El término género se incorpora en las ciencias sociales a partir de la década del 50, cuando el investigador John Money propone el término papel de género (gender role) para describir el conjunto de conductas de varones y mujeres. Luego, a fines de la década del 60, Robert Stoller (1968) establece más claramente la diferencia conceptual entre sexo y género basándose en una investigación en niños y niñas que debido a problemas anatómicos habían sido educados de acuerdo a un sexo que fisiológicamente no era el suyo. Stoller (1968) observa que esos niños se empeñaban en mantener las formas de comportamiento del sexo en el que habían sido educados, y de este modo, nos acerca a la idea principal que define al sexo como la diferencia sexual inscrita en el cuerpo, y al género como los significados que cada cultura le atribuye a dicha diferencia (Burín y Meler, 2000; Gomariz, 1992). De esta manera, el concepto de género contribuye a la idea de que la anatomía no es lo que posiciona a mujeres y hombres en ámbitos y jerarquías distintas, sino la simbolización que las sociedades hacen de ella (Lamas, 1999: 87).
Siguiendo a varios autores (Lamas, 1999; Scott, 1996: Bourdieu, 2000a [1998]), encontramos que la definición del concepto de género se articula en torno a dos ejes principales: la diferencia sexual y el poder/ la dominación. Relacionando a ambos, se instala la noción de división u oposición, la idea de lo binario: varón/ mujer, masculino/ femenino, dominante/ dominado.
Para Bourdieu (2000a [1998]), la dominación está inscripta en los cuerpos en forma de
habitus28. Bourdieu sitúa el origen de la dominación masculina más allá de la diferencia
sexual (física) y la inscribe en prácticas ancladas ya sea en el físico/ en los cuerpos, como en loshabitus de varones y mujeres, que tienden a establecer divisiones de género en todos los ámbitos de la vida (estructurando de esta manera todas las desigualdades sociales, y no sólo las de género). Esta división del mundo basada en las diferencias biológicas sobre todo en las diferencias referidas al trabajo de procreación y reproducción- actúa como la mejor fundada de las ilusiones colectivas. De este modo, el concepto de género estructura la percepción y organización, concreta y simbólica, de toda la vida social (Bourdieu, 2000a [1998]).
Todo conocimiento descansa en una operación fundamental de división: la oposición entre lo masculino y lo femenino. Las personas aprenden esta división a partir de actividades cotidianas imbuidas de sentido simbólico, mediante la práctica. Establecidos como conjuntos de referencias, los conceptos cotidianos sobre lo femenino y lo masculino estructuran la percepción y la organización concreta y simbólica de toda la vida social. De este modo, la división de las cosas y las actividades de acuerdo con la oposición entre lo masculino y lo femenino se inserta en un sistema de oposiciones homólogas: alto/bajo, arriba/abajo, delante/detrás, derecha/izquierda, recto/curvo, seco/húmedo, duro/blando, fuera (público)/ dentro (privado) (Bourdieu, 2000a [1998]). Las diferencias sexuales están inmersas en el conjunto de oposiciones que organizan todo el cosmos, la división de tareas y actividades y los papeles sociales. Las oposiciones se construyen sobre las diferencias sexuales, y se perciben como naturales , por lo cual se oculta la relación de dominación que está en la base. La diferencia sexual ( diferencias visibles entre los órganos sexuales masculino y femenino ) es una construcción social que tiene su génesis en los principios de la división de la razón androcéntrica, fundada a su vez en la división de los estatutos sociales atribuidos al hombre y a la mujer (Bourdieu, 2000a [1998]: 28).
El orden social masculino se impone gracias al acuerdo perfecto e inmediato que obtiene de estructuras como la organización social del espacio y tiempo, la división sexual del trabajo, y de estructuras cognitivas inscritas en los cuerpos y las mentes que se traducen mediante el mecanismo de la oposición binaria, en habitus. Estos habitus
son producto de la encarnación de la relación de poder, que lleva a conceptualizar la relación dominante/ dominado como natural .
