El turismo cultural es un concepto problemático, porque se compone de dos elementos, “cultura” y “turismo” (definido anteriormente), que son de por sí difíciles de definir.
El termino “cultura” es entendido, según Hofstede (1984), como “la programación colectiva de la mente que distingue a los miembros de un grupo humano de otro”, mientras que Solomón (1996) la define como “la acumulación de significados compartidos, rituales, normas y tradiciones entre los miembros de una organización o sociedad” (Weiermair, 2000).
La cultura puede ser entendida como proceso o como producto. Como proceso es un enfoque derivado de la antropología y la sociología, se considera a la cultura como códigos de conducta incorporados en un grupo social especifico. Es posible, por tanto, hablar de la cultura de un país específico o de una cultura del turismo de masas.
La cultura como producto se deriva de la crítica literaria. La cultura es considerada como el producto individual o en grupo. Así, “alta cultura” podría ser utilizada por algunos para referirse a los productos de artistas famosos, mientras que “baja cultura” podría referirse a programas de televisión. (Richards, 1996a).
Producto y proceso rara vez se solapan. Sin embargo, en el ámbito del turismo ha habido cierto grado de integración. “La cultura como proceso es el objetivo de los turistas que buscan la autenticidad y el significado a través de sus experiencias turísticas” (MacCanell, 1976; Cohen, 1979; Richards, 1996a).
Siguiendo a Jimeno Salvatierra (2008), podríamos definir una cultura como el conjunto de prácticas invertebradas de uno o varios modos de apropiación, avituallamiento, producción, reproducción y forma específica de estar en el mundo, que también depende de la conciencia y las prácticas políticas entre los grupos humanos con los que los sujetos de tal cultura mantienen intercambios diversos. La cultura está referida al lugar donde ellos se consideran ubicados y a sus prácticas.
Grande Ibarra (2001) entiende la cultura tradicional como el conjunto de creaciones que emanan de una comunidad cultural fundadas en la tradición, expresadas por un grupo o por
individuos y que reconocidamente responden a las expectativas de la comunidad en cuanto expresión de su identidad cultural y social; las normas y los valores se transmiten oralmente por imitación o de otras maneras. Sus formas comprenden, entre otras, la lengua, la literatura, la música, la danza, los juegos, la mitología, los ritos, las costumbres, la artesanía, la arquitectura y otras artes.
Siguiendo a Mathieson y Wall (1990) “la cultura consta de patrones explícitos e implícitos, de y para el comportamiento, adquirido y transmitido por símbolos, y constituye el logro distintivo de grupos humanos que incluyen sus personificaciones en los artefactos; el núcleo esencial de la cultura consta de ideas tradicionales (históricamente derivadas y seleccionadas) y, en especial, del apego de sus valores...”. Según esta definición, la cultura está constituida por los elementos condicionantes del comportamiento y por los productos de éste (Oyarzún, 1998).
En la VI Conferencia Iberoamericana de Ministros de Cultura, celebrada en Santo Domingo en el año 2002, se define el turismo cultural como una forma de turismo donde la cultura, en su materialidad o en su inmaterialidad (costumbres, tradiciones…), es el factor principal de atracción y el objetivo primero de un viaje. El turismo de patrimonio cultural lo entendemos incluido en esta categoría, ya que aunque haga hincapié en todo aquello que es reconocido como patrimonio cultural de la zona en cuestión, no deja de pertenecer como destino a la primera categoría, en el sentido en el que el patrimonio traduce los procesos de cambio, producción y evolución cultural de los que lo heredan: el patrimonio puede ser considerado como una afirmación cultural. Es un recurso útil como proyecto de sociedad, más bien considerado como compromiso que como herencia (Roldán Martín, 2003).
Para Martin de la Rosa (2003), la cultura debe ser entendida como un conjunto de recursos: “La cultura puede funcionar como un cúmulo de recursos del que los usuarios echan mano de diferente manera, en diferentes momentos y contextos y con resultados que pueden ser imprevisibles”.
