3.3 Characterisation
5.1.1 Hybrid nanostructure array
A lo largo de esta investigación ha sido posible reconocer diferentes enfoques y motivaciones que han hecho posible ver como la soltería consagrada dió el paso de lo cultual a lo apostólico, para fundamentarse y enfocarse completamente a la causa del Reino-justicia de Dios. La soltería por el reinado de Dios en América Latina se valida a sí misma desde aquella invitación del Padre que llama a servir gratuita y efectivamente a los y las más vulneradas del continente. El celibato es un don de Dios que invita y mueve al individuo, por medio de la cadena transmisora de amor y la revelación encarnada de Jesús en el empobrecido, oprimido y excluido social, a comunicar el mismo amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, a los demás.
Sin embargo, también está el riesgo de vivir un celibato carente de una experiencia espiritual inmanente y trascendente que fundamente la opción por la soltería consagrada. “Se puede ser célibe por causa del reino o se pude ser célibe por la causa del propio
engrandecimiento narcisista”161, como decían de las religiosas de Port Royal: “castas como
ángeles, soberbias como demonios”. Ahora bien, la autoestima que se vive saludablemente, es decir, desde la alteridad, colabora con el cometido fundamental del ser célibe por el
Reino-justicia de Dios, puesto que la dedicación no se reduce al Yo sino más bien al otro162.
En la categoría psicológica del narcisismo se debe tener en consideración el Yo ideal y el Yo real, puesto que el hombre y la mujer se mueve en aquella dinámica de lo que se es y aquello que se quiere ser. El narcisismo sin duda alguna está muy cerca de aquel Yo ideal que peligrosamente termina por ensimismar al individuo, dificultándole la posibilidad de realizar la alteridad, es decir, referirse al otro.
161
Ibid.
162
Es de saber que el ideal del Yo para que no se vuelva únicamente auto-referente debe abrirse a algo que está fuera de sí. De igual manera, el célibe que desea evitar aquel narcisismo se debe focalizar a un otro e incluso a un objeto que lo descentre de sí mismo. No es aceptable pensar en la soltería consagrada en función de un auto-engrandecimiento o para ser reconocido por el entorno. El célibe que verdaderamente ha tenido la experiencia espiritual fundante de la invitación de Dios a la vida soltera consagrada, está capacitado a poner la atención en aquel valor vital religioso del Reino-justicia que dinamiza el ser y
hacer de su particular modo de existir, siendo éste el nuevo objeto de amor163.
En cambio, cuando el Yo ideal se absolutiza dejando su realidad mediática y temporal, la autoestima pierde la fuerza dinamizadora que lleva a la alteridad, encerrando a la persona en la simple y llana búsqueda de la autocomplacencia. En el caso que el soltero por el reinado de Dios caiga en aquella realidad narcisista, éste termina priorizando lo propio,
poniendo en riesgo el verdadero sentido del celibato que se ofrece por el Reino-justicia164.
El peligro de caer en un narcisismo egoísta es evidentemente más probable en aquel soltero consagrado que no ha descubierto el celibato como don e invitación de Dios. Vale tener en consideración que el Señor llama a ser eunucos por el Reino, más no por obligación o por algún reconocimiento mundano.
En la vida célibe Jesús se presenta como modelo de identificación y objeto de amor de la vida soltera por el reinado de Dios, sin embargo en este aspecto también existe el riesgo de negar la alteridad para inmiscuirse en el narcisismo. El Señor no debe ser entendido desde el “ser como” al cual vale imitar, y así justificar toda la dinámica espiritual del soltero por
163
Ibid., 37.
164
el reinado de Dios, ya que la idea de Jesús no pasaría de ser una mera proyección y deseo narcisista165:
Convierten la figura de Jesús en un aspecto de su propio ideal y confrontados sólo en ese ideal se encierra en una sala de espejos donde, en realidad, no existen sino ellos mismos y sus imágenes ideales. Es posible que Jesús sea, en efecto, la más importante de esas imágenes. Pero, en realidad, lo han reducido a ser una imagen de sí mismos, idealizada en su ideal del Yo. La dinámica del
narcisismo se ha instalado así bajo apariencia de alta espiritualidad166.
Vale decir que el llamado de Jesús consiste en el seguimiento a Él, más no a la imitación, lo cual descentra de los propios intereses para preocuparse de los intereses del Reino-justicia de Dios, de manera que se trabaje apasionadamente por la realización de aquel mandato divino. El objeto del celibato y toda sublimación y canalización afectiva de la persona célibe no podrá ser otro sino el Reino. Es allí donde el soltero consagrado concentra toda su
pasión, ofreciéndose al proyecto salvífico del Padre167.
