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2.2 Software Process Engineering

2.3.1 Process tailoring based on process families

Por decreto de 3 de agosto de 1821 asumió San Martín "el mando político y militar de los departamentos libres del Perú" bajo el título de Protector, que luego cambió por el de Protector de la Libertad del Perú. De San Martín recibió el nuevo Estado peruano su primera bandera, el himno que hasta hoy unifica a sus hijos, el comienzo de un régimen administrativo propio, su moneda propia, la reglamentación básica de su comercio soberano, los buques que iniciaron su marina, las unidades con las que se fundó su ejército, su más antigua Escuela Normal, las escuelas públicas organizadas bajo el signo de la libertad, su Biblioteca Nacional. Además por decreto de 27 de diciembre de 1821 convocó San Martín, por primera vez, a la ciudadanía. Lo hizo con el fin de que eligiera libremente un Congreso Constituyente para el exclusivo objeto de establecer la forma de gobierno por la que se regiría el Perú y dar la Constitución más conveniente. Después de la acogida poco favorable que hallaron sus planes monárquicos, de la deposición de Monteagudo y de la entrevista con Bolívar en Guayaquil, San Martín apresuró la elección y la reunión de este Congreso, a pesar de que, al declararse Protector del Perú, anunció que presentaría su dimisión "en el momento mismo que fuese libre (todo) su territorio" (3 de agosto de 1821).

En el reglamento de elecciones expedido por Tagle y Monteagudo (después de que lo presentó una comisión especialmente nombrada) se ordenó que los departamentos eligieran 79 diputados propietarios y 38 suplentes, de acuerdo con la población que figuraba en el censo de 1795. El más alto número de representantes correspondió a Trujillo (15), Cuzco (14) y Arequipa (9), viniendo después Lima con 8, lo mismo que Huaylas. Luego seguían Puno y Tarma con 6; y el número menor era para Huancavelica (3), La Costa, formada por Santa y Chancay (2), y Maynas y Quijos (1). Interesa recordar esta última circunscripción. Únicamente los departamentos ocupados por los separatistas (Lima, Tarma, Huaylas, Trujillo y La Costa) eligieron sus diputados. La representación de los demás departamentos, que estaban en poder de ejército español, surgió de nombramientos hechos por los ciudadanos oriundos de ellos, residentes en Lima. El Congreso incorporó a su seno a nuevos diputados después de haberse instalado. Aparte de las críticas que más tarde pudo haber suscitado el Congreso por la forma como manejó los asuntos políticos, el primer ensayo de funcionamiento del sistema representativo en el Perú presentó algunas imperfecciones. Como se ha señalado, buena parte de los sufragios no emanaron genuinamente de los departamentos. Al tratar de la forma como se llevaron a cabo las llamadas elecciones supletorias en Lima, Riva Agüero, en su manifiesto de 1824, presenta sólo como un ejemplo el caso de Manuel Antonio Colmenares que obtuvo la representación de Huancavelica. De este departamento, ocupado por los españoles, había pocas personas naturales que residieran en la capital. Colmenares, que no lo conocía (dice Riva Agüero) tomó unos cuantos indios de los que cargaban en la puerta del mercado, los condujo al recinto electoral proveyéndolos de cédulas escritas para que votaran por él y por los demás que figuraban en la misma lista y así salió elegido diputado únicamente por ocho o nueve individuos que él mismo reunió para el acto del sufragio.

Con el Congreso Constituyente de 1822, empezó, como ya se ha dicho, la historia de la República del Perú. Es el nuestro un Estado concebido primero como un bello ideal y llevado luego penosamente a la realidad.

LOS PRIMEROS GRUPOS POLÍTICOS EN EL PERÚ.

