Con el objetivo de explicar la mediación del optimismo entre los sucesos externos y cómo los interpretan los sujetos, Scheier y Carver (1985) llevan a cabo una investigación cuya conclusión es que las expectativas que cada uno hace sobre su futuro se relacionan con el optimismo.
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En el último tiempo el optimismo disposicional se ha convertido en uno de los rasgos de personalidad de mayor interés. A este término se relacionan unas expectativas generalizadas de resultado positivas, o lo que es lo mismo, el pensamiento de que en el futuro habrá más éxitos que fracasos (Carver y Scheier, 2001; Chang, 2001; Scheier, Carver y Bridges, 2001). En la definición de optimismo disposicional se incluyen los términos autoeficacia y control. Concretamente se relaciona el optimismo disposicional con las expectativas de poder tener un grado de control sobre los resultados de nuestros actos, las expectativas de alcanzar resultados positivos en el futuro, y un componente de eficacia personal (Gillham, Shatté, Reivich y Seligman, 2001).
Con el objetivo de comprender mejor cómo son las expectativas, entendidas como estrategias cognitivas de sujetos pesimistas defensivos y sujetos optimistas, Fernández y Bermúdez (2001) desde la UNED llevan a cabo un análisis partiendo de una muestra de 425 sujetos que queda reducida a 80 (40 hombres y 40 mujeres con edades comprendidas entre los 18 y 44 años aunque la mayoría se sitúa entre los 25 y los 32). Los sujetos responden al Life Orientation Tests (LOT-R; Sheier y Carver, 1985; Scheier, Carver y Bridges, 1994), al Optimism-pessimism Questionaire (OPQ, Norem y Cantor, 1986). Los resultados destacan la importancia del control situacional en la activación diferencial de estrategias y muestran que distintos tipos de expectativas dan lugar a funciones distintas (indicadores adaptativos y funciones defensivas). Este efecto se produce dentro de un mismo grupo y en grupos diferentes.
En el estudio de Docampo (2002) comentado en el apartado dedicado a las atribuciones causales, se analizan las diferencias entre hombres y mujeres en el estilo explicativo general y en todas las dimensiones causales que la componen, concluyendo que las mujeres se muestran más optimistas que los hombres.
El optimismo disposicional se relaciona frecuentemente con las estrategias de afrontamiento. No obstante, el poder predictivo de la primera variable sobre la segunda parece disminuir cuando entran en juego otras características de la personalidad. Chico-Librán (2002) lleva a cabo un estudio con el objetivo de observar si se da esta relación o no. En la investigación participó una muestra de 415 sujetos y los instrumentos de evaluación empleados son: el Test revisado de Orientación Vital (LOT-
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R) para valorar el optimismo disposicional y otras herramientas para medir neuroticismo y afectividad negativa. Los resultados muestran que aun controlando los efectos del neuroticismo y de la afectividad negativa, el optimismo disposicional continúa siendo un buen predictor de las estrategias de afrontamiento.
Años más tarde, el mismo autor continúa las investigaciones en la misma línea. Con el objetivo de observar las variables predictoras de satisfacción vital y de los síntomas depresivos, Chico-Librán y Ferrando-Piera, (2008) realizan un importante trabajo en muestra española. Las variables consideradas como predictoras eran las expectativas de resultado (expresadas como pesimismo u optimismo) y la afectividad (afecto positivo y negativo). Para el estudio, 450 alumnos universitarios cumplimentan las escalas LOT-R, PANAS, el Test de Satisfacción Vital y el Inventario de Depresión de Beck. Tras observar los resultados se puede llegar a la conclusión de que son las variables afectivas las mejores predictoras de la satisfacción vital y de los síntomas de depresión.
El optimismo disposicional ha sido estudiado en distintos lugares del mundo confirmando su consistencia y validez como variable predictora de ciertos estados de salud y de determinadas variables psicológicas. Dentro de este proceso Vera-Villarroel, Córdova-Rubio y Celis-Atenas (2008) evalúan el optimismo en una muestra de población chilena. Concretamente una muestra de 309 universitarios cuyas edades se comprenden entre los 18 y 25 años, contestaron el Life Orientation Test (LOT- R). Los resultados indican por un lado que el instrumento es válido en esta población y por otro que entre mujeres y hombres no se encuentran grandes diferencias.
Por otro lado, el pesimismo disposicional se relaciona con un estado de salud física peor que el que se relaciona al optimismo disposicional. Así, Martínez-Correa, Reyes del Paso, García-León y González-Jareño, (2006) analizan el papel mediador del estrés y las estrategias para afrontarlo en la relación entre el optimismo y el pesimismo disposicional y diferentes categorías de sintomatología somática autoinformada. Para ello participó una muestra de 200 estudiantes universitarios. Los resultados señalan que: 1) el pesimismo se relaciona de manera positiva con el informe de síntomas físicos, mientras que por el contrario el optimismo se asocia negativamente con las quejas somáticas; y 2) esta vinculación se podría explicar por el empleo diferencial de
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la estrategia de afrontamiento conocida como autocrítica entendida como característica del pesimismo.
