6 OPERATIONAL MASUS MODEL AND SIMULATION
6.4 Simulation experiments III: Testing urban policies 163
6.4.3 Impact of regularizing informal settlements and providing an equitable
De todo lo explicado es fácil concluir que el momento de la muerte tiene gran relevancia en la vida de las personas del sur de Mozambique. La muerte supone el paso a una nueva situación ontológica, es un momento clave porque la persona cambia de estado, es un momento de extensión del linaje espiritual. En ese camino desde que la persona muere hasta que su espíritu se asienta y convive con la familia pasa un tiempo de adecuación mediante ceremonias en las que vivos y muertos asumen la nueva situación.
Es muy importante realizar todos los rituales que rodean la muerte, incluyendo ceremonias y tabúes para acompañar al espíritu y facilitar su integración y la despedida de su carnalidad, de lo contrario el espíritu vagaría, permanecería perdido en los bosques y seguramente su desarraigo llevaría a hacer el mal contra los vivos. Por eso es tan importante el enterrar a los muertos en la tierra de donde proceden y en la que sus descendientes se encargarán de llevar a cabo las ceremonias fúnebres (en las que se implicará toda la aldea) así como la de los seis meses y la del año (que de manera general se interpretan como el fin del luto de los allegados y del cónyuge respectivamente, aunque mantenerlo es algo voluntario) donde su espíritu convivirá entre los suyos integrado, participando en las ceremonias, protegiendo y dirigiendo la vida familiar. De la misma manera, los parientes vivos cuidarán de sus espíritus cada día, los honrarán, dispondrán todo para que se sientan a gusto y cumplirán con sus preferencias que son la continuación de aquellas que poseían en vida.
En los casos en que esos rituales fúnebres y de culto no se puedan producir porque el cuerpo se haya perdido y no haya sido recuperado y debidamente enterrado donde pertenece, el espíritu se encontrará perdido lejos de su hogar y de su linaje. Al perder la esencia social del ser humano, provocará el mal y la agresión desde su malestar intentando que se atiendan a sus reivindicaciones que consistirán en un culto e integración simbólica en el grupo. Este hecho se produce en ocasiones tales como desastres o guerras, que son causa de vagabundeo y venganza de los espíritus de los muertos y que, junto con los hechizos, componen la principal etiología de los males sufridos.
En esta explicación vemos cómo la pertenencia social considerada como el lugar donde se puede producir el bien, convive con un desarraigo que lleva al mal por el malestar que provoca y por las circunstancias en que ese desarraigo se produce. En cada lugar van a convivir estos dos aspectos que vendrán marcados por los acontecimientos históricos que determinan la vida y muerte de las personas y que el individuo presente hereda como legado ineludible de sus antepasados. En función de esto en el sur de Mozambique hay varios tipos de espíritus:
Por un lado tenemos los espíritus tsonga o tinguluve, que son los espíritus de la familia, honrados por pertenecer al linaje y ser los antepasados que pertenecen al lugar. Aquellos de cuyos cuerpos no pudieron ser recuperados son honrados simbólicamente.
Por otro lado tenemos los espíritus extranjeros de aquellos que habitaron y lucharon en esa tierra y murieron allí lejos de sus parientes, anónimamente y sin que se les hicieran los rituales indicados. En el sur de Mozambique podemos remontarnos a la historia para encontrar los espíritus de los vandau venidos del norte en una primera incursión pero, sobre todo, usados como siervos por los vanguni, el otro pueblo que dejó muertos en estas tierras al establecer su dominio militar. Como he dicho anteriormente, los espíritus guardan las características que les definieron en vida y, por tanto, los espíritus nguni mantienen un dominio abierto, mientras que los espíritus ndau simbolizan el poder oculto. Ambos, como enemigos de los tsonga en las Guerras Nguni en las que murieron (especialmente los ndau serán más peligrosos ya que muchos tsonga se asimilaron a los nguni), buscarán primeramente atormentar a ese pueblo hasta obtener lo que quieren. Finalmente, para la salud y protección del individuo, los tres tipos de espíritus deben asumirse y convivir en armonía en la persona e incluso cooperar. En caso de conflicto los espíritus extranjeros son más poderosos que los tsonga (subyugados en su momento) que serían incapaces de proteger a la persona frente a ellos.