Cultura y patrimonio cultural pueden ser considerados como sinónimos, aunque se trata de una similitud metodológica. El patrimonio cultural es un elemento contenido en la cultura, que a su vez contiene otros elementos. El patrimonio está constituido por recursos que en
se transmite de generación en generación. Pero historia y patrimonio no son sinónimos. El patrimonio es historia procesada a través de mitología, ideologías, nacionalismo, romanticismo, orgullo local, planes de marketing. El patrimonio es una utilización de la historia, un rescate de elementos del pasado, desde el presente, desde las circunstancias y necesidades del presente.
Según Ascanio (2004), entendemos la cultura como una entidad independiente e identificada con una comunidad étnica; no obstante, cultura y comunidad no es exactamente la misma cosa. En lo que se refiere a esta es un sistema de creencias empíricas, expresadas mediante símbolos y valores, los cuales definen la situación dentro de la cual una acción turística tiene lugar. Esta nueva dimensión de experiencias, que llamamos “cultura turística”, está organizada en un sistema de símbolos, que a su vez se relaciona con el comportamiento de los individuos y sus motivaciones.
Para Moragues Cortada (2006), la única relación entre cultura y turismo está ubicada en un catálogo de productos alternativos dirigidos a una parte minoritaria de los consumidores turísticos. Cabe aquí proponer una nueva visión, que permita: una presencia significativa, auténtica y rigurosa de contenidos culturales en las ofertas resultantes de los procesos de planificación turística; una implicación más decidida de los gestores culturales en la industria turística; procesos técnicos, realistas y rigurosos; y unos soportes de comercialización potentes.
Gali et al. (2000) entienden que el objeto del turismo cultural es esencialmente el patrimonio, tanto material o tangible como inmaterial o intangible:
- Patrimonio material de los lugares consagrados a la cultura, realizaciones hechas por el hombre, museos, monumentos, pueblos y ciudades artísticas, patrimonio arqueológico y parques prehistóricos, jardines, edificios religiosos, militares etc.
- Patrimonio inmaterial como fiestas y festivales, encuentros, tradiciones y maneras de hacer donde el pasado y el presente se hacen presentes.
Hay muchas definiciones de turismo cultural, pues una única definición ampliamente aceptada todavía no ha surgido (Richards, 1996a).
Una de las primeras definiciones corresponde al ICOMOS, que lo definía en 1976 como “la forma de turismo cuyo objeto es el descubrimiento de monumentos y sitios”, definición que se refiere únicamente al patrimonio monumental y que durante mucho tiempo permaneció como la definición clásica de turismo cultural (Grande Ibarra, 2001).
Smith (1994, tomado del artículo de Ruiz Baudrihaye, 1997) definió al turismo cultural como la absorción por parte del turista de las características que asemejan al desvanecimiento de los estilos de vida de sociedades pasadas, que observan tales fenómenos como estilos de las casas, artesanías, equipos de granja y vestidos. El turismo cultural ha sido definido por Ritchie y Zins (1978) como un elemento que es el atractivo de las regiones turísticas. Dichos autores aislaron doce elementos de cultura que atraían al turista a destinos particulares: artesanías, idioma, tradiciones, gastronomía, arte y música, historia de la religión, tipos de trabajo que desarrollan los residentes y tecnología que utilizan, arquitectura, religión, sistemas educativos, vestido y actividades de tiempo libre. (Oyarzún, 1998).
En 1984 el ECTARC (European Center for Traditional and Regional Cultures) define el turismo cultural como “aquel relacionado con el patrimonio artístico e intelectual de un área”, añadiendo el concepto de territorio a la definición (Grande Ibarra, 2001).
En 1985 la OMT trata de aproximarse a dicho concepto desde dos puntos de vista: “El movimiento de personas debido esencialmente a motivos culturales como viajes de estudio, viajes a festivales u otros eventos artísticos, visitas a sitios y monumentos, viajes para estudiar la naturaleza, el arte, el folklore, y las peregrinaciones”, y otra de carácter más general en referencia a “todos los movimientos de personas para satisfacer la humana necesidad de diversidad, orientados a elevar el nivel cultural del individuo, facilitando nuevos conocimientos, experiencias y encuentros” (Grande Ibarra, 2001).
