7 Tools, Instruments, and Equipment
6* STRUCTURES AND SURFACES
Mi mano en la mano de Jesús…
Notas confidenciales, 1946
Una vez más, Jesús, sentí tu acción y tu presencia en lo más profundo de mi ser. Me llevó tiempo comprender por qué camino nuevo querías conducirme; me llevó tiempo, porque no veía claro. Alrededor de mí no había más que tinieblas, pero yo tenía una gran confianza, porque me dabas la mano.
Y tú me condujiste a la claridad, y a la luz de tu Amor universal entendí en un segundo lo que nunca nadie me hubiera podido hacer comprender. En esta luz y esta hoguera de Amor, mi pobre corazón se abrió de par en par para adoptar a todos los seres humanos, sin ninguna excepción. No dudé ni un segundo, no tuve la tentación de decir: «Señor, mi corazón es demasiado pequeño, no puedo», porque yo bien sabía que no sería yo sola quien les amaría, sino mi corazón con el tuyo, Jesús.
Era todo tan simple, tan luminoso. ¡Aún no había entendido que este ensanchamiento del corazón no les quitaría nada a los que para mí continúan siendo la porción escogida del rebaño: mis primeros hijos, mis nómadas del Sahara! Ahora iré hacia ellos con un corazón aún mayor, que ya nada podrá encoger.
Este amor universal lo transmitiré a todas mis hermanitas, porque todo lo que tú me das, Jesús, es para ellas: una madre no tiene el derecho de guardar nada para sí. Y ellas darán su vida, como Jesús, por todos los hombres del mundo entero.
Jesús, estoy segura de que tú quisiste, para empezar, esta exclusividad por el islam, para no dispersar nuestras fuerzas de niñas pequeñas, y que ahora eres también tú quien quiere hacernos crecer en amor.
Jesús, con la mano en tu mano, te seguiré por todas partes, hasta el fin del mundo.
Carta desde El Abiodh, 12 de febrero de 1947
Padre, las hermanitas se fueron a ver a los enfermos y yo me quedé para escribir. Necesitaba estar a solas con Jesús, pero este rato no se interrumpe por escribirle a usted, porque él está muy presente entre nosotros…
Me ha entristecido un poco pensar que muy pronto vamos a separarnos. Ya sé que nos encontraremos en otras partes, pero ya no será en El Abiodh, donde tenemos tanta paz. ¡Qué importa, no se preocupe! Jesús ha ocupado todo el lugar en mí y ya no puedo lamentarme, pero me parece importante escribirle todo lo que no sé decirle de viva voz.
En primer lugar, quiero darle las gracias. Usted nunca deja que se lo diga, cuando hablamos. Y, no obstante, ha sido tan bueno, tan paternal y fraterno con todas las hermanitas y conmigo… Me ha dado su tiempo, tan valioso. Yo le pedía cada vez más, y usted aceptaba pacientemente. Puso todo de su parte para que El Abiodh fuera acogedor para nosotras. No hemos podido ayudar casi nada porque no teníamos experiencia y todos ustedes se pusieron a nuestro servicio en todos los aspectos: espiritual, moral y material.
Y ahora, como sin duda adivinará, voy a continuar con «perdón». No crea que se trata solo de una palabra. Es algo muy hondo. Ya lo era antes de este período de luz, pero es más profundo ahora que he comprendido mejor el amor. Quisiera estar todo el tiempo de rodillas para pedir perdón. Perdón si no alcanzo a comprender totalmente lo que usted me dice, si hago mal tantas cosas, si soy tan torpe. Seguramente lo entristecí cuando le dije que usted era frío, demasiado teólogo, que El Abiodh no era bastante pobre. Padre, usted sabe bien que se trata solamente de torpes palabras, pero que, desde hace muchos años, siento hacia usted una confianza total, porque representa de verdad a Jesús para mí. Le digo más, siento un cariño profundo por usted. Es curioso, no me cuesta nada hablar de afecto, de amistad con usted. Nuestra relación se basa en Jesús y es legítimo que entre «el Padre y la Madre», como dicen las hermanitas, exista este afecto. Viene de Jesús solo. Esta unión entre nosotros es muy hermosa, una unión total, sin sombras, que al mismo tiempo me deja mucha libertad para explicarle todo mi pensamiento cuando difiere algo del suyo. Esto da mucha seguridad a las hermanitas.
Este tiempo en El Abiodh representa para mí una etapa muy importante. Regreso cambiada. Me impactó desde el primer día la capilla de los hermanos, que me evocaba la sangre redentora, y muy pronto me encontré con el sufrimiento de Jesús. Después del Niño Jesús del pesebre fue el Jesús de la pasión. De El Abiodh me llevo como una herida en el corazón, algo muy doloroso, pero al mismo tiempo muy pacificador, como una fuente de vida nueva que me ha estabilizado en el Amor. Estoy convencida de que va a ser un enriquecimiento para todas mis hermanitas, ya que lo que Dios me da no es solo para mí; es también para ellas y, a través de ellas, para las personas a quienes se acerquen.
