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Carta desde El Cairo, 29 de mayo de 1948

A las hermanitas de Le Tubet

Hoy es mi primer día en El Cairo. Podéis adivinar mi alegría al llegar a la ciudad y encontrarme con hermanita Yva. Juntas fuimos al aeropuerto para acoger al padre Voillaume.

Aquí hace mucho calor, un calor intenso, como el de Touggourt y Argel. Nos hemos movido mucho y hemos visto a muchos amigos. Nada más llegar, el padre tuvo que dar una conferencia sobre el espíritu del hermano Carlos de Jesús y sobre las fraternidades. Sus palabras penetraban en lo más profundo de los corazones.

En su conferencia, habló de la fundación de una fraternidad de hermanitas en medio de los gitanos. Es así como me enteré de que la aprobaba… Sentimos que crece cada vez más nuestra unión.

Hablamos de un posible viaje al Alto Egipto con el padre De Montgolfier, S.J., para conocer Garagos, el pueblecito donde él vive. Todo está muy impreciso; sin embargo, se nos abre una pequeña luz de esperanza: tal vez un día podamos fundar allá.

Esta mañana, misa en rito melquita. Abro mucho los ojos y el corazón para intentar comprenderlo todo. Mi amor ya lo tienen, pero es muy nuevo para mí, mientras que hermanita Yva está como un pez en el agua...

Creo que tenemos que prepararnos para salir en todas direcciones, para ser enviadas de dos en dos a través de pueblos y ciudades. No os asustéis, Jesús será vuestro compañero… Jesús con María, su madre, la Señora del camino.

Preparaos. Me duele mucho darme cuenta de que alguna de vosotras está encerrada en sí misma. ¿Cómo queréis que la envíe por los caminos si es para mirarse el ombligo? Caerá en la primera piedra, al primer rasguño. A esa me veré obligada a dejarla en un invernadero bien calentito, bien protegido de todas las corrientes de aire.

Sed valientes y, cuando hablo de tener valor, no es solamente físico; es sobre todo moral y espiritual. La sencillez del niño sería tibieza y niñería sin el contraste de la fuerza de alma. No cesaré de repetiros: «Sed sencillas y verdaderas». No seáis «mujercitas» en el mal sentido del término, ya que el ser verdadero de la mujer, salido de la mano de Dios, es muy bello, porque es auténtico.

Esta simplicidad y esta transparencia serán vuestra fuerza en las situaciones más difíciles. Ellas serán vuestra barrera y valdrán más que todas las barreras materiales para preservaros del mal.

Carta, 29 de junio de 1950

A las hermanitas

Cuando me preguntan a dónde voy y de dónde vengo, cuál es mi puerto de anclaje, siempre me resulta difícil contestar. A pesar de contradicciones y obstáculos, he recorrido sin reposo ni tregua la ruta que inicié hace diez años y que ahora se abre aún más amplia delante de mí… Mañana será Oriente, pasado mañana Roma, después África del Norte, Camerún…; después de esto, el Japón, Vietnam, la India, Moscú… Voy a seguir por los caminos hasta el final de mis días y no estoy ni soñando ni fanfarroneando, como mucha gente ha comentado.

Soy verdaderamente nómada por esencia; ya no puedo estar agarrada a nada. A lo largo de los caminos, pienso en la cantidad de personas que esperan el mensaje del hermano Carlos de Jesús. Mirad el mapa del mundo. Nosotras llegamos a una mínima parte. Y, sobre todo, mirad en el mundo la cantidad de personas infelices que nos llaman: los presos, los deportados, los basureros, los usuarios de los albergues de noche… Tomadlos en vuestra oración, esperando que podamos un día estar presentes en medio de ellos.

Carta desde el Camerún, 13 de febrero de 1951

A las hermanitas

No estaré contenta hasta que haya encontrado la tribu más incomprendida y más despreciada de la tierra, el hombre más pobre, para decirle: «El Señor Jesús es tu

hermano, y te ha elevado hasta él… Yo vengo junto a ti para que aceptes ser mi hermano y mi amigo».

