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Carta desde Touggourt, 18 de febrero de 1941

A las primeras hermanitas en formación

Os escribo desde Sidi Boujnan, estoy en el almacén. Tengo al lado un montón de pieles de oveja, en medio de las herramientas y las tablas. Me he refugiado aquí y se ha convertido en mi oratorio, mi cocina, mi comedor y mi biblioteca. ¡Es la perfecta alegría! Los niños nómadas gritan todos delante de la puerta para que vaya a trabajar con ellos. Me llaman con nombres muy tiernos, me dicen que tienen frío y que quieren entrar. Pero yo no cedo, porque ahora estoy con vosotras para escribiros, así que les oigo decir en todos los tonos de voz: «¡Tus hermanitas novicias pasan antes, mucho antes que tus niños nómadas!».

Estoy contenta de vuestros progresos en el idioma árabe, y me alegra pensar que dentro de un año os sabréis –algunas por lo menos– una gran parte de los Evangelios de memoria.

Estoy unida a vosotras cada vez más, porque ahora he podido establecer un horario en la medida de lo posible, y me uno a todas vuestras oraciones. Para estar en paz, me bastó con reunir a algunos obreros y niños delante de la puerta y enseñarles que, cuando estuviera rezando, pondría una tabla atravesada. Desde entonces, nadie me molesta durante ese tiempo y no dejan que los visitantes me llamen.

El otro día se me había roto el reloj y Athman, el único que tiene uno, vino a llamar religiosamente a la puerta para avisarme que la hora había pasado.

Carta desde Touggourt, 15 de marzo de 1941

A las primeras hermanitas

Quisiera escribir a cada una en particular. Lo haré cuando Dios me dé un poco de tiempo, pero rezo por cada una y el Señor sabrá daros exactamente lo que necesitáis mucho mejor que yo. Dejadle hacer. Tened confianza. No tendréis nunca suficiente confianza en este Jesús tan bueno, tan grande, que os escogió a pesar de toda vuestra

Nada de mezquindades… Que vuestro horizonte sea muy grande, muy vasto, como el de nuestro desierto, el horizonte de todas las almas que hay que salvar, y esto os hará olvidar todos vuestros pequeños intereses personales. ¡Sed a la vez muy pequeñas y muy grandes!

Carta del 15 de julio de 1942

A las hermanitas de Le Tubet

Antes de ser religiosas, sed cristianas. Cultivad al máximo las virtudes humanas de hospitalidad y caridad y, solo después, añadid las virtudes de la vida religiosa. Quisiera que la luz entrara a raudales en vosotras para que lo entendierais. Por mi parte os diré claramente lo que pienso, teniendo en cuenta esta palabra de san Pablo: «Me gastaré sin contar… incluso si, por amaros más, tengo que ser menos amado por vosotros» (2 Cor 12,15).

A veces os lamentaréis, pero os quiero tanto que deseo que viváis un don total en vuestra vida religiosa. Si os quedáis solo ocho o diez, ¡qué importa! No podemos disminuir en nada nuestro ideal con el pretexto de ser más numerosas. Hay algunas religiosas que ofrecen a Dios un corazón pequeño, un alma donde las preocupaciones personales pasan antes que la gloria del Señor, aunque un día proclamaran que él era su único amor. Más les hubiera valido quedarse en el mundo. Es tan doloroso comparar sus vidas con ciertas vidas generosas de laicos…

¡Soy yo, una hermanita de nada, quien me atrevo a hablar así! Pensad siempre que estos reproches me los hago tal vez más a mí que a vosotras…

Carta del 18 de julio de 1942

A las hermanitas de Le Tubet

Me cuesta mucho no estar con vosotras. Que cada vez que vuelva me alegréis el corazón con vuestros progresos, que os vea a la vez «crecer y disminuir», según está escrito en el Evangelio de san Juan: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya».

Sed cada vez más acogedoras y hospitalarias. Que los laicos salgan de nuestra casa con el corazón reanimado por vuestra bondad sonriente. No tengáis ninguna apariencia austera. Seguiríais un mal camino aparentando una austeridad que quedaría fuera de lugar en nosotras. Jesús, por los caminos de Galilea, derramaba sonrisas, dulzura, ternura. Si aún no lo habéis conseguido, el noviciado os lo enseñará, porque no seréis verdaderas hermanitas de Jesús sin un don total de todo vuestro ser.

Tenemos un ejemplo y debemos seguirlo. En mis numerosos viajes encuentro a menudo a amigos del hermano Carlos, que lo vieron vivir en Béni-Abbès, en In-Salah o en Tamanrasset. Les impresionó su bondad sonriente cuando los veía, cuando los invitaba o le invitaban ellos a su casa. Viéndole tan jovial, tan buen compañero, no se podía adivinar su estilo de vida, su ascetismo. Incluso ante las bromas poco correctas, no endurecía la mirada para censurar. Tenía una indulgencia extrema, era el modelo perfecto de la amistad.