Bandos políticos habíanse diseñado entre la nobleza peruana después de 1810. En un extremo estuvieron los partidarios del antiguo régimen, absolutistas o reaccionarios, o sea los enemigos, declarados o encubiertos, de la Constitución que emanó de las Cortes, reunidas en la isla de León en 1810, y trasladadas a Cádiz en 1811 para clausurar sus labores en 1813, después de promulgar dicha Carta política en 1812. Formaron el otro extremo los partidarios de la independencia irrestricta e inmediata, cuyo número fue al principio escaso en esa clase social y cuyos jefes vinieron a ser José de la Riva-Agüero y el conde de la Vega del Ren. Y en el medio se colocaron los que pensaron en diversas formas conciliadoras, de tipo monárquico constitucional, reformistas frente al Virreinato tradicional, pero conservadores frente a quienes querían romper el ligamen con la Metrópoli. Oscilaron estas fórmulas de la "tercera posición" desde la lisa y llana vigencia de la Constitución de Cádiz bajo el reinado de Fernando VII, obediente a ella, hasta la búsqueda de un nuevo monarca, también constitucional, que algunos pensaron pudiese ser la infanta Carlota Joaquina, u otros personajes de la familia real de los Borbones, o, según se dice, hasta el propio virrey Abascal.

Ninguno de tales sueños maduró en la realidad. Fernando VII fue el único monarca proclamado en América, como en España. Y cuando volvió, en 1814, del cautiverio en el que le había retenido Napoleón, Fernando VII echó a un lado la Constitución y se proclamó monarca absoluto, como si escuchara al pueblo que gritaba "¡Vivan las cadenas!". La guerra de la independencia americana tomó el curso de una contienda áspera entre el antiguo régimen español sin concesiones reformistas y los partidarios de la independencia. Al llegar San Martín al Perú las tendencias intermedias pudieron parecer nuevamente poderosas. En la conferencia de Punchauca, San Martín insinuó la idea de la independencia del Perú a base de la reconciliación con los españoles, mediante una monarquía constitucional con un príncipe de esa nacionalidad. Unánue llegó a aprobar entonces esta solución agregando: "Yo no era el único que pensaba así por el bien mismo del Perú". El virrey y sus generales la rechazaron y San Martín entró a Lima, proclamó la independencia y estableció el Protectorado. Pero todavía la "tercera solución" continuó viva. Su variante estuvo en la búsqueda que San Martín inició en Europa de un príncipe no español o al margen de la aquiescencia del gobierno de ese país. Los republicanos o "liberales" ganaron un triunfo tumultuario con la deposición del ministro Bernardo Monteagudo y un triunfo oratorio en el debate de la Sociedad Patriótica. Al retirarse San Martín quedaron dueños de la situación, pues dominaron en el Congreso Constituyente. Fue una nueva victoria suya.

EL PRIMER CONGRESO CONSTITUYENTE.

Toques de campana y cañonazos anunciaron la instalación de esta asamblea el 20 de setiembre de 1822, a las 10 de la mañana, en el salón del Palacio de Gobierno. Cincuentiún diputados estuvieron presentes ese día, si bien eran setentinueve los expeditos. Una comisión especial nombrada el gobierno había hecho el examen de sus poderes y había dado parte a éste del resultado de dicho escrutinio. Se dirigieron todos los presentes a la Catedral a oír misa del Espíritu Santo que celebró el Deán Gobernador Eclesiástico del Arzobispado Iltmo. Sr. Francisco Javier de Echagüe. En seguida juraron

a la religión católica como propia del Estado y juraron también mantener en su integridad al Perú (cosa que vale la pena recalcar), no omitir medio para libertarlo de sus opresores, desempeñar fiel y legalmente los poderes que los pueblos les entregaron y llenar los altos fines para los que habían sido convocados; y pasaron de dos en dos a tocar el libro con los Santos Evangelios.

Al entonarse después el Te Deum, hubo en la plaza una salva de veintidós cañonazos, renovada en el Callao por los buques de la escuadra y contestada en la capital con un repique general de campanas, que continuó hasta la llegada de los diputados al salón del Congreso en el local de la Universidad de San Marcos.