El turismo cultural se define por Goeldner y McIntosh (1986) como compuesto por “todos los aspectos de los viajes, los viajeros que aprenden acerca de la historia y el patrimonio de los demás o sobre sus formas contemporáneas de la vida o el pensamiento” (Richards, 1996b).
En 1991 el grupo de trabajo ATLAS (European Association for Tourism and Leisure Association), en su proyecto de investigación sobre el turismo cultural, plantéa dos
definiciones que partían de las conclusiones de un estudio previo elaborado por la ITB sobre los recursos de turismo cultural, realizado en 1988 para la Unión Europea. Por un lado una definición técnica turística: “todo movimiento de personas hacia atracciones específicamente culturales como sitios patrimoniales, manifestaciones artísticas y culturales, arte y representaciones, fuera de sus lugares habituales de residencia”. Y por otro ICOMOS lo definió como “el movimiento temporal de personas hacia una atracción cultural fuera de su lugar habitual de residencia, con la intención de satisfacer sus necesidades culturales” (Grande Ibarra, 2001).
Bonink (1992) identifica dos enfoques de la definición de turismo cultural. El primero se centra en describir el tipo de atracciones visitadas por los turistas culturales, y está relacionada con un producto basado en la definición de cultura. El segundo intenta unir las actividades y motivaciones de los turistas. Se trata de un enfoque conceptual.
ATLAS, en 1992, lo define como todo movimiento de personas hacia atracciones específicamente culturales como sitios patrimoniales, manifestaciones artísticas y culturales, arte y representaciones, fuera de sus lugares habituales de residencia (...), y una definición más conceptual: el movimiento temporal de personas hacia una atracción cultural fuera de su lugar habitual de residencia, con la intención de satisfacer sus necesidades culturales (Toselli, 2003).
Un paso más lo aporta GEATTE (Grupement d`Étude et d`Assistance pour l`Amenagement du Territoire, le Tourisme et l`Environnement), afirmando que para hablar de turismo cultural es necesario que al desplazamiento turístico se añadan tres condiciones: el deseo de cultivarse, conocer y comprender los objetos, las obras y los hombres; el consumo de una prestación de tipo cultural (monumento, obra de arte…); y la intervención de un mediador, persona, documento escrito o material audiovisual, que ponen en valor o generan el producto cultural” (Grande Ibarra, 2001).
Richards (1996b) hace una distinción entre la definición conceptual y la técnica. Entendiendo por conceptual el movimiento de las personas a las atracciones culturales fuera de su lugar normal de residencia, con la intención de recopilar nueva información y experiencias para satisfacer sus necesidades culturales; y por técnica, todos los movimientos de las personas a
las atracciones culturales, tales como los sitios del patrimonio artístico y manifestaciones culturales, las artes y el teatro fuera de su lugar habitual de residencia.
Para Prentice (1997) “El turismo cultural y paisajístico es un concepto mucho más amplio que el que implicaría centrarse en palacios, catedrales, templos y galerías de arte; sus recursos incluyen la geografía histórica, la arqueología, la literatura y la gestión medioambiental, por citar sólo algunos de ellos. Esencialmente, el turismo cultural y paisajístico se refiere a lo que un geógrafo denominaría lugar, como comprensión de los lugares como son en sentido absoluto, y además al patrimonio.” (Grande Ibarra, 2001).
Richards (2001) declara que el turismo cultural puede ser visto como que abarca a ambos conceptos, tanto el turismo del patrimonio cultural (relacionado con artefactos del pasado), como el turismo del arte (relacionado con la producción cultural contemporánea).
Para Rodríguez Achutegui (2001), “El turismo cultural es un fenómeno reciente que surge como consecuencia del alto nivel de vida que se ha conseguido en las sociedades desarrolladas, es decir, es el resultado final de un proceso de mejoras sociales, incremento del tiempo libre y diversificación de las actividades de ocio”.
Montero Muradas et al., (2001) entienden el patrimonio cultural como un componente de un producto turístico que satisface una forma de turismo, pero son muchos los factores los que contribuyen a la sensación de identidad del sitio/lugar cultural que se aprecia en los destinos turísticos.