Según parece, era tan bueno que los corazones se abrían y las almas se dilataban. Es lo que sueño yo para vosotras, a esto tenéis que llegar: no a vuestro ideal sino al suyo, lleno de paz y de amor.

Carta del 5 de agosto de 1942

A las hermanitas de Le Tubet

Acabo de disfrutar de un rato grande de tranquilidad: ¡cuatro horas en una estación esperando el tren! ¡Qué agradable, no tener que darme prisa, mientras que a mi alrededor todo el mundo se agitaba! Me senté sobre la caja de la película y, en medio de la confusión, me puse a hacer un remiendo urgente, mientras pensaba en lo que quería deciros.

Tengo que predicaros las virtudes religiosas, pero también las virtudes humanas. Si queremos verdaderamente ser hogares de paz y de amor en el mundo musulmán, tenemos que practicar la serenidad y el dominio de sí, para mejor servir al Señor. Una persona en continua ebullición interior y exterior no tendría vocación de hermanita. Tenemos que aprender algo de la resignación de los musulmanes ante los acontecimientos más imprevistos, los que más nos contrarían. Ejercitaos durante el

«Tranquilízate, Dios es el dueño de los acontecimientos, tú estás entre sus manos paternales y tiernas, no te inquietes, no te agites… Te gustaría empezar ya el noviciado o marcharte al Sahara, y tienes que esperar seis meses, un año… Te gustaría progresar más rápidamente: vive las esperas y las contradicciones con paciencia, paz y una sonrisa». Y así oiréis mejor en vosotras la voz de Dios, que os hablará más a menudo en la tranquilidad y en el silencio…

Si mantenéis la calma en las cosas pequeñas, seréis capaces de tomar decisiones rápidas en cosas graves sin entrar en pánico.

Creedme, estas cosas se adquieren con el ejercicio…

Carta del 15 de agosto de 1942

A las hermanitas de Le Tubet

Esta mañana, en misa, me ha llamado de nuevo la atención el lugar que debe ocupar en nuestra vida Jesús de Nazaret, si queremos ser seguidoras del hermano Carlos.

Nazaret se resume en esta frase del Evangelio de Lucas, breve pero densa: «Les estaba sometido». El sentido de esta palabra se inscribió esta mañana en mi corazón con letras de fuego, para que os lo pueda comunicar.

«Les estaba sometido». Jesús lo vivió durante treinta años. ¿Os dais cuenta de lo que son treinta años? Con amor, cumplió la voluntad de su Padre del cielo obedeciendo a sus padres de la tierra.

Y lo hizo con naturalidad, sin sorprender a nadie. Jesús pulió sin duda las maderas de la misma manera todos los días, durante bastantes años. Y vivió treinta años, antes de su vida pública, solo para darnos este testimonio.

¡Es esto, la vida religiosa! Me equivocaba cuando os decía que Jesús no había fundado ningún monasterio. Este es el monasterio más hermoso: «Les estaba sometido».

Durante este mes, y sobre todo durante el retiro, contemplad a Jesús, el Modelo único. Es mejor que todos los maestros de espiritualidad… Y, siguiéndole, estamos seguras de no exagerar, ni hacia un lado ni hacia otro.

Le habéis dado todas hace mucho tiempo vuestro «corazón», pero habéis conservado vuestra «cabeza». Por favor, dadla también al Niñito Jesús del pesebre. Creedme, esta devoción no es ni ñoñería ni sentimentalismo, es la devoción de los grandes santos. Jesús es un niño dulce, tierno, débil y exteriormente impotente, pero es Dios con su poder y su inteligencia infinita. Poned vuestra mano en su manita, cerrad los ojos y dejaos guiar por él.

En Toulouse hablé un buen rato con el visitador de los jesuitas de Francia. Fue extremamente bueno y comprensivo y me contó el hecho siguiente: durante uno de sus últimos viajes a Francia, el hermano Carlos fue recibido en Sarlat, en uno de sus colegios. Dio una conferencia a los alumnos para exponerles su apostolado en medio de los musulmanes y, al final, recitó una oración en árabe (el jesuita pensaba que era el padrenuestro). Esta oración, en una lengua que ninguno de ellos comprendía, dejó en el alma de los alumnos un recuerdo extraordinario de piedad, de algo sobrenatural.

