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Carta, 4 de julio de 1949
Al padre Voillaume
Mi deseo de dimitir en la próxima Navidad se concretiza. Si insisto tanto, es por una razón mucho más fuerte que el bienestar personal… El Señor espera de mí algo que no se puede compaginar con una responsabilidad tan grande: en primer lugar, ir a vivir algún tiempo bajo la tienda; después, encerrarme en el silencio y la soledad de Béni Abbès para trabajar sobre el hermano Carlos de Jesús. Pero hay otra cosa: Rusia se insinúa en el horizonte… Libre de toda responsabilidad, podría ir allí para dar mi vida como lo he soñado siempre. Recuerde lo que me dijo un día: que yo no podía ir a Rusia sin tener la certeza de poder volver… Si me liberan de mi cargo, mi lugar estará allá…
Carta desde Atenas, 20 de agosto de 1949
A las hermanitas
En Atenas, una hermana de San José me dice que en Bulgaria casi todas las religiosas están en campos de concentración o trabajan en fábricas. Esto me lleva a pensar una vez más en mi proyecto de viaje detrás del telón de acero…
Para 1951 proyectamos la fundación de fraternidades en Vietnam y con los enfermos de lepra en Camerún. Ya sabéis que mi deseo de retirarme del cargo de Priora General no es por cobardía, sino para servir mejor de lejos. Pero de momento, lo que me preocupa es Damasco, Khabab y Nazaret. Diez hermanitas me están esperando allí. Son pocas para las tres fraternidades, y es necesario mandarles refuerzos sin tardar.
Espero que, entre las nuevas postulantes, haya muchas vocaciones para el Sahara, para la tienda de los nómadas. Tenemos que responder claramente a quienes dicen que hemos abandonado la patria del hermano Carlos de Jesús (el Sahara). Me siento triste cada vez que, junto a diez fraternidades en Francia, no puedo hablar siquiera de una sola que sea estable en el Sahara, porque la de El Abiodh solo está abierta de momento unos meses al año.
Las futuras fundaciones de Oriente me dan mucha alegría. Es normal que tengamos dificultades, y más en estos tiempos tan complicados. Ayudadme siendo verdaderas hermanitas. Me cansa y me duele mucho ver a algunas que no lo son porque no quieren. Si es porque no pueden aún, tengo una gran piedad y mucha menos pena. Pero no os inquietéis, ya sé que estáis casi siempre en este último grupo.
Carta desde Damasco (Siria), 11 de diciembre de 1949
A las hermanitas
Navidad va a ser una fiesta muy hermosa en Belén. Hace mucho que espero dejar el primer lugar para vivir una nueva etapa. Compartid mi alegría por este momento que se acerca, el 25 de diciembre.
No me voy ni por cobardía ni por cansancio. Es verdad que, aun cuando mi cuerpo está agotado por tantos caminos recorridos y tantas noches en vela, siento el corazón ardiente como el primer día y estoy dispuesta a conduciros por todo el mundo. Lo que me cuesta es ese primer lugar que he ocupado contra mi voluntad. En cuanto advertí que otra podía ocuparlo, no pude soportarlo más. Diez años, era lo máximo que el Señor y yo habíamos convenido. Esta es la verdad, no hay otra.
Ahora, ayudadme a desaparecer. Acepto continuar siendo la «madre» en la intimidad del hogar. Es el único título que no se puede arrancar del corazón, es el único título que me importa, aunque sé que lleva consigo mucho sufrimiento. Pero, a los ojos del mundo, ayudadme a desaparecer.
Dejadme ir muy lejos para que pueda en verdad dar mi vida, no en sueños sino en realidad. Dejad que me vaya, incluso al cielo que tanto deseo. Así cada una podrá encontrarme de manera mucho más personal y cercana.
Carta de Bagdad, 20 de agosto de 1954
Gracias por su oración. Me siento tan pobre… Estoy cansada, agotada, no puedo más, pero esto no siempre es visible.
Me pregunta a qué me refiero cuando hablo de irme lejos. Creo que ya el año pasado le hablé de mi proyecto de irme a los países del Este en 1955. Es confidencial sin serlo, porque todas las hermanitas lo saben, pero es mejor que no lo sepa otra gente.
El Santo Padre está al corriente y bendice este proyecto. Rece para que yo tenga fuerza y valor para ello. He dado la vuelta al mundo, y en él hay una mancha oscura. Es allí donde quiero penetrar y morir para que el Niño Jesús y la Santísima Virgen reinen también en esos países.
Todos los otros proyectos se realizaron al pie de la letra, y con este será lo mismo. Es el Señor quien me traza el camino, no soy yo…
Alocución al primer Capítulo General, 17 de septiembre de 1954
Tengo que deciros otra cosa: mi misión va a estar desde ahora al otro lado de las fronteras de los países del Este. Os pido a vosotras, hermanitas del capítulo, que cuando llegue el momento de mi marcha me ayudéis a irme… porque estoy convencida de que esta misión viene también del Señor. El Santo Padre y el cardenal Tisserant la han aprobado. Suplico al capítulo que me ayudéis. Para esta última misión tendréis que darme ánimo, tendremos que darnos ánimo mutuamente. Junto con el dolor de la separación, tendremos la alegría de saber que la Fraternidad está presente al otro lado… Ya sabéis que os llevaré a todas conmigo.
