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In document NAVY SCHOOL MANAGEMENT MANUAL (Page 46-50)

La muerte repentina de Mahoma constituyó un choque terrible para la comunidad de los creyentes (Umma). Nada se había previsto respecto de su sucesión. La comunidad se fundaba en la estrecha unión de una ideología religiosa y de un Estado todavía embrionario. ¿Qué le sucedería a la muerte de su jefe, a la vez profeta y jefe de Estado? Las tendencias anárquicas de la sociedad árabe, las rivalidades clánicas, corrían el fuerte riego de volver a despertarse.

Se manifestaron, en efecto, desde su muerte: aquella misma noche (8-9 de junio de 632), mientras que el cuerpo del Profeta yacía en la cabaña donde se había retirado para descansar, los jefes de su entorno discutieron ásperamente para tratar de salvaguardar la unidad. Era necesario, para sucederle en la cabeza de la comunidad- Estado, un compañero de las primeras luchas, un continuador del pensamiento del Profeta, pero que no estuviera demasiado marcado, enfeudado por su pertenencia a su propia tribu.

Abu Bakr, suegro de Mahoma, fue elegido como «sucesor» (jalifa, califa). Pero otros miembros de la familia del profeta -y, entre ellos, su yerno Alí, su tío Abbas, y Abu Sufyan, otro de sus suegros- aspiraban a conseguir la sucesión en beneficio de su clan. No reconocieron a Abu Bakr y, para evitar que apareciera como el sucesor designado por el Profeta, se anticiparon a sus eventuales funerales «oficiales» que él habría podido dirigir: enterraron, pues, en seguida a Mahoma en el suelo mismo de la cabaña donde había muerto.

La disensión amenazó entonces más que nunca. Abu Bakr triunfó: comenzó metiendo en cintura a las tribus árabes sublevadas, y luego emprendió la expansión militar del Estado musulmán.

Varias razones incitaron a adoptar esta decisión. Arabia se encontraba superpoblada, era árida, poco apta para la agricultura, y estaba dirigida por una aristocracia guerrera que, al despreciar el trabajo de la tierra, vivía sobre todo del comercio y valoraba la razia. La solución consistía en extender las conquistas hacia las regiones fértiles y ricas de los alrededores, Egipto el Creciente Fértil, para sacar de ello un doble beneficio: en lo inmediato, bajo forma de botín; de manera más duradera, mediante la anexión o la sumisión.

La conquista armada podía aportar asimismo un remedio a las tensiones internas, un exutorio a la efervescencia belicosa de las

tribus árabes y a su apetito de botín; podía constituir también un factor de cohesión ideológica, un medio de consolidar la «paz árabe» en el interior del naciente Estado, de unir en un mismo impulso político-religioso a los creyentes de los clanes rivales. Todos esos factores empujaban a la conquista guerrera, más allá incluso de cualquier definición de un deber del yihad aún mal definido en aquella fecha.

Las operaciones militares fuera de Arabia adquirieron muy pronto una gran amplitud, particularmente bajo Umar, sucesor de Abu Bakr en 634: el Imperio bizantino, como hemos visto, se encontraba entonces debilitado por una larga guerra contra los persas, y minado por las divisiones internas de las poblaciones cristianas mayoritarias, pero de diversas confesiones, a menudo vejadas por Bizancio. En algunos años, a veces con la complicidad o cuando menos con la pasividad de aquellas masas oprimidas, por lo general con la indiferencia de las mismas, los ejércitos árabo-musulmanes conquistaron por el Norte Palestina, Siria, Persia, Armenia (637-650); por el Este, Egipto (640), luego Libia (642), Ifriqiyya (Túnez, 670), después el extremo Mágreb (Marruecos). Aquí, Uqba, al término de una cabalgada lejana, hizo avanzar su caballo por las olas del Atlántico. El gesto fue simbólico, y fue percibido como tal: el islam había llegado hasta los extremos límites occidentales del mundo habitado (681).

En el Mágreb, aquello sólo fue una cabalgada aislada, pero poco después, a pesar de la resistencia de una coalición que reunió a tribus montañosas beréberes mayoritariamente paganas (dirigidas por una «profetiza», la Kahina) y fuerzas cristianas bizantinas, una nueva expedición árabe se apoderó de Kairuán (698) y puso fin a la resistencia del Mágreb al romper la alianza de los ciudadanos y de los montañeses, de los sedentarios y de los nómadas.

El gobernador de Ifriqiyya, Musa, remató la sumisión mediante la conversión de los beréberes: consiguió que le entregaran como rehenes a los hijos de los jefes vencidos, los educó en el islam y enroló en sus ejércitos a los nuevos convertidos o aliados. La conversión de los jefes pronto entrañó la de las masas.

Algunos años más tarde, aquellas tropas beréberes islamizadas (dirigidas por Tariq) demostraron su fidelidad y su valor militar al lado de los árabes durante la conquista de España, que cayó a su vez (Toledo, 711). Al otro lado de los Pirineos, Narbona fue conquistada en 718, y algunas incursiones árabes se dirigieron hacia Toulouse, y luego hacia Tours, de una parte, y, de otra, hacia Lyón.

En 732, la batalla de Poitiers marcó el punto extremo de los avances árabes en Occidente, mientras que, en España, la resistencia cristiana se organizó, desde 720, en Asturias. Todavía siguió siendo embrionaria y los musulmanes triunfaron en todas partes. El imperio árabe se remató con la conquista de las islas: Chipre, Creta (827), Sicilia, Cerdeña (827), Baleares, Córcega (850). La conquista militar de los guerreros de Alá condujo a la formación de un verdadero imperio árabo-musulmán, cuyo principal cimiento fue el islam.

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