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3. Transformation concept of production

3.5 Diffusion and evolution

3.5.4 Scientific paradigm

según costumbre antigua63.

Las normas de la equidad de la guerra están expuestas reli- 36

giosamente en el derecho fecial del pueblo romano64. En sus cláusulas se establece que una guerra no puede ser justa sino después de haber hecho las reclamaciones pertinentes y de haberla denunciado y declarado formalmente65.

Tal era la escrupulosidad con que se observaban las leyes de 37 la guerra66. Existe todavía la carta que Marco Catón el Viejo escribió a su hijo Marco, en la que le dice que ha oído decir que lo había licenciado el cónsul, cuando luchaba como soldado en Macedonia, en la guerra contra Perseo. Le advierte que tenga mucho cuidado de no entrar en combate porque quien no es soldado no puede luchar con el enemigo.

XII. Quiero también hacer notar que quien con su término

propio debía llamarse perduellis67 se llama hostis^, al que ahora

decimos peregrinus. Lo prueban las XII Tablas: «O el día fijado

(para un proceso) con el extranjero»69; y también: «frente a un extranjero el derecho de propiedad sea perpetuo»70. ¿Qué mayor mansedumbre puede pedirse que aplicar un nombre tan suave a aquel con quien se está en guerra? Aunque el largo tiempo transcurrido ha dado ya a este nombre un sentido algo

63 Así lo eran los Marcelos, de Sicilia; Paulo Emilio y sus descendientes, de Macedonia; los Escipiones, de las provincias del Africa.

64 Cf. mi Vrbs Roma., Ill, pp. 328-332.

65 Popilio administraba com o general una provincia, y en su ejército lucha­ ba como nuevo soldado el hijo de Catón. Creyendo Popilio prudente licenciar una legión, licenció también al hijo de Catón, que figuraba en ella. Pero, que­ dando en el ejército por su ardor de luchar, Catón escribió a Popilio que, si le permitía quedarse en el ejército, le obligase a hacer un nuevo juramento militar, ya que, roto el primero, no podía entrar legítimamente en combate con los ene­ migos.

66 Este fragmento que se lee en los códices creen los editores modernos que no es genuino, porque se repetiría dos veces el mismo hecho. Popilio luchó contra los ligures en 173. La carta de Catón se refiere a la guerra contra Perseo de Macedonia.

67 Perduellis = «enemigo de guerra».

68 Hostis = «forastero».

69 Cf. XII Tablas, 2, 3: « [...] aut status dies cum hosti [...]».

ingrato. Olvidó el sentido de «forastero» y ha tomado el de «enemigo en armas».

Cuando se lucha por la supremacía, y en la guerra se busca la gloria, deben existir las mismas causas exigidas un poco antes para que resulten justas las guerras. Pero las guerras en que se busca la supremacía de la gloria deben llevarse con menos dureza. Y como en las contiendas con los ciudadanos nos comportamos de diversa forma con un enemigo que con un competidor, porque con éste luchamos por el honor y la consideración y con el otro sobre la vida y la fama, así con los celtíberos y los cimbrios se llevaba la guerra como con enemi­ gos, para ver quién sobrevivía, no quién mandaba; con los lati­ nos, los samnitas, los sabinos, los cartagineses y con Pirro se luchaba únicamente por la hegemonía. Los cartagineses viola­ ron los tratados, Aníbal fue cruel, los demás fueron más justos. Hermosas son estas palabras que pronunció Pirro al tratar de la devolución de los cautivos:

No quiero que me deis oro, ni rescate alguno, no somos traficantes de guerra, sino soldados.

Con la espada, no con el oro, hemos de decidir sobre nuestra vida. Probemos con nuestro valor si la Fortuna, nuestra señora,

quiere que reine yo o vosotros, o cuál es su voluntad. Y oye además estas palabras:

a aquellos valerosos a quienes la Fortuna de la guerra dejó la vida, he decidido concederles la libertad:

Os los regalo, llevároslos, os los doy con el consentim iento de los grandes dioses71.

Palabras verdaderamente de rey y muy propias de la sangre de los Eácidas72.

XIII. También los ciudadanos particulares deben cumplir las

promesas hechas al enemigo obligados por las circunstancias.

71 Enn., Ann., Iib. 6, frg. 186-193 Warm. En el último verso: «Dono, ducite, doque uolentibus cum magnis dis» puede quitarse la com a entre dono ducite é interpretarse: «llevadlos como regalo». Cf. C. Atzert y otros muchos.

72 «Descendientes de Eaco», progenitor de Aquiles. A Pirro se le dio un oráculo sumamente equívoco, cuando pensaba hacer la guerra a los romanos. Lo recuerda Cicerón, Din., 2, 116: «Aio te, Aiacida, Romanos uincere posee» (Enn., Ann., lib. 6, frg. 174 Warm.).

