3 A qualitative analysis in domain specific extensions
Risk 8.2: adjustments of model constructs required to represent solution are time consuming
4 Testing domain specific extensions in a laboratory setting
4.2 First laboratory experiment: experimenting with an existing simulation model
Puede ser interesante reflexionar sobre la distinción entre información y conoci- miento. La diferencia principal reside en el lugar donde ésta se procesa. La infor- mación se procesa en el conjunto de la biosfera, y el conocimiento es la parte de la información que se procesa en el cerebro humano, una pequeña parte de la biosfera. Gran cantidad de la información que regula la vida no se procesa en el cerebro humano.
La información acumulada en la biosfera regula los ciclos de materiales del planeta (que es un sistema cerrado desde la perspectiva de los materiales) y se encarga de retener momentáneamente162 la energía que se obtiene del sol en la biosfera, en forma de biomasa.
La biosfera ha ido acumulando información y con ella se han ido incrementando las posibilidades de retener energía permitiendo la vida en todas sus manifestacio- nes. La diversidad genética y las relaciones sistémicas entre los diferentes elemen- tos son la forma en que se plasma la información en el territorio. La información permite disminuir momentáneamente la entropía de la biosfera (si bien no la del universo)
Las sociedades humanas han ido adquiriendo parte de la información de la biosfera. Una fracción se ha ido incorporando a las bibliotecas, museos, ordena- dores y servidores de Internet, y otra parte se ha perdido (sobre todo la que se transmitía oralmente).
La información que el cerebro humano ha ido incorporando (el conocimiento) le ha permitido ir tomando decisiones sobre los ciclos de materiales y sobre los sistemas de retención de la energía.
Así pues, la regulación de los ciclos y flujos de material, energía e información ha ido desplazándose desde la información que residía en el territorio (variedades de especies interrelacionándose entre sí según las condiciones de cada hábitat) a la información que reside en el cerebro. En otras palabras: si antes la supervivencia de un bosque dependía de millones de variables sistémicas, ahora depende de un plan urbano, una directriz de Bruselas o unos pocos paseos de una excavadora.
Metafóricamente puede decirse que el cerebro de Gaia (de la biosfera) ha sido reemplazado (parcialmente) por el cerebro humano, en el que sólo se puede
162 Momentáneamente se entiende desde el punto de vista cósmico, la energía se retiene desde unos minutos (calentamiento de una planta) hasta miles de años (petróleo).
procesar una cantidad pequeña de la información (comparado con el de Gaia). Los seres humanos, con sus jardines botánicos, sus universidades, sus consejos de administración, sus oleoductos, no han conseguido mantener la cantidad de biomasa e información (biodiversidad) que era capaz de coexistir en el planeta Tierra antes de que la acción humana y especialmente el desarrollo tecnoindustrial fuera significativo.
Con la escasa información que puede procesar el cerebro humano (y los sistemas sociales y tecnológicos a través de los cuales se relacionan los cerebros), la biosfera ha ido perdiendo capacidad para retener la energía del sol, para incrementar la bio- diversidad, para regular los ciclos de materiales de forma sostenible y, por lo tanto, ha aumentado la entropía, esto es, el desorden químico, biológico y radiactivo. Las sociedades tecnoindustriales saben extraer materiales, pero no saben cerrar los ciclos (convertir en recursos los residuos), tienen capacidad para alterar los factores de equilibrio de la biosfera, pero no tienen capacidad para reestablecer el equilibrio (véase el incremento de la temperatura media del planeta).
Es probable que la confusión entre conocimiento e información haya generado la ilusión del incremento de esta última. Esta ilusión ha sido alimentada invisibili- zando la información que se pierde, tanto genética como cultural. Se contabiliza la información que se gana (en forma de números de revistas científicas acumuladas en bibliotecas y servidores) pero se ignora la que se pierde en forma de costumbres (uso de determinadas combinaciones de cultivos para enriquecer los suelos) o de códigos genéticos de especies extinguidas. Mientras se degrada la información en la biosfera aumenta el conocimiento centralizado y esto ha llevado a creer que aumenta la información. Realmente sólo ha habido un trasvase de los sistemas y depósitos de información de la biosfera a los del cerebro humano, produciéndose probablemente una pérdida neta de información.