Según Ashworth (1997), patrimonio, identidad cultural del lugar y turismo son los vértices de una estrecha relación, dado que:
- El patrimonio cultural contribuye a la identidad cultural de la sociedad.
- El patrimonio cultural soporta el turismo.
- El turismo en general y el turismo cultural en particular contribuyen a la apreciación individual de lugares, así como la identificación cultural de la sociedad. Esta idea es asumida como objetivo que inspiran las funciones de educación y socialización del patrimonio cultural por sus órganos gestores. (Montero, 1993, 1996).
Chías (2002) lo define como un viaje, a lugares diferentes de la residencia habitual, de un publico interesado por conocer otras culturas contemplando recursos culturales, principalmente los relacionados con la historia y el arte.
Iriarte Céspedes (2002), en Fresneda Fuentes (2008), señala que este tipo de turismo se da cuando el atractivo que llama al turista es algún tipo de producción humana, una obra de arte o un conjunto de ellas, una tradición culinaria, una construcción o un conjunto arquitectónico de características muy peculiares, una ceremonia única en su género, un espectáculo de danza, etc.
García Zarza (2002) denomina turismo cultural a las actividades que atraen a gentes de otros lugares a desplazarse hasta ellos, para conocer, participar, enriquecer su formación estético- cultural, disfrutar con su contemplación, degustación o participando en los mismos.
Barreto (2003) define turismo cultural, siguiendo a la Organización Mundial de Turismo, como aquel cuyos atractivos son estudios, cultura, arte, festivales, monumentos, sitios históricos o arqueológicos, manifestaciones folklóricas o peregrinaciones.
Recogiendo las conclusiones de la Secretaría General de Turismo, Vázquez Casielles (2003a) propone la siguiente definición de turismo cultural: Organizar y realizar un viaje con una propuesta de contenido territorial o temático para llevar a cabo actividades que permiten experimentar la cultura y las diferentes formas de vida de otras gentes y, como consecuencia, conocer y comprender sus costumbres, tradiciones, entorno físico, ideas intelectuales y lugares históricos, arqueológicos, arquitectónicos o de otra significación cultural.
Los aspectos fundamentales de esta definición son cinco. En primer lugar, la necesidad de organizar y realizar un viaje a lugares diferentes de la residencia habitual. En segundo lugar, la propuesta de contenido puede ser territorial y/o temática. En tercer lugar, preocupación e interés por la cultura, entendida como una manifestación básica de la identidad, del saber y de la historia de los pueblos. En cuarto lugar, una gran variedad de recursos susceptibles de potenciación cultural. Los recursos pueden ser de carácter tangible o intangible, temporales o permanentes. En quinto lugar, la amplitud de las motivaciones. Se puede segmentar el mercado de acuerdo con la motivación cultural del turista.
Santana Talavera (2003a) entiende el turismo cultural e histórico como el momento de construcción de la tipología desde lo “pintoresco” y el “color local”, los vestigios de una vida en proceso de extinción, hasta los circuitos de ruinas, monumentos y museos, pudiendo incluir ciudades o espacios donde se desarrollaran los acontecimientos a resaltar. Asume las directrices de la WTO (World Tourism Organization) pero además afirma que se hace bastante difícil separarlo por completo del turismo étnico, salvo porque no cuenta con el elemento diferencial del “exotismo” y porque, en tanto que productos individuales, puede ser complementario al turismo recreacional, de mayor número y frecuencia de turistas sobre los destinos. Es posible observar que se llega al mismo, tal y como hoy lo concebimos y consumimos, a través del desarrollo del ciclo de vida de los turismos convencionales. Aunque las formas primigenias de turismo cultural están presentes en los orígenes del turismo, no es hasta la implementación y desarrollo del turismo de masas y la consolidación del Estado de Bienestar, que se dan las condiciones necesarias para el gran impulso de aquél.
Bachleitner y Zins (1999), en Santana Talavera (2003b), consideran que el turismo cultural ha sido estimulado por los siguientes factores: la discusión ecológica, la forma de organizar las vacaciones, la posibilidad de ofrecer la cultura como una experiencia individual y la posibilidad de garantizar el prestigio social.
