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INFORMATION ASSURANCE SYSTEMS 5.1 Introduction

In document NAVY SCHOOL MANAGEMENT MANUAL (Page 158-163)

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SECTION 5 INFORMATION ASSURANCE SYSTEMS 5.1 Introduction

Aunque no bastó para asegurar la protección de las iglesias, la paz de Dios contribuyó, en cambio, a moralizar la acción guerrera de sus defensores contra los expoliadores laicos.

El ejemplo de un uso semejante de la violencia venía, por otra parte, de antes: según los relatos de los monjes, los santos patronos de los monasterios protegieron por sí mismos sus dominios, ya fuera directamente o a través de sus reliquias o de sus estatuas. Castigaron, a menudo de manera muy dura, a los prevaricadores, combatieron a veces contra los «infieles», pero también contra sus adversarios cristianos. Por eso mismo participaron en la formación del concepto de guerra santa, en una época en la que el culto de los santos, de sus reliquias y de sus estatuas alcanzaron su punto culminante en la religiosidad popular, que muy pronto se vio garantizada por las autoridades eclesiásticas.

Los milagros violentos de los santos

Un estudio reciente, realizado sobre millares de menciones de intervenciones milagrosas relatadas en escritos de los siglos X y XI, muestra cómo los milagros de curación fueron, como podía esperarse, los más ampliamente representados (60 por ciento). En segunda posición vienen los milagros de castigo, que relatan cómo los santos castigaron a aquellos cuya conducta era impía e irreverente hacia Dios y hacia ellos mismos. Dichos milagros representan el 12 por ciento del conjunto, pero alcanzan el 33 por ciento de los milagros relativos a la aristocracia.

Es interesante preguntarse por las razones que empujaron al santo a «castigar» a los humanos, y de qué manera ejerció ese castigo. Descubrimos entonces que el santo (¡O la santa!) ejerció su venganza ante todo sobre quienes atentaron contra los bienes materiales de «su» comunidad monástica. Se trataba casi siempre de señores laicos: el santo quiso castigarlos (o disuadirlos) de entregarse, en detrimento suyo, a usurpaciones de tierras, robos diversos y otras exacciones. Al actuar así, respondió a las oraciones

de los monjes de su monasterio que lo invocaron para obtener su protección.

Los monjes, en efecto, apelaron frecuentemente a la intervención directa de su santo protector. Para «forzar» al santo, procedieron a veces al curioso rito de la «humillación de sus reliquias». Esa ceremonia ritual consistía en colocar solemnemente las reliquias del santo en una situación tan humillante para él que de alguna manera se veía obligado a reaccionar para no perder prestigio. La maniobra era osada, sobre todo delicada, pues adquiría formas de irreverencia y de provocación que limitaban con la impiedad, con la profanación: al actuar así, no se trataba de menospreciar al santo, sino sólo picar su sentido de la dignidad y del honor, a fin de suscitar el desencadenamiento de su poder. El santo se veía así «entre la espada y la pared», conminado, de algún modo, a proteger su señorío terrestre so -pena de aparecer como sordo, negligente, incluso impotente. La rivalidad, las competiciones entre monasterios (por tanto, entre santos patronos), fueron de tal calibre en aquella época que el santo no podía permitirse, si así puede decirse, poner en peligro su reputación.

Casi todos los relatos de milagros de castigo o de venganza estaban destinados, pues, a suscitar el temor y disuadir a los laicos de discutir los derechos de la abadía de la que era patrón. El santo llega a añadir el castigo físico, a menudo la muerte, a la excomunión pronunciada por los sínodos de paz contra tales violadores. Fue así, por ejemplo, como se vio a Santa Fe, a pesar de su estado de mujer y de santa, matar sin piedad a un caballero depredador de sus bienes, paralizar y luego matar a una noble dama culpable de haber hecho cultivar por sus campesinos una tierra que pertenecía a la abadía de Conques, o a un caballero que había robado el vino de los monjes en un pueblo asimismo perteneciente a su abadía. Semejantes castigos fueron interpretados como manifestaciones de la justicia divina inmanente.

Los eclesiásticos trataron también, mediante estos relatos, de intimidar a quienes discutían sus derechos. Para impresionar al público y atemorizar al adversario, los monjes llevaron generalmente la estatua o las reliquias del santo a las tierras cuya propiedad se discutía, a fin de que ella misma hiciera justicia estableciendo claramente el derecho de los monjes, es decir, el suyo. Podía incluso reconducir o castigar la acción descarriada de un defensor de iglesia: en varios casos debidamente mencionados, los santos fueron incitados a castigar con la muerte a algunos señores laicos cuya fun- ción era precisamente proteger sus dominios, procuradores de monasterios o «defensores» de abadías que, ellos también, los oprimían en algunas ocasiones y los saqueaban en vez de defender sus intereses. Los documentos de aquella época nos ofrecen ejemplos muy numerosos de esas exacciones.