Ya no tengo ningún deseo, ni siquiera el de ir rápidamente al cielo, porque ya estoy un poco en él. Durante esos días en el desierto, estaba a solas con Jesús, nada me estorbaba; todo lo que veía era hermoso, pero él aún lo era más. Y ahora, mientras las hermanitas van a curar a los enfermos, encerrada entre cuatro paredes, en medio de alfombras (lo que me hubiera horrorizado en otro tiempo), estoy con él, y él es mucho más hermoso que todo lo que podría ver fuera.
Gracias por su carta. Sí, yo también estoy persuadida de que no debo querer nada por mí misma sino dejarme hacer por él. ¿Qué importa la alegría o el sufrimiento? En Jesús está todo: la dulzura y la pequeñez del pesebre, los horribles sufrimientos de la pasión que he vivido estas últimas semanas, la gloria y la bienaventuranza de la resurrección. Entonces, ¿qué importa por dónde me haga pasar, con tal que yo lo ame y transmita su amor?
Usted ha sido muy bueno, creo que lo ha entendido todo y he podido abrirme completamente, sin tener miedo a no ser comprendida. Me parece que, aun cuando no nos viéramos más, todo está claro entre nosotros. En sus viajes volverá a oír hablar mal de mí; no importa, yo me he equivocado muchas veces, mi comportamiento corresponde muy poco al amor que Jesús me manifiesta. También en esto, solo puedo decir: «Es mi culpa». Habrá tormentas contra nosotros, contra mí. Resistiremos con la alegría de sufrir y de ser calumniados, pues nunca lo seremos tanto como Jesús. Rezaré mucho por usted, sobre todo para que todo lo que realice, que tal vez pueda sorprender y chocar, no sea para nadie ocasión de faltar a la caridad, al amor. Tendremos que tener mucha mansedumbre, no mirando a Jesús cuando estaba con los fariseos, ni con los vendedores
capaces de entenderle rápidamente. Por encima del testimonio de pobreza, tenemos que dar testimonio de caridad: Jesus Caritas, y la caridad de Jesús no puede dañar a su pobreza. Perdone que le diga estas cosas, en este momento me sermoneo a mí más que a usted.
El otro día me dijo: «Tendremos que saber romper con nuestro ambiente». Sí, es cierto, pero con amor. Le aseguro que no debemos propiciar el desprecio que los ambientes obreros, incluso cristianos, sienten por la burguesía.
Yo misma caí en la trampa. Creo que se lo dije. Era un momento muy doloroso de nuestra existencia, arruinada por la guerra de 1914, y ya desde antes, a causa de la conciencia delicada de mi padre, de su santidad, diría yo. Ciertas personas sin valores morales, pero que conservaban una fachada de nobleza y de riqueza, nos dejaron de lado y nos despreciaron como a parientes o amigos pobres. Era en un tiempo en que era casi un deshonor no tener una chica de servicio, abrir una misma la puerta de casa, hacer las compras, ir a buscar el agua a la fuente y viajar en tercera clase. Entonces, moralmente, rompí con mi ambiente y me dio mucha alegría encontrar afecto y amistad al otro lado de la barrera. Fue un periodo muy difícil de mi vida. Durante ocho años, en Nantes, fui a la vez directora del internado del Sagrado Corazón y de la escuela popular. Llevaba como una doble vida y más de una vez me sentí despreciando a los que se creían preservados del desprecio y reservando todo mi amor a los pequeños y los débiles. Era el comienzo de la JOC y participé en esa movida. Todo eso hubiera podido hacerlo con mucho más amor. En el fondo, les falta luz a unos y a otros, por lo que son mucho menos culpables de lo que pensamos. No se conocen entre ellos, y así no pueden comprenderse ni amarse. Con nuestras diferentes fraternidades: de servicio, de adoración, obreras, tal vez podemos intentar que se encuentren… ¡Es tan hermoso ver que las familias fraternizan cuando vienen a una fiesta a nuestra casa de Le Tubet! ¡Sería tan bella esta fraternidad universal de todos los estamentos sociales! Algo así como en los primeros tiempos del cristianismo… o como en el cielo.
Esto no impide que nos consagremos preferentemente a los ambientes pobres, pero sin ideas preconcebidas, ya que, mientras estemos de un solo lado de la barrera, el problema no se resolverá. Se necesitan ocasiones de encuentro, aunque esto suponga también ocasiones de roce.
Le digo esto tal como lo pienso, usted trabájelo, ya que es el padre y el guía. Yo solo quiero ser una hermanita muy pequeña a su lado.
