CHAPTER 3 MAPPING STUDY ON THE USE OF EYE-TRACKING TECHNIQUES
3.4 Study Results
3.4.3 RQ3.3: How Much Have Eye-tracking Studies Contributed to Software
misma historia.
En Differdange
es diferente, le
contesté, hay
muchas historias
en Differdange
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ro fin de la ciudad a cada lado? Igual que esta otra frontera, más antigua aún que la primera, esta divisoria de aguas situada un poquito más al sur, al pie de la colina de Zolverknapp, que señalaba el verdadero principio y el verdadero fin de Differdange dentro de un comienzo y un fin mucho más amplios, entre el Mosa y el Rin, como si allí mismo, bajo las cabinas del teleférico, hubiera nacido un lugar predestinado, sin saberlo, a convertirse en el centro de un no man’s land encajado entre dos valles que empiezan allí, sí, pero terminan en otro lado.
Pero el teleférico ya no estaba ahí, lo que descendía hacia la fábrica de Differ- dange, sobrevolando las casas rojas y grises y el cementerio gris y negro, era un gasoducto, grande y feo como los tejados de las casas. Una tubería que conectaba Differdange al mundo exterior y que bombeaba sin cesar sangre nueva a la ciudad, que en ese lugar parecía sufrir dificultades para seguir respirando. Una ciudad con el gota a gota, me dije, y me invadió un deseo repentino de bajar corriendo la cuesta campo a través. Pero los campos eran inaccesibles debido a las innumerables cercas que los separaban. Differdange es feo, dijo otra vez Lucie. Sí, se ha vuelto bastante feo, concedí. Y esta respuesta me hizo daño en algún sitio.
Sandra volvió la primera al auto. ¿Estaba decepcionada o no quería decepcionar- me? Con todo lo que le había contado acerca de mi ciudad natal, la conocía casi mejor que yo. De las cabinas del teleférico de Oberkorn a las alturas de la place de la Pas- sion se extendía un territorio que yo había plantado en su imaginación. Pero ¿quién la había introducido en la mía? ¿Dónde, entre mis propios olvidos y las verdaderas metamorfosis causadas por el tiempo, se situaba el desgarro? Mi ciudad natal no había experimentado demasiadas dificultades para pasar de una imaginación a otra. Cuan- do hablaba de ella, cuando la relataba, entraba de modo natural en la memoria de Sandra, y aún en la de Lucie. Pero ¿qué relación existía entre lo que yo relataba y la ciudad real, la que se extendía ahora ante nosotros? ¿Y qué otro hilo enlazaba esta ciu- dad con la que había conocido durante mi infancia? Bruscamente, ante nosotros se extendían cuatro Differdanges, y ninguna parecía de verdad. Cada una era tan sólo una versión entre otras de una historia.
Quiero ver al enanito, dijo de pronto Lucie. ¿Dónde está el enanito que hace din- dín, dindín?
El enanito estaba ahí, en su sitio, encerrado en su pabellón circular del parc Ger- lache. Lucie, al verlo, tuvo miedo. Es cierto que el hombrecito abría desmesurada- mente los ojos, como si quisiera tragarse el mundo entero a su alrededor. Y sin embar- go, parecía ciego. Sus dos pupilas negras, inmóviles en medio del blanco de los ojos, no miraban a ninguna parte. Y parecía sufrir terriblemente. Su boca muda, o el peda- cito rojo que de ella se veía, perdida en una enorme barba blanca más ingente que un glaciar, recordaba una herida muy reciente. Lo único tranquilizador era el vestido tan azul y el pantalón tan rojo que parecían repintados. Entonces, con las manos sujetas a unos martillos, se puso de repente a golpear enérgicamente las campanillas que rodeaban su rostro inerte. Lucie se sobresaltó, pero las agujas oxidadas del reloj flo- ral, situadas al lado del enano, no se movieron. Ni un milímetro.
