• No results found

4* TRANSPORTATION ACCIDENTS

5 Fires and Explosions 6 Assaults and Violent Acts

4* TRANSPORTATION ACCIDENTS

Carta desde Roma, 8 de diciembre de 1962

A las hermanitas

En esta noche de Navidad, que está tan cerca, dirigíos a María como a una madre tiernamente amada. Ella os dará a su Niñito Jesús para que sea vuestra luz y vuestra alegría. Os consolará, no por su propia gracia, sino por la gracia de su hijo Jesús, desapareciendo ante él para repetiros lo que más tarde dirá en las bodas de Caná: «Haced todo lo que él os diga».

Y lo que él os dirá será: «Confianza, dulzura, paz, esperanza y alegría». Lo que él os dirá sobre todo será: «Unidad en el Amor», unidad con todos los seres humanos, todos los estamentos, todos los pueblos, todas las razas...

Nuestro siglo debe ser el siglo de la unidad. El concilio es por excelencia el concilio de la unidad.

Es muy hermoso ver a los obispos del mundo entero confraternizando alegremente... Muchos de ellos no se habían encontrado nunca: Occidente conocía mal a Oriente... Europa no había colaborado bastante con África, América y Asia... Ver todas las razas mezcladas a la salida de San Pedro es un espectáculo inolvidable, así como ver a los «observadores» de otras confesiones cristianas en una relación tan fraterna con los obispos del mundo entero.

Para mí ha sido una gran alegría después de haber sufrido tanto por la falta de unidad que he visto en todos mis recorridos. Desgraciadamente, nunca desaparecerá del todo, pero es esencial que cada vez más reine la unidad en el corazón de todos.

Carta desde Roma, 3 de diciembre de 1965

A las hermanitas

Con el concilio ha llegado sobre la Iglesia y el mundo entero una ráfaga de renovación, que yo deseaba con todo mi corazón desde hace treinta años: sufría mucho porque no me comprendían cuando hablaba de fraternidad, de igualdad, de unidad…, así que ahora me siento colmada más allá de lo que hubiera podido soñar.

Temo que algunos buscarán en las palabras del concilio una justificación de sus reivindicaciones y de sus errores. Temo que otros, para estar en vanguardia, querrán ir más allá de los límites de la renovación que el concilio ha fijado con tanta sabiduría y amor.

Por esto, con la misma fuerza que antaño, cuando escribía mi primer testamento espiritual, vengo a deciros: «No sigáis a los que quisieran arrastraros fuera del camino recto y luminoso de la Iglesia».

Llenaos de alegría. No os situéis ni con aquellos que van más allá que el pensamiento de la Iglesia ni con los que, amargamente, añoran el pasado. Situaos con los que, valientemente, poniendo la mano en la mano de Jesús, y por tanto en la del Santo Padre, quieren vivir el posconcilio dándole toda su belleza y su amplitud.

Así estaréis seguras de estar en la línea trazada por el hermano Carlos de Jesús, nuestro padre y guía.

Carta desde Roma, 1 de diciembre de 1966

A las hermanitas

El posconcilio debe ser para nosotras, como para todas las congregaciones religiosas, un tiempo de renovación. Todavía somos jóvenes y desde nuestro nacimiento, gracias al hermano Carlos de Jesús, nos ha impregnado el mismo espíritu del concilio, aunque también existen en la Fraternidad cosas que hay que renovar; y sobre todo hay que reavivar la generosidad, el impulso, el entusiasmo de los primeros tiempos de la fundación.

Todas ayudaréis en esta búsqueda: muy pronto, sin duda en algunos meses, os enviaremos un cuestionario con un trabajo de reflexión para que podáis decir los temas que desearíais tratar en el próximo capítulo de aggiornamento con el fin de estudiar los ajustes necesarios a la luz del concilio.

Estoy segura de que haréis este trabajo con el deseo de contribuir a renovar la Fraternidad en el espíritu actual de la Iglesia. La ráfaga de libertad aportada por el concilio, esta «santa libertad de los hijos de Dios», nos permitirá obedecer con más amor que antes, porque el sentido profundo de la obediencia, fundamento de la vida religiosa, acaba de ser realzado por los decretos conciliares.

Cerca del belén responded a esta petición con la alegría de trabajar por la renovación pedida por el concilio, participando así, a vuestra manera, en las preocupaciones actuales de la Iglesia.

Carta desde Le Tubet, 20 de agosto de 1978

A las hermanitas

Vuestras cartas llenas de afecto y vuestros telegramas me dicen que habéis comprendido la pena inmensa que me causa la muerte del Santo Padre, de aquel que ha sido para todos un papa tan grande: el papa del concilio, del ecumenismo, de la paz y del amor universal… y que fue para nosotras un padre lleno de ternura, siempre dispuesto a protegernos y a sostenernos contra viento y marea.

En el pasado fuimos criticadas por nuestra vida mezclada con el mundo, por nuestra pobreza, por nuestro porte, que, según decían, carecía de dignidad religiosa… «El papa las condenará», decían a nuestro alrededor.

Y el papa no condenó, al contrario. Monseñor Montini, el futuro Pablo VI, me condujo enseguida a Pío XII cuando fui a verle en diciembre de 1944 para confiarle todos mis deseos para la Fraternidad y mi sufrimiento al sentir a mi alrededor tantas dudas e incomprensiones.

