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INSTRUCTOR EVALUATION PROGRAM 2.1 Instructor Evaluation Policy

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ASSESSMENT STRATEGY

SECTION 2 INSTRUCTOR EVALUATION PROGRAM 2.1 Instructor Evaluation Policy

Los árabes fueron ignorados prácticamente en Occidente antes de su brusca aparición en España, a comienzos del siglo VIII. Fue, pues, en primer lugar mediante un contacto directo y guerrero como Occidente descubrió el islam.

Quedan pocas huellas escritas de ello Beda el Venerable (672- 735), aunque vivió en una región muy lejana, en los confines de Escocia, supo que los musulmanes saquearon, en 668, Sicilia y África, e invadieron Cerdeña. Para él también, como para los escritores orientales que desconocía, aquellas victorias musulmanas fueron un castigo temporal de Dios, cuya duración no precisó. En su Historia de la Iglesia de Inglaterra, en el año 729, anotó la aparición de dos cometas, y vio en ello el signo de la invasión de los sarracenos que, en aquel momento, se dedicaban a cometer terribles carnicerías en la Galia antes de ser castigados poco después por su maldad. ¿A qué alude aquí? ¿Se trata de una referencia a la victoria de Eudón, o a la de Carlos Martel y al reflujo de los árabes en la Galia? ¿Creía que aquella victoria anunciaba el fin de la dominación árabe, al menos en Occidente? En este caso, los ejércitos cristianos del reino franco desempeñarían según él un papel importante en la realización del plan profético. El texto de Beda es por desgracia demasiado vago para que podamos deducir con certeza una tal conclusión, por lo demás muy plausible.

Fue de España, como es fácil imaginar, de donde nos llegaron los primeros y más precisos ecos de las invasiones musulmanes. En 754,

una crónica mozárabe, compuesta en Córdoba, presentó la invasión árabe como un castigo divino. La describe como una catástrofe espantosa, en términos «apocalípticos» como diríamos hoy, evocando destrucciones a sangre y fuego, la crucifixión de los notables cristianos que rechazaron adherirse a ella, la matanza de mujeres y niños, etc. Una vez más, atribuye el rápido éxito militar de los árabes a un juicio de Dios, a un castigo causado por los pecados morales de los reyes godos. La victoria de Carlos Martel sobre Abderramán, en 732, se relata, por otra parte, con una cierta simpatía, como la de los «europeos» que confían en el socorro divino. Todos los medios cristianos bajo dominación musulmana (mozárabes) no aceptaron, pues, «pacíficamente» o de buena gana dicha dominación, como todavía se lee bastante a menudo.

Los mártires de Córdoba

A mediados del siglo IX aparecieron en Occidente algunos escritos violentamente anti-musulmanes que se acercaron a los que ya hemos evocado en Oriente. En Córdoba, algunos medios eclesiásticos rigoristas reaccionaron mediante una segregación de tipo integrista contra la aculturación que se extendió a las comunidades e indujo a muchos cristianos a olvidar su lengua, sus costumbres y sus tradiciones, para fundirse en la civilización musulmana dominante, con riesgo, según pensaban, de su fe. Así nació el movimiento al que se vinculan los «mártires de Córdoba», animado por Eulogio y su discípulo Álvaro.

La crisis comenzó por un incidente: un sacerdote de dichos medios integristas acababa de proferir públicamente algunas injurias contra Mahoma. Fue condenado y ejecutado en la plaza pública el 18 de abril de 850. Poco después, un monje insultó a Mahoma en medio de la sala de audiencias del cadí: fue condenado a su vez y crucificado cabeza abajo.

Aquel movimiento provocador y fanático no tuvo muchos seguidores: un concilio reunido en 852, en Córdoba, desaprobó esa búsqueda voluntaria del martirio, asimilándola al suicidio; pero los exaltados se dedicaron a hacer nuevas provocaciones contra el islam, en plena mezquita: fueron seguidas de dos nuevas ejecuciones, el 16 de septiembre de 852; seis días más tarde, el soberano Abderramán murió, y su muerte fue interpretada por el «partido de los mártires» como una «venganza del ciclo». Entre 853 y 858, catorce nuevos mártires -casi todos clérigos- fueron ejecutados. En fin, el mismo Eulogio fue detenido a su vez; él también insultó al Profeta, rechazó retractarse de sus palabras y fue decapitado el 2 de marzo de 859. Privado de su principal animador, el movimiento se extinguió muy pronto.