La división entre los sexos parece estar en el orden de las cosas , como se dice a veces para referirse a lo que es normal y natural, hasta el punto de ser inevitable: se presenta a un tiempo, en su estado objetivo, tanto en las cosas ( ) como en el mundo social y, en estado incorporado, en los cuerpos y en los hábitos de sus agentes, que funcionan como sistemas de esquemas de percepciones, tanto de pensamiento como de acción (Bourdieu, 2000a [1998]: 21).
La eficacia de lo masculino reside en que legitima una relación de dominación al inscribirla en lo biológico, que es en sí mismo una construcción social biologizada. Mediante la socialización se imponen las relaciones de dominación de género de manera progresiva: la masculinidad se impone a los varones, y la feminidad a las mujeres (Lamas, 1999). Así, tanto varones como mujeres son prisioneros del género (Flax, 1990: 4), dominados por su dominación (Bourdieu, 2000a [1998]: 89).
La dominación masculina está anclada en nuestros inconcientes, en las estructuras simbólicas y en las instituciones de la sociedad (Bourdieu, 2000a [1998]).
Según Bourdieu, la familia es la que asume el papel principal en la reproducción de la dominación y la visión masculinas. Sin embargo, si bien la unidad doméstica es uno de los lugares en los que la dominación masculina se manifiesta de manera más indiscutible y más visible ( ) el principio de la perpetuación de las relaciones de fuerza materiales y simbólicas que allí se ejercen se sitúa en lo esencial fuera de esta unidad, en unas instancias como la Iglesia, la Escuela o el Estado (Bourdieu, 2000a [1998]: 140).
En esta perpetuación de las relaciones de dominación masculinas, para Bourdieu cobra un rol fundamental el Estado, que:
ha acudido a ratificar e incrementar las prescripciones y las proscripciones del patriarcado privado con las de un patriarcado público, inscrito en todas las instituciones encargadas de gestionar y de regular la existencia cotidiana de la unidad doméstica. Sin alcanzar el grado de los Estados paternalistas y autoritarios ( ) realizaciones perfectas de la división ultraconservadora que convierte a la familia patriarcal en el principio y en el modelo del orden social como orden moral, basado en la preeminencia absoluta de los hombres respecto a las mujeres, de los adultos respecto a los niños, y de la identificación de la moralidad con la fuerza, la valentía y con el dominio del cuerpo ( ) los Estados modernos han inscrito en el derecho de la familia, y muy especialmente en las reglas que regulan el estado civil de los ciudadanos, todos los principios fundamentales de la visión androcéntrica(Bourdieu, 2000a [1998]: 109).
Al igual que Bourdieu, Hollway (1984) problematiza el concepto de género haciendo referencia a losdiscursos socialmente dominantes sobre lo masculino y lo femenino, y
también alude a la reproducción de las diferencias de género a través de las prácticas. La autora distingue entre la reproducción (sin guión) que enfatiza el mantenimiento más que el cambio- y el concepto de re-producción (con guión) mediante el cual intenta significar que cada práctica es una producción (lo que llama su positividad ). Por lo tanto, las prácticas diarias y el significado mediante el cual adquieren su efectividad, pueden contribuir al mantenimiento de las diferencias de género (reproducción sin guión) o su modificación (la producción de significados diferenciales de género que llevan a un cambio en las prácticas).
Para Hollway, son los discursos socialmente dominantes los que producen significado. De esta manera, la asunción generalizada sobre los varones en nuestras sociedades es que son poderosos, racionales, autónomos, controlados y seguros. Estas características
son, por definición, positivamente valoradas en los discursos sexistas. El efecto es poner en primer plano las cualidades de los varones y ocultar su debilidad, y hacer lo contrario para las mujeres.