Un día me enteré de que los campesinos africanos tratan como esclavos a los pigmeos de la selva y que les desprecian, creyendo que no tienen alma, así que tengo el deseo de ir a su encuentro para amarlos y confiarlos a las hermanitas. Por esto, dentro de quince días iré a ver a los pigmeos del Camerún, y tal vez más tarde a los del Congo… ¿Quién de vosotras querrá consagrarse a este puñado de seres humanos, que son los predilectos del Señor Jesús?

Carta desde El Abiodh, 26 de abril de 1951

Al padre Voillaume

Desde que el Señor me tomó de la mano, nunca pensé ni una sola vez que fuera cosa mía. Es como una fuerza que está en mí y a la que no puedo resistir. Quisiera parar y no puedo, cuando necesitaría tanto reposo… La última carta de monseñor Mercier me urge a fundar en El Goléa, en In Salah, en Tamanrasset…

Tengo mucho miedo de lo que me espera, debido a mi debilidad física; miedo de esa fuerza que está en mí, de este poder de concepción, de organización, de trabajo, aunque me sienta continuamente a punto de desfallecer.

El Señor me urge a ir por todas partes a plantar hermanitas y a luchar contra el mal que encuentro, sin miedo a decirles la verdad a los grandes de la tierra, aunque me vayan a condenar. Me obliga a salir de la sombra en que yo quisiera permanecer.

Hay en mí una intensificación del amor por el Niño Jesús. No puedo separarme de él. Está en mi vida, en mi ser, es él el que lo hace todo. Las fraternidades son para mí como la gruta de Belén, donde él tiene su cuna. Es por esto que me gustaría que hubiera muchas para que, desde ellas, el Niño irradiara sobre el mundo para que sea más humilde, más pacífico, ya que solo él puede vencer el odio y el orgullo. Si quiero irme a Moscú, es para llevarlo allí; quisiera que usted lo comprendiera bien.

Continuaré repitiendo a todos que es necesario amarse, y dejaré en todas partes hermanitas que lo digan a su vez. El odio es terrible, y nos lo encontramos a cada paso. Los hombres se destrozan moral y físicamente y en demasiados países se educa a los niños con deseos de orgullo y de venganza.

Quisiera que hubiera tanto amor en el corazón de las hermanitas, tanta alegría divina reflejada en su mirada y en su sonrisa, que todos fueran alcanzados como por una presencia del Señor.

Para esto, tenéis que amaros en primer lugar entre vosotras. Hasta mi último suspiro os repetiré las mismas palabras: para empezar, sed buenas, caritativas, dulces y sonrientes con vuestras hermanitas; sin esto, vuestra sonrisa sonará a falso y vuestra dulzura no será más que un barniz del mundo.

Carta desde el Brasil, 16 de junio de 1952

A las hermanitas

Pasamos la noche en Goiânia y mañana iremos a Conceição de Araguaia. Después seguiremos por el río: tres o cuatro días de viaje para descubrir nuestra nueva fundación con los indios tapirapé. Nos quedaremos allí quince días, porque encontraremos nuevos problemas que resolver, y queremos vivir un poco con las hermanitas que se van a quedar allí… Además, solo hay avión cada quince días.

23 de junio de 1952 (continuación de la carta anterior)

Al llegar a la aldea, encontramos a un grupito de tapirapés que nos acogen con una sonrisa. Son los únicos sobrevivientes de un pueblo de 800 personas, que otro grupo indio destruyó hace cuatro años. Nos han discutido tanto la decisión de fundar con los ouldemés del Camerún, que son 1500… Aquí son algo más de 50 y es junto a ellos donde el Señor nos planta.

