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6. Specifying and measuring the quality attributes of the system.
observando que, sobre el juicio analítico como proceso epistémico, sí puede decirse que tiene la particularidad de formar juicios necesarios. Pero tan pronto como se asevera esta grave afirmación, es preciso añadir que solo lo hacen bajo un particular punto de vista, que no da para formar un conocimiento necesario acerca de la materia o de la propia naturaleza de los objetos de los sentidos. Cosa comprensible cuando se entiende que su labor prescinde de los datos de la experiencia y se centra en analizar información ya registrada. Tan solo permiten formular juicios necesarios en relación con los conceptos que en su momento se obtuvieron a partir de la interacción sensible con tales objetos. Es decir, como se verá proporcionan una información necesaria de tipo lógico, inválida para las pretensiones ontológicas.
Como ya se ha dicho, la síntesis analítica constituye un proceso de formación de
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conceptos complejos que prescinde del recurso a la función de registro o mnémica, sobre la que siempre descansa el juicio sintético. En su lugar, la razón es capaz de localizar a la huella mnémica cuyo producto conceptual quedó enervado, devolverla a la esfera consciente mediante un proceso noético y yuxtaponerlo frente al resto de predicados mediante un proceso dianoético (juicio analítico inmediato); o bien es capaz de tomar por separado a cada uno a los predicados esclarecidos, de modo que siendo nuevamente yuxtapuestos pueda advertirse la falta del elemento que permitiría explicar que la conjunción de los predicados conocidos pudieran dar como resultado al concepto-sujeto confuso (juicio analítico mediato).
No obstante, cabría interrogarse acerca de cómo es posible que la razón sea capaz de dar con las huellas mnémicas clave para reconstruir al concepto-predicado confuso; o que sea capaz de evocar a los conceptos-predicado esclarecidos que son clave para delinear la esencia del concepto-predicado extraviado. ¿por qué a la hora de tratar de completar semejantes ejercicios no se produce una recapitulación errática de los conceptos atesorados por la memoria?. La explicación del asunto parece residir nuevamente en la intervención de la categoría causal, que sería la encargada de canalizar las fuerzas analíticas hasta la huella mnémica o de evocar todos los predicados que componen al concepto-sujeto confuso.
Parece claro que la operación mental a la hora de localizar-evocar los elementos psíquicos que permiten la mediación de un juicio analítico consiste en plantearse la siguiente cuestión: ¿Qué oscuro concepto, en concurrencia junto a otros tantos esclarecidos, constituirían una causa eficaz para la formación del concepto-sujeto que se halla en estado de confusión?.
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desconcertante, dado que si bien los conceptos complejos formados a partir de un juicio sintético, deben su plenitud a una aísthesis cuyo contenido es canalizado por las formas de la sensibilidad y ordenado por las categorías dianoéticas tanto en relación de causalidad, como en relación de comparación (que es subalterna de la causal); por su parte, los que son formados a partir de un juicio analítico deben siempre de forma directa su yuxtaposición a la intervención de la forma dianoética causal. Esto se ve más claro al analizar un ejemplo de juicio analítico que tenga como objeto a un concepto-sujeto de género, es decir, a un concepto que fuera formado a partir de un juicio sintético comparativo y no directamente causal122.
Pongamos como ejemplo a un concepto de género, como lo es el de rana. La génesis natural del concepto rana responde a la interacción que un individuo dado tuvo con un objeto de la sensibilidad, sobre el cual su noesis formó un concepto simple al que ulteriormente, como resultado de haber experimentado con el mismo, pudo agregar diversos predicados. Tras lo cual, al topar con otros objetos de la sensibilidad dotados de una morfología similar, pero con los que sin embargo nunca había experimentado, la razón del individuo resolvió transferir todos lo que podía predicar del anterior objeto a los nuevos, formando así el concepto complejo de género “rana”. A la luz del proceso genético de este concepto, observamos como la categoría causal no interviene de forma directa en el mismo. Y sin embargo, si se diera la circunstancia de que el concepto-sujeto rana deviniera en confuso por el oscurecimiento de alguno de sus predicados, imagínese el croar, la única estrategia para restituirlo, al margen de volver a interactuar con esta clase de objetos externos, sería preguntarnos ¿qué clase de concepto sería una causa eficaz de la producción de este concepto de rana?. De modo que si el elemento predicativo extraviado fuera reintegrado al concepto-sujeto gracias a la práctica del juicio
122 Nada habría de desconcertante en que esto sucediera en el caso de un concepto-sujeto formado a partir
de un juicio sintético causal, dado que el hecho de que un juicio analítico se valiera de la categoría causal para reintegrar al concepto-sujeto confuso, no haría si no mostrar la regularidad de la actividad dianoética.
