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Un buen punto de partida para hacer frente a esta problemática puede ser la reflexión de Hannah Arendt acerca de la verdad en las sociedades modernas. Su pretensión desen- mascaradora y reveladora puede contribuir al esclarecimiento de las estructuras condi­ cionantes de actos y comportamientos sociales. Estas, hoy, se encuentran ligadas a un elemento que singulariza y caracteriza el actual modus vivendi global: la información. Hija de la maquinaria mediática promotora de noticias y mensajes en aluvión, la infor­ mación forma parte del mito contemporáneo del pancomunicacionismo3 que se presen­ ta como garante de una sociedad global basada en el entendimiento y en el conocimien­ to recíproco. En este escenario llamado a la transparencia debido a la enorme cantidad de focos que iluminan los múltiples ángulos de nuestras vidas fluyen las informaciones con el objetivo de incorporar mejores niveles de reflexión y juicio individual.

No se escatiman medios de comunicación en el dominio público favorecedores de un mejor conocimiento de los individuos acerca de los desafíos del contexto global. Sin embargo, la omnipresencia de la información no se traduce inmediata y automática­ mente en una mejora cualitativa de la formación de los actores. Hechos como la avalan­ cha de informaciones, el desconocimiento acerca de sus gestores y artífices, los intereses empresariales a los que sirve, el carácter clausurado y autorreferencial del discurso me­ diático que, de repetirlo, deviene «verdad», constituyen razones sobradas como para desconfiar del carácter formativo de los media en lo tocante a su aportación de mayores y mejores cotas de conocimiento en la vida ciudadana.

El ritmo de la información devora rápidamente sus propios productos. La maquina­ ria se presta a un torrente constante de datos, mensajes y noticias que pone en danza a las biografías individuales y evoca un proceso social en pleno dinamismo y sin norte. Y ello hasta el punto de que no hay nada que permanezca sólido, que se institucionalice en el ritmo vertiginoso representado por el lenguaje de la información. Sin embargo, a pesar de que la metáfora del río de Heráclito parece adecuarse mejor que la del ser estático de

3. D.H. Cabrera, Lo tecnológico y lo imaginario, Biblos, Buenos Aires, 2006, cap. 4° («Lo tecnocomu- nicacional») y 5° («Las nuevas tecnologías»).

6 6 INVESTIGACIÓN Y ANÁLISIS

Parménides al estado de las cosas, algo de ésta última goza de enorme congruencia en el trasfondo de la convivencia moderna. No en vano, el hallazgo de la verdad, es decir, de causas y motivos sociales solidificados en los estratos profundos de la conciencia social y construidos en la sombra por actores sociales, constituye un momento crítico en el ritmo de las sociedades porque, a su través, se revelan zonas y espacios inadvertidos en nuestras rutinas. Más aún, éstas se empiezan a ver como tales, productos de los silencios que la atmósfera bulliciosa imperante alienta en tomo a los principios rectores que gestionan el contexto global de la sociedad de la información. Sin conocimiento lo que espera es la parálisis y la atrofia. Con él, los actores tienen a su disposición las claves que explican la contingencia que cimenta siempre el tejido institucional, también éste.

La virtud del conocimiento acerca del hecho social consiste en la alteración de una mirada social que, donde antes veía naturaleza, ahora atisba historia. De algún modo, abandona el territorio de lo clausurado y lo imposible para adentrarse en el de la inde­ terminación. De súbito, se incorpora la política como espacio dado a la acción, como momento de lo posible, como oportunidad para la imaginación entendida como facul­ tad que «nos permite la experiencia del tiempo, nos permite pensar más allá de lo que es, el por-venir. Actuar políticamente es hacerse cargo de este todavía no y realizarlo en un contexto plural y compartido. La imaginación hace posible una distancia específica­ mente humana frente a lo fáctico: y tal distancia tiene algo que ver con la mentira y con la libertad al mismo tiempo».4