Carta desde África del Sur, 10 de octubre de 1953

El mundo entero nos llama a través de la voz de los pequeños, de los pobres y de todos los que sufren el desprecio y la injusticia; a través de la voz de las minorías ignoradas hacia las cuales otros misioneros no tendrán tiempo de ir…

Yo os precedo con hermanita Jeanne. Sé que humanamente es una locura y que todas las críticas y las inquietudes son comprensibles, pero camino a la luz de lo que creo ser la voluntad de Dios, en una total obediencia a la autoridad de la Iglesia, a quien lo someto todo.

Después de África, vamos a recorrer todo el resto: América del Sur y del Norte, Extremo Oriente, Oriente Medio, preparando en todas partes nuevas fraternidades. Para tener la fuerza y la audacia de continuar a este ritmo nuestra extensión a través del mundo, necesito sentir que todas me seguís, no solo con vuestras palabras sino sobre todo con vuestros actos. Por esto os lanzo una llamada urgente:

Ayudadme todas en esta misión que ahora es también vuestra: trabajar con todas nuestras fuerzas para la universalidad del amor. Mantened y desarrollad la unidad fraterna, a pesar de la renuncia que exige.

Nuestro viaje por África Central y sobre todo por África del Sur ha confirmado mi convicción de que la ruptura entre las razas y entre las clases sociales es uno de los más graves atentados contra el mandamiento del amor.

Mirad en el fondo de vuestro corazón. Hay en cada ser un racismo escondido y secreto, cuyas raíces son muy profundas. No nos lo confesamos, pero miramos siempre a nuestro hermano con un complejo de superioridad, y prueba de esto es que le juzgamos. No le juzgaríamos si pensáramos que nos parecemos, o que somos peores que él.

Estoy cada vez más convencida de que el Señor quiere para la Fraternidad que superemos los prejuicios de clases y de razas. Cuando os pregunten cuál es su origen, contestad: «Es internacional, es interracial».

Carta desde la India, 20 de diciembre de 1952

Tenemos que amar a todos los hombres sin excepción, pero de un modo especial a los pequeños y a los pobres. Si nos consagramos a un país, a un pueblo o a una raza, es para hacernos como ellos, dejando atrás nuestro país, nuestro pueblo y nuestra raza.

Nos hará falta prepararnos para ello, pues, a medida que la Fraternidad crezca, las dificultades aumentarán.

Amor preferente por los pequeños, por los que son despreciados; amor efectivo que debe traducirse en actos y no contentarse con bonitas declaraciones.

Nuestra vocación es exigente. No debemos permitir que alguien sufra en nuestra presencia si podemos, con una palabra o con un gesto, aliviar o impedir este sufrimiento. Más aún si es provocado por prejuicios de clase o de raza, que destruyen el amor fraterno y universal y perjudican a una inmensa mayoría de personas.

Diario, mayo de 1954

Encontramos a los primeros papúes en Port Moresby. Nos dirigimos a visitar un pueblo grande, Hanuabada, cuyas casas de madera están construidas en filas sobre pilotes, a la orilla del mar e incluso dentro mismo del mar del Coral. Una fraternidad estaría muy bien allí y veo enseguida que tendría que estar situada al principio de la primera fila de casas, ya que así sería accesible a las barquitas de pescadores, más o menos nómadas, que se amontonan en la bahía.

Alocución a las hermanitas reunidas en Roma, 2 de diciembre de 1958

El Señor, después de habernos dejado durante varios años exclusivamente orientadas hacia el islam, me impulsó a extender las fraternidades a través del mundo y me dio la idea de la universalidad: ya que no nos íbamos a limitar al islam, no había razón para excluir ni un solo país.

Para sostener el ritmo que hemos llevado, hemos necesitado vencer muchos obstáculos. Muchas veces tenía la impresión de que estaba subiendo una alta montaña y una cantidad de manos tiraban de mí para obligarme a bajar. Es terrible para un alpinista verse obligado a luchar contra los que quieren impedir su ascensión. ¡Creo que tengo el corazón tan cansado precisamente por esto! Felizmente, contaba con la aprobación de la

Iglesia, signo magnífico para animarme a escalar. La había pedido al Señor al inicio de la fundación y nunca me faltó.