Ahora bien, “el Reino de Dios no puede ser una pura entelequia o construcción imaginaria. No fue así para Jesús. Porque nos encontraríamos entonces de nuevo en una forma de
idealización que sólo pretenderá satisfacer aspiraciones de orden narcisista168”. El soltero
consagrado deberá considerar la realidad como tal y responder a la misma con total responsabilidad y fidelidad, y así abrirse al o a lo otro que lo saca de sí mismo, transformando el ser y hacer del célibe. El Reino prometido por Jesús tiene rostros humanos, el empobrecido, oprimido, excluido social, etc.; a quienes el soltero por el reinado de Dios desea consagrarse por la liberación de los mismos, lo cual, al mismo
165 Ibíd., 55. 166 Ibid. 167 Ibid., 53. 168 Ibid., 60.
tiempo, lo saca de sí mismo para responder al llamado de Jesús a seguirlo para construir el
Reino-justicia de Dios169.
Hasta ahora, ha sido posible identificar cómo el celibato que carece de una experiencia espiritual anterior que invita a éste estilo de vida, es vulnerable a caer en un narcisismo egoísta que no deja salir de sí mismo. Es fundamental que la vida soltera consagrada tenga aquella experiencia espiritual inmanente y trascendente que motiva y anima al individuo a salir de sí en pro de un objeto que está fuera de él. Aquello es lo que le da vida y consistencia al celibato que se pone al servicio del Reino-justicia de Dios.
Otro de los grandes riesgos de un celibato que ha sido asumido inmaduramente es la vivencia hipócrita del mismo. Si realmente no hay una verdadera convicción en este consejo evangélico, y se duda de su eficacia transformadora en el sujeto y en la realidad, fácilmente el célibe a medias es propenso a caer en infidelidades contra el voto.
Actualmente no son pocos los casos que nos revelan aquella hipocresía con la cual ha sido asumida la soltería consagrada en algunos presbíteros, religiosos y religiosas. En el contexto latinoamericano es cada vez más evidente el gran número de solteros consagrados que han dejado de creer en la vida célibe como posibilidad de vida al servicio del Reino- justicia de Dios. Con esta afirmación no se pretende minusvalorar el celibato en sí, pero sin duda es una alerta que demanda a que hayan nuevas reflexiones teológicas que se preocupen por re-significar y motivar el celibato en la Iglesia Católica.
Al mismo tiempo, los candidatos a la vida presbiteral y religiosa deberán ser seriamente interpelados a responder responsablemente al celibato únicamente si éste ha sido dado como don, ya que la soltería por el reinado de Dios, considerada como tal, no es fruto de una simple ascesis o práctica, sino que se fundamenta y apoya a partir de la gracia de Dios
169
que anima y sostiene, en la debilidad y en la fidelidad, a quien ha sido llamado a la soltería consagrada.
La hipocresía de los célibes, más no del celibato, se presenta en aquellos que, sin mayor esfuerzo, se dejan llevar por la actividad sexo-genital propia de la vida de pareja. Por un lado se predica la fidelidad al voto, pero en la clandestinidad se practica la actividad sexo- genital. Esto es aquello que lleva al célibe a vivir una doble vida que intenta acaparar, o más bien utilizar, los beneficios de ambas. Se teme decir un sí definitivo al llamado de la vida soltera por el reinado de Dios, pero al mismo tiempo se desea abusar de los reconocimientos narcisistas que podrían aventajar al célibe a medias. De igual manera, el soltero consagrado que vive su voto del celibato hipócritamente desea utilizar a la otra o excepcionalmente al otro, en el caso de los homosexuales, como un mero objeto de placer carnal, ya que tampoco se arriesga y compromete a vivir fiel y completamente con ella o el170.
La vida soltera por el reinado de Dios demanda una madura y responsable integración de la sexualidad, la cual en definitiva se vive afectivamente en la relación con Dios y en la entrega al prójimo. De ser así es posible vivir la dimensión psicosexual de todo hombre que anhela seguir el celibato, puesto que hay una convicción y objeto que ayuda a vivir la sublimación del deseo pulsional hacia un valor vital religioso como por ejemplo, el Reino-
justicia de Dios171. De no ser así el riesgo a caer en infidelidad al celibato es muy alto:
Si el que permanece célibe por motivos religiosos no está fascinado por el valor religioso, corre el peligro de malograr su celibato, por la naturaleza de las cosas, y de convertir en un fracaso tanto su celibato como la misión de integrar
humanamente la corporalidad con todas sus tendencias propias172.
