de acabar con todas las injusticias y alineaciones sociales, económicas, políticas y culturales creadas por la sociedad históricamente dominada por la propiedad privada sobre los medios sociales de producción económica. Y expresaron el completo convencimiento científico y filosófico, según la teoría e ideología revolucionaria del marxismo-leninismo, de que el comunismo no es un ideal ni una utopía, sino que fue la primera y es la última etapa histórica del modo social de producción económica de la humanidad.
Antes, analizando de modo crítico y dialéctico estos problemas prioritarios del socialismo, Marx y Engels habían afirmado que el Estado y los partidos políticos son superestructuras de la sociedad y no la base ni el sujeto de la sociedad ni de la historia. Y en una ocasión, en los momentos más intensos y decisivos de la revolución socialista de octubre de 1917, Lenin ante ciertas resoluciones equivocadas aprobadas por los miembros del Comité Central amenazó con abandonar a éste e ir directamente a las masas populares, ya que dichas resoluciones pretendían estar por encimas de éstas, lo que podía crear una desviación y crisis en la conducción política del movimiento revolucionario socialista. Con ese acto político, demostró que el Partido Comunista y el Estado no podían sustituir a las masas populares, porque los obreros y campesinos constituyen la fuerza y el motor social y político determinante en la revolución y construcción de la sociedad socialistas.
El partido del proletariado es una institución política que debe, en general, reflejar, representar y expresar los intereses, necesidades y fines sociales de los trabajadores en su conjunto, y, en especial, de los obreros y campesinos. En efecto, las masas populares durante la revolución socialista de Rusia estaban constituidas por obreros, campesinos, trabajadores, soldados, desempleados e intelectuales revolucionarios.
Durante la revolución democrática burguesa en la Rusia zarista (febrero de 1917), fueron las masas populares (obreros, soldados, desempleados y otros trabajadores), las que de un modo espontáneo y consciente se organizaron en comités revolucionarios (soviets), y se constituyeron en sujeto de la revolución socialista, y no en objeto de la revolución ni en instrumento político de los dirigentes comunistas. Son las masas populares (los trabajadores, en general; y, en especial, los obreros y campesinos) las que reflejan y expresan las realidades, intereses, necesidades y fines de la sociedad, y las que realizan los cambios históricos y trascendentales que han sucedido en la humanidad. Es un error afirmar que las masas populares se organizaron en esos comités revolucionarios de modo espontáneo y que los dirigentes y militantes del Partido Comunista le formaron la conciencia social. Esta afirmación es falsa y absurda, y más bien demuestra la magia mística del Culto a la Personalidad que se practicó en la variante stalinista del socialismo burocrático. Esta magia mística también se atribuye al brutal e inhumano sistema social del capitalismo globalista y a la
doctrina del social-neoliberalismo. La burguesía como clase social es el enemigo ideológico más alevoso y pérfido que han tenido los trabajadores y los pueblos.
El Estado y los partidos políticos son superestructuras que las clases sociales dominantes de la sociedad crean para lograr sus propios intereses, necesidades y fines. Y en esas entidades, las clases sociales, en tanto que son propietarias privadas de los medios de producción básicos y esenciales, forman sistemas de manipulación y de alienaciones clasistas para dominar de modo directo y mediato a los trabajadores que son objetos de su explotación socioeconómica.
Las masas populares constituyen el sujeto y motor de los grandes cambios sociales y políticos que han acontecido en la historia. Pero ellas se convierten en objetos de explotación cuando las nuevas clases sociales, dueñas de los medios económicos de producción basados en la propiedad privada, conquistan y aseguran su poder en el Estado y en la sociedad.
En la sociedad socialista las masas populares, después del triunfo de la revolución, no deben ser objeto ni convertirse en medios e instrumentos económicos, sociales y políticos porque serían víctimas de la manipulación y de las alienaciones sociales que les impondrían las facciones políticas arbitrarias y los estamentos burocráticos.
Históricamente las masas populares, con la dirección de la clase obrera y su Partido Comunista, deben ser y continuar siendo el sujeto dominante durante la revolución y el motor de las transformaciones sociales durante la construcción del modo de producción del socialismo. La edificación de la economía socialista exige de una manera imprescindible, el estudio, investigación e interpretación científica y dialéctica de este fenómeno y proceso social que se presentó inevitablemente en los últimos tiempos del gobierno de Lenin. Como las masas populares (constituidas por los trabajadores), el Estado y el Partido Comunista formaban, durante su régimen de gobierno, una unidad interna y armoniosamente objetiva, la democracia socialista podía institucionalizarse en la sociedad, según los principios del derecho y los valores universales. Este dirigente había derogado el Comunismo de guerra, cuyo régimen político y militar no fue un terrorismo de Estado, sino el gobierno del poder revolucionario que ejerce un comité del Estado que representa directamente a las masas populares de los trabajadores para enfrentar la contrarrevolución burguesa-latifundista y la intervención militar imperialista que ponía en peligro la supervivencia del socialismo en Rusia. La guerra revolucionaria se basaba, por razones políticas y militares, en las necesidades y determinaciones que exigían enfrentar y derrotar a los ejércitos contrarrevolucionarios burgueses y latifundista que pretendían restaurar el zarismo, y la expulsión de los ejércitos de intervención militar imperialista que intentaba aniquilar la revolución y Estado socialistas.