Los tsonga convivieron y se mezclaron con ambos pueblos recibiendo influencias de unos y otros en cada una de las facetas en las que destacaban: así como el aparato militar nguni venció y convirtió en súbditos asimilando la población tsonga, el desarrollo espiritual ndau era mucho mayor. La persona es heredera de su historia y a nivel individual y comunitario estos tres tipos de espíritus conviven (junto con otros más concretos que hayan establecido relación con el linaje en determinados momentos) y las ceremonias incluirán la presencia de sus respectivas tradiciones integradas en la actualidad en un culto único.
“Durante ese movimiento migratorio los nguni subyugaron a los ndau (entre otros grupos), forzándoles a descender hacia el sur como ‘esclavos’ del Imperio de Gaza en territorio tsonga. En ese proceso de interacción, como veremos más adelante, todas las partes absorbieron creencias y prácticas unos de los otros y los individuos tsonga fueron poseídos por espíritus no linajeros de origen vanguni y vandau.”
Estos espíritus son parte de su identidad y, aunque el espíritu que permanece y pertenece a la persona es el de su ascendencia tsonga, los otros son partes indivisibles de la identidad de la persona. El legado de los otros pueblos también incluye la adopción de sus espíritus y de sus rituales.
Eso no quiere decir que los espíritus dejen de ser extranjeros, lo que les podría condenar al desamparo y complicar la existencia a los vivos (ver: Lubkemann 2002: 192-194), pero en la acogida de ese legado histórico pueden sentirse en casa y pertenecer a la familia en un vínculo que se irá renovando generación a generación. Por tanto, esos espíritus perdidos que vagan desorientados, al llegar a las familias piden su acogida y honores dentro de la familia, saber que tienen un hogar. Para ello piden en primer lugar que, ya que sus cuerpos se encuentran lejos, están perdidos y no han sido enterrados y debidamente honrados, se construya una cabaña para su espíritu dentro del hogar familiar. Esta cabaña se denomina tepelén y es donde se guardarán los objetos propios que demande el espíritu y aquello que reclame y se le tribute o en lo que se busque su intervención (hoy en día, la demanda de tepelén, se ha extendido a los espíritus linajeros al distanciarse las sepulturas del hogar con la concentración en aldeas comunales y suele haber uno general y/o varios específicos para los espíritus que así lo reclamen –ver fotografía 39-).
Además, el espíritu exige una mujer dentro de la familia (nsati wa svikuwembo = la mujer del espíritu) que cuide de él en el tepelén de una manera similar a la reivindicada entre vivos: un fuego cuando haga frío, mantener todo ordenado, tributarle comida y bebida tradicional... Desposar una moza de la familia es la manera que tiene un extranjero de pertenecer a la propia familia, es decir, es la manera de que el espíritu se encuentre como en casa (nunca lo sería propiamente, porque es tradición patrilineal, pero se encontrará en casa de los suegros, los aliados de mayor vinculación). Por tanto una joven de la familia será “casada” con el espíritu para la atención del mismo, deben ser mozas vírgenes y, cuando se quieran desposar con un hombre, se deberá pedir permiso al espíritu que impondrá una compensación y pasará a desposar otra joven de la familia permaneciendo ligado de esta manera al grupo familiar.
Como podemos ver, todas las relaciones con espíritus siguen una lógica social que reproduce un orden y unas normas que también siguen los vivos, y es que, en este sentido, el mundo espiritual muestra cómo se deben hacer las cosas, da claves éticas y sociales que guían la vida a través de su ejemplo y, el hecho de compartir un mismo contexto y una misma esencia (espíritu: incluido en los vivos y en los muertos) lo hace una realidad uniforme e indiferenciada.