CHAPTER 4 IMPACT OF REPRESENTATION TYPE ON PROGRAM COMPRE-
4.4.3 RQ4.3: Given a Graphical and Textual Representations of a Compre-
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Austria
Sin la agricultura,
la cultura del
continente se
empobrecería y
perdería su
semblante europeo
Desde la adhesión de España hace ya 21 años a la entonces Comunidad Económica Europea –que ahora lleva el nombre de Unión Europea– ésta ha tenido una enorme influencia en el destino de España. El 50 aniversario de la Unión Europea es una exce- lente ocasión para analizar los efectos que ha tenido la cultura europea sobre España, tanto en el pasado como en el presente, pero, también para poner de manifiesto cuán- to se beneficia Europa de la cultura española.
La cultura europea no ha de entenderse tanto como una “cultura europea homogé- nea”, sino más bien como una cultura que se manifiesta a través de la diversidad rei- nante en nuestro continente y representa nuestra mayor riqueza. Naturalmente, siem- pre ha habido influencias de otros países, pero debido a la forma actual de la globali- zación, se produce en nuestros días un mayor intercambio cultural que permite una penetración cada vez mayor de las características culturales de los países europeos en la vida diaria de los demás Estados miembros y aumenta enormemente las influencias de los países no europeos. Este intercambio no sólo afecta a todos los ámbitos más ele- vados de la cultura, desde la arquitectura hasta la música, pasando por nuestra forma de experimentar la cultura en la vida diaria, sino muy especialmente a una parte de la cultura europea, que me interesa en particular: la AGRIcultura.
La respuesta a la pregunta sobre la identidad de la agricultura europea encierra al mismo tiempo la decisión concreta a favor de uno de los dos términos “farming” o “agriculture”.
Permítanme iniciar mis reflexiones con una comparación entre el modelo agrario europeo y el norteamericano. El concepto de “farming” refleja la idea de que el sector agrario es un sector económico como cualquier otro. Esto coincide con la suposición de que el fomento de la agricultura se puede considerar igual que el fomento de la extrac- ción de hulla en Alemania y, por lo tanto, tarde o temprano tendrá que terminar. Fren- te a ello, el concepto de “agriculture” contiene la idea de que la AGRIcultura, con sus complejas aportaciones, es parte de nuestra cultura europea y, por ende, de nuestra iden- tidad europea. Sin la agricultura, la cultura del continente se empobrecería y perdería su semblante europeo. La diferencia entre los dos modelos queda clara cuando se com- para, por ejemplo, la agricultura en España con la del Medio Oeste de Estados Unidos. Aquí, un paisaje de cultivo muy sutilmente estructurado, múltiple y variado, estético y que tiene un efecto positivo sobre el ánimo las personas; allí una estepa agraria monó- tona, pobre en tipos de cultivo, aburrida y con un efecto deprimente sobre el ánimo.
Hace siglos que la diversidad y la calidad impregnan la idea europea de cultura y la convierten así en algo especial. Esta forma de ver las cosas se refleja, por una parte, en los ricos bienes culturales y, por otra, en los variopintos paisajes europeos. Preci- samente España es un excelente ejemplo de ello: el 54% de la superficie del país son
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cultivos y, especialmente, los cítricos, olivos y viñas ponen una nota de color en el paisaje. ¿Qué viajero no queda prendado del encanto de las plantaciones de árboles frutales, de los típicos olivares o de los viñedos?
Del mismo modo que los paisajes, también los productos típicos del país, proce- dentes de agricultores y elaboradores reflejan la comprensión europea de la cultura. Europa sería pobre sin cocinas como la española, que contribuye notablemente a la riqueza europea con sus clases de vinos y quesos, con jamón, aceite de oliva y pro- ductos de charcutería. Los productos únicos que este país ofrece son una parte impor- tante de la identidad cultural europea: ¿a quién no se le hace la boca agua cuando piensa en un jamón serrano o en un jamón de pata negra, o quizá también en un jugo- so chorizo? Un trozo de queso manchego y un vaso de un Rioja con cuerpo hacen per- fecta cualquier comida. Por ello, no es de extrañar que justamente España sea uno de los países pioneros entre los Estados miembros a la hora de luchar para que estas exquisitas especialidades estén protegidas. Gracias a las estrechas comunicaciones en Europa ha sido posible que estas delicias típicamente españolas hayan llegado, mien- tras tanto, también al resto de Europa. Al mismo tiempo, el intercambio se produce también en sentido inverso y otros productos europeos también se abren paso en España. Así a través de la influencia de la cocina italiana, belga o francesa –por citar sólo algunos ejemplos de las excelencias gastronómicas de Europa– se enriquecen a su vez las “alegrías del paladar” en España.