Los comportamientos individuales y colectivos de las actuales sociedades han deve­ nido respuestas condicionadas por un escenario huérfano de juicios elaborados. Sin éstos, y con el silenciamiento de un conocimiento social a menudo confundido con en­ cargos promovidos por las empresas de mercadotecnia o por la tan traída apuesta por la

innovación que hoy encandila, la sociedad vuelve a caer en la repetición. En este caso, ya

no una repetición regulada desde arriba por una jerarquía que intimida, sino una repe­ tición doblemente peligrosa disfrazada de libertad abierta a la elección pero no a la transgresión. De su mano tiene lugar un embrutecimiento sofisticado, edulcorado y sutil. En este contexto, se teme a la verdad desvelada por las ciencias sociales porque su sola presencia constituye un cisma en la trama social. Desvelan hechos en su doble acep­ ción: realidad desconocidas y de factura humana y contingente.

La incorporación de la verdad a la convivencia social tiene algo de catarsis. La causa, en palabras de H. Arendt, reside en que «la verdad tiene un carácter despótico. Por consi­ guiente, los tiranos la odian, porque con razón temen la competencia de una fuerza coac­ tiva que no pueden monopolizar, y no le otorgan demasiada estima los gobiernos que se basan en el consenso y rechazan la coacción. Los hechos están más allá de acuerdos y consensos, y todo lo que se diga sobre ellos —todos los intercambios de opinión fundados en informaciones correctas— no servirá para establecerlos. Se puede discutir, rechazar o adoptar una opinión inoportuna, pero los hechos inoportunos son de una tozudez irritan­ te que nada puede conmover, exceptuadas las mentiras lisas y llanas».5

Uno de los conceptos más relevantes, tal vez el central, en la propuesta teórica de H. Arendt es el del hombre como un ser que inicia y comienza curso de acción. A falta de un ser o un naturaleza determinada, la in-determinación con la que llega al mundo no sólo le dirige inexorablemente a la muerte, como recuerda M. Heidegger, también a la experiencia fundacional y recurrente, a lo largo de una vida, de iniciar y comenzar proyectos y empresas varios. Precisamente este elemento destacado en el pensamiento arendtiano es revelado cuando la verdad se pone en juego en el seno de una modernidad que se jacta de no dar nada

4. F. Birulés, op. cit., 2008, p. 174.

por supuesto y someterlo todo al tribunal de la razón. Aunque habría que debatir en profun­ didad su idea de que «la veracidad jamás se incluyó entre las virtudes políticas, porque poco contribuye a ese cambio del mundo y de las circunstancias que está entre las actividades políticas más legítimas»,6 el hecho es que cuando se desvelan los principios latentes que activan un automatismo concreto, éste, a los ojos de sus agentes pacientes, empieza a mos­ trase de otro modo. Lejos de convertirse en una mera naturaleza inexorable, empieza a ser considerada como parte de un todo mayor del que deriva y al que oculta. Atendiendo a la causa se puede alterar el ritmo de las cosas e iniciar nuevos exploraciones y proyectos. La verdad, por tanto, puede desencadenar inicios de puro señalar el final de un dogma.

En este caso, el final de la investigación nos lleva al principio, mejor aún, al principiar,

al verbo, que es el inicio de toda formalización humana. En el escenario social la verdad

incomoda porque al descubrir la raíz social de un tejido institucional pone en evidencia el

carácter contingente y no-necesario del mismo. De algún modo, invita a intervenir en el

curso de los acontecimientos desprovisto de determinación. En cualquier hallazgo del conocimiento social se trasluce en el fondo una gran ausencia, la de un sujeto, ya sea trascendente o inmanente, que pilota el acontecer histórico. Esa ausencia no tiene por qué ser un límite, un impedimento o un error, sencillamente, es la condición de posibilidad de esa palabra, relato y narración con los que los actores hilvanan y traman sentido en sus vidas una y mil veces. Tras las instituciones y los procesos históricos se encuentran inicios

contingentes y accidentales de los que sólo nos llegan ecos apagados en todo tiempo presen­

te. En ese primer paso, siempre recurrente, el quién y el qué nacen al calor de narraciones y relatos sin una conciencia metafísica que hilvane y construya sentido fuera de la historia. Los sujetos y los objetos son producciones de la tendencia innata en el hombre a poner voz y palabra en una experiencia caótica a la que transforman en sentido.