Fue esta asamblea una reunión de hombres ilustres. Muchas de las figuras mejores de la época, en el clero, el foro, las letras y las ciencias sentáronse entonces en los escaños legislativos. Entre titulares y suplentes, de 1823 a 1825, hubo una mayoría de veintiséis eclesiásticos y veintiocho abogados. En número muy inferior estuvieron los médicos (ocho), los comerciantes (nueve), los empleados (seis), los militares (cinco) y los propietarios (cinco). Once diputados propietarios y tres suplentes no eran peruanos de nacimiento. Había entre ellos nueve de la Gran Colombia, tres de la Argentina, uno del Alto Perú y uno de Chile. En cuanto a sus ideas, fue un Congreso republicano. Si hubo quienes, en el seno de él, tuvieron todavía convicciones monárquicas, no osaron ir contra la corriente del momento1.

LUNA PIZARRO Y SÁNCHEZ CARRIÓN.

El primer presidente del Congreso fue Francisco Javier de Luna Pizarro y los primeros secretarios, José Faustino Sánchez Carrión y Francisco Javier Mariátegui.

Luna Pizarro manejó al Congreso hasta febrero de 1823. Nació en Arequipa el 3 de diciembre de 1780. Huérfano y sin recursos entró al Seminario Conciliar de San Jerónimo de Arequipa a la edad de once años, costeando su carrera de estudios y grados el obispo Pedro José Chávez de la Rosa. Las licenciaturas en Leyes, Sagrados Cánones y Sagrada Teología le fueron conferidas en la Universidad del Cuzco. Sacerdote de profesión, fue, al mismo tiempo, abogado en Arequipa y profesor en el Seminario donde estudió. Allí tuvo a su cargo la docencia de Filosofía, Moral, Física y Matemáticas. Una relación de sus méritos fechada en Sevilla en 1809 lo menciona como "el primero que enseñó públicamente en Arequipa las ciencias exactas y el que estimuló a los jóvenes a que se dedicasen a ellas". En 1806 ocupó la prosecretaría del obispado en Arequipa y desde 1807, los cargos de vice-rector y prefecto de estudios del Seminario en cuyas aulas contóse entre sus alumnos Francisco de Paula González Vigil.

Chávez de la Rosa había tenido a Luna Pizarro como secretario y familiar; y, cuando el prelado se dirigió a España en 1809, el antiguo discípulo y protegido fue el único sacerdote que Se manifestó dispuesto a viajar en su compañía. En España llegó a ser nombrado capellán del Consejo de Indias y examinador sinodal de obispado de Sigüenza Permaneció en la metrópoli entre 1809 y1811 y observó de cerca el funcionamiento de las Cortes, lo cual le sirvió luego para su carrera parlamentaria, al poder dar reglas a sus inexpertos colegas. De regreso al Perú, ocupó los cargos de medio

1 Sobre las luchas oratorias, periodísticas y tumultuarias entre republicanos y monárquicos, véase el Vol. I

racionero y racionero en el coro metropolitano de Lima y secretario del cabildo eclesiástico. En 1819 optó los grados de licenciado y doctor en la Facultad de Teología de la Universidad de San Marcos Ese mismo año llegó a ser nombrado rector del Colegio de San Fernando- Su arenga laudatoria de Fernando VII en 1820, utilizada en su contra más tarde por algunos enemigos, tiene la circunstancia atenuante de la posición oficial que tenía y de la esperanza albergadas ese año en el restablecimiento de la Constitución de Cádiz por quienes buscaban un cambio en el sistema político imperante.

Se ha dicho que estableció contactos secretos con el ejército de San Martín. En los debates que surgieron en la Sociedad Patriótica sostuvo el derecho a la discrepancia cuando José Ignacio Moreno hizo el elogio de la monarquía, sin que llegara a refutar luego las ideas de éste. El Arzobispo Las Heras lo nombró miembro de la Junta de Purificación que debía informar sobre la conducta política de los clérigos; y San Martín le hizo integrar la Junta Censura y la comisión que debía preparar el proyecto de elecciones para diputados en el Congreso Constituyente.