A través de la posición que asumimos en el discurso, los individuos invertimos en ciertas posiciones sociales. Al considerar que los individuos tieneninversiones (en este
caso específicas de género) en tomar ciertas posiciones en los discursos, y consecuentemente en las relaciones interpersonales, la autora está afirmando que habrá cierta satisfacción o pago a cambio o recompensa para esa persona (la que invierte). La satisfacción podrá estar en contradicción con otros sentimientos; no es necesariamente racional o conciente. La inversión de los sujetos -así como las posiciones disponibles ofrecidas por los discursos- son socialmente constituidas y constituyentes de subjetividad. Para respondernos cómo un individuo asume posiciones en un discurso y no en otros debemos considerar las historias individuales y la inversión de ese individuo en esa posición determinada. Todo análisis que se centre en la posición subjetiva en los discursos requiere tener en cuenta la inversión que realizó esa persona en tomar esa posición y no otras en un discurso diferente. La posibilidad de cambio en Hollway está dada a partir de las contradicciones en nuestras posiciones, deseos y prácticas y por lo tanto en nuestras subjetividades- que son consecuencia de la coexistencia de lo nuevo y lo viejo. Cada relación y cada práctica de alguna manera articula estas contradicciones y es un lugar para el cambio potencial, tanto como un lugar para su reproducción.
Teniendo en cuenta todo lo anteriormente expuesto, podemos afirmar que el desafío del género es desarticular o deconstruir los términos de la diferencia sexual y de la oposición binaria (Scott, 1996), develar lo no natural o la construcción social/ cultural que subyace a la división sexual que parece estar en el orden de las cosas (Bourdieu, 2000a [1998]):
es preciso reconstruir la historia del trabajo histórico de deshistorización o, si se prefiere, la historia de la (re)creación continuada de las estructuras objetivas y
subjetivas de la dominación masculina que se está realizando permanentemente, desde que existen hombres y mujeres, y a través de la cual el orden masculino se ve reproducido de época en época. En otras palabras, una historia de las mujeres que intente demostrar, aunque sea a pesar suyo, una gran parte de las constancias y las permanencias, está obligada, si quiere ser consecuente, a dejar un espacio, y sin duda el más importante, a la historia de los agentes y de las instituciones que concurren permanentemente a asegurar esas permanencias, Iglesia, Estado, Escuela, etc. (Bourdieu, 2000a: [1998] 105, subrayado del autor)
De este desarrollo conceptual se desprende una definición operacional del concepto de género. En este trabajo consideramos la definición que desarrolla Scott
(1996), que creemos que sintetiza lo expuesto anteriormente en este apartado, incluyendo los aspectos simbólicos de la diferencia sexual, como también lo referente a la dominación y al poder.
El núcleo central de su definición se basa en una conexión entre dos proposiciones: 1. El género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las
diferencias que distinguen los sexos, y
2. El género es una forma primaria de relaciones significantes de poder.
Como elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos, el género comprende cuatro elementos interrelacionados:
i. símbolos culturalmente disponibles que evocan representaciones, múltiples y a menudo contradictorias
ii. conceptos normativos que manifiestan las interpretaciones de los significados de los símbolos. Se expresan en doctrinas religiosas, educativas, científicas, legales y políticas, que afirman unívocamente el significado del varón y mujer, masculino y femenino. La oposición que emerge como dominante es expuesta como la única posible, y la historia se escribe como si esas posiciones normativas fueran producto del consenso social y no del conflicto.
iii. Por lo tanto, se debe incluir en el análisis de género nociones políticas y referencias a las instituciones y organizaciones sociales29.
iv. La identidad subjetiva es el cuarto aspecto del género a considerar. En este punto, Scott se posiciona críticamente respecto al psicoanálisis, dado que considera que -si bien es una teoría importante sobre la reproducción del género-, su pretensión universal le quita una mirada histórica. Destaca así que los historiadores necesitan investigar las formas en que se construyen esencialmente las identidades de género y relacionarlas con las actividades, organizaciones sociales y representaciones culturales históricamente específicas.
Así, retomando a Hollway (1984), creemos que es central considerar el discurso socialmente dominante sobre las diferencias de género, así como también la posición en la que invierte cada individuo respecto a este discurso y -consecuentemente- respecto a sus relaciones interpersonales.
Por último, el entender el género como una forma primaria de relaciones significantes de poder es el fundamento de la teorización del género. Según Scott (1996), el género es el campo primario dentro del cual o por medio del cual se articula el poder (aunque no el único), en el marco de las tradiciones judeo cristiana e islámica.