El Santo Padre lo aprobó todo, pero antes yo se lo había explicado a monseñor Montini. Le había entregado uno de mis primeros escritos: «La levadura en la masa: este es mi testamento», origen del Boletín verde, que era muy discutido por una parte del mundo religioso de aquella época. Algunos días más tarde, lo publicaron íntegramente en una revista del Vaticano…

Esto dio lugar a que nuestras propuestas fueran aceptadas. La vida en las tiendas aisladas en el desierto; comunidades sobre ruedas en las caravanas de los gitanos; una

hermanita sola en la cárcel entre las presas comunes…; mi marcha, en 1957, al otro lado del telón de acero y los sucesivos viajes con la presencia del Santísimo en la «Estrella fugaz»: todo esto fue aprobado por Pío XII y ratificado por Pablo VI. En el transcurso de su visita a Tre Fontane en 1973, nos dijo:

«He venido para reconoceros como Iglesia…; para deciros que, verdaderamente, la Iglesia está contenta de vuestra existencia, de vuestra presencia, contenta de que seáis lo que sois…».

Pablo VI nos dio a menudo pruebas de su afecto. Tenía palabras llenas de bondad cuando se dirigía a las hermanitas en las audiencias; las interpelaba con alegría: «¿Dónde está hermanita Magdeleine?».

Cada año se interesaba por mis viajes y a mi vuelta le comunicaba lo que había vivido y el aprecio que sentían por él en los países del Este. Era amado y admirado no solo por el mundo católico, sino también por los ortodoxos.

Cuando tengamos un nuevo papa, no olvidemos a Pablo VI. Como antes Pío XII, bendijo y animó siempre la extensión de la Fraternidad a través del mundo.

Que este acontecimiento tan doloroso sea para todas una ocasión de reavivar nuestra fe y nuestro amor a la Iglesia. Desde el cielo, Pablo VI continuará protegiéndonos con más eficacia aún. Velará por nosotras, nos ayudará a evitar cualquier desvío y a caminar fielmente siguiendo a Jesús, nuestro Modelo único.

Carta desde Regelsbrunn (Austria), 29 de junio de 1981

A las hermanitas

Yo soy testigo de que la Iglesia, desde hace más de cuarenta años, aceptó que una de sus congregaciones formara oficialmente parte del mundo de los pobres, en detrimento de lo que en otros tiempos llamaban la «dignidad religiosa». Cuarenta años atrás, e incluso treinta, era un escándalo que unas religiosas llevaran mochila, viajaran en bodegas de buques o encima de camiones, se sentaran en el bordillo de una acera para hablar con los pobres, tuvieran los trabajos más humildes en fábricas… Y la Iglesia «institucional» lo aceptó todo.

Esto no me impide que sufra con vosotras por algunas actitudes de esta Iglesia. Ya tuvimos que cerrar fraternidades e incluso irnos de un país donde no nos sentíamos al unísono con la Iglesia local, cuyas directrices no nos parecían estar en la línea del evangelio.

Pero, a pesar de esto, os lo repito: fundé la Fraternidad para que fuera una célula de Iglesia, para que a través de ella la Iglesia estuviera presente donde no era conocida y amada.

La Iglesia institucional es la Iglesia de Cristo, y nosotras somos sus miembros. Queremos ser profundamente solidarias con ella, precisamente para que los más pobres y los más abandonados puedan descubrir el rostro amoroso del Señor.

Entrevista, 8 de febrero de 1983

A pesar de sus límites y rigideces, mantengamos viva la esperanza en la Iglesia, porque la verdad y el amor terminan siempre por vencer.

Pronto tendré 85 años y he visto grandes transformaciones a través de nueve papas sucesivos, desde León XIII a Juan Pablo II, que representan una continuidad en el deseo de que la Iglesia esté más presente al mundo de su tiempo y más atenta a la dignidad de la persona humana.

Hoy se vuelve a descubrir la colegialidad en el gobierno de la Iglesia y una búsqueda incesante de la unidad a través del ecumenismo. La noción de Iglesia-pueblo de Dios se ha profundizado y permite una gran colaboración de los laicos, hombres y mujeres, en su misión. La Palabra de Dios en la Sagrada Escritura se ha convertido en el alimento habitual de la vida de fe y la Biblia es ahora accesible a todos.

Lo que yo deseo es, en primer lugar –y es el deseo de muchos–, que, aun siendo la Iglesia de todos, sea cada vez más la Iglesia de los pobres, de aquellos que Cristo amó con predilección. Que todos sus pastores se comprometan sin temor a favor de los oprimidos y despreciados.

Que no construyan más «palacios» episcopales, ni se rodeen de muebles y objetos de lujo. Que se supriman poco a poco todos los títulos honoríficos: reverendo, reverendísimo, etc., para que estos cargos expresen realmente un rol de servicio.

Que la Iglesia católica abra de par en par las puertas a las otras Iglesias y que sea cada vez más, como Cristo, misericordiosa con todos los pecadores y acogedora con los no creyentes.

6. La pasión de la unidad

Magdeleine sufrió desde su infancia las consecuencias de la falta de unidad entre las personas y los pueblos, y luchó siempre para que los corazones acogieran el perdón, el amor a la diversidad y la concordia. Su amistad con los musulmanes tiene el mismo sentido y la misma inspiración. Cuando descubre la existencia de cristianos árabes, que hablan y rezan en la misma lengua que los creyentes del islam, y percibe los malentendidos y sufrimientos que ha habido entre estos cristianos orientales y la Iglesia de Roma, quiere pertenecer a estas Iglesias, estar en ellas, adoptar sus ritos. Como no puede soportar las barreras y divisiones, se interesa por las distintas Iglesias cristianas, y sobre todo por aquellos creyentes que en ellas tienen el deseo y la preocupación de la Unidad.

Su corazón abierto de par en par por el Amor mismo de Jesús le hace soñar, y realizar en una cierta medida, la posibilidad de acoger en la congregación a chicas pertenecientes a otras Iglesias…, e incluso, al principio, se entusiasmó con una joven musulmana que quería ser Hermanita…