6.7 Computational Evaluation
6.7.3 SA and LAHC Implementations
Desentrañar la arquitectura de la mente moderna es tarea de psicólogos. Pero todos nosotros nos hemos ocupado del lema en un momento u otro: todos somos expertos usuarios de la mente. Nos asomamos compulsiva y constantemente al interior de nuestra propia mente y nos hacemos preguntas sobre lo que puede estar pasando por la mente de los demás. A veces creemos saberlo. Pero se trata de una tarea arriesgada, porque podemos engañarnos. Contemplamos el mundo y nos parece sencillo, estático. Pero observamos la mente y nos parece… bien, empecemos por aquello que la mente parece ser realmente. Y empecemos por una de las mentes más fértiles y extraordinarias que existen: la de la primera infancia.
Observar el desarrollo de mis propios hijos me ha sido de mil maneras tan útil para mi investigación de la prehistoria de la mente como los libros y el material académico que he leído en las últimas décadas. Un día estaba jugando con mi hijo Nicholas, que tenía algo menos de tres años, y con su zoológico de juguete, y le pregunté si quería poner la foca en el lago. Su mirada se posó en el animal y luego me miró en silencio. «Sí —me dijo—, pero es una morsa». Y tenía razón. Yo no había sabido distinguirlos bien, pero mi hijo tenía un conocimiento minucioso de esos animales. Bastaba con explicárselo una sola vez para que las diferencias entre el armadillo, el cerdo hormiguero y el oso hormiguero quedaran de inmediato impresas en su mente. Y al igual que todas las mentes infantiles, la suya parecía una esponja absorbiendo conocimientos. Nuevos hechos e ideas penetraban en lo que parecía ser una infinita serie de poros vacíos. Además, la mente infantil embebe diferentes cosas en distintas partes del mundo; adquiere distintas culturas. Y las culturas, según nos dicen los antropólogos, no son simples conjuntos de datos acerca del mundo, sino formas concretas de pensar y de comprender: la mente-esponja es una mente que absorbe los procesos del propio pensamiento[3].
La idea de que la mente es una esponja vacía que sólo espera ser llenada está presente tanto en nuestra vida de cada día como en el mundo académico. El proceso de adquirir conocimientos significa llenar los poros, y el proceso de recordar equivaldría a estrujar la esponja. Tras un test de cociente intelectual subyace la idea de que algunas esponjas son mejores que otras a la hora de absorber y de estrujar. La evolución de la mente humana se nos muestra sencillamente como la expansión gradual de la esponja en el interior de nuestra cabeza.
Pero esta analogía no nos ayuda a saber cómo la mente soluciona problemas, o cómo aprende. Eso es algo que trasciende la simple acumulación y posterior regurgitación de datos; tiene que ver con la comparación y la combinación de ítems de información. Y las esponjas no pueden hacerlo, pero los ordenadores sí. La idea de comparar la mente con un ordenador es seguramente bastante más convincente que la
de la mente-esponja. Podemos pensar en la mente como algo que incorpora datos, los procesa, soluciona el problema y hace que nuestros cuerpos ejecuten el producto resultante. El cerebro es el hardware, la mente el software[4]. Pero ¿con qué programas funciona?
Normalmente pensamos que la mente funciona a base de un único y potente programa general, «plurifuncional». A este programa solemos darle el nombre de «aprendizaje», y ya está. Así, cuando la niña empieza a absorber conocimientos empieza también a funcionar el programa de aprendizaje general. Un día la niña empezará a incorporar datos relacionados con las expresiones y sonidos que oye procedentes de la boca de los adultos y las acciones que los acompañan, y el programa se pone en marcha y la niña aprenderá el significado de las palabras. Otro día la «entrada» de datos tendrá que ver con la forma de los signos que ve en un papel y los objetos dibujados que van asociados, y la niña aprende a leer. Otro día las entradas pueden incorporar números escritos en una página, o pueden referirse al equilibrio de un objeto de dos ruedas, y ese programa informático de considerable flexibilidad que llamamos «de aprendizaje» permitirá a la niña entender las matemáticas o subirse a una bicicleta. El mismo programa sigue activo, incluso en la edad adulta.
Si la mente es un ordenador, ¿cómo y qué pensar de las mentes de nuestros antepasados prehistóricos? Es fácil. Los diferentes tipos de mente son como unos ordenadores con distinta capacidad de memoria y distintos chips para procesar los datos. Durante la última década hemos presenciado un aumento espectacular de la potencia y la velocidad de los ordenadores, un hecho que prácticamente pide ser utilizado como una analogía en el ámbito de la prehistoria de la mente. No hace mucho llevé a mis hijos al Musco de la Ciencia de Londres, y contemplamos la reconstrucción de la máquina analítica de Charles Babbage, el primer ordenador. Es muchísimo más voluminoso e infinitamente más lento que el pequeño ordenador portátil que utilizo para escribir este libro. Y me pregunté si sería pertinente proponer una analogía entre, por un lado, el ingenio analítico de Babbage y mi portátil y, por otro, la mente neandertalense y la mente moderna. ¿O acaso esa analogía debería limitarse a una mera cuestión de capacidad de memoria, que sería mayor en un ordenador personal?
La mente-esponja y la mente-ordenador. Ambas ideas son muy sugerentes, y ambas parecen decirnos algo sobre el funcionamiento de la mente. Pero ¿cómo puede ser dos cosas tan distintas a la vez? Parece fácil decir lo que la mente parece ser, y tan difícil definir lo que la mente es realmente. Pero las esponjas y los ordenadores ¿son buenas analogías de la mente? La mente no sólo acumula información para luego devolverla. Y tampoco es indiscriminada a la hora de absorber tal o cual conocimiento. Mis hijos —como todos los niños— han
absorbido miles de palabras sin esfuerzo, pero esa capacidad de absorción parece perder fuerza cuando se trata de las tablas de multiplicar. La mente tampoco resuelve problemas de la misma forma que lo haría un ordenador. La mente hace algo más: crea. Piensa cosas que no están «ahí fuera», en el mundo. Cosas que no pueden estar ahí fuera en el mundo. La mente piensa, crea, imagina. Eso no ocurre con un ordenador. Los ordenadores hacen sólo aquello que los programas les dicen que tienen que hacer; no pueden ser verdaderamente creativos, algo que sí parece obligado en un niño de cuatro años[5]. Seguramente cuando pensamos en la mente como una esponja o como un programa informático estamos recreando el equivalente psicológico de aquella sociedad que no «ve» la Tierra redonda.
En realidad, lo más estimulante de la afirmación de mi hijo de que «es una morsa» no fue el hecho de que tuviera razón, sino que en un sentido más fundamental estaba equivocado. ¿Cómo pudo pensar que era realmente una morsa? Porque allí no había más que una pequeña figurilla de plástico de color naranja. Una morsa es gelatinosa y húmeda, gruesa y maloliente. Aquella figura de plástico era todo eso, sí, pero sólo en su mente.