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El Positivismo no se difunde en Italia hasta los años 60 del siglo XIX, y halla su apogeo en el debate cultural y la discusión filosófica que tiene lugar hacia finales de si- glo. Uno de los textos claves en el inicio del Positivismo italiano es el ensayo del napolitano Pasquale Villari, La
filosofia positiva e il metodo storico (1866). La figura más
importante de esta corriente en el terreno filosófico fue, sin embargo, Roberto Ardigò (1828-1920), quien difundió el pensamiento de Spencer en Italia a través de sus ensa- yos Psicologia come scienza positiva (1870) y La dottrina
spenceriana dell’Inconoscibile (1899). Y eso a pesar de cier-
tas divergencias entre Ardigò y Spencer, sobre todo en lo referente a su posición respecto a lo Incognoscible y, en última instancia, a la fe y a la Religión. Cabe mencionar, asimismo, la importancia que tuvo dicha corriente en otros terrenos, como la historiografía, donde destaca Villari, o la pedagogía, con figuras como Andrea Angiulli y Aristide Gabelli, como también en medicina, con Augusto Murri, en antropología, con Paolo Mantegazza, e incluso en cri- minología y psiquiatría, con Cesare Lombroso.
Sin embargo, el Positivismo presenta en Italia cier- tas singularidades e incluso ambigüedades de planteamien- to. Estas derivan, hasta cierto punto, del predominio de la cultura espiritualista y de base metafísica que prevalece en Italia en toda la segunda mitad del siglo XIX. Con la recepción del Positivismo se produce un cambio notable, particularmente gracias al surgimiento de una racionali- dad de talante científico y de una corriente laica de pen- samiento que resultarán evidentes sobre todo en las zo- nas más desarrolladas del Norte del país. Todo ello ten- drá importantes repercusiones en el campo pedagógico.
Pero, sobre todo, cabe destacar la apertura a las corrien- tes europeas, hecho fundamental que se producirá inme- diatamente después de la Unificación italiana.
Junto al Positivismo, la tendencia filosófica dominan- te en Italia en esos años es el Hegelismo, cuyo centro cul- tural se sitúa en Nápoles y alrededor de figuras como Au-
gusto Vera (1813-1885), Bernardo Spaventa (1817-1883)
y Francesco De Sanctis (1817-1883). La escuela hegelia- na tuvo una gran importancia en Italia, y especialmente en el desarrollo de la corriente Idealista de principios del siglo XX, que surge de una pluralidad de posiciones ideo- lógicas, como lo demuestra la filiación idealista de perso- najes tales como Giovanni Gentile, Benedetto Croce o in- cluso Antonio Labriola, teórico del marxismo, que tendrá una clara influencia en Antonio Gramsci.
La modernización cultural de Italia se produce de la mano de la recepción de las nuevas corrientes europeas en la segunda mitad del siglo XIX. Se empieza a manifes- tar a partir de «La Scapigliatura» milanesa y piamontesa, que surgen en los años de la Unificación y se prolongan hasta los años 70. «La Scapigliatura» constituye desde va- rios puntos de vista un precedente directo del Verismo italiano desarrollado en los años siguientes, de la mano de L. Capuana y G. Verga, dos escritores sicilianos que colaboraron estrechamente con los «scapigliati» al princi- pio. Pero, de hecho, la “Scapigliatura” constituye la pri- mera reacción antipositivista constatable en Italia, pues se vincula con la corriente espiritualista que abrirá poste- riormente las puertas al Decadentismo, ya a finales del siglo XIX. Podríamos considerar la «Scapigliatura» como una manifestación (en el terreno artístico y literario, así como en el plano existencial) de la crisis del pensamiento positivista que tiene lugar en esos años. En este sentido, constituye una clara anticipación del clima que presidirá las vanguardias de principios del siglo XX.
Por su parte, el Decadentismo italiano, a pesar de mostrar divergencias, en aspectos no irrelevantes por cierto, respecto al Decadentismo y Simbolismo europeos, se desarrolla a partir de la recepción del esteticismo fi- nisecular, entre 1890 y 1905. El Decadentismo italiano retoma la corriente espiritualista que empieza a tomar cuerpo en Italia (incluso en escritores próximos al Veris- mo por su formación) ya en los años 80. Constituye una fase intermedia fundamental entre los dos siglos, XIX y XX, y determina, a su vez, la liquidación definitiva de planteamientos estéticos decimonónicos y la apertura a las poéticas del s. XX, que se corresponderán con plan- teamientos estéticos y sociales nuevos, desem-bocando en el clima que se impone en las vanguardias en los años inmediatamente posteriores. El carácter de moderniza- ción cultural de esta etapa quedará, sin embargo, en gran parte limitado por el atraso socioeconómico italiano res- pecto a otros países europeos.