LIBRO I, 41 73

Como sucedió a Régulo en la Primera Guerra Púnica, quien, hecho prisionero por los cartagineses y siendo enviado a

Roma73 para tratar del canje de prisioneros, juramentado a vol­

ver si no lo conseguía, en primer lugar apenas llegó, fue del parecer de que el Senado no devolviera los prisioneros y luego, si bien los parientes y amigos pretendían entretenerlo, él prefi­ rió volver al suplicio antes que faltar a la palabra empeñada al enemigo.

[Durante la Segunda Guerra Púnica, después de la batalla 40

de Cannas, aquellos diez que Aníbal había enviado a Roma, obligados con el juramento de volver si no conseguían la redención de los prisioneros, los censores los dejaron deshon­ rados de por vida y entre la ínfima categoría de la plebe por haber sido perjurios, sin exceptuar a aquel que había ideado un fraude para frustrar el juramento. Porque, habiendo salido del campo de Aníbal con su permiso, volvió poco después dicien­ do que se le había olvidado algo. Saliendo luego de los campa­ mentos, pensaba estar libre del juramento, y lo estaba cierta­ m ente según la letra, pero no según el espíritu. En los juramentos hay que pensar siempre cuál es la intención de lo prometido, no cómo suenan las palabras. Pero el mayor ejem­ plo de lealtad para con el enemigo fue dado por nuestros mayores, cuando un desertor de Pirro prometió al Senado que propinaría un veneno al rey y lo mataría. El Senado y Cayo Fabricio entregaron el tránsfuga a Pirro. Con esto manifestó que no admitía la muerte criminal ni de un enemigo poderoso y agresor]74. Y ya hemos hablado bastante de los deberes de la querrá.

No olvidemos que nuestra justicia debe alcanzar también a 41

las personas más humildes. La más ínfima de todas es la condi­ ción y la suerte de los esclavos, y no piensan mal quienes acon­ sejan que se les considere como jornaleros, exigiéndoles su tra­ bajo y otorgándoles la debida recompensa. Causándose la 73 En el año 255. De este caso habla largamente Cicerón en Off., 3. 99-115.

74 Estos ejemplos aparecen de nuevo en Off., 3, 113 y 86; por eso algunos editores lo quitan de este lugar, aunque aparece en algunos manuscritos. No se comportó tan delicadam ente el cónsul Servilio Cepión, que compró unos trai­ dores para que asesinaran vilmente al gran Viriato, en el año 145 a.C. (Cf. 2, 40, nota 60).

injuria de dos maneras, esto es, por la violencia y por el fraude, el fraude parece propio de la zorra, la fuerza y la violencia del león; ambos son sumamente ajenos del hombre, pero el fraude es mucho más odioso. No hay género de injusticia peor que la de quienes en el preciso momento en que están engañando simulan ser hombres de bien75.

42 XIV. Hablaré ahora, como me propuse, de la beneficencia y

de la liberalidad, virtud que, siendo la más conforme con la naturaleza del hombre, requiere en su práctica muchas precau­ ciones. Hay que atender primero que no perjudique la benigni­

dad a los mismos a los que se pretende beneficiar, ni a nadie;

luego que no exceda la benignidad a los medios de que dispo­ nemos, y finalmente que se dé a cada uno según sus mereci­ mientos. Éste es el fundamento de la justicia hacia donde debe ordenarse todo. Porque los que hacen obsequios que perjudi­ can a quien parece que desean obsequiar no han de ser consi­ derados bienhechores, ni generosos, sino perniciosos y adula­

dores; y los q ue perjudican a unos para manifestarse liberales

con otros, son tan injustos como los que se apoderan de los bienes ajenos en utilidad propia.

43 Hay muchos, y por cierto ávidos de esplendor y de gloria,

que roban a unos lo que dan a otros, y piensan que serán teni­ dos por generosos para con sus amigos, si los enriquecen por cualquier modo que sea. Este comportamiento está tan lejos del

deber, que no hay nada tan contrarío. Comportémonos, pues,

de manera que nuestra liberalidad beneficie a nuestros amigos, sin perjudicar a nadie. No deben, por consiguiente, ser tenidos por liberales ni Lucio Sila, ni Cayo César, que arrebataron los bienes a sus legítimos poseedores y los dieron a otros, porque no hay liberalidad en el acto en que se quebranta la justicia.

44 La segunda precaución era que la generosidad no supere las

posibilidades, porque los que quieren ser más generosos de lo que permiten sus propios caudales pecan en primer lugar por­ que son injustos con sus parientes, ya que dan a los extraños los bienes que sería más justo que entregaran y dejaran a los suyos. A esta liberalidad va adherida muchas veces el ansia de

75 Esta idea la había expresado ya Platón (Rep., 2,3 6 1 a): «El extrem o de la injusticia es parecer ser justo, no siéndolo».

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