8.2 The integration model
8.3.1 Initial communication protocol with the small SpiNNaker board
un momento coyuntural, en medio de las guerras que azotaron gran parte del siglo pasado, para poner énfasis en el ser humano, en cuanto humano. Es, pues, además un análisis existencial del sujeto, por me- dio del cual se espera una potencialización del sí mismo; sin embargo, para llegar a este punto, la psicología humanista recogió gran parte de la filosofía existencial europea y también de la fenomenología y la psicología Gestalt; estas corrientes de pensamientos toman forma en un complejo entramado técnico-terapéutico que ha mostrado efecti- vidad para abordar problemáticas subjetivas en el sujeto.
Actualmente se habla de una era poshumanista, en la cual se debate entre la recuperación de lo humano o desestimar al sujeto como el núcleo de toda reflexión para dar paso a un momento atropotécnico.
Este panorama implica además la relevancia de la información en la red, dando lugar a nueva forma de relación y de comprensión de la on- tología del ser. Allí la hermenéutica de las identidades narrativas cobra importancia, pues recupera el valor del lenguaje sin desestimar la no- vedad de la tecnología, en aras de servir como marco epistemológico para una psicología humanista.
Aproximándose al concepto de humanismo, se retoma la palabra hu- manitas, la cual es una expresión latina originada en la lengua griega. Los griegos la crearon y la expresaron como paideia; y las lenguas que se originaron desde el latín y el griego la tradujeron como educación. Desde esta perspectiva, se podría perfectamente comprender el con- cepto humanitas como el desarrollo, por medio de la educación, de las cualidades que hacen del ser humano una persona, es decir, un sujeto digno capaz de reconocer sus derechos y sus propios deberes en so- ciedad. Desarrollar lo estrictamente humano es la posibilidad de per- feccionar la condición “natural” de la condición humana, extrayéndola de los actos bárbaros que la hacen ver incivilizada (Gonzáles, 2003). El humanismo, enraizado desde esta génesis, puede entonces conside- rarse como un movimiento antropológico y psicológico que busca la construcción de la cultura de la persona, el conocimiento de ella mis- ma y la posibilidad de adquirir habilidades, destrezas y competencias para apropiar un modo de vida, otorgadas por el sistema educativo, familiar y social, que le permitan visualizar y construir un ser humano cultivado actuando de manera civilizada en una sociedad.
Tomando esta definición, puede comprenderse que los studia huma- nitatis son el vehículo apropiado para la educación y la formación de la personalidad, para el desarrollo de la libertad, de la responsabili- dad, de la autonomía (Kant, 1971), de la creatividad y, específicamen- te, de las cualidades morales, éticas y profesionales, que le ayudan a la persona a vivir felizmente, con honorabilidad, con tranquilidad de conciencia, con sentido y con significado (Frankl, 2007) cada uno de los momentos o instantes de su propia cotidianidad. El humanismo no solo se encarga de hacer eruditos en temas de humanidades, sino de resignificar la persona misma en cuanto que aprende a construir su proyecto de vida con sentido y significado; ella es la protagonis- ta de su propia transformación integral (moral, ética, política, social, psicológica, espiritual, intelectual), capaz de plasmar y revelar en sus
actitudes cotidianas el famoso lema latino: Iuvat vivere (vivir es hermo- so); es decir, el humanismo es el instrumento que orienta la persona para que construya identidad humanista.
Así, el humanista se convierte en una persona amante de la perfectibi- lidad en medio de las limitantes humanas; es una persona caracteriza- da por su optimismo en medio de los actos bárbaros que destruyen o desfiguran el propio rostro humano. Por tanto, el humanista logra ser una persona libre en medio de las cárceles creadas por los sistemas e ideologías sociales, políticas y religiosas; es una persona amorosa de sí misma, del alter, de la biodiversidad en medio de la degradación, de la depravación y del desequilibrio interrelacional; es la persona que asume riesgos al trazarse proyectos que la lanzan a la conquista de la trascendencia. Formar y educar en humanidad, en los umbrales de la postmodernidad, exige orientar la persona de tal manera que pue- da dar el paso a la trascendencia desde la propia condición humana. Existe una bella oración sobre la dignidad del hombre, que sintetiza muy bien el ethos que identifica lo netamente humano y aquello que no es humano, así:
No te dimos ningún puesto fijo, ni una faz propia, ni un oficio pe- culiar, ¡oh Adán!, para que el puesto, la imagen y los empleos que desees para ti, esos los tengas y poseas por tu propia decisión y elección. Para los demás, una naturaleza contraída dentro de cier- tas leyes que les hemos prescrito. Tú, no sometido a cauces algu- nos angostos, te la definirás según tu arbitrio al que te entregué. Te coloqué en el centro del mundo, para que volvieras más cómoda- mente la vista a tu alrededor y miraras todo lo que hay en ese mun- do. Ni celeste ni terrestre te hicimos, ni mortal ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y honra, te forjes la forma que prefieras para ti. Podrás degenerar a lo inferior, con los brutos; podrás realzarte a la par de las cosas divinas, por tu misma decisión. (Pico, 2004, pp. 5-6)
Grosso modo, si se desea enseñar humanidades, el mejor libro es el testimonio propio, es decir, el ejemplo de vida coherente, la fidelidad a los ideales o principios, las convicciones discurridas y la capacidad de demostrar que la vida vale la pena ser vivida dignamente, es de- cir hermosamente —iuvat vivere—, felizmente, virtuosamente. Como
conclusión, posibilitando un acercamiento a la comprensión de una psicología humanista, es importante situar la psicología humanista en las miradas conceptuales psicológicas, urge hacer algún pequeño acercamiento a los grandes gestores de esta escuela.