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Validation and analyses of results 55 

3  URBAN SEGREGATION AS A COMPLEX SYSTEM: CONCEPTS

3.5  Methodological protocol for developing ABM simulations 51 

3.5.5  Validation and analyses of results 55 

El anterior esquema se presenta de modo indicativo a partir de un “ego” masculino, en caso de que fuera femenino las relaciones con los primos cruzados (donde existe salto generacional) tendrían que verse de manera diferente y correspondiente: siendo los primos cruzados patrilaterales hijos en vez de nietos. Y debido al salto generacional en caso de “ego” femenino: los primos cruzados matrilaterales de la madre serían abuelos (los “tíos segundos”) y madres (las “tías segundas”); y los primos cruzados patrilaterales de la madre serían hijos o hlampsana (compañera/hermana que comparte marido) porque sería matrimonio preferente para su marido en uniones polígamas.

2.41 EN RELACIÓN A LA NOMENCLATURA

Este cuadro ha sido elaborado siguiendo los aspectos coincidentes entre las conclusiones de mi trabajo de campo y el trabajo en profundidad sobre parentesco changana de José Fialho Feliciano en los años 80´s (1989). La razón de incluirlo al principio de este apartado es mostrar de manera genérica la estructura y la nomenclatura que se emplea en la familia (entendida como el conjunto de personas emparentadas por vínculos sanguíneos y matrimoniales) y bosquejar los roles así como el salto generacional que puede llevar a la confusión si queremos entender el rol de las personas en determinados momentos. También quiero destacar, en una visión general de este esquema, la relación con la vía materna para que quede claro que, a pesar de estar hablando de una sociedad patrilineal, veamos la estrecha relación y los vínculos existentes con los parientes matrilaterales. Hoy podemos ver cómo la pertenencia y la participación en la familia de la madre es algo importante no sólo habiendo ciertas figuras con autoridad entre las dos familias sino transmitiendo esa autoridad y responsabilidad a sus cónyuges. Como ya hemos explicado anteriormente y podemos ver en los anexos, también podemos ver la importancia de los hijos en el linaje de la madre y en sus ceremonias.

Sin embargo no podemos tener en cuenta este esquema descriptivo como base del presente trabajo por dos razones principales: En primer lugar, se trata de las conclusiones derivadas del estudio de los changana que, aunque tienen semejanzas con los otros grupos de la región, este esquema no se puede hacer extensivo a ellos (el propio Fialho hace apuntes en su trabajo sobre las diferencias entre parentesco changana y tswa –Fialho 1989: 30-, distinguiéndolo del ronga descrito por Junod, y además incluiríamos en el presente estudio el chope –descrito por Webster incidiendo en su horizontalidad y flexibilidad en: Webster 2009-, y el bitonga). En segundo lugar, la consideración descriptiva de estos vínculos no tiene una función determinante en las relaciones socio-familiares hoy en día, ya que vienen mediadas por otros factores más relevantes como la vecindad, los diferentes tipos de amistad y alianza y un parentesco considerado de manera más clasificatoria a la hora de imponer roles. La consideración de estas categorías de parentesco es más bien anecdótica dentro de la flexibilidad y la multiplicidad de vínculos que se establecen en un medio rural que ha dejado de regirse por categorías que, aunque siempre implicaron preferencia y no obligación en sus roles, hoy constituyen un carácter nominativo que sólo está presente en determinados momentos sin implicar en los casos de la familia extensa nada más allá de un vínculo familiar genérico y la curiosidad o la broma en relación a temas como la jerarquía o al matrimonio preferente. Hay sin embargo ciertos vínculos tradicionales que perduran con bastante relevancia por el papel que continúan teniendo, como los roles que ligan con la línea materna y familias aliadas y que imprimen cierta bilateralidad al parentesco: como es el caso de la hahani que cumplirá un papel protector, mediará en momentos de conflicto o crisis y, en muchas ocasiones, tras la muerte de los hermanos es la heredera del poder mágico-religioso, social e incluso político del linaje (ver: Fialho 1989: 28) quedando patente el papel que sigue teniendo la mujer dentro del que es su linaje a pesar de que los hijos que críe pertenecerán en última instancia al patrilinaje y ella viva en casa del marido; o, en el caso de uniones polígamas, las co-esposas pueden ser elegidas entre algunas mujeres de la familia de la primera esposa fortaleciendo la unión (en cualquier caso se las tratará a todas como hermanas y se espera que vivan en esa fraternidad) pero no pasando de ser una tendencia preferencial. Estos roles se manifiestan más en ceremonias del linaje que marcarán las funciones de los diferentes miembros de la familia y se intentará seguir una organización tradicional (ver anexo de la mhamba).

Así vemos que las familias que quedan aliadas por los intercambios que establecen los derechos sobre la descendencia (ver anexo lobolo) comparten vínculos y se complementan: en la reproducción la mujer y su familia detentan el poder sobre la misma y el hombre y la suya elaboran mecanismos para participar de su control; en la producción acumulativa que genera riqueza (ganadería, trabajo asalariado) el hombre y su familia detentan el poder y la mujer y su familia elaboran mecanismos para participar de su control.