Hasta ahora yo más bien pedía perdón al hermano Carlos de Jesús por hacer algo que sin duda él nunca había hecho… y ahora me encuentro con que le puedo invocar con el título de «conferenciante»…

Carta del 1 de octubre de 1942

A las hermanitas de Le Tubet

¡Es muy duro estar separadas, madre e hijas! Así que tenemos que estar cada vez más cercanas de corazón. Todo el mundo parece ponerse de acuerdo para darme esta consigna: que sea realmente vuestra «madre», la que tiene como misión canalizar todas vuestras riquezas, sin por eso difuminar vuestra personalidad…, la madre que trata de comunicar a sus hijas la vida espiritual que ella misma recibe del Señor.

Esta tarde os doy como tema de meditación esa página del Evangelio tan bella donde los apóstoles disputan entre ellos para saber quién será el mayor, y esperan de Jesús una enseñanza extraordinaria. Y él, sencillamente, «llamó a un niño pequeño, lo puso en medio de ellos y dijo: “Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos”».

Esta respuesta clara, inesperada y desconcertante Jesús la da sin temor a herir o molestar a quienes no tengan esta disposición de alma: «No entraréis en el reino de los cielos».

He pasado un mes con vosotras, y os vuelvo a decir: «Si no cambiáis y os hacéis como niñas pequeñas»... podréis formar parte del cuerpo de la Fraternidad de las Hermanitas de Jesús, pero no de su alma. Ser «niña pequeña» quiere decir muchas cosas: ser hermanas pequeñas, hermanas insignificantes, de quienes nadie hace caso, incomprendidas por los «grandes», que a veces se burlarán de ellas…; ser una congregación pequeña, muy humilde.

No debemos desviarnos de esta ruta trazada por el hermano Carlos: «Se reunirán como hermanitas amantes alrededor de su Hermano mayor Jesús». Repitió muy a menudo estas palabras a lo largo de su Directorio. No sea que un día os parezcan ñoñas, porque os hayáis vuelto demasiado grandes para comprenderlas…

Sería grave que vosotras, las piedras de fundación, os alejarais del espíritu del hermano Carlos. Debéis recoger con amor todos sus pensamientos, sus palabras, sus deseos. Sois sus hijas. Para que continuéis siendo como niñas pequeñas, os hablaré a menudo, muy a menudo, del Niñito Jesús, en quien está Dios en plenitud, en todos sus misterios, con toda su sabiduría, con toda su fuerza. Para que estos misterios sean accesibles a los más pequeñuelos, él mismo veló su grandeza: «Ha ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las ha revelado a los pequeños».

Carta del 8 de octubre de 1942

A las hermanitas de Le Tubet

Que vuestro alimento principal sea el evangelio. Si Dios habló, fue para que viviéramos de sus palabras: «Mis palabras son espíritu y vida».

Nos acostumbramos a las cosas más maravillosas. Si Dios no hubiera hablado aún y nos dijeran que va a enviar al mundo un mensaje, ¡con qué impaciencia, con qué amor lo esperaríamos!... ¡Con qué emoción lo recibiríamos!... Tenemos el evangelio, que es una mina inagotable, y lo leemos distraídas. Sus palabras apenas penetran en nuestra alma, y prueba de ello es que no las vivimos…

Y, sin embargo, son claras como la luz. No hay necesidad de hacer ningún esfuerzo intelectual para comprenderlas. Tanto las inteligencias más elevadas como las más simples pueden encontrar su sentido profundo. Cuando Jesús dice: «Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos», es clarísimo. ¿Por qué ir a buscar una espiritualidad complicada? Esta es la espiritualidad del hermano Carlos de Jesús, la espiritualidad pura del evangelio.

Es por eso que no llego a comprender que no comprendan…

Cuando Jesús dice: «El que os escucha, a mí me escucha y el que os rechaza, a mí me rechaza», no es necesario reflexionar mucho tiempo para comprenderlo. Cuando dice: «No he venido a ser servido sino a servir», «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando», ¿por qué buscar otro camino? Profundizad en el evangelio y veréis qué luces íntimas os dará Jesús. Sus palabras serán vuestra vida, son las palabras del propio Dios. Contienen el alimento más substancial que existe.

Leed, releed el evangelio. Meditadlo y volvedlo a meditar hasta saberlo de memoria, en francés y en árabe. Estad tan orgullosas de él como los musulmanes lo están del Corán… ¡y no es poco decir!… Veréis como esta formación os simplificará, os transformará en la línea del hermano Carlos de Jesús, que es pura y simplemente el camino del propio Jesús: «Por la extensión del evangelio, estoy dispuesto a ir hasta el fin del mundo y a vivir hasta el juicio final».