170
Cfr. Navarro, Mercedes, “Celibato”, en “10 palabras clave sobre vida consagrada”, Director: Marciano
Vidal, 299‐300, Editorial Verbo Divino, España, 1997.
171
Cfr. Domínguez Morano, Carlos, La aventura, 12‐13.
172
Otra de las degeneraciones que podría afectar el verdadero significado de la soltería por el reinado de Dios es aquella que pretende considerar a este estilo de vida como un modo de ser más angelical que la vocación a la vida matrimonial. Desde aquella negativa valoración de la sexualidad algunos han pretendido minusvalorar la vida de pareja y enaltecer la vida célibe.
A lo largo del desarrollo del celibato en la historia se ha podido apreciar aquella engañosa pretensión santificante del soltero por el reinado de Dios, sobrevalorando esta opción como algo más divino en contraste con el resto de los estilos de vida cristiana. A partir de aquella errónea idea del celibato han existido algunos que desean sacar provecho para su propio enaltecimiento, creando una mentalidad exclusivista con respecto al llamado a la santidad y a la realización del Reino, degradando la vida matrimonial a una categoría de segundo orden173.
No cabe duda que toda tendencia a enaltecer la soltería por el reinado de Dios sobre los diferentes modos de ser cristiano son visiones heredadas del pasado de la Iglesia Católica. Sin embargo hoy en día hay algunos que aun siguen sosteniendo para su propio provecho aquella exclusividad y perfección. Al respecto el magisterio de la Iglesia Católica afirma:
El Concilio Vaticano II también rechazó esto categóricamente. La vocación a la santidad, a la perfección suma «como vuestro padre celestial», está dirigida, como don de Dios, a todos los hombres, no sólo a los que «permanecen célibes por motivos religiosos». El que quiere caracterizar la «tendencia a la perfección» como la vocación especial del que desea vivir cristianamente en celibato religioso, desconoce de hecho la vocación de todos los hombres a la santidad174.
173
Ibid., 81.
174
Ya no es válido pensar en el celibato como la única forma de vida plena que se entrega indivisamente a Dios y su Reino-justicia. Se ha dicho a largo de los anteriores capítulos que todos los cristianos, sin excepción, están llamados a responder y realizar la misión de construir el Reino-justicia de Dios. El célibe únicamente podría concebirse como potencialmente más disponible a dicha misión, más no es la única forma de vida que lo realiza175.
Otra de las concepciones equívocas del celibato sostiene que por medio de la soltería consagrada se puede seguir a Cristo más perfectamente, puesto que se pertenece en todo a Dios; como si la vida matrimonial no lo permitiese, ya que se ama a la pareja como si se prescindiese de amar a Dios y al prójimo. Queda claro que todo estado de vida cristiana
desde su misma realidad está llamada a seguir y amar al Señor176, aquello no es una
exclusividad de los solteros por el reinado de Dios, sino más bien un distintivo de todo cristiano177.
En conclusión, el célibe que vive desde la voluntad de poder y el deseo narcisista de auto- engrandecimiento su opción soltera por el reinado de Dios, termina por destruir el verdadero significado del celibato. Este consejo evangélico, al igual que muchas otras vocaciones de la vida cristiana, es una respuesta al llamado de Dios, el cual en sí permite
175
Ibid., 82‐83.
176
Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun
en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano. Para alcanzar esa perfección, los fieles, según las
diversas medidas de los dones recibidos de Cristo, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen,
obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, deberán esforzarse para entregarse totalmente a la gloria de
Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como
brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la vida de tantos santos. Lumen Gentium, 40.
177
vivir en comunión con la voluntad del Padre mediante el seguimiento a Cristo y la realización del Reino-justicia de Dios.
El celibato no es aquello que debe ser cuestionado, sino más bien el célibe que ha asumido este estilo de vida sin la conciencia y responsabilidad necesaria que demanda la soltería consagrada. El candidato al celibato es quien debe reflexionar si realmente ha sido llamado a la soltería consagrada y decidir si ciertamente desea aventurarse, desde sus debilidades y fortalezas, a vivir la soltería por el Reino-justicia de Dios.