agujas del reloj no tenían ganas de medir el tiempo. Como si, parándose, quisieran protestar contra algo. Y mientras mi mirada iba y venía entre el pabellón y el reloj, pensé que Lucie y Sandra estaban recordando, como yo, las innumerables anécdotas que les había contado acerca del enano del parc Gerlache. Cada vez que Lucie no con- seguía dormirse, yo añadía una variante a la historia que inventaba. Así, Lucie sabía que los habitantes de Differdange habían observado repetidas veces que el enanito ya no estaba en su pabellón. Había desaparecido sin más. Durante la guerra, por ejem- plo, cuando se negó a hacer avanzar el tiempo, se había escondido en medio de un bosque y sólo había reaparecido cuando los nazis se hubieron marchado. En otra oca- sión, durante el campeonato mundial de fútbol, los italianos, felices de su victoria, lo habían robado y sólo lo habían devuelto una vez repintado de rojo, blanco y verde. Pero ahora parecía soldado definitivamente a su habitáculo, y el tiempo, del cual había sido dueño, ya no le obedecía.
Quizá no sea el mismo, dijo de repente Lucie, como si sintiera que debía conso- larme. Alguien lo robó y puso otro en su lugar, un enano malo con ojos de lobo.
Lucie tenía razón. Nada era igual. Antes, a través de la cortina de árboles, ya tuvieran hojas o no, se veían los altos hornos y las chimeneas de la fábrica. Ahora habían desaparecido. Los árboles eran casi esqueletos, y detrás no había nada. Ni ras- tro de las feas construcciones metálicas que surcaban como enormes grúas el cielo gris de la ciudad. Quise ir a ver más de cerca. La fábrica debía empezar detrás del cine del Parque. Bastaba situarse delante del edificio rojizo y alzar la vista. El resto venía por si sólo. Los ojos quedaban prendidos de las estructuras metálicas. ¿Cuántas veces no habré maldecido esos altos hornos y esas chimeneas, que escupían su sucio polvo por encima de la ciudad, un polvo que se introducía en todo y amenazaba a cada instan- te con trabar el engranaje de la vida cotidiana? Qué idea ésa de poner una fábrica en medio de una ciudad, había dicho Sandra cuando le conté que la escuela primaria, mi escuela primaria, se encontraba casi enfrente del portal de la Hadir. Pero es todo lo contrario, había respondido yo, la fábrica estaba allí antes, la ciudad llegó después. En esto pensaba mientras me acercaba al cine del Parque. Pero era imposible encon- trar el cine del Parque. En su lugar había un supermercado, y por detrás el cielo esta- ba vacío. La ciudad vino después, me dije de nuevo, y también eso me puso triste, porque ahora nada venía, todo se iba. ¿Tenía ya sentido Differdange sin un principio, sin sus altos hornos, sin su cine? Sin sus cines. Porque hace mucho tiempo, mucho, mucho tiempo, Differdange tenía cuatro cines, cuatro cines cuyos nombres venían de otra parte: Apollo, Mirador, Palace y Parc. Cuatro cines que contaban cuatro histo- rias venidas de otro lugar. ■
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Jean PORTANTE (Diferdange, 1950)
Escritor, traductor y periodista. Según sus biógrafos, en su novela Mrs. Haroy o la memoria de la
ballena, a la que corresponde este fragmento “ofrece a las ballenas sedentarias nuevos mares del
sur. A eso se le llama Europa”. Jean Portante es fundador de la Academia Europea de Poesía y miembro del Internacional P.E.N. (Centro francófono de Bélgica).
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Nederland
Toen ik op maandagochtend 4 januari 1999 uit Amsterdam vertrok woei er een gierende storm. De wind trok ribbels op de waterige keien, zette koppen op de golven van het IJ, floot onder de kap van het Centraal Station. Een ogenblik dacht ik dat Gods hand al dat ijzer even oplichtte en weer liet zakken.
Ik sleepte een grote zwarte koffer achter me aan met een notebook, een mobiele telefoon
waarmee ik mijn dagelijkse stukjes kon
doorsturen, wat hemden en toiletspullen, een cd-
rom met de Encyclopaedia Britannica en zeker vijftien kilo boeken tegen de zenuwen. Ik wilde beginnen met de nieuw-barokke steden van 1900, met de lichtheid van de Parijse
Wereldtentoonstelling, met koningin Victoria die regeerde over een imperium van zekerheden, met het opstuwende Berlijn.
De lucht was vol lawaai: het slaan van de golven, het gekrijs van de meeuwen op de vlagen, het geraas in de kale boomtakken, de trams, het verkeer. Er was weinig licht. De