Carta del 14 de junio de 1943

A las hermanitas de Le Tubet

Ayer, fiesta de Pentecostés, fue un gran día. Me pareció que era el primer verdadero Pentecostés de la congregación y que íbamos a salir de él, como los apóstoles, renovadas, llenas de audacia para afirmar nuestra vocación. Yo había venido a Moutiers para encerrarme en la soledad e intentar desaparecer… y, en lugar de eso, ha sido una verdadera explosión, como si fuéramos a salir de una crisálida. El padre Monier aprueba todo lo que he escrito hasta ahora: el directorio, las constituciones. «Sobre todo, no cambie nada. Está en el buen camino. Avance a pesar de todo y contra todo, yo estaré aquí para ayudarla»…

Así que vuelvo fortificada y vamos a poder seguir a tope la línea que Dios nos ha trazado: «cristianas y humanas» antes de ser religiosas… y fraternas: una familia, una fraternidad abierta a todos los seres humanos hermanos nuestros…

Carta del 27 de junio de 1943

A las hermanitas de Le Tubet

Tengo muchas ideas para el grupo de las primeras hermanitas. Quiero que se ganen la vida y no vivan a costa de nadie. Vamos a salir del nido y a volar; nos caeremos de vez en cuando, pero esto nos fortalecerá las alas. Pero, para poder realizarlo, os tengo que encontrar con fuerzas a las cuatro.

Los defectos, me dan lo mismo… pero no me sirven mujeres quejicas, remolonas, siempre ocupadas de sí mismas. Las primeras serán las sacrificadas, las que serán enviadas en vanguardia, con quienes habrá que poder contar siempre… Jesús cuenta con vosotras para construir su obra, esta obra que cuida con tanto amor. Cuando nos entregamos a Dios, es para hacer lo que él quiere y no lo que nos gusta. Soy una madre tremenda que no abundará nunca en palabras de consuelo humano, porque quiere hijas valientes como su padre, el hermano Carlos de Jesús.

Carta desde Túnez, 18 de abril de 1946

A hermanita Mathilde y las hermanitas de Le Tubet

Quisiera que, en vuestros corazones, hubiera un deseo inmenso de caridad. Os suplico que desterréis la dureza de vuestras miradas. En mis viajes sufro mucho con las faltas de amor que veo a mi alrededor, y ya no puedo soportarlas.

Nada de dar vueltas sobre vosotras mismas… Nuestro ideal es muy hermoso y vasto, no debemos estrecharlo a la medida de las susceptibilidades y de las complicaciones femeninas.

Preparaos un corazón grande y un alma amplia. Si tenéis defectos gordos, no importa. Se atenuarán cuando crezca vuestro amor, o tal vez permanecerán hasta el final de vuestra vida, para que seáis humildes e indulgentes con los demás.

Carta del 20 de abril de 1946

A las hermanitas de Le Tubet

¡Aleluya! Después de la semana de la pasión, nos inunda el gozo pascual. ¡Que Jesús os conceda toda su alegría, su alegría vibrante! Que él lo sea todo para vosotras. Así conseguiréis una gran unificación y simplificación, y comprenderéis todo lo que no comprendéis aún.

El amor no impide el temor…y quizás alguna de vosotras esté un poco inquieta al pensar en mi llegada. Mi amor por vosotras no dejará pasar el mal, sobre todo el orgullo, el egoísmo y la falta de amor fraternal. No me deis el disgusto de encontrar en vosotras mezquindades, cuando yo llego del espacio abierto… Que no os encuentre replegadas sobre pequeñas miserias imaginarias, cuando yo llevo en mí el dolor de la verdadera miseria humana, leída en los ojos de pobres pequeños seres condenados a morir de hambre…

Nuestra obra es muy bella, no la estropeemos. Cada una de las primeras hermanitas debe ser una piedra fundamental del edificio.

Pero no tengáis miedo, Jesús os transformará. Tenéis en vosotras todas las tendencias al mal, y no os libraréis de ellas hasta la puerta del cielo, pero Jesús, al crecer en vosotras, lo transformará todo en amor. ¡Abrid, pues, de par en par vuestra alma a este amor!

Estamos hechas para tener una visión muy amplia, mucho más que nuestro pequeño horizonte personal. Si nos sentimos incomprendidas, si sufrimos física, moral o espiritualmente, ¡qué importa! O más bien, ¡tanto mejor! Pero «tanto mejor» con una sonrisa, sin hacerlo pesar. Por favor, no os situéis como víctimas ante cada pequeña dificultad.

Una víctima es Cristo en cruz, sangrante…; una víctima es cualquier torturado por la Gestapo…; una víctima es una madre de familia que agoniza en un hospital y que deja niños huérfanos… Ser víctima es algo muy grande, y nosotras no somos sino «hermanitas insignificantes», a quienes Jesús, en su gran amor, pide de vez en cuando una pequeña…, muy pequeña gota de sangre (la sangre del corazón) para asociarnos a su pasión.