3.4.2.2. Los centros culturales italianos
El centro cultural italiano por antonomasia en este período histórico de la Unificación no será Roma ni Flo- rencia (a pesar de que esta ciudad conocerá un momento puntual de gran vitalidad en la segunda mitad de los años 60). Tampoco será Turín ni Nápoles, sino Milán, centro económico y empresarial del país, sede del mundo edito- rial y verdadero centro receptor de las corrientes euro- peas del momento. En Milán surge la «Scapigliatura», se produce la recepción del Naturalismo francés, y de la obra de Zola en particular, y tiene lugar también la génesis del Verismo, en la colaboración de Capuana y Verga. La ciu- dad de Milán, durante la Unificación, es fundamentalmente un centro positivista, pero en los mismos años 60 verá sur-
gir la reacción antipositivista, de la mano de las influen- cias extranjeras y, principalmente, del desengaño que su- cede al proceso de Unificación. La corriente, sin duda ex- céntrica y heterodoxa, de los «Scapigliati» dará rostro ar- tístico y literario a este clima general de revuelta. Y a pe- sar de su breve vida tendrá una influencia notable en la evolución cultural italiana posterior. Entre 1865 y 1890 podemos considerar que «Scapigliatura» y Verismo convi- ven en Milán, privilegiando ciertos géneros literarios, como la narrativa y, en segundo lugar, el teatro. En la vida de la ciudad, la actividad teatral, así como el mundo editorial y la actividad periodística manifestarán una gran vitalidad, y muy especialmente a partir de los años 80.
Turín presenta, a partir de 1861, la primacía política del país, lo cual es un hecho novedoso para la historia de la ciudad. Sin embargo, el traslado de la capitalidad a Flo- rencia poco después de la Unificación, abre una etapa de pérdida de hegemonía política y cultural de Turín que se prolonga durante varias décadas, con consecuencias im- portantes a largo plazo. Y eso a pesar de ciertas iniciati- vas culturales que intentarán compensar esa situación, como la creación de la «Società Dante Alighieri» en 1863, que favorecerá, de hecho, el surgimiento de un grupo turi- nés de la «Scapigliatura». El mundo editorial y el perio- dismo se verán favorecidos fundamentalmente por la ini- ciativa privada. Y lo cierto es que Turín muestra, en esos años, una innegable relevancia en el panorama cultural italiano, favorecida por su gran expansión económica. Eso será así al menos hasta la recesión de los años 80, motiva- da por la guerra arancelaria con Francia, que acabará com- portando la pérdida definitiva del protagonismo político de la ciudad a finales del siglo XIX.
Florencia se constituye en la capital del reino de Ita- lia entre 1864 y 1870, y pasa a ser el centro indiscutible de la nueva cultura italiana por la vitalidad que manifiesta
en todos sus campos. Destaca el grupo de los «macchiaio-
li» en el terreno de las artes plásticas (cercano a la evolu-
ción de la pintura impresionista del momento), y el desa- rrollo de la narrativa toscana, en el campo literario. En el mismo sentido, cabe reseñar la publicación de revistas fun- damentales en la época, como «Las Nuova Antologia» (fun- dada en 1866). Sin embargo, a pesar de su vitalidad, Flo- rencia no presenta un ambiente vanguardista, ni tampoco se ve animada por la modernización cultural, como ocu- rre, en cambio, con Milán.
Roma, por su parte, vive un período de verdadera de- cadencia cultural, sumida en un provincianismo cultural que sólo se superará con la pérdida de hegemonía del Vaticano. Es entonces cuando se produce la irrupción de las corrientes europeas de finales del siglo XIX. Ya en los 70, conocerá una verdadera eclosión periodística (especialmente en el género satírico o de crítica política), especialmente con el traslado de la capitalidad de Florencia a Roma, en 1871. El proceso de industrialización, consolidado en los 80, irá generando un tejido social y una industria cultural, a menudo con la apor- tación de personalidades del Norte (como el editor milanés, Angelo Sommaruga, que será fundamental en Roma entre 1880 y 1900). Surge así, progresivamente, la imagen de una Roma mundana, entre aristocrática y popular, que será el escenario preferido del Esteticismo finisecular. No será, en cambio, un centro importante para el Verismo, pues esta co- rriente ya ha entrado en crisis cuando se produce la eclosión cultural de la ciudad.
Nápoles, en cambio, ciudad de una sólida tradición cultural en el panorama italiano, conoce en toda esta eta- pa una importante fase de renovación y modernización. Ésta se produce ya de la mano de Francesco De Sanctis. La generación de mediados del siglo XIX será determi- nante en el proceso de Unificación, y el precedente direc- to de Benedetto Croce, que dominará completamente el
panorama cultural italiano durante décadas. Sin embar- go, el movimiento revolucionario de 1848 dará lugar a una etapa de recesión en la ciudad que sólo se superará a par- tir de los 60, y especialmente con la recepción del Natura- lismo, en la cual representa, por cierto, un papel determi- nante la intervención crítica de De Sanctis en los 70. A partir de las posiciones naturalistas se desarrolla una pro- ducción literaria que se interesa por las duras condicio- nes de vida de un sector de la población, muy en la línea del Naturalismo francés y de las encuestas sociales elabo- radas durante esos mismos años. Son también los años de la aparición de un periodismo particularmente activo, en el que participarán muchas figuras de fin de siglo. La en- trada en el nuevo siglo, con todo, abrirá una etapa de de- cadencia cultural de la ciudad, por su relegación a una si- tuación periférica, en lo político y en lo cultural.