Carta desde Viena, 6 de septiembre de 1957
A una religiosa amiga
Llegó la hora… Mañana, en la madrugada del sábado, víspera del 8 de septiembre, la separación se habrá hecho realidad: estaré del otro lado del telón de acero. Puede usted suponer el dolor y la alegría que dividen mi alma. Me voy porque el Niño Jesús de Belén me conduce de la mano y nunca le he resistido.
Me voy con todas las autorizaciones de la Iglesia, llevándome una estampa con la firma del papa escrita a mano por él especialmente para mí. Con esto quiero decirle que tengo toda la fuerza de la obediencia.
Voy a encontrar a dos hermanitas en Praga y a una en Varsovia. Otras irán más tarde…
Recuérdeme en su oración. Voy a llevar al Niñito Jesús al otro lado de las barreras.
Carta desde Roma, 15 de diciembre de 1957
A las hermanitas
Aún no me llego a creer que soy yo la que estoy en Roma en medio de doscientas hermanitas. Me parece que sueño y que vivo en pleno misterio.
El 4 de noviembre recibí un telegrama de las hermanitas que están en Praga pidiéndome que fuera allí urgentemente, lo que me obligó a coger un avión para llegar antes de que se marcharan a Francia. En Praga solo tenía un visado de 48 horas, por lo que no tenía otra solución que irme hacia un país de la zona libre. Después de un momento de duda, no pude más que interpretar estos acontecimientos como una indicación providencial para ir a Roma a encontrarme con hermanita Jeanne y el Consejo General reunidos con monseñor de Provenchères, para explicarles los nuevos proyectos que llevo en el corazón.
Y después de esta reunión, ¿cómo resistirme a la súplica de las doscientas hermanitas que iban a tener un tiempo de seis semanas de formación, y de las cuales más de cincuenta no me conocían aún? ¿Y cómo dejarlas algunos días antes de Navidad, nuestra fiesta tan querida? Es por esto que estoy en Roma, en medio de las hermanitas, que había dejado para siempre…
Mi estancia aquí va a terminar pronto. Me iré de nuevo, pero esta vez los adioses serán menos dolorosos, ahora que el Señor amado, a quien yo había hecho esta ofrenda definitiva de la separación, ha manifestado que sabe, cuando quiere, inventar las razones más imprevisibles para reunirnos…
Diario, agosto de 1963
En Polonia
El 24 de agosto, estando yo en Czestochova, Bozena llega de Cracovia. Hablo mucho rato con ella, gracias a la madre Emilia, una religiosa conocida, que hace de intérprete. Teresa, Wanda, Bozena son las piedras angulares de las futuras fundaciones.
Diario, julio-agosto de 1964
En Polonia
El 28 de julio nos encontramos con hermanita Krystyna (primera hermanita polaca, que conoció la Fraternidad y entró en ella en Francia) en casa de la familia de Teresa, que nos recibe con mucho cariño. Por la noche volvemos a nuestra camioneta y nos vamos a dormir a un rincón tranquilo. Al día siguiente, por la mañana, vamos a pasar algunas horas en la casa de las religiosas del Sagrado Corazón. Hermanita Krystyna y Teresa se juntan a nosotras allí, pero Teresa nos deja pronto porque tiene que ir a trabajar al hospital.
El 3 de agosto, en Cracovia, vamos a casa de la familia de Bozena. La mamá acepta de buena gana la estancia que su hija va a hacer en las fraternidades. El padre Pedro nos sirve de intérprete.
5. En el corazón de la Iglesia
Podríamos decir que hay tres fases en la relación de hermanita Magdeleine con la jerarquía eclesial. Al comienzo, transcurre un tiempo en el que se encuentra con muchas dificultades e incomprensiones, pero tiene el apoyo y el afecto de las personas que para ella representan de modo especial a Cristo: el papa, monseñor Montini y los obispos encargados de la congregación. Desde el inicio tiene el deseo y la preocupación de que su andadura sea verificada y aprobada por la Iglesia. Necesita que toda la novedad que supone la Fraternidad sea ratificada: esto es lo que le da seguridad. Por esto, desea fundar en alguno de los barrios marginales de Roma una de las primeras fraternidades obreras, así como establecer allí un noviciado, y sobre todo la casa generalicia… pero todo esto con su estilo y su genio propio. La casa central de la congregación se va a constituir en un terreno cedido por los trapenses, donde monta unos barracones de madera, y allí es donde está hasta hoy la Fraternidad General de Tre Fontane.
Más tarde, será la gran prueba, la contradicción suprema, en que todo parece naufragar, y en la que aprende lo que es «sufrir a causa de la Iglesia». Debido al incremento de acusaciones y quejas, el Vaticano decide enviar un visitador apostólico, representante del papa que tendrá, durante la duración de la visita, la máxima autoridad en la congregación. Hermanita Magdeleine deberá apartarse de Roma y de hermanita Jeanne, responsable general. El visitador comunica su intención de hablar con todas las hermanitas «para saber lo que va mal en la Fraternidad». Magdeleine teme que vaya a destrozar la obra de su vida, que –lo cree firmemente– viene de Dios. A pesar de ello, desea con todas sus fuerzas continuar amando a la Iglesia. La visita termina inesperadamente un año y medio más tarde, sin mayores consecuencias, y al final del túnel aparece una luz radiante: el Vaticano II.
Magdeleine, en cierto sentido precursora del concilio, se adhiere a él con todo el gozo de su corazón y transmite esta alegría y esta esperanza a su alrededor. Hasta el final de su vida dirá siempre claramente a los responsables de la Iglesia aquello que no le parece evangélico, sin dejar entrar en su corazón rencor ni amargura.