Sánchez Carrion, siete años más joven que Luna Pizarro (nació el 13 de febrero de 1787 en Huamachuco), fue alumno, a la vez, turbulento y estudioso en el colegio limeño de San Carlos y se había distinguido corno orador vehemente, poeta y abogado en los largos años de las agitaciones precursoras de la revolución. Estaba confinado en el pueblecito de Sayán cuando San Martín entró a Lima; y desde allí mandó una "Carta" con el seudónimo "El Solitario de Sayán", defendiendo a la República y atacando a la monarquía. En la segunda carta propugnó el régimen federal De Monteagudo, el ministro monárquico de San Martín, le separó un odio profundo y prolongado hasta la muerte.

No obstante la identidad de sus convicciones, entre los dos tribunos del Congreso Constituyente existían notables diferencias. El uno había sido cauto en la época virreinal; el otro, perseguido. Mientras el primero parecía estar premunido de la ductilidad del hombre que ha vivido y viajado, en el segundo se mantenía latente la llama de sus revoltosos años de estudiante en San Carlos. Y así fue también cómo, en el Congreso, Luna actuó mientras Sánchez Carrión habló; Luna dirigió los conciliábulos mientras Sánchez Carrión entusiasmó a los auditorios; Luna fue su primer presidente y Sánchez Carrión su primer secretario. Pero más tarde la posición de ambos próceres cambió. Luna se alejó del Congreso por razones principistas Sánchez Carrión siguió en su escaño, se apartó de las actitudes rígidas, contribuyendo a abrir paso al experimento de Riva-Agüero, a la venida de Bolívar y a la Dictadura y, por fin fue el redactor principal de la constitución y el organizador de la victoria

DIMISIÓN DE SAN MARTÍN. "LA PRESENCIA DE UN MILITAR AFORTUNADO...".

Apenas instalado, convirtió el Congreso en decreto las palabras de su primer Presidente, declarando que "la soberanía reside esencialmente en la Nación y su ejercicio en el Congreso que legítimamente la representa" Aceptó la dimisión de San Martín para colmarlo de honores y recompensas, entre ellas la de designarlo "Fundador de la Libertad del Perú" y "Generalísimo de las Armas", título este último que San Martín aceptó, aunque no su ejercicio. En la proclama que San Martín lanzó ese día (pero que

los peruanos sólo conocieron después de su viaje al extranjero) incluyó las siguientes famosas palabras: "La presencia de un militar afortunado, por más desprendimiento que tenga, es temible a los Estados que de nuevo se constituyen. Por otra parte ya estoy aburrido de oír decir que quiero hacerme soberano. Sin embargo, estaré pronto a hacer el último sacrificio por la libertad del país, pero en clase de simple particular y no más. En cuanto a mi conducta pública mis compatriotas, como en lo general de las cosas, dividirán sus opiniones: los hijos de éstos darán el verdadero fallo. Peruanos: os dejo establecida la representación nacional; si depositáis en ella una entera confianza, cantad el triunfo, si no la anarquía os va a devorar. Que el acierto presida a vuestros destinos; y que éstos os colmen de felicidad y paz".

Retirado a la casa de campo de la Magdalena, montó a caballo esa misma noche y, seguido de su asistente y de una pequeña escolta, tomó la ruta entre Callao y Lima, que iba hacia Ancón. Allí se embarcó a las dos de la mañana del 22 de setiembre en el bergantín Belgrano rumbo a Valparaíso.

EL SIGNIFICADO DE LA RETIRADA DE SAN MARTÍN.