Los Milagros de San Benito, cuyos relatos se extienden sobre un largo período (desde 820 a 1144), revelan que tales intervenciones violentas del santo, ligadas a la defensa de los bienes de la abadía contra sus expoliadores, ocupan un lugar considerable en el conjunto

de la colección. Alcanza su punto máximo (más del 33 por ciento) entre 965 y 1008, periodo que corresponde precisamente a las primeras asambleas de paz antes examinadas. Sin ninguna duda, este hecho debió estar conectado a una creciente tendencia, entre los señores laicos, a discutir las propiedades eclesiásticos, tendencia que, por otra parte, certifican los documentos.

En la mayoría de los casos, el santo intervino en persona para castigar al culpable, herido o matado. San Benito intervino incluso contra los propios guerreros (milites) de su monasterio cuando se aprovecharon de su posición para expoliar sus bienes. Así, en la segunda mitad del siglo X, castigó con la muerte a un vasallo de su propia iglesia, el castellano de Sully, quien «despojaba» sus tierras. El santo se le apareció una noche, con el hábito de monje, y le golpeó mortalmente con su bastón. Esas «depredaciones» tan duramente castigadas nos parecen, sin embargo, bastante mínimas: por regla general tenían que ver con una viña, con una vaca, con el forraje... El santo, como se ve, no escatimó las medidas de represalia.

Entre 1008 y 1043, Andrés de Fleury señala otros muchos casos de semejantes castigos. En casi todo ellos, el santo desencadenó su cólera contra los señores de la vecindad que intentaron apropiarse de sus bienes. Tales relatos corroboran plenamente las conclusiones que antes hemos extraído de los concilios de paz. La intervención del santo venía de alguna manera a reforzar los anatemas de las asam- bleas de paz.

Estos relatos ilustran, por tanto, al igual que los concilios de paz y las crónicas, el conflicto capital que se prolongó a lo largo de los siglos X y XI. Enfrentó los señoríos eclesiásticos a los señoríos laicos de la vecindad, y se refirió a las tierras, a la propiedad de viñas, molinos y puentes, pero también al derecho de juzgar, gravar, tomar, o, en sentido contrario, al privilegio de escapar a los derechos e impuestos que los señores laicos trataron de imponer a los habitantes de los alrededores, incluidas las tierras de la Iglesia. Los monjes se apresuraron a denunciar esas «malas costumbres» que, por oposición a las «buenas», se les escapaban. He aquí una de las consecuencias de la implicación social y económica de las iglesias y de los monasterios en ese «mundo» del que pretendían separarse.

La violenta intervención de los santos condujo, pues, a una verdadera sacralización de los combates que sus fieles emprendían por el interés de las iglesias.

Los santos militares

Como la mayor parte de los bienaventurados, los «santos militares» honrados por la Iglesia fueron mártires ejecutados en tiempos del Imperio romano perseguidor, casi siempre por haber rechazado la conscripción o, al menos, el uso de las armas. Algunos incluso no tuvieron nada que ver con el ejército; sólo su muerte, infligida por espadas paganas, permitió su adopción como santos

protectores de los ejércitos cristianos que luchaban contra los paganos.

La mayor parte de dichos santos militares son de origen oriental. Aunque Oriente, según se dice, rechazó la idea de guerra santa (noción que, por otra parte, convendría definir bien antes de perpetuar esta afirmación), los veneró como protectores de sus ejércitos imperiales. Esos santos figuraron, en efecto, desde el siglo VII en las banderas de los ejércitos bizantinos. De ese modo, la guerra emprendida contra los enemigos del Imperio romano de Oriente (en particular contra los «paganos») se consideró como apoyada por los poderes celestiales. Ése fue el caso de santos militares como Demetrio, Teodoro, Mercurio y, sobre todo, Jorge, cuyo origen es indudablemente oriental, pero dudosa su autenticidad, y cuyo culto pasó muy pronto a Occidente, junto con el de sus compañeros.

San Jorge fue el más conocido de todos en Occidente: pasaba por haber sido soldado en Siria, y muy pronto se convirtió en el campeón de la cristiandad contra el islam. En España, compartió esa función con Santiago. En 1063, en el combate de (re)conquista de los normandos contra los musulmanes de Sicilia (territorio antiguamente bizantino, lo que sin duda puede explicar su preferencia), San Jorge condujo los ejércitos cristianos. Se le vio, según se dijo, montado en un caballo blanco, sosteniendo en la mano una lanza provista de un estandarte blanco y coronada con una cruz reluciente.

