujeres y varones en España (INE, 2008).
29,31 Mediana de edad al primer hijo en mujeres españolas (INE, en red).
Nota: Las edades precedidas por la nota ‘c.’ se refieren a edades aproximadas o hacia las cuales ocurren los eventos mencionados, según lo especifican los teóricos o los autores de las fuentes.
La decisión de tener hijos requiere una concienzuda reflexión acerca de los cambios que supone en el trabajo, la economía, la libertad personal, la relación de la pareja, los roles o en el estilo de vida en general. La diferencia fundamental entre géneros es la alteración del curso vital femenino para conllevar los roles de trabajadora y madre; el varón por su parte suele intensificar sus esfuerzos como proveedor. Es interesante citar que la transición a la paternidad/maternidad contribuye a la ‘tradicionalización’ de la división de roles y de tareas del
107 En España, por ejemplo, el divorcio ha sufrido un incremento especialmente rápido y que continúa; más entre
matrimonios de corta duración: de 2005 a 2006 las disoluciones matrimoniales (separaciones, divorcios y nulidades) aumentaron en un 6,5% (INE, 2007).
hogar, aun cuando en fases anteriores las mujeres fuesen trabajadoras (menor entre parejas con mayores estudios y ambos trabajadores de tiempo completo, y al menos según se cita en bibliografía española –Emery y Tuer, 1993; en Hidalgo, 1998).
En cuanto a la edad de la transición, el número de primíparas de más de 30 años ha aumentado notablemente en décadas últimas (en los EE.UU. más de 35% –U.S. Bureau of the Census, 1996, en Lefrançois, 2001); la media de edad en que las mujeres en España tienen su primer hijo es de 29,31 años para el año 2006 (INE, en red), y en México va en aumento también (INEGI, 2000b). Según Santrock (2004, p. 125), el retraso en la paternidad permite un progreso mucho mayor en el ámbito educativo y profesional, consiguiendo una mayor estabilidad. Investigaciones citadas en la fuente mencionan que parejas que habían retrasado la paternidad tenían asimismo relaciones más igualitarias. Lo relevante de los hallazgos al respecto es que los cambios sociohistóricos están propiciando trayectorias evolutivas diferentes en las familias, que implican cambios en la interacción con los hijos (ibid.) –incluyendo las fases de adolescencia y adultez de los mismos (también Lanz, 2000).
Otros factores psicológicos implicados en la decisión de embarazarse son los valores, las preferencias y los patrones de relación establecidos con los padres (Wilk, 1986, en Lefrançois, 2001). En el ajuste exitoso a la nueva situación intervienen la autoestima, la felicidad conyugal, la preparación para la crianza, las características del bebé y las condiciones sociales generales para engendrar. La felicidad conyugal suele decrecer un poco tras la llegada de un hijo y no suele arreglar las relaciones deterioradas (Cowan y Cowan, 1992; en Hidalgo, 1998); la interacción con las familias de origen aumenta y decrece el contacto con los amigos e iguales, aumentando en todos los casos la implicación para el apoyo, tanto emocional como material. La transición a la paternidad/maternidad se entiende como un proceso ambivalente: su potencial crítico y estresante contrasta con la satisfacción individual y social que genera.
Las fases en el ciclo de vida familiar están supeditadas a las del desarrollo de los hijos; así, las relaciones con éstos y el ciclo son más o menos similares sean los padres muy jóvenes o mayores –si bien suelen destacarse las ventajas y desventajas de la paternidad tardía.108 Según Benedek (1970; cit. en Craig, 2001) cada periodo crítico del desarrollo infantil produce o reactiva uno igual de crítico en los progenitores; importante sobre todo para la diversificación del autoconcepto y el enriquecimiento de la identidad.109 Especialmente importante en la idea de uno como progenitor suele considerarse la primera fase del ciclo de la paternidad, la de la
108
Entre las primeras se citan la estabilidad personal, emocional, económica y de pareja; entre las segundas, la menor energía y tiempo para la convivencia, en general (Craig, 2001).
109 De hecho, algunos autores como Vondra y Belsky hablan del desarrollo de una nueva faceta del yo; el yo-como-
“formación de la imagen” sobre ésta –que abarca de la concepción al nacimiento; se sigue de las etapas de crianza, autoridad paterna, interpretación de las teorías, interdependencia y partida del hijo (Galinsky, 1980; en op. cit.; Rice, 1997).
Desde luego que el ciclo de cada familia será harto distinto, sobre todo en consideración de los valores que como padre/madre se refuercen en cada cultura (v. gr., Greenfield, 1994). Algunos autores consideran que la convivencia multigeneracional dentro de una misma casa familiar puede tener efectos “negativos”, en el sentido de que significa rompimiento de las relaciones familiares más restringidas y personalizadas, dando por hecho que esto es lo mejor para el propio desarrollo (ibid.; Clemente, 1996; Lefrançois, 2001). Pero según Miller (1986; cit. en Magen y cols., 2002), relacionarse con los otros promueve más que amenazar el sentido del self y la autoestima: el crecimiento ocurre comprendidas las conexiones emocionales, no aparte de ellas, atendiendo y respondiendo a los Otros (un valor más adscrito a las mujeres, por cierto). Así, serían las conexiones, no las separaciones, las que conducirían a la salud emocional. Por último, sería importante decir que los resultados de diversos estudios no encuentran diferencias significativas entre edades en los niveles de bienestar emocional, felicidad o satisfacción vital percibida, después de la adolescencia (Clemente, 1996; Imjuve, 2000; Javaloy, 2007).