Carta desde Túnez, 7 de marzo de 1947
Al padre Voillaume
Desde que me fui de El Abiodh ya no me pertenezco, se lo he dado todo a Jesús con alegría… Ya le dije que me cuesta encontrarme de nuevo en medio del mundo, obligada a hablar y a escuchar. Tengo la impresión de volver de muy lejos. No lo digo por quejarme, pues entiendo que es mi deber. Además, Jesús lo ha colmado todo, así que ni esto me puede separar de él. Pero sufro, porque me siento muy lejos de todo lo que me rodea; muy lejos y al mismo tiempo muy cerca, es difícil de explicar. Sufro, sobre todo, porque quisiera compartir con los demás mi dolor por los sufrimientos de Jesús, por los sufrimientos del pecado. Le aseguro, padre, que es un abismo cuyo fondo no llego a sondear. Usted me dice que hay que aceptar ser pecador. No sé cómo explicárselo. Nunca sabré explicárselo, es mejor que no lo intente más, porque cada vez me afecta el hecho de no llegar al final de mi explicación. Aun así, no estoy inquieta: Jesús está intensamente conmigo.
¿Se acuerda de cuando le conté mi primer encuentro con el Niño Jesús? Después de haberlo contemplado, como que se fundió, se incorporó a mí y transformó mi vida. Lo mismo fue con el Jesús de la pasión, de la flagelación, de la cruz. Primero estuvo fuera de mí, y todas las noches su contemplación era para mí causa de espantosos dolores y después, no sé cómo decirle, fue como con el Niño Jesús: penetró en mí y aún es muy doloroso, pero de otra manera. El mayor dolor ahora es ver que los demás no lo entienden, no lo viven. No puedo comprender que permanezcan insensibles ante la pasión de Jesús. Quisiera hablar de ella a todo el mundo, como hice con el pesebre del Niño Jesús. Tengo dolor por todos los hombres, yo quisiera pedir perdón por todos, por mí. ¡Perdón! Permita que continuamente pida perdón.
Y cuando ahora pido perdón, ya no se lo pido a Jesús, con Jesús se lo pido al Padre. Me da miedo que no sea muy… teológico. Cada vez tengo más ganas de hacerme muy
pequeña, desde un rinconcito mirando a Jesús…
Carta desde Le Tubet, 28 de marzo de 1947
A las hermanitas de Túnez
Todas mis reuniones, en este mes de marzo, estarán centradas en la pasión y la inmolación. Hasta aquí, corríamos el peligro de que la sencillez de los niños nos hiciera olvidar el deseo de expiación y de reparación. Este año, en El Abiodh, el Señor me ha hecho comprender mejor el misterio de su sufrimiento por la redención del mundo.
Hermanitas, entrad a fondo en esta redención. El Niño Jesús es nuestro tesoro, es la gracia de la fundación. Pero este mismo Jesús a quien que tanto amamos es el que, por amor, sufrió la pasión. Meditadla a menudo. Cuando los periódicos cuentan el martirio de ciertos prisioneros torturados, todo nuestro ser se estremece, mientras que la pasión de Jesús se ha convertido en algo tan conocido que leemos distraídamente sus detalles…, los detalles horribles de la flagelación, de las manos y los pies clavados a la cruz.
Carta desde París, 21 de octubre de 1947
Al padre Voillaume
Sueño con un amor como nunca lo he visto explicado en un libro, como nunca lo he visto recomendado a las religiosas…, un amor que sea a la vez divino y humano. Sueño que se pueda dar mucha ternura a todos, una ternura que, aun cuando salga de un corazón humano, sea tan divina que no ocasione inevitablemente el desorden de los sentidos.
¿Por qué el amor no puede ser a la vez ardiente y puro? ¿Cree que no sería realizable?... Podríamos intentarlo en primer lugar nosotros, y luego enseñar a todas las hermanitas a ensanchar el corazón.
¿Acaso, por el hecho de ser religiosas, debemos cerrar el corazón en vez de abrirlo, no solo en el fondo sino en la expresión? Le aseguro que el mundo tiene necesidad de amor. Yo quisiera amar a todos los seres humanos. Quisiera poner una chispa de amor en cada rincón del mundo: en Egipto, en el Brasil, dentro de poco en el Japón… Una chispa
es algo que provoca incendios de bosques en Provenza. ¿No podría el amor crear hogueras en el mundo entero?
Pasando por Saint Fons vi todas las chimeneas de fábricas y pensé que un día enviaría hermanitas allí… Pasando por Péage de Roussillon, vi el barrio obrero de Rhône y pensé que allí también enviaría hermanitas… Padre, hacen falta por todas partes hogares de amor.