Este episodio ilustra la doble actitud posible de los cristianos que vivían bajo dominación musulmana, antes evocada. Su importancia aumentó gracias a los escritos que de él derivaron. En sus trabajos, Eulogio redactó, en efecto, la apología de aquellos mártires y criticó radicalmente el islam, que asimiló a una doctrina de demonios ligada

al Anticristo. Esbozó un retrato repelente de Mahoma muy parecido al que describían ya los escritos orientales: hizo de él un hereje, un falso profeta concupiscente, perverso y codicioso, que extrajo de las Escrituras cristianas por él deformadas los fundamentos de su pretendida revelación. Ahora bien, Eulogio afirmó haber encontrado esas afirmaciones sobre Mahoma en un manuscrito latino que habría consultado en el monasterio de Leire, durante su viaje a Pamplona, hacia 852. Por tanto, es posible, si no probable, que, desde antes de Eulogio, existieran algunos relatos de propaganda anti-musulmana en España en los territorios del Norte que continuaron siendo cristianos.

Su discípulo Álvaro esbozó también un retrato parecido del islam y de su profeta, insistiendo sobre los mismos rasgos caricaturescos. Se acercó en muchos puntos a la descripción que Juan Damaceno ofreció en Oriente; denunció la concupiscencia de los musulmanes y de Mahoma, de quien hizo un heresiarca y un agente del Anticristo. En este sentido, Álvaro no hizo más que reflejar la imagen «común» del islam en aquellos medios cristianos «resistentes».

Sin embargo, Álvaro introdujo un nuevo elemento de gran importancia: por vez primera en Occidente, vinculó claramente la dominación árabe a la profecía de Daniel, y le atribuyó un papel en el plan divino de la historia sagrada; un papel de alcance escatológico. Para él, como para varios autores orientales, la invasión árabe anunciaba y precedía por poco el Final de los Tiempos. Según él, Mahoma encarnó, en efecto, el «pequeño cuerno» descrito por el profeta Daniel y por el Apocalipsis, figura simbólica de un poder de naturaleza maléfica y demoníaca que dominará el mundo al Final de los Tiempos, pero que, no obstante, sería a su vez vencido ante el retorno triunfal de Cristo. Unos complejos cálculos cronológicos condujeron a Álvaro a atribuir una duración de 245 años a esa dominación musulmana, y a anunciar su próximo fin para el año 870.

Tanto en Occidente como en Oriente, la dominación musulmana fue percibida por tanto de maneras muy diferentes según los medios cristianos. Unos la admitieron como natural y se acomodaron a ella. Otros la demonizaron, asimilándola a una catástrofe natural que castigaba a los cristianos por sus pasados pecados, a un castigo temporal, pero lo bastante importante como para entrar en el plan de la historia sagrada, un acontecimiento proféticamente anunciado y anunciador del Final de los Tiempos.

La difusión de la imagen del islam en el Occidente cristiano

El episodio de los «mártires de Córdoba» fue algo aislado: emanó de medios cristianos probablemente muy minoritarios y no conviene, en verdad, exagerar su alcance. Del lado musulmán, las provocaciones de los exaltados no entrañaron persecuciones masivas y, del lado cristiano, el comportamiento agresivo de aquellos fanáticos fue condenado. En todo caso, ni Eulogio ni Álvaro lanzaron llamamiento alguno a ninguna resistencia armada, sino

únicamente a la segregación, a la fidelidad militante estimulada hasta la provocación y el martirio. Aquellos episodios no dejaron de constituir un jalón importante en la formación de una mentalidad guerrera anti-musulmana, particularmente en los medios eclesiásticos, y contribuyeron sin duda a la formación del concepto de martirio gracias a la asimilación del islam a las fuerzas demoníacas y al Anticristo.

Dichas concepciones, en efecto, no se limitaron a Córdoba: nacieron, como hemos visto, en Oriente, y se difundieron con mayor o menor amplitud por todo el Occidente cristiano, en parte al menos por España.