El lobolo es la institución más importante que refleja este intercambio y complementariedad entre aliados, pero también vemos otro tipo de tributos y la relación suegra-nuera como clave de estas dicotomías. De manera general, si nos atenemos a los estudios de la UEM (Vv.aa. 1998: 33) vemos cómo factores como la migración a Sudáfrica; el fomento de la familia nuclear a través de la agrupación en aldeas y la introducción de una economía monetaria-capitalista; la desestructuración familiar y el éxodo rural provocado por la guerra; y el conflicto generacional por la influencia de la “modernidad”; han sido, entre otros, factores determinantes para que las relaciones familiares se hayan adaptado modificando los lazos, especialmente en los últimos cuarenta años. Estos hechos han provocado alteraciones en la estructura y composición de los agregados, introduciendo otros tipos de familia y trayendo flexibilidad y libertad en los vínculos y una mayor autonomía para los sujetos. Estos cambios radicales que incluyen una reestructuración completa de cualquier vínculo o referencia en el medio rural (salida del hábitat disperso a las aldeas y su posterior abandono con la guerra y luego la repoblación) han dado la oportunidad de rehacer la “tradición” y sus instituciones integrando nuevas experiencias.

Esta capacidad de adaptación inherente al parentesco ha mantenido actualizado el vínculo de familia y linaje, como nos muestra José Fialho en relación a la capacidad de ajustar el número de productores/consumidores con el fin de lograr un equilibrio a través de la adaptación de los miembros a las diferentes tareas y del intercambio interfamiliar de miembros: no sólo en relación al lobolo sino también el caso de enviar niños para que crezcan en casa del hermano de la madre o de la hermana del padre (Fialho 1998: 197) sin contar las circunstancias en que crecen los hijos en casa de los parientes de la ciudad o del campo para buscar diferentes posibilidades para ellos o para los padres en su manutención. En la tesis de David Webster (2009) identifica esta construcción de las relaciones con la horizontalidad de las mismas, lo que a mi juicio añade una perspectiva sobre el hecho real de la adaptación y extensión de los vínculos, pero que no debe implicar la negación de la latencia y la capacidad de activación del vínculo vertical familiar que despliega una red social importante. Ambas perspectivas explican una única realidad que las aglutina: Mientras las relaciones horizontales con los aliados o los amigos se construyen y mantienen en la presencia, mediante tributos, relaciones y visitas pudiendo mantenerse latentes durante largo tiempo, la familia pone a disposición unos vínculos que les unen y que, a pesar de no haber sido cuidados por el contacto (o sin que siquiera lo haya habido), pueden activarse en cualquier momento siguiendo el árbol genealógico hasta encontrar el vínculo que legitima su unión extendiendo una red horizontal importante a partir de esa verticalidad del vínculo (Fialho –1989: 29- la estima en cuatro o cinco generaciones que suponen entre 60 y 70 personas). Además, el linaje busca cierto equilibrio, acción conjunta y la compensación entre sus elementos, entendiendo la fuerza de sus diferentes ramificaciones como fuente de poder y seguridad familiar.

La adaptación al cambio la podemos ver a todos los niveles, incluso en el espiritual-religioso como defiende en su tesis Alcinda Honwana (2003) sobre los desequilibrios producidos tras la guerra. Las cambiantes circunstancias de los años que suceden a estos trabajos han venido a corroborar esta adaptación con la introducción de nuevos modelos familiares, con la ausencia de miembros y asumiendo la dispersión de los mismos sin desaparición de un vínculo que se mantiene en diferentes lugares. Así mismo, las nuevas relaciones de vecindad y camaradería que implican una gran cercanía, se intercalan en el espacio familiar que en el hábitat disperso –que aún existe en determinadas zonas- se identificaba con un espacio continuo y concreto.

En relación a la migración ya veíamos que, por un lado las diferencias productivas y por otro las ausencias, han llevado a que muchos hombres permanezcan largo tiempo lejos de su descendencia teniendo ésta un papel generalmente más cercano con un tío menor que con el propio padre, siendo las mujeres las que suelen permanecer sacando adelante la familia. Como veíamos, el pago del lobolo (que pasa a llevarse a cabo más individualmente por el marido que por la familia -ligado a cierta nuclearización-) o la ausencia de dicho pago, va a indicar a qué linaje va a pertenecer la descendencia y dónde vivirá la madre. Este pago está ligado fuertemente a la base monetaria que proporciona principalmente la migración y, por tanto, la migración queda unida al binomio producción-reproducción siendo importante dentro del modelo de familia tanto en su construcción como en sus características. Por otra parte, las relaciones en el exilio tienen su correspondencia en el origen ampliando las redes que dejan de ser locales para ser transnacionales.

En todo caso, que las categorías de parentesco no se vivan de manera estricta no denota un abandono de las mismas, sino una adaptación de los roles familiares a nuevas circunstancias en las que el peso y la cercanía de las relaciones viene determinada por la presencia en un espacio transnacional ligado por redes importantes que abarcan un amplio territorio en el que el vínculo tiene más poder por su existencia que por la especificidad del mismo.