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El aspecto de la contingencia ocupa un papel central en la obra de H. Arendt. Viene expresado por la idea de comenzar como rasgo estructural de todo lo humano. Más que sus identidades acabadas y cerradas, a donde apunta todo tipo de «culturalismo» de nuestro tiempo, los hombres vienen definidos por su connatural in-definición y posibi­ lidad de re-definirse. Son agentes que llegan al mundo para transformarlo al dejar su sello singular e intransferible con las palabras y los actos. Disponen del potencial de comenzar la vida en él y la del mundo con la de ellos. Esta idea de natalidad remite, antes que nada, «a la facultad de los comienzos, la capacidad de los hombres de innovar, de introducir en el mundo lo inédito y lo imprevisible».8 Sin embargo, ante los espacios de apertura que se abren, la respuesta más común es la postura de bloqueo y cierre basada en sólidos determinismos que cercenan el paso a inicios y comienzos. En última instan­ cia, se trata de las dificultades del hombre para convivir con el vértigo causado por el carácter inconcluso de la experiencia. Ejemplo de ello, sería el totalitarismo nazi estu­ diado por la misma H. Arendt al que ésta concibe como proyecto social basado en el terror y orientado a lesionar y conculcar la espontaneidad humana.

Esta precisamente constituye la raíz de la libertad con la que los humanos inician cursos de acción y reinventan su horizonte de convivencia. Tras la idea de los inicios se esconde el argumento de que el comportamiento humano no se ajusta simplemente ni al del

homo economicus, atento al mero enriquecimiento económico, ni al del acto reflejo, en el

que el comportamiento es una reacción automática a los estímulos sociales. La espontanei­ dad con la que los actores pueden decirlo y hacerlo todo aportando novedad remite a una respuesta desencadenada desde lo accidental, lo imprevisible y lo impredecible. Forma par­ te de un ser que nunca es idéntico a sí mismo, que nunca es del todo lo que es y que, a cada momento, incluye la simultaneidad de lo que es y de lo que puede llegar a ser. La capacidad de iniciar da cuenta de la singularidad que atesoran los humanos. Es lo que explica su sino creador y transgresor. Es lo que explica y que, a su vez, no puede ser explicado.

Ahí se encuentran los motivos del rechazo de unos patrones sociales y culturales que pretenden ajustar la gestión de lo social al curso inexorable de los hechos naturales.

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7. Ibíd., p. 255.

El inicio explica sin poder ser explicado. No sugiere ni determinismos, ni leyes naturales r.i constantes empíricas. Aturde porque en sus apariciones históricas no se somete ni a un principio metafísico, ni a una voluntad trascendente. De algún modo, los funda sin fundamento, sin otro fundamento que el acto de fundar. No hay explicación, porque no conoce la palabra concluyente. Antes bien, la prepara y la antecede. De hecho, en el inicio no hay sentido propiamente, sino su embrión, en concreto, según expresa el título de un libro de Femando Bárcena, el delirio de las palabras9 por el cual los significados de las mismas se estiran y se expanden en direcciones múltiples enlazándose unos con otros y fecundando nuevos inicios.

Cuando H. Arendt se remite al iniciar está pensando en algo muy distinto a la atmós­ fera que se palpa en la publicidad y en la información de nuestras sociedades. No piensa en individuos aislados y separados los unos de los otros que ansian la satisfacción de necesidades inmediatas sin otro estímulo que la maquinaria de consumo. Los individuos lisiados no pueden iniciar algo. Si acaso, repiten y se regodean en un egocentrismo ciego inte la pluralidad social circundante. El inicio en H. Arendt, como dice Manuel Cruz, «no mera capacidad de elección, sino capacidad para trascender lo dado y empezar algo nuevo, y el hombre sólo trasciende enteramente la naturaleza cuando actúa».10

La capacidad de iniciar no se acomoda a la metafísica del escaparate de un tiempo, el nuestro, excesivamente centrado en el juego de la elección consumista que nada cambia . nada altera. Apunta al poder entendido como algo más que la capacidad de intimidar de un agente sobre el resto, o que la mera gestión de recursos públicos. El poder, en palabras de H. Arendt, «es siempre un poder potencial y no una intercambiable, mensu­ rable y confiable entidad como la fuerza. Mientras que ésta es la cualidad natural de un individuo visto en aislamiento, el poder surge entre los hombres cuando actúan juntos y desaparece en el momento en que se dispersan».11 La presencia del poder se abre paso, siguiendo con H. Arendt, «donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se emplean para . elar intenciones sino para descubrir realidades, y los actos no se usan para violar y destruir sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades».12

Ese poder remite a las condiciones constitutivas de la actividad política donde los ac- i ores actúan e intervienen en el curso impredecible y frágil de los acontecimientos socia­ les. Se define a partir de elementos incondicionales como son la pluralidad reinante en el espacio público, el hecho de que vivir es con-vivir; el espacio de aparición, entendido como el momento en el que los actores se presentan en el espacio de convivencia remi- uendose los unos a los otros; y el mundo, el entre de los hombres, el objeto de inter-és al que los actores se refieren recíprocamente con sus actos y palabras.

El acto de comenzar no constituye un momento radical desde el cual la nada, el silencio, el vacío o el caos devienen forma. La imagen platónica del demiurgo con-forman- do el sinsentido originario no se corresponde con la propuesta de H. Arendt. Todo inicio continúa y rompe, al mismo tiempo, una secuencia temporal que viene de atrás. La convi- encia social no está en condiciones de partir de la nada, de edificar mundos con la sola factura de los hombres de su tiempo. Hay otros tiempos que legan su testimonio en el futuro. Todo inicio es, en verdad, re-iniciar. Al decir de Femando Bárcena, «el comienzo es ilusorio; lo que existe es un seguir, un continuar, un enlazarse en la cadena. Todo comien­ zo. todo nacimiento no es sino un renacimiento infinito, la posibilidad de una transformá­

is. F. Bárcena, El delirio de las palabras. Ensayo para una poética del comienzo, Herder, Barcelona, 2003. 10. M. Cruz, «Introducción» a La condición humana (H. Arendt), Paidós Surco, Barcelona, 2005, p. 15. 11. H. Arendt, La condición humana, op. cit., p. 226.

12. Ibíd., id.

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