El optimismo disposicional se relaciona también con la inteligencia emocional percibida (IEP). Así, Anadón-Revuelta (2006) analiza esta relación en una muestra compuesta por 102 estudiantes universitarios de segundo curso de Magisterio (Educación Primaria y Lengua Extranjera: Inglés) de la Facultad de Educación de Zaragoza. Los instrumentos de medida son: para evaluar la IEP, la Trait Meta-Mood Scale (TMMS) y para medir el optimismo disposicional, el Life Orientation Test (LOT-R). Tras el análisis de los resultados se detecta una intercorrelación moderada entre el subfactor de reparación de la inteligencia emocional y el optimismo disposicional. Se llega así a la conclusión de que los sujetos que presentan una capacidad mayor para reparar sus estados emocionales negativos tienen unas expectativas generalizadas acerca de las cosas que les suceden en la vida más favorable.
En esta línea, otros estudios señalan que es importante tratar las competencias emocionales desde el ámbito educativo. Así, Del Rosal, Dávila, Sánchez y Bermejo (2016) evalúan el nivel de inteligencia emocional (atención, claridad y reparación emocional) en una muestra de más de 350 estudiantes universitarios del Grado de Magisterio y Grados en Ciencias de la Universidad de Extremadura. Igual que en el estudio de Gartzia et al. (2012), se emplea como instrumento de medida el test de autoinforme TMMS-24 de Fernández Berrocal, Extremera y Ramos (2004). Los datos confirman la existencia de diferencias en todas las dimensiones de la inteligencia emocional en función del curso en todas las carreras y diferencias en el nivel de reparación emocional según el sexo.
Por su parte, Landa, Aguilar y Salguero de Ugarte (2008) analizan la influencia de la inteligencia emocional, el optimismo y el pesimismo disposicional sobre la resolución de problemas sociales en una muestra de 122 estudiantes de la Universidad de Jaén (España) segundo curso de Trabajo Social. Los instrumentos de medida empleados son el TMMS, LOT-R y SPSI-R en su versión castellana. Tras los análisis de correlaciones y de regresión jerárquica, se llega a la conclusión de que los que tienen mejores condiciones de afrontar y solucionar problemas sociales son los futuros trabajadores sociales que presentan alta claridad emocional y actitudes optimistas.
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Relacionando el optimismo con la salud positiva como predictores de la adaptación a la vida universitaria, Londoño (2009) lleva a cabo un análisis de estos factores en una muestra compuesta por 77 estudiantes de psicología (hombres y mujeres de 17 a 26 años). Las herramientas de medida son: el Test de Orientación Vital LOT, el Cuestionario de Salud Mental Positiva, la Escala de Optimismo de Seligman, la Escala de Satisfacción General, y una ficha de registro de información académica. Las pruebas se aplicaron en dos momentos: al ingreso de los estudiantes y dos años más tarde. El nivel predictivo de cada variable y de su interacción sobre la adaptación se realizó a través de un análisis multivariado. Los resultados destacan el papel determinante del optimismo tanto en la predicción de la permanencia como en la cancelación y repetición de asignaturas, consideradas ambas como señales de riesgo para la deserción.
En esta línea, Marrero y Carballeira, (2010) analizan la influencia del optimismo y del apoyo social sobre el bienestar subjetivo. En el estudio participan 477 personas de entre 18 y 66 años de edad siendo la media de 25 años. Los componentes del bienestar evaluados son: satisfacción vital; emociones positivas; emociones negativas, satisfacción en áreas específicas como pareja, trabajo/estudios, salud y ocio; y ajuste psicológico. Se mide el optimismo disposicional empleando como instrumento de medida el Test de Orientación Vital Revisado (LOT-R) y el apoyo social por medio del Social Support Questionnaire (SSQ-6). Los resultados no muestran una incidencia relevante de las variables sociodemográficas y las relacionadas con la salud. El optimismo, sin embargo, guarda relación con casi todos los indicadores de bienestar subjetivo. Con lo cual se puede concluir que las personas optimistas están mejor ajustadas psicológicamente, muestran mayor satisfacción vital, experimentan más emociones positivas y menos negativas, y además, informan de mayor satisfacción en algunas áreas de su vida, como la pareja y la salud.
Si bien gran parte de estos estudios no señalan las diferencias en función del género, sí se encuentran algunas investigaciones que asocian el género y el sexo con el optimismo disposicional, con lo cual por ejemplo si se asocia el sexo mujer con un mayor optimismo y el optimismo con una mayor satisfacción vital, se podrían relacionar el primer término con el tercero.
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