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1.6 Roadmap

2.1.1 Mining Software Repositories

El conjunto de características psíquicas de los sujetos se denomina personalidad. Este constructo, en continua evolución determina la organización psicológica de los individuos, definiendo los motivos por los cuales ante situaciones similares cada uno actúa de un modo diferente. Los pensamientos, sentimientos y actitudes son términos también asociados a la personalidad.

Ya en la antigua Grecia, en los teatros los actores se ponían una máscara asociada a un tipo de carácter. Así, el público sabía la personalidad que se representaría. Aludiendo a este término etimológicamente, la palabra personalidad proviene del latín persona (McCrae y Costa, 2012).

La personalidad, tal y como recogen Barembaum y Winter, (2003), es abordada desde numerosos marcos teóricos. Los autores destacan en orden cronológico: la teoría humanista (Snygg y Combs, 1949), la sociocognitiva (Mischel, 1973), la teoría

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comportamental (Phelps, 2000), la biopsicosocial (Macmillan, 2000), la teoría psicodinámica (Carver y Scheier, 2004), la teoría genética de la personalidad (Penke, Denissen, y Miller, 2007). Sin embargo, y a pesar de que ante tal variedad de enfoques se podría concluir que hay tantas definiciones como autores (Pervin, 1990), sí existe una teoría que destaca sobre las otras en el ámbito de la personalidad y es la teoría de los rasgos (Santrock, 2008). En esta línea, McCrae y Costa, (2012), observan lo que ya recogía Kassin (2003) en sus estudios sobre la personalidad: los rasgos son pautas de respuesta emocional, de pensamiento y de actuación, que se mantienen relativamente estables a lo largo de la vida.

Dentro del estudio de la personalidad desde la teoría de los rasgos destaca la investigación de Allport y Odbert (1937) en la cual elaboran un listado con más de 16.000 términos que clasifican a los individuos en tres niveles en función de sus rasgos definitorios: (a) los rasgos que moldean a una persona dominándola como por ejemplo la autoconfianza, se denominan rasgos cardinales; (b) los rasgos que constituyen la conducta en general, como por ejemplo la honestidad, se conocen como rasgos centrales, y por último, (c) las características que sólo se muestran en ciertas ocasiones y se llaman rasgos periféricos, como por ejemplo el altruismo.

En base a estos trabajos y empleando el análisis factorial como técnica, Cattel (1950), encuentra 16 factores de la personalidad: razonamiento (inteligente, brillante), atención a las normas (responsable, serio), afabilidad (cálido, extrovertido, atento a los demás), animación (entusiasta, expresivo) estabilidad (emocionalmente estable, calmo), dominancia (competitivo, autoritario), sensibilidad (sentimental, estético) vigilancia (escéptico, desconfiado), abstracción (imaginativo, poco práctico), apertura al cambio (crítico, flexible) y tensión (impaciente, impulsivo).

Dentro del estudio factorial de la personalidad, destaca también la figura de Eysenck (1976) que señala la posibilidad de clasificar partiendo de tres factores: neuroticismo-estabilidad, intraversión-extraversión y emocional y psicoticismo. Pero a pesar de la importancia de las aportaciones de este autor se considera, como señala John, (1990) que se trata de un modelo demasiado complejo ya que emplea numerosos factores. Es por ello que, retomando la investigación de Catell (1950), Tupes y Christal (1961) sugieren la utilización de cinco factores relativamente

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recurrentes y estables: agradabilidad (e.g. cooperativo, confiable), surgencia (e.g. hablador, enérgico), emocionalmente estable (e.g. calmo, relajado), confiado (e.g. responsable, ordenado), y culto (e.g. de mente abierta, intelectual).

Numerosos autores definen estructuras similares pentafactoriales: Norman (1963), Digman y Takemoto-Chock (1981), y Goldberg (1980, 1981, 1982) y otros. Fruto de estas investigaciones, se lleva a cabo el Modelo de los Cinco Grandes también conocidos como factores principales (Costa y McCrae, 1980) y, posteriormente, a la Teoría de los Factores de la Personalidad (en adelante FFT; Costa y McCrae, 1996). Estos factores forman el acrónimo “OCEAN” compuesto por: Factor O (apertura a las nuevas experiencias), Factor C (responsabilidad), Factor E (extroversión), Factor A (amabilidad), y Factor N (neuroticismo o inestabilidad emocional).

Entre los modelos de estudio de la personalidad cabe destacar también la Teoría Biopsicosocial aportada desde un enfoque más integral por Millon (1990). En lugar de observar a los individuos por áreas separadas, este modelo se lleva a cabo desde modelos intrapsíquicos, fenomenológicosociales, biofísicos, conductuales, y evolutivos (Millon, 1990).

El estudio de la personalidad abarca tanto los aspectos negativos como los positivos de las características de los individuos. Dentro del enfoque patológico, concretamente haciendo referencia al estudio de los trastornos de la personalidad, se encuentra el documento que contiene la clasificación de los trastornos mentales claramente definidos y que sirve de manual de cabecera a la hora de realizar diagnósticos clínicos. Este es el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM) elaborado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA), cuya última edición fue el DSM-5 publicado en 2013.