Historiadores peruanos, que representan una posición extrema, han censurado a San Martín que no estimulara el sentimiento nacional, poniendo a la cabeza del gobierno a algún personaje del país. Por lo contrario, historiadores chilenos lo han criticado más acerbamente aún porque se ocupó de modelar el Estado peruano cuando, según ellos, lo que debió hacer fue permanecer como generalísimo de mar y tierra sin fomentar un nacionalismo peligroso. Ambos juicios resultan así neutralizándose. Si San Martín, dentro de las peculiares características del Perú de 1821, se pone a buscar un caudillo, no hubiera podido encontrar sino a un jefe de facción. Por otra parte, no podía recortar su tarea limitándola al ejercicio del cargo, que se le quiere conferir en forma póstuma, de comandante de unas tropas de ocupación. El Protectorado aparece así como una fórmula intermedia, necesariamente transitoria. A pesar de su voluntario carácter interino, miró al futuro mientras intentaba respetar el pasado en lo que creía que podía ser conservado, o en lo que le parecía posible que lo fuera, y trató de nacionalizarlo para evitar que el salto brusco del coloniaje a la emancipación suscitase en los primeros momentos dificultades innecesarias San Martín tuvo, por cierto, errores, actos fallidos, esfuerzos truncos. El inventario de ellos resulta mezquino u ocioso ante la visión de conjunto, dentro de una amplia perspectiva histórica. Esto es particularmente aplicable al juicio sobre los aspectos ideológicos y militares del Protectorado. En cuanto a la fase ideológica, el debate acerca de los planes monárquicos se queda dentro de la historia de las intenciones no maduradas en la realidad. San Martín personalmente creía que, como dijo en una famosa carta de O'Higgins, las leyes que gobernaran en América debieran ser las que fuesen apropiadas a su carácter y aborrecía tanto a la anarquía como al despotismo. Pensó honestamente, sin buscar provecho para sí, que esa fórmula intermedia estaba en la monarquía constitucional. En ello se equivocó; pero, en relación con la historia del Perú, lo positivo, lo verdaderamente sanmartiniano es el respeto al principio de la voluntad popular: la convocatoria al Congreso Constituyente, la elección libre de los diputados de este Congreso y las garantías que gozaron ellos al reunirse. Por eso tienen. tanta importancia las palabras de San Martín al marino inglés Basil Hall: "No aspiro a la fama de conquistador del Perú. ¿Qué haría yo en Lima si sus habitantes me fuesen contrarios? No quiero dar un paso más allá de donde vaya la opinión pública. La opinión pública es un nuevo resorte introducido en los asuntos de estos países: los

españoles, incapaces de dirigirla, la han comprimido. Ha llegado el día en que va a manifestar su fuerza y su importancia".

Estos conceptos valen para explicar tanto la campaña de Lima como la Convocatoria al Congreso Constituyente y para explicar, también, en parte, la dimisión de San Martín. Sin este último gesto, el más discutido, San Martín no sería San Martín, y se pierde el tiempo cuando se especula sobre lo que pudo haber hecho en 1822 o en 1823, cuando su grandeza radica en lo que hizo desde la primera época de la revolución americana y en las consecuencias que eso tuvo para el destino del continente en todas sus áreas y regiones. Y, a pesar de todo, y sin que ello sea rebajar el genio de Bolívar, 1824 no puede ser comprendido en el Perú sin 1821, y para probarlo basta sólo un recuerdo: todo el equipo de jefes y oficiales peruanos que actuó en Junín y Ayacucho provenía de los días de San Martín: La Mar, Gamarra, Santa Cruz, Salaverry, Castilla, Vivanco y tantos otros, incluyendo algunos argentinos tan importantes como Suárez y Necochea.

Después de la retirada del Perú vino la expatriación. Y con ella estuvieron el abandono, la calumnia y el olvido. La bajeza, sobre todo, amargó a San Martín. "Es necesario tener toda la filosofía de Séneca o la imprudencia de un malvado para ser indiferente a la calumnia" escribió, en carta de 27 de abril de 1829, a Guido. Pero quizá ningún documento ilustra mejor acerca de la magnitud de su sacrificio como la carta al Presidente peruano Castilla, fechada el 11 de setiembre de 1848, en la que confiesa lo doloroso que fue para él resolverse a abandonar el Perú sin ver definitivamente afianzada la independencia y verse obligado a guardar un silencio absoluto sobre las verdaderas causas que le hicieron tomar esta actitud. El de San Martín es, pues, uno de