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Initial state of the simulation 144 

6  OPERATIONAL MASUS MODEL AND SIMULATION

6.2  Simulation experiments I: Comparing simulated outputs with

6.2.1  Initial state of the simulation 144 

Fernando Florencio (2005: 36) basándose en la clasificación de los tipos de autoridad descrita por Max Weber, encuadra la autoridad tradicional legitimada por la “santidad de los órdenes y poderes de mando

emanados desde tiempos antiguos” justificando así la suscripción y obediencia a la misma por detentar

unas características heredadas y con las que crece, se identifica y es identificada dicha autoridad local. Por tanto, hay una fidelidad establecida entre el jefe y sus súbditos ya que la existencia de unos como grupo implica la existencia del otro y viceversa, y su autoridad viene definida en su identidad y por la tradición que, además de conferir, moldea su poder. A pesar de que no sea discutida la legitimidad de su posición y del sistema de poder, esto no quiere decir que no pueda cuestionarse la legitimidad y el acierto de sus decisiones teniendo que ceñirse al derecho consuetudinario que representa, obrando siempre por el bien de la comunidad.

El jefe se constituye como una persona que lidera el poder en sentido amplio y, siendo el máximo representante de los linajes que están a su cargo y el encargado de distribuir y tomar decisiones sobre las tierras que se consideran propiedad comunal, su poder abarca diferentes ámbitos, lo que con frecuencia le confiere múltiples roles sociales.

Esta multiplicidad de funciones incluye, en muchos casos, un papel de mediador dentro de la administración política estatal, como se ha ido instaurando desde el tiempo colonial, haciendo coincidir en su persona ambas estructuras políticas a nivel local para ganar legitimidad por parte del gobierno nacional, convirtiéndose en una especie de intermediario con mayor o menor poder y responsabilidad. La ambigüedad de su papel viene definida por esa pertenencia a diferentes estructuras que puede derivar en un conflicto de intereses entre ellas que converja en su persona. Pero aunque las autoridades tradicionales puedan ser las intermediarias con el poder nacional, parte o consultoras del mismo, también vemos casos en los que esto no es así. En este sentido encontramos otros tipos de líderes comunitarios como las células o delegaciones del partido FRELIMO que suelen llevar labores administrativas y mediar con el gobierno que se mantiene en manos de dicho partido desde la independencia.

Además de su vinculación o no al poder político nacional, tenemos que ver la incidencia de diferentes redes sociales estructuradas en función de diferentes parámetros y pertenencias en las que se establecen continuamente nuevas arenas de poder político y social. Así vemos cómo los líderes tradicionales disputan el poder en diferentes ámbitos con otros elementos de poder locales, pudiendo ocupar posiciones de poder en ámbitos diferentes sin existir una disonancia a pesar de parecer teóricamente excluyentes. No se trata de que sólo los jefes adopten diferentes liderazgos, sino que la propia población se expresa y cumple diferentes papeles protagonistas en diferentes ámbitos aunque puedan parecer excluyentes (por ejemplo en mi trabajo de campo pude ver cómo una persona con un peso relevante en una ceremonia religiosa tradicional se encargaba posteriormente de oficiar una misa católica sin que nadie viera la contradicción ya que se trataba de momentos y situaciones diferenciados).

En este sentido es necesario identificar las diferentes estructuras de poder local y la pertenencia a las mismas para reclamar derechos y propiedades. Como explica Gluckman, las relaciones sociales son materializadas a través de intercambios y, en función de los vínculos y su contribución a esa estructura, se accederá a derechos y al poder (Gluckman 1969: 262). Por ejemplo, en los casos en que el jefe de la aldea no coincide con el líder comunitario que representa al partido y al gobierno nacional, si alguien quiere acceder a la tierra con el derecho legítimo de construir su hogar y cultivar, en un primer momento tendrá que trasladar sus intenciones a los ancianos de su familia y allegados para que intercedan por él frente al jefe que reconoce y cede los terrenos; Posteriormente, con esa legitimidad, tendrá que dirigirse a la célula de gobierno local para registrar su terreno y pagar la cuota correspondiente al registro de dicho terreno en función de sus características (en términos administrativos).

La propiedad comunitaria incluye un territorio y sus recursos naturales, simboliza a través de la tierra la fuente de vida y el sustrato que comparten personas y espíritus. En función de esto, la propiedad de la tierra no es algo individual (en el orden tradicional), sino que la pertenencia es colectiva, el linaje o el jefe la administra y los sujetos la heredan y la trabajan como miembros del colectivo.