CONCLUSIÓN
La presencia del celibato en la Iglesia Católica ha experimentado una gran variedad de cambios desde su origen hasta hoy. En sus comienzos se ha podido notar que la soltería consagrada fue fruto de la influencia del neo-platonismo, del estoicismo y del gnosticismo, lo cual fundamentó el celibato desde una visión dualista entre cuerpo y alma. Esto llevó a que la soltería consagrada sea entendida desde la negación del cuerpo y el rechazo a la sexualidad, como si éstos fueran causa de pecado e impureza. La actividad sexo-genital fue tan rechazada en aquel tiempo, que era inconcebible para los ministros ordenados realizarla antes, durante o después de los actos rituales del culto religioso.
A partir de allí, el celibato fue valorado más que el matrimonio, el cual era reducido por la activa vivencia de la sexo-genitalidad; como si éste fuera un estado de segunda categoría que no valiera por sí mismo, sino más bien por la enfermiza dependencia del hombre a la procreación y a los deseos sexuales. De igual manera, junto con la subestimación del matrimonio, también la mujer sufrió considerables discriminaciones, como si ella fuera causa de pecado e impureza para los hombres, y en particular, para los ministros ordenados. Por ésta razón el ministro ordenado estaba obligado a vivir su ministerio lejos de las mujeres.
Aun cuando la actividad sexo-genital y la mujer fueran fuertemente rechazadas y acusadas por la pretenciosa pureza del celibato de antaño, no fue posible erradicar la hipocresía celibataria que se vivía por el concubinato, peor aún, en la medida que más se prohibía el matrimonio y la actividad sexo-genital para los ministros ordenados, más aumentaba la vida de pareja en la clandestinidad.
Es de notar que el fundamento de la soltería consagrada de la antigüedad radicaba principalmente en el ideal de pureza en desmedro de la corporalidad del hombre. Esto llevaba a que el celibato fuera valorado desde pretenciosas categorías de santidad, lo cual
aumentaba la dignidad de los célibes por sobre el común de los mortales. El soltero consagrado era cercanamente equiparado a un ángel, pues era la anticipación de la vida futura.
Es de notar que el origen del celibato realmente no tenía un valor vital estrictamente religioso que sacara a la persona de sí mismo, peor aún, éste alimentaba la soberbia del soltero consagrado, convenciéndolo de una falsa idea de pureza y santidad angelical. Se pensaba la vida célibe como la única vía para responder al llamado de ser santos como el Padre es Santo; como la forma más viable para seguir y responder al llamado de Jesús. En realidad, la soltería consagrada valía en sí misma simplemente por dogmas estáticos y casi supersticiosos, más no por un ser y hacer en el mundo.
Sin duda, liberando al celibato de aquellas engañosas y soberbias valoraciones que le han dado en la antigüedad, la soltería consagrada es verdaderamente un precioso regalo de Dios, el cual lleva a la persona a una total entrega a Él y a su misión de ser constructores del Reino-justicia. Ahora bien, la soltería consagrada no debe ser valorada por sobre el matrimonio, puesto que ambas son vocación santificante para el hombre, estas dos, y muchas otras más maneras de existir, son igualmente dignas ante Dios, y así debería ser para la humanidad. Es lógico que sean diferentes maneras de seguir a Cristo, tan válidas ambas en función de la construcción del Reino-justicia.
Si se mira el celibato desde la fundamentación bíblico teológica es posible volver a las raices de sentido de este consejo evangélico. Tanto la biblia como las reflexiones teológicas abiertas y dinámicas permiten comprender la soltería consagrada desde un valor vital religioso específico, es decir, el Reino de los cielos. La soltería por el reinado de Dios se muestra como fruto de un llamado que invita a vivir de una determinada manera hacía el valor del seguimiento y el Reino-justicia de Dios.
El celibato que es entendido desde el fundamento bíblico teológico no es visto como algo moral de lo bueno o malo, o como si fuera exclusividad santificante; más bien se presenta
como una vocación específica que se realiza en la historia concreta. La soltería consagrada no debe ser asumida como ley u obligación, sino que es don de Dios que nace desde Él y se proyecta al otro y al Reino-justicia del Padre.
Poco a poco la soltería consagrada dejó de ser validada desde la categoría de pureza y exclusividad santificante en relación al culto, para dar un paso significativo a lo apostólico liberador. Esto responde fielmente a la fundamentación bíblico teológica del celibato, en especial en su relación significante del valor vital religioso del Reino-justicia de Dios.
En el contexto de América Latina la nueva manera de entender y vivir la soltería consagrada realmente se presenta como novedad dinámica y transformadora. Ya no se es célibe por un rechazo a algo, como la sexualidad, sino por amor a alguien y por un valor