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Las teorías sociológicas acerca de la agencia y la estructura, constituyen un intento por dar cuenta de un fenómeno paradójico: el hecho de que los seres humanos tomamos decisiones constantemente, al mismo tiempo que seguimos o practicamos rituales, modas y rutinas (Wilk, 2009). En este contexto, la Teoría de las Practicas Sociales procura evitar las lecturas esencialistas acerca de la relación entre ambos elementos, y plantea el que resulta necesario reconocer que los actores no constituyen héroes racionales, así como tampoco actúan engañados o forzados por las fuerzas del mercado, la moda o el acuerdo social y/o se enfocan sólo en su autoexpresión (Watson y Shove, 2006).

Para los autores que adhieren a esta corriente sociológica, en las prácticas concretas de los distintos actores, la estructura y la agencia no se encuentran disputando un campo de poder, sino que participan activamente en la constitución de la práctica social en sí misma.

De acuerdo a Shove (2009), la vida cotidiana posee consistencia y se encuentra basada en rutinas, debido a la existencia de lineamientos sociales que constituyen las bases, sobre las que se asientan las prácticas sociales. En sus palabras,

I use the term “practice-time profiles” to refer to embedded conventions of duration, sequence and timing associated with the competent performance of a practice. As this hybrid phrase suggest, the details of everyday scheduling reflect and reproduce practice-based obligations and notions of propriety (Shove y Pantzar, 2005, p. 25). Si bien la cita anterior se refiere al carácter temporal de dichos lineamientos, estos también pautan dimensiones espaciales, en términos concretos, así como en relación a las coordenadas sociales detentadas por el actor, como su género, clase social, ocupación, etc.

De tal modo que gran parte de la vida social se encontraría compuesta por rutinas y hábitos, los que responderían a la necesidad, social e individual, de otorgar predictibilidad y consistencia a nuestra vida (Ehn yLöfgren, 2009).

Sin embargo, las prácticas sociales se caracterizan por su carácter dinámico, vale decir, tras su aparente estabilidad, se encontrarían en un constante cambio.

Para Shove y Pantzar (2005), la clave para comprender éste fenómeno, se encontraría en los elementos que componen las prácticas sociales: convenciones reconocibles, imágenes y significados, materialidad (objetos) y formas competencia u habilidad y utilidad social. Componentes que, en todos los casos, no pueden ser atribuidos enteramente a dimensiones agenciales o estructurales.

Dichos elementos en su interacción, dan lugar a una práctica social concreta, la que para existir debe ser performada por sujetos igualmente concretos. Sin embargo, los distintos elementos que permiten la existencia de este tipo de acciones sociales, unidos o por separado, pueden sufrir cambios a partir de su puesta en escena y/o pueden ser instados como práctica a integrar un nuevo elemento.

De tal modo que, “innovations in practice depend upon the active integration of elements, some new, some already well established, that together constitute what we might think of as innovations-in-waiting or to proto-practices” (Shove y Pantzar, 2005, p. 48).

Las nuevas prácticas consisten en nuevas configuraciones de elementos ya existentes, o se basan en la incorporación de nuevos elementos a los previos. No se levantan desde la nada, por el contrario, toman las bases de las prácticas previas, pues necesitan alcanzar ciertos grados

de competencia o viabilidad social, que sólo se obtienen por medio de su asociación con elementos que formaban parte de las prácticas previas, que resultaban reconocibles, deseables o simplemente familiares. Por lo cual, “the emergence and demise of practices have to do with forging and failing links between materials, images and skills” (Shove y Pantzar, 2005, p. 58). Las prácticas sociales toman forma y se nutren de los contextos sociales en que son performadas. De tal manera que resulta imposible considerar la posibilidad de difusión de una práctica en sí misma, pues éstas se constituyen y significan a partir de su contexto.

De acuerdo a Shove y Pantzar (2005) las prácticas se remiten a comunidades, en medio de las cuales se hace posible su cristalización, en rutinas y hábitos, formas de significación y vínculos con la materialidad. Dichas comunidades favorecen la reproducción de las prácticas que performan, mas, simultáneamente, están abiertas a la adopción de nuevos elementos o la rearticulación de los componentes de prácticas previas, lo que daría lugar a nuevas prácticas sociales. Dichas comunidades constituyen el contexto simbólico y material, que actúa como referente para la acción social. El cual, no obstante su relativa estabilidad, puede sufrir cambios, debido a los desplazamientos que puede implicar una nueva forma de performar una práctica y/o el surgimiento de otras nuevas, los que pueden instar a la propia comunidad a rearticularse, consolidarse o desaparecer. De tal modo que resulta factible plantear que las prácticas sociales cuentan con claros efectos identitarios.

Analíticamente, el proceso que da lugar en la vida cotidiana a una práctica en particular, se compone de dos etapas que suelen traslaparse: cultivo y naturalización. La primera, se refiere a los procesos que permiten alcanzar la reflexión y el discurso acerca de los hábitos y rutinas, que de otro modo permanecerían inconscientes. “To use Bourdieu’s terminology (1977), cultivation brings things out of the habitus and into the realm of praxis. Cultivation can be active or passive, because we can actively initiate new routines, or we can have changes forced upon us” (Wilk, 2009, p.149). Y el segundo, describe los procesos que fuerzan a las prácticas consientes de regreso al habitus y/o evitan el que emerjan como conscientes. “Many of our habits of life are so totally naturalized that we never think of them” (Wilk, 2009, p 150).

Ambos procesos determinan el que establecer una distinción tajante, entre prácticas reflexivas y rutinarias, resulte imposible para el análisis empírico. “Real life occupies the space between

thought and habit, in a more complex and textured, perhaps layered, wrapped or enfolded space area of partial consciousness” (Wilk, 2009, p. 148).

Razón por la cual, las prácticas de la vida cotidiana pueden, incluso, sorprender con sus efectos al(los) actor(res) que las ponen en escena. Pues, aunque el(los) actor(res) pueden promover la consolidación de los elementos que dan lugar a la práctica, su efecto performativo no resulta del todo predecible, en tanto uno o más elementos de dicha acción pueden permanecer naturalizados, aún para el propio actor. Y además, a nivel colectivo, la comunidad de práctica a la que pertenece el actor, puede valorarla o no, en función de las lecturas que realizan acerca de la materialidad, imágenes y competencias que implica.

Consecuentemente, los actores sociales no constituyen entidades cuyo actuar está limitado a la reproducción de las prácticas ya existentes, así como tampoco pueden crear y sostener una práctica social a partir de elementos completamente ajenos a su comunidad. Sencillamente, porque carecerían de los componentes, materiales, simbólicos y competencias necesarios para hacer viable su performance. Por lo cual resulta factible afirmar acerca del consume que “products alone have no value, the do so only when integrated into practice and allied to requisite forms of competence and meaning (Shove y Pantzar, 2005, p. 57)

De este modo, al revisar la práctica de la innovación en el consumo, debemos estimar que los productores son, al menos, tan importantes como los consumidores. Concretamente, la industria, el retail y la publicidad, pueden promover ciertos componentes de las prácticas sociales, mas no pueden instalar la práctica en sí misma, ya que ésta es resultante, tan sólo, de la acción integradora de la performance de los distintos actores.