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analítico, no sentiríamos autorizados a decir que “el croar es causa de la rana”.
La formación del último enunciado no ha de ser tenido por una perversión del lenguaje. Pues no se trata más que de la manifestación del proceso formativo de las sensaciones internas a las que nos referimos como conceptos complejos. Este hecho ha de ser bien distinguido del proceso genérico por medio del cual se formarían los objetos de la sensibilidad espaciales, dado que es claro que en el plano fenoménico el croar no precede a la rana igual que, como decía Aristóteles, el dedo no precede al hombre123.
A la luz de estas consideraciones, podemos concluir la existencia de una forma dianoética causal, que opera bajo dos modalidades: en los juicios sintéticos yuxtapone las sensaciones interviniendo como un dogma ontológico y lógico (causalidad ontológica y lógica); mientras que en los analíticos su valor dogmático tan solo opera a nivel psíquico, es decir, versa sobre la manera en la que se producen los procesos formativos de los conceptos complejos (causalidad lógica).
2.1.2.4.- Solo podemos conocer lo inconstante: razón de las cosmologías dualistas
Para ir completando la epistemología nos resta profundizar en un punto de enorme gravedad, cuyos límites ya han sido someramente expuestos en el pie de página
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Aristóteles en su Metafísica, por un momento llega a apreciar la génesis de los conceptos, llegando a afirmar por un momento que: toda noción tiene partes (…) si las partes son anteriores al todo, siendo el
ángulo agudo una parte del ángulo recto, el dedo una parte del animal, el ángulo agudo será anterior al recto, y el dedo anterior al hombre. Sin embargo tras un ejercicio racional-deductivo que parte de la premisa
de la existencia de ciertas esencias, el ateniense acaba por rechazar que esto sea cierto, afirmando que hay ciertos conceptos-sujeto que por ser esenciales serían anteriores a sus conceptos-predicado componentes. Aristóteles, Metafísica, op.cit.,pp.197-200.
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inmediatamente anterior a este apartado. Se trata del hecho de que solo podemos conocer, es decir, formar conceptos (impresiones de sensación y de reflexión) en la medida en que experimentemos estímulos sensibles. En el presente apartado es preciso aclarar que tan solo podemos reparar en estos estímulos en la medida en que se nos presenten de manera inconstante, de manera que la percepción comporte un cierto carácter sorpresivo. Efectivamente a la hora de alumbrar conceptos simples (impresiones de sensación), es preciso que nuestra psique, mediante el uso de la facultad racional noética, repare en una sensación, para lo cual es indispensable que esta haya cesado de ser percibida en algún momento de la existencia del individuo en cuestión124. Un ejemplo que expone la cuestión es que solo podemos conocer el color negro (reparamos en su existencia de forma consciente y manejamos un concepto del mismo) en tanto que en algún momento hemos cesado de percibirlo, pasando en su lugar a percibir “lo no negro”. Es decir, podemos conocer lo negro porque hemos llegado a percibir algo que es de otro color.
Debido a que solo se conoce algo en la medida en que también se conoce la ausencia de ese algo, bien puede decirse que la formación del conocimiento humano sigue una estructura doble. Por ello no ha de sorprendernos que haya habido una multitud de filósofos que, partiendo de un realismo epistemológico, se hayan atrevido a dotar al propio universo de un carácter dual. El caso más claro fue el de la Escuela Pitagórica, que
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Esta eventualidad, concebida como el modo en el que opera la sensibilidad para cumplir su función productora del conocimiento, nos permite establecer un cierto paralelismo con la “imaginación” kantiana. Término que el filósofo prusiano emplea para designar a una cierta función sintética, esencialmente activa, que pertenece a la sensibilidad. En efecto, tal y como hizo él, no cabe si no reconocer que la sensibilidad también es proactiva, en tanto que de la pluralidad de sensaciones que constantemente apelan a nuestro sentido, tan solo unas pocas son seleccionadas o sintetizadas para ser canalizadas a través de este canal y ser ofrecidas a la razón noética formadora de conceptos simples. En este sentido se reconoce la realidad de la síntesis de aprehensión y de reproducción de la imaginación. Kant, Crítica de la Razón Pura, op.cit., pp.121, 122, 132 y 134.
