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6.7 Computational Evaluation

7.3.4 IP Model

Mi propio interés por los orígenes de la mente humana se despertó no gracias a mis hijos, sino a raíz de un texto de enorme interés que leí siendo estudiante universitario. En 1979 un arqueólogo norteamericano llamado Thomas Wynn publicó un artículo donde afirmaba que la mente moderna ya existía hace 300 000 años[6]. Recordemos que esto ocurre en el tercer acto de la obra de nuestro pasado, antes de que los neandertales, y por supuesto antes de que los humanos anatómicamente modernos, hayan entrado en escena. La evidencia en que se basaba Thomas Wynn para apoyar aquella afirmación eran las estilizadas y simétricas hachas de mano producidas por

Homo erectus y por Homo sapiens arcaico durante la primera escena del tercer acto.

¿Y cómo había llegado a aquella conclusión? Basándose en una teoría que ha provocado un acalorado debate en los medios académicos durante años: la teoría de que las fases del desarrollo mental del niño reflejan las fases de la evolución cognitiva de nuestros antepasados humanos. En la jerga científica, esa idea se Traduce diciendo que «la ontogenia sintetiza o recapitula la filogenia[7]». Es una

«gran idea», sobre la que volveré más adelante en este y en los siguientes capítulos. Es como si implicara que la mente de, digamos, Horno erectus o tal vez de un chimpancé actual puede poseer semejanzas estructurales con la de un niño, aunque es evidente que ambas tendrían contenidos abismalmente distintos. Para desarrollar su teoría, Tom Wynn tenía que saber cómo era la mente infantil, es decir, conocer las fases del desarrollo mental. Y no sorprende que para ello se basara en la obra del psicólogo infantil Jean Piaget, sin duda la figura más influyente de aquel momento.

Piaget fue un psicólogo que creía firmemente que la mente funciona como un ordenador. De acuerdo con sus teorías, la mente utiliza unos cuantos programas generales plurifuncionales que controlan la entrada de nueva información en la mente, y que sirven para reestructurarla de forma que atraviese una serie de fases evolutivas. Denominó a la última de esas fases, que se alcanza en torno a los 12 años, inteligencia operacional formal. En esta fase la mente puede pensar objetos y acontecimientos teóricos. Este tipo de pensamiento es absolutamente esencial para poder producir un útil lítico como el hacha de mano. Antes de empezar a extraer lascas de un nódulo de piedra, uno tiene que formarse primero una imagen mental de cómo es el útil acabado. Y cada golpe practicado en el nódulo obedece a una hipótesis sobre su efecto en la forma del útil. A partir de ahí. Tom Wynn pudo atribuir sólidamente a los productores de hachas una inteligencia operacional formal, y por lo tanto una mente fundamentalmente moderna.

Para un estudioso de la arqueología, aquella era una conclusión absolutamente asombrosa. Ahí había alguien que de hecho podía leer la mente de un antepasado humano ya extinguido a partir de los útiles de piedra desechados y perdidos en la prehistoria. Pero la prehistoria de la mente ¿pudo ser tan corta, finalizar tan pronto en el curso de la evolución humana? ¿Es que acaso la aparición del arte, de los útiles de hueso y de la colonización global, en suma, los acontecimientos del cuarto acto, no requería nuevos soportes cognitivos? Parece algo implausible, por no decir imposible. Un análisis de la obra de Tom Wynn mostró que el uso que hizo de las ideas de Piaget era correcto. Hacer un hacha de mano simultáneamente simétrica en sus tres dimensiones parecía efectivamente indisociable del tipo de procesos mentales que Piaget consideraba característicos de la inteligencia operacional formal. Pero entonces tal vez fueran las ideas de Piaget las incorrectas. Y este ha sido inequívocamente el mensaje de muchos psicólogos durante esta última década: la mente no utiliza programas generales, plurifuncionales, y tampoco es como una esponja que absorbe indiscriminadamente toda la información que tiene a su alcance. Los psicólogos se han valido de un nuevo tipo de analogía en relación con la mente: sería como una navaja del ejército suizo o navaja suiza. ¿Una navaja suiza? Una de esas navajas cortas y rechonchas provista de un sinfín de dispositivos especializados pensados para múltiples funciones: tiene pequeñas tijeras, sierras, pinzas, cuchillas,

etc. Cada uno de esos dispositivos está pensado para abordar un problema concreto. Cuando la navaja está cerrada, nadie diría que contiene tal cantidad de útiles especializados. Tal vez nuestra mente esté cerrada para nosotros. Pero si la mente es una navaja suiza, ¿cuántos dispositivos contiene? ¿Y para solucionar qué tipo de problemas? ¿Cómo llegaron ahí? ¿Acaso esta analogía nos ayuda más que las anteriores a comprender la imaginación y el pensamiento creativo?

Desde 1980 muchos psicólogos han tratado de dar respuesta a estas cuestiones, fiar adoptado términos tales como «módulos», «áreas cognitivas» e «inteligencias» para describir los distintos útiles o dispositivos especializados. Existen grandes desacuerdos acerca de la cantidad y la naturaleza de esos dispositivos especializados, pero nos será más fácil acceder a la arquitectura de la mente analizando esos estudios que haciéndonos preguntas al azar cuando jugamos con niños. Y esa arquitectura parece ser fundamentalmente distinta de la que sugiere Piaget. De modo que ahora tendremos que averiguar la génesis y el desarrollo de esa visión de la mente-navaja suiza durante estos últimos años[8].