Este manual aporta una visión de las características de la personalidad desde la patología, pero también existe un manual donde se recogen las características positivas de los individuos. El estudio científico del funcionamiento psicológico óptimo es abordado desde la psicología positiva. Desde esta perspectiva, se pretende detectar y analizar las condiciones, procesos y mecanismos necesarios para desarrollar una vida plena. En 2004 se publicó el manual que sentaría las bases para el estudio de las Fortalezas Humanas. Con este libro se pretende clasificar el potencial humano. Supone

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una pieza importante para completar el tradicional modelo psicopatológico. En el manual se recogen 24 fortalezas y 6 virtudes.

Para evaluar los rasgos positivos de las personas se utiliza el modelo Values In Action (VIA-IS) (Peterson y Seligman, 2004). Con este modelo se demuestra la existencia de ciertas diferencias entre mujeres y hombres en cuanto a las fortalezas. Cardenal y Ovejero (2017) subrayan la falta de estudios que confirmen la evidencia empírica de la relación entre las diferencias en fortalezas entre mujeres y hombres y su relación con el género y por ello destacan la importancia de analizar la influencia de las diferencias sociales entre mujeres y hombres sobre las fortalezas humanas. Así, llevan a cabo un estudio en el que emplean el cuestionario de Mahalik y colegas (2003; 2005): el CFNI (Inventario de Conformidad con las Normas de Género Femeninas para mujeres) y CMN (Inventario de Conformidad con las Normas de Género Masculinas para hombres). Los resultados indican que en algunas fortalezas en función del sexo, sí existen diferencias con un tamaño del efecto entre pequeño y moderado. Se encuentra una relación positiva entre feminidad y fortalezas humanas. Por el contrario, la relación entre masculinidad y fortalezas es negativa.

La personalidad también se ha estudiado teniendo en cuenta factores como el sexo y el género. En esta línea Negrete (2014) realiza una investigación con el objetivo de identificar distintos estilos de personalidad de mujeres y hombres, así como el papel del género como modulador. En el estudio participan 301 estudiantes universitarios de distintas carreras de la Universidad Complutense de Madrid. Los instrumentos empleados son el Inventario de Estilos de Personalidad de Millon MIPS (The Millon Index of Personality Styles) (Millon, 1994), y la aplicación del Inventario de Conformidad con las Normas de Género Masculinas CMNI (The Conformity to Masculine Norms Inventory) y del Inventario de Conformidad con las Normas de Género Femeninas CFNI (Conformity to Feminine Norms Inventory) (Mahalik et al., 2003, 2005). Los resultados realzan la importancia de emplear un enfoque multidimensional en el estudio de roles de género y, la diferencia entre hombres y mujeres ya que la mayoría de los estilos de personalidad en este estudio, parecen relacionarse con la conformidad de ciertas normas tanto masculinas como femeninas.

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En el estudio de Negrete (2014) se encuentran diferencias de sexo (hombres y mujeres) en la línea de los datos observados en anteriores investigaciones en las cuales se empleaba el MIPS (Bonilla y Castro, 2000; Sánchez et al., 2009). En las variables sistematización e indecisión las mujeres puntúan significativamente más alto que los hombres, mostrándose más orientadas en cuanto a los estilos motivacionales y tendiendo a agravar los problemas cotidianos; puntúan alto en introversión, sin intentar dirigir sus vidas, viéndose motivadas hacia la satisfacción de los demás, empleando sus propios sentimientos y pensamientos en forma de intuición; se muestras indecisas y conformistas, tímidas y nerviosas en situaciones sociales, faltándoles espontaneidad, definiéndose como sumisas y descontentas, acostumbradas a sufrir. En el grupo que puntuó alto en feminidad, se encontraron diferencias en fidelidad sexual, modestia y delgadez; al mismo tiempo presentaron puntuaciones bajas en romanticismo e inversión en la apariencia. En el grupo de hombres se aprecia una tendencia en la personalidad a orientar las metas a la expansión, sientiéndose optimistas hacia el futuro, pensando que depende de ellos; viven orientados a sus propias necesidades, teniendo un pensamiento sistematizado que deriva de los concreto, siguiendo la lógica, adecuando la información nueva a la que ya se tenía; son creativos, arriesgados, se perciben talentosos a la par que competentes, actuando con independencia y no mostrándose conformistas (Negrete, 2014). Por último, el género masculino se asocia a puntuaciones elevadas en independencia y dominancia y bajas puntuaciones en desprecio a la homosexualidad y primacía del trabajo.

En esta tesis doctoral se mide el constructo de personalidad eficaz. Dicho constructo ha sido validado a través de numerosos estudios como se detalla en el apartado dedicado a los instrumentos. Bajo la dirección de los profesores Martín del Buey de la Universidad de Oviedo (España), Martín Palacio de la Universidad Complutense de Madrid (España), Dapelo Pellerano y Marcone Trigo de la Universidad de Playa Ancha de Valparaíso (Chile), el Grupo de investigación interuniversitario de Orientación y Atención a la Diversidad (GOYAD) viene desarrollando desde 1996 el constructo de personalidad eficaz.