Aparte de la importancia cultural que reviste la diversidad de los productos agra- rios europeos, hay que agradecer a los agricultores sus enormes esfuerzos, que han permitido que, a lo largo de los siglos, se formaran las incomparables tierras de cul- tivo que tenemos en Europa. Sólo hace falta pensar en el Parque Nacional de Doña- na en Andalucía, que perdería parte de su riqueza sin los arrozales, o en los paisajes de Galicia que sin las pequeñas parcelas rodeadas de arbustos resultarían bastante monótonas, por no hablar de los bosques de alcornoques, de las tierras altas de Sierra Nevada o de los paisajes andaluces, donde, en parte, aún se reconocen los logros de los árabes en la agricultura española. Sólo así puede mantenerse viva la cultura, la AGRIcultura, ya que se alimenta de emociones y cambios. Sólo mientras haya fuer- zas creativas que sigan activas y sólo mientras la agricultura busque nuevos cambios en el mundo, podrá la agricultura europea mantener la vitalidad y seguir siendo un factor importante en nuestra sociedad. La causa de que este pequeño sector que no representa mucho más de un dos por ciento del PIB, goce de tanta importancia en nuestra sociedad, se halla, sin duda, en nuestra forma de entender la vida. Europa sería pobre si perdiera la agricultura.
Para la Unión Europea que persigue la “paz y el bienestar”, y cuyo aniversario cele- bramos, la agricultura tuvo desde el principio una posición central, dado que formaba parte de uno de los ámbitos en torno a los cuales se inició el proyecto de la unidad euro- pea. Esto era comprensible en una Europa que después de dos guerras mundiales pade- cía hambre y miseria. Con precios garantizados y con métodos de producción indus- triales se logró volver a mantener a la población con alimentos europeos. La solución fue acordar políticamente precios de objetivo para Europa, proteger los mercados frente al exterior e intervenir en el mercado interno en el caso de superávit en las producciones
agrarias. Este enfoque dio resultado, la producción europea creció y creció, pero después de alcanzar la saturación de los mercados, nadie pareció ser capaz de detener este creci- miento. Finalmente, Europa hubo de ser obligada desde fuera por la Organización Mun- dial del Comercio a abandonar el callejón sin salida en el que se había visto atrapada.
La nueva política agrícola común (PAC) muestra una disposición abierta a man- tener la identidad europea como parte importante de la agricultura y responde a la cuestión de cómo hacer agricultura con los métodos agrarios al uso en la actualidad. El mercado exige variedad y calidad, amén de información sobre los métodos de pro- ducción empleados, los procesos de elaboración y la procedencia de los productos. La PAC tiene en cuenta estas exigencias, entre otras cosas, declarando la seguridad ali- mentaria como una conditio sine qua non, garantizando calidades y protegiendo las denominaciones de origen. Pero lo más notable del sistema agrario reformado es el reconocimiento económico del rendimiento agrícola en su conjunto. A diferencia de como era en los periodos preindustriales, actualmente la producción agrícola no implica automáticamente la salvaguarda de las tierras de cultivo, de la diversidad de las especies y de un medioambiente intacto.
Los servicios públicos exigidos por la sociedad sólo se ofrecen si se paga por ellos un precio justo. Un agricultor europeo que compite a nivel internacional, sólo puede ofrecer productos agrarios a largo plazo si tiene ganancias. Desde este punto de vista, era lógico desvincular el pago de subvenciones públicas de la producción, y vincular- lo, en lugar de eso, a la prestación de los servicios públicos requeridos. Este sistema revolucionario de los pagos directos garantiza las prestaciones básicas que la sociedad espera de la agricultura e impide el colapso de las estructuras agrarias. Sin embargo, para salvaguardar la diversidad de los cultivos europeos, hace falta algo más. Por ello, la Unión Europea ha comenzado a erigir un segundo pilar en la PAC con el que ase- gurar para las diversas regiones de Europa un programa a medida que les permita mantener su cultura regional. La promoción de la inversión en reestructuración, inno- vación y, sobre todo, en una mayor calidad y diversidad fue una medida importante para lograr una agricultura sostenible desde los puntos de vista del mercado. Si un agricultor está dispuesto a orientar su producción para que sea más natural, más res- petuosa con el medioambiente y los animales, con la protección de la naturaleza o la protección del paisaje, las administraciones públicas pueden fijar un precio para esa producción y cerrar un contrato de prestación de servicios con el agricultor.
Resulta tranquilizador saber que la agricultura seguirá existiendo también en el futuro como parte integral de nuestra identidad europea. ¡Celebremos, pues, que siga habiendo en el futuro un fructífero intercambio cultural! ■
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Franz FISCHLER (1946, Absam)
Licenciado en Agricultura. En 1979 empezó a trabajar en la Cámara Agrícola del Tirol, de la que fue nombrado Director en 1984. En 1989 fue nombrado Ministro Federal de Agricultura y Recursos Forestales de Austria. De 1995 a 1999 fue Comisario Europeo de Agricultura y Desarrollo Rural. De septiembre de 1999 hasta el año 2004 fue también responsable de la política pesquera comunita- ria. Desde diciembre de 2004 es Presidente del Ökosoziales Forum Europa.