En Francia, por ejemplo, la reputación de «santidad» de los «mártires de Córdoba» se expandió muy pronto. En el año 858, dos monjes parisinos que llegaron a España para buscar reliquias de santos mártires (de la Antigüedad romana) fueron dirigidos por el clero de Valencia hacia Córdoba, donde se encontraron con Eulogio, y llevaron a París las reliquias de tres de aquellos «nuevos mártires» cordobeses, que no tardaron en realizar milagros. Ello prueba cómo aquellos fanáticos, algunos meses tan sólo después de que fueran ejecutados por las autoridades musulmanas, fueron equiparados en Occidente a los antiguos mártires masacrados a causa de su fe por los romanos. Hubo en ello también una asimilación mental de los musulmanes a los paganos de la Antigüedad, muy significativa de la mentalidad religiosa de la época. Por otra parte, resulta más que probable que los dos monjes llevaran desde España la misma imagen caricaturesca del islam y de los musulmanes que los sectarios de Eulogio: para ellos era una herejía suscitada por el diablo, anunciadora del Anticristo, y los musulmanes en el fondo no eran sino paganos idólatras.

Esta misma concepción, con algunas variantes, vuelve a encontrarse en varios escritos latinos de los siglos IX al XI. Por ejemplo, Radaberto de Corbie, a mediados del siglo IX, describió a los sarracenos como gentes violentas y belicosas que sometieron mediante la fuerza de las armas a casi todos los reinos de esta tierra, siguiendo las directrices de su falso profeta que les inculcó el deseo de querer dominar todo el mundo. Gracias a un justo juicio de Dios, dice, recibieron «el espíritu del error», que es el del Anticristo. Reaparece aquí con nitidez la misma imagen de un islam considerado como religión herética y guerrera, con vocación hegemónica.

¿Llegó dicha imagen a Occidente a través de los medios cristianos refractarios al islam en España? Es muy verosímil, como acabamos de ver a propósito de los mártires de Córdoba. Pero no es la única vía a tener en cuenta. A pesar de la profunda ruptura que, en aquella época, separó el mundo cristiano oriental del Occidente cristiano, pudo difundirse también desde Oriente a Occidente por medio de las traducciones latinas de las obras redactadas en griego.

Ése fue, por ejemplo, el caso de Anastasio el Bibliotecario (muerto en 879), que tradujo las obras de Teófanes y difundió así sus ideas sobre el islam. Según él, Mahoma enseñó a sus fieles que

quien matara a un enemigo entraría en el paraíso, al igual que quien fuera matado en un combate semejante. Difundió asimismo la descripción erótica de un paraíso voluptuoso donde reina la lujuria. Esta descripción de un profeta violento y lujurioso devino clásica en el siglo XI, cuando reapareció casi sin cambios en varios autores anteriores a la cruzada. Los cronistas de la primera cruzada se hicieron eco de aquéllas que, en su época, se difundieron por diversas vías.

La doctrina de guerra santa, aún por nacer en Occidente, ¿habría sido inspirada como reacción a la doctrina musulmana del yihad así percibida? ¿Habría favorecido el yihad musulmán la aparición de la guerra santa? Resulta muy poco probable una influencia directa de este tipo. En cambio, la formación, en el Occidente cristiano, de esa noción de guerra santa se vio favorecida sin ninguna duda por la difusión de aquella imagen caricaturesca del islam. La violencia y el comportamiento guerrero de los musulmanes no desempeñaron en ella el papel principal. La influencia oriental no fue ciertamente despreciable, pero no fue la única. Es probable que los cristianos de Occidente, al realizar sin saberlo por su propia cuenta la síntesis de todas esas diversas influencias, elaboraran por sí mismos una sacralización de los combates emprendidos contra sus enemigos paganizados.

En otras palabras, tanto en Oriente como en Occidente, fue la voluntad de resistir a la dominación musulmana y a su imperialismo político y cultural la que, en ambas zonas, llevó a las mismas elaboraciones intelectuales y doctrinales. El fondo religioso común (la cultura bíblica) y las amenazas similares de un mismo adversario musulmán condujeron a reacciones idénticas - o, en todo caso, parecidas-, sin que sea absolutamente necesario invocar una influencia directa, por lo demás posible, a través de la vía de una filiación de los escritos.

El origen de una semejante sacralización se percibe, mucho antes del año mil, en España.

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