• No results found

TRAINING QUALITY INDICATORS

In document NAVY SCHOOL MANAGEMENT MANUAL (Page 117-121)

ASSESSMENT STRATEGY

SECTION 4 TRAINING QUALITY INDICATORS

En el momento de la conquista musulmana de España, la región montañosa de Asturias había formado un bastión protegido donde se habían agrupado los cristianos más decididos a luchar. Un jefe godo, Pelayo, fundó allí el reino de Asturias en 720. Muy pronto, la resistencia se organizó con vistas a una reconquista del territorio perdido. Ahora bien, esta idea de reconquista se aprovechó de la demonización de los musulmanes y se apoyó en la visión profética de la historia que ya hemos encontrado en Oriente. Ello se ve de manera clara en dos crónicas asturianas del siglo IX.

La Crónica profética (883) trazó un retrato de Mahoma muy parecido al que Eulogio dijo haber encontrado en un escrito de las regiones que permanecieron cristianas, sin que de ello podamos deducir la idea de influencia alguna. Volveremos sobre ello.

Por otra parte, y esto es lo que importa, esta crónica presenta una interpretación histórico-profética de la invasión musulmana en España. Dicha invasión no se consideró fruto del azar: fue resultado de la voluntad deliberada de Dios. Tenía, por tanto, un lugar en el plan de la historia universal dirigida por el Todopoderoso.

El autor fue más lejos y adujo las razones de ese castigo, tratando de precisar su duración. Se apoyó para ello en una profecía de Ezequiel (capítulos 38 y 39) relativa a un poder misterioso llamado Gog, que debe manifestarse en los tiempos futuros. Por aproximación fonética, asimiló Gog al pueblo de los godos, que dominó España hasta la llegada de los árabes. Fue Dios quien suscitó el «nuevo» pueblo de los árabes (Ismael) para castigar a Gog por sus pecados. Pero su castigo no será eterno: Dios vendrá un día a liberar a su pueblo. El autor ofreció precisiones cronológicas muy útiles; según él, la duración del castigo de Dios, es decir, de la ocupación árabe de España, estaba determinada: sería de 170 años. Al término de dicho periodo, Dios castigará a su vez a Ismael, como antaño castigó a los godos.

La profecía bíblica adquiere entonces un giro político gracias a esa interpretación: es el rey de Asturias, Alfonso III, quien, con la ayuda de Cristo, cumplirá dicha misión profética. El autor predice su próxima victoria, que lo convertirá en dueño de toda España. Así liberada de sus enemigos, la Iglesia volverá a encontrar la paz, después de esos 170 años de tribulaciones. Según la crónica, el final de la dominación musulmana estaba al caer. En efecto, ya habían transcurrido 169 años de los 170 asignados. En muy poco tiempo, pues, llegaría para los cristianos el tiempo de la liberación y de la venganza (véase texto núm. 11, págs. 301-303).

Esta vez tenemos el esbozo de un programa de guerra sacralizada y proféticamente anunciada. La reconquista se considera en él como el cumplimiento de la voluntad de Dios en la historia. La participación guerrera para conseguirlo se encontraba, en consecuencia y por ello mismo, moralmente valorada.

La Crónica de Alfonso 111, redactada algunos años más tarde, narra las invasiones árabes en España y la resistencia obstinada de los cristianos atrincherados en el reducto de Asturias. Esta segunda crónica retoma la misma problemática que la precedente, y considera a su vez que la ocupación árabe traducía un castigo de Dios sobre su pueblo, debido en particular a los numerosos pecados de los reyes visigodos, tenidos por depravados e impúdicos. Pero Dios y la Virgen María no abandonan a su pueblo. Protegen a los combatientes cristianos de Asturias, dirigidos por su rey Pelayo, un joven godo que había huido de Al-Ándalus para organizar la resis- tencia en las montañas del Norte.

Aquel rey valiente estaba, sin embargo, mal rodeado. A su lado, un obispo mozárabe, verdadero «anti-Turpin» por anticipado, no dejó

de prodigarle consejos de «prudencia» asimilables a una traición. Llamó su atención, en efecto, sobre el débil número de los cristianos frente a la multitud de los sarracenos. En esas condiciones, le afirmó, no queda otra solución que rendirse, que someterse. Pero Pelayo, como Roldán en el cantar de gesta que lleva su nombre, rechazó con altanería y dio a aquel clérigo cobarde y traidor una verdadera lección de valentía y de fe. Galvanizó sus tropas pronunciando un auténtico discurso de guerra santa.

El enfrentamiento tuvo lugar en la batalla de Covadonga.

El episodio constituye uno de los mitos fundadores de la historia de España. Los cristianos combatieron con valentía, pero, sobre todo, estuvieron apoyados y ayudados por los poderes celestiales. La Virgen María, en particular, defendió vigorosamente su santuario devolviendo hacia los sarracenos las saetas y los proyectiles lanzados contra él. Gracias a esa asistencia divina, la victoria de los cristianos fue total: 124.000 musulmanes (que el texto, sin duda por voluntad orientalizante, llama «caldeos») encontraron allí la muerte en el combate, mientras que un nuevo milagro divino exterminó a la casi totalidad de los fugitivos. La crónica sitúa, pues, en el origen de la dinastía a un rey asturiano valiente y apoyado por Dios en una guerra sacralizada. El autor hizo así de Alfonso III, el rey que reinaba en su época, el heredero de una larga tradición de campeones de la resistencia española (visigoda) a los invasores árabes, pero también de los campeones de la cristiandad frente al islam. Anunció que sería a buen seguro aquel rey, Alfonso, quien tendría el honor de restaurar la antigua gloria de los reyes godos en España.

La intención ideológica de ambas crónicas es manifiesta: subrayan la legitimidad y la sacralidad de la dinastía de Asturias, y hacen de sus reyes los héroes de la cristiandad y de la reconquista, asimilada a una guerra santa proféticamente anunciada y, por tanto, querida por Dios y conforme a su eterno designio.

In document NAVY SCHOOL MANAGEMENT MANUAL (Page 117-121)