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Una definición bastante reciente de personalidad eficaz es la siguiente: “Una persona eficaz es un ser vivo con conocimiento y estima de sí mismo (autoconcepto y autoestima) en proceso de maduración constante (en cualquier estado de su evolución) con capacidad (inteligencia) para lograr (eficacia) lo que desea (motivación) y espera (expectativa) empleando para ello los mejores medios (entrenamiento) posibles (eficiencia), controlando las causas (atribución de causalidad) de su consecución (éxito o fracaso), afrontando para ello las dificultades personales, circunstanciales y sociales (afrontamiento de problemas) que se presenten, tomando las decisiones adecuadas sin detrimento de sus buenas relaciones con los demás (empatía y comunicación) ni renuncia en ellas de sus aspiraciones personales justas (asertividad)” (Del Buey y Palacio, 2012a, pp. 32). En el constructo de personalidad eficaz se establecen cuatro categorías: fortalezas del yo (autoestima), demandas del yo (autorrealización académica), retos del yo (eficacia resolutiva) y relaciones del yo (autorrealización social), a partir de las cuales se pueden clasificar a los integrantes de las distintas muestras, por ejemplo a los estudiantes universitarios, en diferentes perfiles.

Las puntuaciones de los hombres son superiores a las de las mujeres en ciertos factores de la personalidad eficaz y las mujeres destacan en otros, es por ello que Bueno, Cano y Guerra (2014) estudian la existencia de diferencias estadísticas significativas en el constructo de Personalidad Eficaz en alumnos de una universidad de Chile en función del género. En la investigación participan 736 estudiantes de los cuales 517 son mujeres (70,2%) y 219 son hombres (29,8%). A pesar de que el estudio habla de género, se utiliza el Cuestionario Personalidad Eficaz-Universidad (CPE-U) (Dapelo y Martín del Buey, 2006) y después se realiza una comparación de sexos. Tras analizar los resultados obtenidos en las cuatro subescalas que ofrece esta herramienta (Autoestima, Autorrealización Académica, Autoeficacia Resolutiva y Autorrealización Social) se encontraron diferencias estadísticamente significativas. Las mujeres presentaron medias superiores en el factor Autorrealización Académica mientras que los hombres presentaron una media superior a las mujeres en los factores Autoestima, Autoeficacia Resolutiva y Autorrealización Social.

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En esta línea de trabajos, en 2017 Guerrero, Martín Palacio, Di Giusto y de la Fuente realizan una investigación en alumnado de secundaria, concretamente con adolescentes de entre 12 y 18 años con diagnóstico de Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad que los chicos obtienen mayores puntuaciones en personalidad eficaz que las chicas.

En la etapa universitaria las dimensiones que conforman el constructo de Personalidad Eficaz se reflejarían en cuatro líneas que se asocian con interdependencia: las atribuciones de desempeño académico, la motivación y las expectativas en la “Autorrealización académica”; la autopercepción de funcionamiento en las relaciones sociales dentro de la “Autorrealización social”; la autoconfianza y valoración de uno mismo en la “Autoestima” y el modo de afrontar los problemas y tomar decisiones en la “Autoeficacia resolutiva”. Llegan a la conclusión de que en todas las universidades uno de los principales objetivos es fomentar el aumento de la puntuación en todas las dimensiones de este constructo (Chiva, Pallarés y Gil, 2018).

En base a trabajos llevados a cabo en países como España y Chile, en República Dominicana se realiza una investigación con el fin de detectar las competencias a nivel social, personal y emocional y relacionarlas con las dimensiones del constructo de Personalidad Eficaz. Al contemplar la influencia que ejercen ciertas variables demográficas, se encuentra que el sexo y la edad no generan un impacto relevante (Osorio, 2017).

Como síntesis del apartado se puede señalar que se emplea el término personalidad para referirse a las características psíquicas de los individuos. Entre las teorías que se han dedicado a estudiar la personalidad, destacan algunas como el modelo biopsicosocial y la teoría de Millon que explica que las variables del entorno influyen y condicionan la forma de enfrentarse al medio o el modelo de los cinco grandes: agradabilidad, surgencia, emocionalmente estable, confiado y culto. En esta investigación se emplea el constructo de personalidad eficaz que presenta cuatro dimensiones a partir de las cuales las personas se clasifican en distintos perfiles. Durante más de veinte años se ha validado el constructo a través de numerosos trabajos donde se relacionan las dimensiones de personalidad eficaz con variables como el sexo y el género. Así, se encuentra que las mujeres obtienen medias

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superiores en el factor Autorrealización Académica y los hombres tienen una media superior a las mujeres en los factores Autoestima, Autoeficacia Resolutiva y Autorrealización Social.