El turismo cultural está relacionado actualmente con la atracción que sobre los turistas potenciales ejerce “lo que las personas hacen” (Singh, 1994), incluyendo la cultura popular, el arte y las galerías, la arquitectura, los eventos festivos individuales, los museos y los lugares patrimoniales e históricos, con el propósito de experimentar la cultura en el sentido de una forma distinta de vida (Hughes, 1996), y participar en nuevas y profundas experiencias culturales tanto en lo estético como en lo intelectual, emocional o psicológico (Stebbins, 1996; Santana Talavera, 2003b).
El turismo cultural aparece vinculado a otras tipologías en donde los turistas realizan de forma complementaria un dispendio cultural. “Si entendemos la cultura en un sentido amplio (el interés por objetos y formas de vida de otros pueblos), la mayor parte de turistas consumen en algún momento productos culturales (más o menos auténticos o
mercantilizados al estilo de parques temáticos) y todo destino turístico ofrece en un grado u otro alguna oferta cultural (Bonet Agustí, 2003).
Vázquez Casielles (2004) recoge una definición de la Secretaria General de Turismo que lo delimita como el organizar y realizar un viaje con una propuesta de contenido territorial o temático para llevar a cabo actividades que permiten experimentar la cultura y las diferentes formas de vida de otras gentes y, como consecuencia, conocer y comprender sus costumbres, tradiciones, entorno físico, ideas intelectuales y lugares históricos, arqueológicos, arquitectónicos o de otra significación cultural.
Montero Muradas y Oreja Rodríguez (2005b) acogen la definición del ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios Histórico-Artísticos) que redactó la Carta de Turismo Cultural, en la que se define como aquella forma de turismo que tiene por objeto, entre otros fines, el conocimiento de monumentos y sitios históricos-artísticos y que ejerce un efecto realmente positivo sobre estos en tanto en cuanto contribuye a su mantenimiento y protección.
Según TURESPAÑA (2005), “el turismo cultural es un viaje con la finalidad específica de conocer a fondo un lugar, su gente y sus costumbres, y en el que el turista se dedica a visitar lugares históricos, monumentos, edificios, asistir a espectáculos específicos de música, arte…y disfrutar de la gastronomía."
La oferta de turismo cultural es planteada según la disponibilidad de los siguientes recursos culturales básicos (Montero y Oreja, 2005a):
- Recursos culturales de carácter religioso.
- Recursos culturales de carácter monumental.
- Otros recursos materiales ligados con la historia.
Para Toselli (2006), el turismo cultural puede jugar un papel estimulador para revalorizar, afirmar y recuperar los elementos culturales que caracterizan e identifican a cada comunidad ante un mundo globalizado.
No es fácil definir el concepto de turismo cultural, pues en algún momento todo turista consume productos culturales, de forma consciente o no, más o menos auténticos o mercantilizados. Tres condiciones deben darse para poder hablar de turismo cultural: el deseo de conocer ciertos objetos o vivencias, actuales o del pasado; el consumo de un producto que contenga e incluya significado cultural: monumento, obra de arte, espectáculo...; la intervención de un mediador, ya sea persona, documento escrito o material audiovisual, que tenga la función de subrayar el valor del recurso cultural, su presentación y explicación, y lo convierta en un producto turístico-cultural (Bonet Agustí, 2008a).
Ante lo expuesto anteriormente, podemos considerar que el concepto de turismo cultural ha evolucionado a lo largo del tiempo. Así, en los comienzos no se tenía conciencia de estar realizando este tipo de turismo. Sólo se le daba importancia al hecho de viajar, de estar fuera del domicilio habitual unos días y de conocer nuevos lugares. Posteriormente se empezó a dar importancia a los monumentos existentes en el lugar a visitar (museos, iglesias, palacios…), pero todo o casi todo era obra arquitectónica o escultórica, era algo que se podía percibir por los sentidos, material.
Actualmente, sin embargo, no sólo se busca abandonar el domicilio habitual y la ruptura de