A los santos ya nombrados hay que añadir el arcángel San Miguel, particularmente venerado por los normandos desde el siglo X, en el monte Gargano, luego en el monte Saint Michel, y que se convirtió en uno de sus principales protectores. Pero no sólo protegió a los normandos. Se le vio, por ejemplo, combatir vigorosamente contra los sarracenos en España. Hacia 1041, según Andrés de Fleury, cuatro condes catalanes intentaron poner fin con las armas a las frecuentes incursiones de los sarracenos que llegaban a saquear sus territorios. Con sólo 500 guerreros, proyectaron atacar al enemigo, que disponía de más de 20.000 hombres. Los guerreros cristianos se inquietaron: para calmar sus temores, Bernardo de Besalú les pronunció un discurso de «guerra santa». Les prometió la ayuda de los poderes celestiales, en términos categóricos: la Virgen María, dijo, San Miguel y San Pedro combatirían a su lado. Cada uno de ellos vencería a 5.000 enemigos; por tanto, los cristianos sólo tendrían que abatir a los 5.000 sarracenos restantes. Reconfortados, los guerreros cristianos se abalanzaron y triunfaron.

La Virgen María, como sucedió durante el combate de Covadonga, se transformó también en «santo militar», aportando en el campo de batalla una ayuda activa a los guerreros cristianos. En la primera cruzada, el obispo Ademaro, legado del papa, portó la bandera de la iglesia de Santa María del Puy, con la efigie de la Virgen. Ella se transformó así en protectora de los ejércitos cruzados y llegaría a ser después una de las santas patronas de la caballería en el siglo XII.

No fue, por lo demás, la única santa que manifestó un comportamiento belicoso. Santa Fe, de quien ya hemos mencionado sus «musculosas» intervenciones contra aquellos que atacaban sus bienes, intervino asimismo en los combates contra los sarracenos en España; aquí también actuó esencialmente para defender sus intereses materiales. Bernardo de Angers cuenta cómo los habitantes de un pueblo de Cataluña, para obtener la protección de la santa contra los sarraceno s que llegaban a saquear y devastar sus tierras, se comprometieron a pagarle un tributo anual en oro y a entregarle la décima parte de todo el botín que arrancaran al enemigo. Los monjes de Conques les hicieron llevar enseguida un estandarte de la santa, que les ayudaría a vencer. Tranquilizados por la presencia de aquella bandera, garantía de su protección celestial, los cristianos atacaron a los sarracenos, los aplastaron y regresaron cargados de botín; como estaba convenido, entregaron inmediatamente el diezmo a Santa Fe.

A este respecto, sin embargo, se plantea una cuestión: ¿la lucha armada sostenida por aquellos fieles de Santa Fe fue realmente sacralizada porque los enemigos eran «paganos», o porque se trataba de preservar los intereses (espirituales y materiales) de la santa? En otras palabras, ¿la guerra fue sacralizada debido a la «santidad» declarada de la causa que se defendió, o a la «demonización» del adversario? Ambos motivos, en la mayoría de las veces, se refuerzan sin excluirse, como lo demuestra el curioso episodio relatado hacia 1020 por Bernardo de Angers: un antiguo caballero, que había llegado a ser monje e incluso prior de la abadía de Conques, conservaba en la cabecera de su cama su equipamiento de caballero y no dudaba en ponerse lo para combatir a los «expoliadores» de su abadía. Juzgaba tan piadosa esa acción guerrera que llegaba al extremo de prometer las palmas del martirio a quienes llegaran a morir en tales combates: los consideraba más meritorios que la guerra contra los infieles (véase texto núm. 16, págs. 310-311).

De semejante comparación pueden extraerse dos conclusiones importantes:

1-Hacia 1020, mucho antes de la cruzada, ya se había difundido, en algunos medios caballerescos y monásticos, la idea de que la guerra contra los «paganos» procuraba las palmas del martirio.

2-Tanto para el prior como para el monje redactor de este texto, el combate armado por la protección de las iglesias y de sus bienes no era menos meritorio que la guerra contra los musulmanes: también podía procurar las palmas del martirio.

Tenemos aquí reunidos varios de los principales factores que caracterizan una guerra santa, tanto en el interior como en el exterior de la cristiandad.

LA SACRALIZACIÓN LITÚRGICA DE LOS DEFENSORES DE

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