Challenges for Teachers of German in Tertiary Institutions in Taiwan: Ten Voices
5.3 Reporting the data
5.3.5 Knowledge and understanding of professional practice: CLT as an example
m
l pecado humano comenzó cuando Eva aceptó la representa- ción distorsionada del carácter de Dios: Satanás sugirió que él usa su autoridad para impedir que sus criaturas se den cuenta de todo su potencial y que lo hace porque quiere mantenerlos subor- dinados. En otras palabras, Dios es un tirano injusto y su pretensión de ser "amor" (1 Juan 4:8) es hipocresía. Entonces y ahora, la gran guerra siempre ha sido acerca del carácter de Dios. Este problema ha dado forma al conflicto en todas sus etapas. Satanás y sus seguidores quie- ren tener la posición de Dios, y para conseguirla, desafían su justicia como Absalón desafió la justicia de su padre, el rey David (2 Samuel 15:2-6).
De modo que ¿cómo concluirá la gran guerra? Dios está esperando misericordiosamente que la gente cambie su decisión y pase su leal- tad de Satanás a él. Muchos no se dan cuenta de que hay una gran gue- rra, y peor aún, no comprenden la naturaleza de ambos bandos, su lu- gar y lo que está involucrado en ello.
Obviamente, Dios no puede, en última instancia, ayudar a aquellos rehenes de Satanás que no admiten que son rehenes y rehúsan ser res- catados. Dios ha basado su gobierno en el amor, que es su carácter y que es el único principio según el cual los seres inteligentes, con libre al- bedrío, pueden coexistir armoniosamente en el universo y no des- truirse unos a otros. 1 Si Dios forzara a la gente a ser salvos, él estaría
negando el amor, que exige libertad de elección. El amor nunca puede ser forzado, o no será amor. Por esto Dios hizo a los seres humanos con
libertad para elegir. C. S. Lewis explicó: "La libertad de elegir, aunque hace que sea posible que exista el mal, también es lo único que hace posible que el amor, la bondad y el gozo valgan la pena tener. 2
Si Dios quisiera controlarnos, él podría fácilmente habernos hecho "robots". Pero los robots nunca podrían amarlo, por intrincada que fuera la programación de sus circuitos. Por eso Jesús murió para sal- varnos con nuestro poder de elección intacto. Así, por un lado, Jesús no puede forzar a todos a ser salvados. Pero por otro lado, él no quie- re que ninguno perezca que podría ser salvo si sabe lo que realmente está sucediendo (Ezequiel 33:11; 2 Pedro 3:9).
Jesús dijo a sus discípulos: "Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin" (Mateo 24:14). Note el propósito de la predicación del evangelio: "para testimonio a todas las naciones". ¿Un testimonio de qué? A la luz del resto de la enseñanza de Jesús, podemos ver que el testimonio muestra el carácter amoroso de Dios y de su gobierno como lo revela lo que él ha hecho y sigue haciendo en favor de nosotros me- diante Jesucristo. Jesús no dijo que el fin vendría cuando todos se hu- bieran convertido. Más bien, que el fin vendría cuando todos hayan tenido una oportunidad informada de elegir a Dios, mediante la predica-
ción.
El propósito de la predicación cristiana no es glorificar al predi- cador, entretener a la multitud, llenar un espacio necesario en el culto de adoración, hacer que la gente se sienta segura acerca de experi- mentar cambios en su vida, o generar un número de bautismos que impresione a los supervisores del predicador. El propósito de la predi- cación cristiana es dar testimonio de quién es Dios y cómo es él real- mente, de modo que la gente pueda elegir claramente estar en su fa- vor, o en su contra. Si los cristianos hacen esto, están predicando el evangelio. El evangelismo es teodicea: la justificación del carácter de Dios.
Los predicadores tienen el privilegio y la responsabilidad maravi- llosos de señalar a Cristo a la gente como la revelación definitiva del carácter de Dios. Sin embargo, ellos no son responsables por los resul- tados, como los centinelas no son responsables por lo que hace la gente una vez que dieron fielmente la advertencia con sus trompetas
(Ezequiel 33:1-9). Es Cristo mismo, no el predicador humano, quien atrae a las personas a sí mismo porque él ha sido levantado en la cruz (Juan 12:32).
La "predicación" o "proclamación" del evangelio tiene un sentido mucho más amplio que los discursos en público a grupos de personas. Podemos proclamar el evangelio en pequeños grupos o a una sola per- sona, como cuando Jesús reveló las buenas nuevas de la salvación a un fariseo importante llamado Nicodemo (Juan 3) y a una mujer sa- maritana junto a un pozo (Juan 4). Los "predicadores" no se limitan al clero profesional. Cada cristiano –hombre o mujer, joven o anciano–
es un "ministro" en un "real sacerdocio" (1 Pedro 2:9). La predicación no se limita a dar discursos, como lo reconoció Francisco de Asís cuando rogaba: "Prediquen el evangelio. Usen palabras si hace falta".
En los tiempos del Antiguo Testamento, el arca del pacto en el san- tuario israelita contenía las tablas de piedra con los Diez Manda- mientos de Dios. Éstos servían como "testimonio" o "testigos" (Éxodo 25:16, 21), es decir, eran las condiciones o estipulaciones del pacto en- tre Dios y su pueblo escogido. Sin embargo, ahora que la vida de Cristo, su muerte en la cruz y su resurrección revelaron el carácter de Dios de una manera más amplia de lo que podían hacerlo las tablas de piedra (2 Corintios 3), éstas son las buenas nuevas de su reino co- mo "testimonio a todas las naciones".
El testimonio cristiano no es teoría abstracta. El evangelio es la his- toria de una experiencia, un encuentro personal con Dios. Los testigos dicen lo que han presenciado personalmente, no sencillamente lo que han escuchado de otros o leyeron en un libro. Por eso Juan, el discípu- lo amado, comenzó su primera carta a la iglesia cristiana diciendo: "Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida [...] eso os anunciamos" (1 Juan 1:1, 3).
En forma similar, cuando Jesús expulsó una legión de demonios de un hombre, le dijo que fuera a su casa y contara su propia experiencia con Dios: "Cuéntales cuan grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti" (Marcos 5:19). Este es el testimonio más poderoso que alguien en el universo puede dar. Sólo los seres humanos salvados, ni siquiera los ángeles, pueden testificar de la miseri-
cordia del Señor diciendo: "Una vez estuve perdido, pero he sido halla- do". Como lo dijo una ex prostituta de Wisconsin, EE.UU.: "¡El último Hombre que me compró pagó por mí con su sangre!"