La fuerte concentración de poder reduce aún más la información utilizada en regular los ciclos de materiales y energía. Sólo unos pocos cerebros humanos deci- den lo que ocurre en vastas extensiones de territorio e incluso lo que ha de ocurrir en el resto de los cerebros (qué pensar, qué imaginar, qué inventar). Se pierde por tanto una buena parte de la biodiversidad y de la diversidad cultural (información distribuida) que tan importante ha sido para adaptarse a las diferentes condiciones de los territorios. Construir el mismo tipo de casa, recurrir al mismo sistema de calefacción y plantar el mismo cereal en una buena parte del mundo supone reducir la información y disminuir la eficiencia ecológica de las soluciones.
La utilización grosera de la energía acumulada en la Tierra durante miles de años, y dilapidada en muy poco tiempo por el complejo tecnoindustrial, ha podi- do también contribuir a la idea de que hemos aumentado la información. El uso intensivo de energía (sin reparar en sus costes –contaminación, desertificación, calentamiento global–) ha permitido transportarse lejos con una rapidez muy supe- rior a la acostumbrada y, por tanto, cambiar el radio de alcance de la información que se procesaba.
El manejo de gran cantidad de energía gestionada con poca información puede
provocar mucho desorden. Ya se ha mencionado el paradigma de la excavadora: con muy pocas instrucciones una máquina excavadora impulsada con energía fósil puede destrozar –y destroza– en media hora lo que a la biosfera le ha costado concebir y crear cientos de años. Igualmente, la instrucción de apretar un botón tomada apresuradamente bajo la presión de una señal de alarma borrosa puede devastar en unos minutos toda la naturaleza y cultura reunida en un territorio (podríamos llamarle el paradigma de la bomba atómica). Poca información y mucha energía pudiera ser uno de los signos característicos del llamado desarrollo.
El ser humano ha confundido el conocimiento escrito y transportado electrónica- mente con la información de la biosfera y por eso mantiene la ilusión de la sociedad de la información. Los almacenes de información electrónica sobre las especies en extinción, los museos etnológicos o los bancos de semillas pueden tranquilizarnos momentáneamente sobre la conservación de la información, pero se olvida con facilidad que la información sistémica y compleja no es fácil de almacenar en los bancos de datos de soporte magnético. Los mejores almacenes de información de la sostenibilidad residen en los códigos genéticos de las especies en interacción y dejan la huella de sus relaciones sistémicas en su configuración en el territorio. Estos almacenes están desapareciendo bajo el asfalto y el monocultivo de la sociedad tecnoindustrial. Un ejemplo podría valer para entenderlo. Algunas variantes de la agricultura tradicional tenían la costumbre de dejar espacio entre los cultivos para los setos. Los setos, además de servir para regular el viento y proporcionar comida a los animales, eran despensas de información genética de las especies autóctonas y de la configuración ecosistémica del territorio. Una vez abandonado el cultivo podían volver a reproducirse en ese territorio. Para ello se habían adaptado con todas sus peculiaridades a través de mutaciones genéticas y de relaciones entre diferentes especies en el transcurso de miles de años. Estos setos han desaparecido sin que conste en ningún lugar como una pérdida.
Es poco conocido el coste ecológico del actual sistema de transmisión y almace- namiento de la información, pero no parece ser tan inocuo como suele imaginarse. El soporte magnético no sólo no substituyó al papel (como se había dicho) sino que provocó un incremento del uso de este material.
Para fabricar un ordenador se necesita extraer materiales de la corteza terrestre aproximadamente por un valor equivalente a 1.000 veces el ordenador fabricado (en peso). Una de las bases materiales de Internet hay que buscarla en el carbón quemado en las centrales térmicas para producir electricidad. La lectura de un periódico on-line durante 20 minutos gasta tanta energía como un periódico convencional. Mantener toda la red de ordenadores y servidores encendidos y conectados requiere un coste creciente de energía, ya que cada vez son más, más veloces y con más capacidad. Algunos de los metales utilizados son recursos muy escasos que originan guerras de apropiación del subsuelo, como es el caso del coltán en África. Los residuos vertidos contienen materiales excepcionalmente tóxicos, y en la actualidad apenas hay un control sobre los mismos. Si bien el coste diferencial de enviar un mensaje lejos a enviarlo cerca, una vez encendida la red,
es poco significativo, el coste físico del mantenimiento de la red es todo menos intangible163.