De algún modo, la verdad referida a los asuntos humanos no es cualquier verdad. Hannah Arendt separa la verdad de razón, dispuesta sobre el carácter a priori y necesario de sus juicios, por ejemplo, el de dos más dos igual a cuatro (en el ámbito de la matemática), y

la verdad de hecho, que tiene que ver con las acciones humanas y con sus realizaciones

históricas contingentes y de carácter a posteriori. A las ya consabidas ciencias matemáticas regidas por una necesidad lógica y a las ciencias de la naturaleza guiadas por una necesidad empírica, la modernidad incorpora una nueva zona de investigación, la de las ciencias sociales, en la que los hechos objetivos se estudian como producto y obra de la intersubje- tividad. Su cientificidad está en cuestión por la academia desde sus primeros momentos porque al tratarse de dominios científicos centrados en la espontaneidad humana sus in­ vestigaciones no conllevan predicciones ni pueden someterse a ningún criterio legaliforme. A los selectos espíritus científicos del siglo xrx, versados sobremanera en los patrones de las ciencias naturales (Naturwissenschaft), la sola presencia de las ciencias sociales les confundía porque todo lo que estudiaban no se encontraba llevado por la inexorabilidad y ceguera de los hechos naturales. Más aún, desmontaban el carácter sólido e inamovible que cualquier forma de poder político atribuía al horizonte social gestionado por él. Más que velar por los fundamentos rígidos, ponían en evidencia la fundación histórica de la institución. De algún modo, generaban inquietud, recelo y sospecha. No en vano, los ha­ llazgos de esas ciencias daban muestra del protagonismo de los actores en lo referente a la renegociación del estado de cosas. Incidían en que los hechos humanos no siguen esas pautas definitivas y últimas porque, según el pensamiento de H. Arendt, el rasgo de las vida humana consiste en comenzar e introducir un nuevo brillo y dibujo en el mundo.

En este sentido, el poder político quiere perseverar ocultando el proceso genealógico que le dio inicio. Le aterra la sola presencia de una verdad de hecho o factual que, al revelar

6. Ibíd.., p. 264.

un hallazgo concreto, revela otro general acerca de la vida humana: todo podría ser distin­

to. La gestión política orientada por las pulsiones de control y dominación disfrazan la vida social de vida natural. Ensombrecen la indeterminación de los hechos humanos que

anunciaposibilidad donde la mirada embrutecida por el curso de repeticiones e inercias atisba rutina y clausura. La propia modernidad fue presa de ese temor a caminar y explo­ rar rutas desconocidas en la configuración de lo social. Al decir de H. Arendt, «los filósofos modernos idearon todas las clases de necesidad, desde la dialéctica de un mundo del espíritu o de las condiciones materiales hasta las necesidades de una naturaleza humana presuntamente invariable y conocida, para que los últimos vestigios del al parecer arbitra­ rio “podría haber sido de otra manera” (que es el precio de la libertad) desaparezcan del único campo en que los hombres son libres de verdad. Es cierto que mirando hacia atrás —o sea, con perspectiva histórica— cada secuencia de acontecimientos se ve como si las cosas no pudieran haber sido de otro modo, pero eso es una ilusión óptica, o más bien existencial: nada podría ocurrir si la realidad, por definición, no destruyera todas las de­ más potencialidades inherentes, en su origen, a toda situación dada».7