En nuestro tiempo, es un imperativo teórico hacer la distinción entre el terror revolucionario y el poder democrático revolucionario, para combatir a la contrarrevolución y a los elementos retrógrados y reaccionarios que se oponen al triunfo de la revolución y construcción del modo social de producción económica del socialismo.
Una de las grandezas y glorias revolucionarias del leninismo fue la implantación del Comunismo de Guerra y no el régimen del terror en los momentos más críticos de la revolución socialista. Nunca implementó el terrorismo de Estado durante la contrarrevolución militar capitalista- latifundista ni la intervención imperialista.
En cuanto al uso de la violencia política, se podría justificar históricamente hasta ciertos límites que en la Francia revolucionaria Robespierre implantara un régimen de terror para enfrentar a la contrarrevolución interna y a la intervención política y militar de las Grandes Potencias europeas que ponían en peligro la existencia del Estado francés. Pero cuando el radical jacobino asesinó a miles de revolucionarios y a personas cuyas culpas no lo ameritaban, esos crímenes en nombre de la revolución se consideraron injustificables e inhumanos. El Régimen del Terror de Robespierre se excedió en crímenes innecesarios.
Después del triunfo militar de la revolución socialista, Lenin consideró innecesario la implantación del terror o autoritarismo revolucionario de Estado que es muy distinto a la dictadura de clase de la alianza obrera-campesina. Además, abolió toda forma de represión que estuvo dirigida esencialmente contra la violencia contrarrevolucionaria y de intervención imperialista. En la guerra civil el terror de la alianza político-militar de la burguesía y los latifundistas se enfrentó con el poder político-militar de la alianza social de los obreros y campesinos.
El Comunismo de Guerra no fue (ni es) un terrorismo revolucionario de Estado, sino la defensa democrática de la revolución socialista que utilizó el poder represivo del Estado contra la violencia y el terror que desataron los contrarrevolucionarios ejércitos y escuadrones de la muerte de los capitalistas y latifundistas.
Después del triunfó de la guerra revolucionaria, fue imperativo y necesario para la consolidación de la revolución y edificación del Estado proletario que se crearan las instituciones democráticas socialistas. Y éstas debían expresar y representar la base social de la Dictadura de la alianza obrero- campesina y de todos los trabajadores de la Unión Soviética. Lenin fue consciente de que la institucionalización democrática de la revolución y Estado socialistas era la condición fundamental para el triunfo y consolidación definitiva del comunismo.
Con una base institucional plenamente democrática, la Dictadura de la alianza obrera y campesina se constituiría en una poderosísima fuerza social y política para la preservación del comunismo y de la Unión Soviética. Además, influiría en los trabajadores y pueblos de la humanidad, fortaleciendo su conciencia, voluntad y fe moral en la lucha contra los opresores imperialistas tanto social-liberales como social-fascista. Además, propiciaría el triunfo de revoluciones democráticas o socialistas según fuera la correlación de fuerzas políticas de las clases sociales en los pueblos y naciones del mundo. La fortaleza política y moral del Ejército Rojo fueron los soviets de soldados y trabajadores. Estas organizaciones sociales revolucionarias de las masas populares ayudaron a derrotar a los ejércitos contrarrevolucionarios burgués-terrateniente y de los ejércitos intervencionista del Imperialismo mundial.
El Ejército Rojo (comunista) había derrotado a los poderosos ejércitos de la contrarrevolución y de la intervención imperialista que pretendían aniquilar la revolución y el régimen socialista. Éstas sobrevivieron y aseguraron el statu quo del socialismo con la derrota política y militar de la reacción interna y externa. Las fuerzas internacionalistas de los obreros, socialistas y demócratas de los países capitalistas ayudaron de un modo decisivo a debilitar la intervención imperialista en la Rusia revolucionaria y del proletariado. El movimiento mundial del socialismo por la democracia y la paz fue una palanca poderosa que se constituyó en una fuerza sociopolítica infranqueable para asegurar la construcción de la sociedad socialista en ese país.