El nuevo orden administrativo estatal introduce la compra-venta de la tierra y, aunque los terrenos comunales son un derecho de la población local y competen a la decisión de las autoridades locales, cada vez va penetrando más la compra de terrenos e incluso la expropiación de los mismos. En este sentido, la inversión extranjera, el dinero de élites urbanas o de ciertos migrantes exitosos puede dar legitimidad administrativa para la ocupación del espacio u otras acciones que alteran o se enfrentan a la jerarquía local. Marvin Harris ya hablaba del pretendido empoderamiento de los jóvenes migrantes en su vuelta con dinero (Harris 1966: 96) pudiendo enfrentarse en determinadas facetas al orden tradicional. Entre los mozambiqueños en Sudáfrica se llaman por el apellido por lo que, además de la función clasificatoria y de interpretar la migración como una estrategia familiar, el migrante pasa a ser el representante de su familia allí, como antes lo fueron sus mayores. Al volver mantiene el apellido como propio, conserva ese carácter de representante o jefe de la familia ya que, además de la experiencia de haber ido a Sudáfrica, esto viene asociado generalmente a la formación de un hogar propio y la inclusión en la madurez. A su vuelta tiene el poder y prestigio que le confiere el dinero ahorrado (incluso a nivel político pudiendo presionar a instituciones o exigir derechos) y, como veremos, este estatus será resaltado rivalizando en ciertas facetas con el poder consuetudinario y, en ocasiones, buscando diferenciarse de la anterior generación que tiene el poder tradicional legítimo. Para los hombres adultos jóvenes es una etapa en la que viven este poder desde la distancia y se rebelan ante él mientras están sometidos a una jerarquía superior, pero cuando regresan para encabezar esas estructuras lo reproducen perpetuando el ciclo intergeneracional.

Anteriormente, Rita Ferreira (1963: 33) ya destacaba el papel de los jefes en relación a los valores tradicionales frente al auge de la economía monetaria. La posición de los dirigentes fue determinante para que no se abandonase totalmente la producción agrícola y la explotación autónoma de la tierra por ir tras la seducción de conseguir capital en un sistema de explotación laboral que no garantizaba la subsistencia a largo plazo sin el complemento de la agricultura y que hubiese dinamitado el orden rural tradicional y sus instituciones de ayuda, seguridad y solidaridad que garantizan la asistencia, el apoyo social y el derecho de todos al usufructo de la tierra, en definitiva la supervivencia.

Por tanto, tenemos que ver la figura del jefe más allá de un simple administrador en función de las leyes consuetudinarias de acceso a la tierra. Entender su identificación con el orden local como la persona que media en las relaciones que, a través de la tierra, aúnan simbólicamente la producción y reproducción

del linaje y de los diferentes linajes unidos bajo la jefatura. Con lo que se convierte en un líder espiritual que tiene un papel importante en el orden natural del entorno que es determinado por los espíritus.

“El jefe, mediador entre los vivos y los muertos, es el portador de los valores últimos del grupo y sus acciones deben adecuarse al bien común y justificarse por referencias a las normas culturales y a las reglas consuetudinarias del linaje.” (Loforte 2000: 34)

Así, el jefe es considerado un mediador con los espíritus comunitarios en ceremonias que afectan a ciclos agrícolas o para pedir lluvia en las que se reúnen los representantes de los linajes pidiendo fertilidad a los antepasados y decidiendo cómo se van a organizar las labores del campo. Este poder es inalienable y es el que determina en última instancia el destino y la razón de ser de la comunidad. La comunidad que representa le rinde tributo a través de pleitesías y ceremonias tradicionales en su honor –siguiendo el ámbito de poder que representa-. (Ver fotografía 8).

La legitimidad del jefe se debe a su posición de representante y gestor de una comunidad concebida como una renovación cíclica de sus elementos, ligados entre sí por relaciones que vinculan pasado, presente y futuro a través de sus estructuras sociales. En este sentido no tiene una vida diferenciada de la comunidad, no detenta diferentes derechos de propiedad, sino que su estatus proviene de la mediación con los espíritus y la administración de la vida local. Por tanto la autoridad tradicional está ligada a la identidad y a los valores básicos de la comunidad, dando continuidad y garantizando el proceso de reproducción social al ligar el pasado al presente a través de rituales, normas sociales y alianzas que se mantienen y fortalecen bajo su figura. Sin embargo, si quiere participar en otro tipo de decisiones, tendrá que integrar otros poderes que le den legitimidad en otros ámbitos y, en este sentido, su papel en relación al estado no está claro ya que las leyes los relegan a consultores independientes del gobierno estatal local frente a otros que reclaman su participación en la toma de decisiones y su inclusión en el aparato de Estado (ver: Florencio 2005: 68-69). En este sentido tenemos que interpretar las autoridades tradicionales como unos actores políticos que se incluyen en la arena compleja de la comunidad local participando en conjunto con otros actores como migrantes exitosos, curanderos, delegaciones de partido, autoridades estatales, inversores externos, líderes religiosos… y representantes locales de otras redes sociales que se extienden más allá de los límites distritales, cumpliendo con una función definida en ambigüedad dentro de los múltiples ámbitos de poder local.