Carta desde Siria, junto a un campamento de nómadas, 25 de diciembre de 1948
A las hermanitas de Le Tubet
He pedido hoy para vosotras, como regalo de Navidad, la alegría en la inmolación..., la inmolación del cuerpo y del corazón, de la voluntad y de todo el ser, que acepta el sufrimiento como Jesús recién nacido, que debía de encontrar muy dura la paja de su pesebre y muy helada la noche de su nacimiento. Inmolación alegre del Niñito divino, que sonreía a su madre y a los pastores, a los magos y a todos los que rodeaban su cuna. Os suplico que vuestra inmolación no tenga nada de trágico y que no busquéis que la gente se apiade de vosotras. Sobre todo, no la viváis en la imaginación, pues os hundiría sin que tuvierais la gracia necesaria y jugaríais a la incomprendida en lugar de levantar la cabeza para tratar de sonreír a aquellos que tanto necesitan vuestra amistad y vuestra alegría. Quizás sufren más dolorosamente que vosotras, sin que se note...
Que el Niño Jesús os bendiga, que os haga a la vez crecer y disminuir, sufrir y sonreír, que os dé su fuerza y su dulzura, su ciencia y su sabiduría, su humildad y su sencillez.
Universalidad
Carta desde Le Tubet, 22 de mayo de 1946
A las hermanitas de Túnez
Estuve muy contenta al recibir vuestra primera carta y ver la unidad que hay entre vosotras. Esta unidad la siento cada vez más fuerte entre todos los miembros de nuestra familia que crece.
¡Si supierais cuál ha sido la última sorpresa: el Espíritu Santo sopla decididamente en el sentido de la «fraternidad obrera»! Las hermanitas de Le Tubet han establecido un turno de trabajo para ganarse la vida durante el noviciado: dos hermanitas pasaron quince días en un taller de zapatillas con suela de cuerda. Desde entonces las están haciendo y han ganado diez mil francos en tres meses.
La idea que tuvimos en Túnez ha hecho rápidamente su camino. A partir de julio o agosto va a empezar nuestra primera fraternidad obrera.
La carta de monseñor Mercier mantiene su decisión de cerrar temporalmente la fraternidad de Sidi Boujnan y de no abrirla hasta que se puedan enviar allí profesas perpetuas bien formadas. Pero tiene la esperanza de que podamos fundar enseguida la de El Abiodh. Permanezcamos unidas en una obediencia llena de amor, a pesar del sufrimiento.
Estoy segura de que las cosas irán cada vez mejor. ¡Ánimo! ¡Con el Señor aguantaremos!
Ánimo y confianza, estamos unidas…
Carta desde Le Tubet, 2 de junio de 1946
Al padre Devillard, su amigo jesuita
Imagínese que me han condenado al reposo más completo durante ocho días, por orden de todas las autoridades. Y cuanto más descanso, más cansada estoy.
Obedezco, sin embargo, con alegría, pues hacía años que no tenía la suerte de poder estar a los pies de Jesús, como María en Betania.
El Espíritu Santo ha soplado como una tempestad y es esto lo que me ha cansado. Le anuncio, para el mes de agosto, la fundación de nuestra primera fraternidad obrera, en una casa de Aix que nos han ofrecido. Va a ser la primera de las muchas que van a seguir. Las hermanitas trabajarán en talleres y en fábricas.
No se asuste y no piense que es una dispersión. Touggourt, El Abiodh, Túnez, continúan siendo el objetivo principal. Pero antes hay que canalizar las vocaciones, que llegan muy numerosas. Las estancias en fraternidades obreras serán la mejor preparación humana para unas hermanitas que van a llevar una vida dura en el Sahara.
Tendremos, en Francia y en África del Norte, algunas fraternidades de adoración con el Santísimo Sacramento expuesto noche y día (en la medida de lo posible). Las hermanitas obreras irán allí cada año para hacer su retiro y pobres hermanitas como yo podrán retirarse en ellas en su vejez. También habrá espacio para acoger a los que vengan a rezar. Serán un centro de fervor en el espíritu del hermano Carlos.
Todo esto con la aprobación del nuevo arzobispo, monseñor de Provenchères, que va a ser nuestro responsable como ordinario de la casa madre.
No pienso más que en el cielo. Me parece que ya no tardará mucho y que seré yo quien funde la fraternidad de allá arriba.
Mi testamento, «La levadura en la masa», sigue su camino, pero no hay justo medio entre el entusiasmo y la condena. Muchas religiosas han reaccionado bien; esto me ha consolado. Voy a enviárselo ahora a monseñor Montini y al Santo Padre. Ya se sabe, ¡estas historias se pagan caras!
Diario, 26 de julio de 1946
En la Sainte-Baume, como si una gran luz interior me lo impusiera, tengo de pronto la certeza de que nuestra congregación debe extenderse al mundo entero y llegar a ser «universal». Para mí supone el sacrificio de una idea que me era muy querida: la
islam. Por un momento me desconcierta, pero al mismo tiempo estoy segura de que esa