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sostuvo la existencia de un abanico de 20 esencias ideales que se oponían de dos en dos, siendo el mundo fenoménico material el resultado de la mezcla de todas estas esencias. De conformidad con esta escuela los principios del mundo fenoménico serían: finito-infinito, par-impar, unidad-pluralidad, derecha-izquierda, macho-hembra, reposo-movimiento, rectilíneo-curvo, luz-tinieblas, bien-mal, cuadrado-cuadrilátero irregular. Otro caso célebre, por haber podido tratarse del inspirador de la Escuela Pitagórica, fue el de Alcmeón de Crotona, de cuya filosofía nos dejó testimonio Aristóteles en los siguientes términos: dice, en efecto, que la mayor parte de las cosas de este mundo son dobles, señalando al efecto las oposiciones entre las cosas (…) por ejemplo, lo blanco y lo negro, lo grande y lo pequeño125
2.1.2.5.- Sobre la génesis empírica de los conceptos de espacio, tiempo y causalidad
Decíamos en el apartado titulado “Formas del Entendimiento y Formas Dianoéticas” (3.1.3.) que el sistema racional está equipado con una suerte de conceptos, a los cuales podemos referirnos como “instintos” (en el lenguaje de Hume) o “formas” (en el lenguaje kantiano). Que la particularidad de esta especie de conceptos radica en que son innatos y en que no producirían ninguna suerte de manifestación sensible en el sentido interno.
Y que debido a estas particularidades de las formas, esta clase de conceptos pueden ser situados en la esfera del inconsciente (pistis) freudiano, dado que parece tratarse de entidades que si bien no se manifiestan directamente como sensaciones internas, su pertinaz y eficaz actividad puede ser inducida cuando se atiende a los enunciados que es capaz de formular el hombre. Dentro de estas, hemos alcanzamos a distinguir entre las formas de la sensibilidad, y las del entendimiento (categorías).
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En este punto, resulta conveniente distinguir estar en posesión de unas formas racionales, lo cual sucede de forma innata; de la posibilidad de contar con la posesión de los conceptos conscientes de espacio, tiempo y causalidad, lo cual como ya se ha dicho solo sucede con la experiencia.
¿Cómo entonces adquirimos estos tres conceptos?. Dado que estas tres formas constituyen un sistema de ordenación de la sensibilidad y no un estímulo126 que pueda ser conceptualizado por la función noética, para dar respuesta a la cuestión tan solo podemos recurrir a una narrativa que identifique a las sensaciones que proporcionen una materia eficaz al efecto (metodología racional analítica).
En cuanto al espacio, procede decir que gracias a que contamos con la forma homónima, desde el primer momento comenzamos a situar los fenómenos en algún lugar del espacio. No obstante, para que podamos adquirir de manera consciente la noción de espacio, es preciso que nuestra sensibilidad aprehenda una cierta falta de espacio, es decir, que perciba algún fenómeno que coarte la posibilidad de experimentar y de ubicar en el espacio a otros fenómenos. Un ejemplo sería penetrar en la habitación de una vivienda largo tiempo abandonada, y mantener una interacción sensible con la materia que nuestra forma espacial emplaza en su interior, pensemos en telarañas, olor a humedad, la brisa que entra por la ventana; para volver en otra ocasión y comprobar que la techumbre de esta habitación se ha derrumbado sobre el habitáculo que sustentaba nuestro concepto de habitación. Al interactuar con el fenómeno de los escombros que ahora llenan ese
126 Y aunque fuera posible suponer que tales conceptos tuvieran un fundamento fenoménico más allá de
nuestra psique, se antojaría bastante ímprobo que fuésemos capaces de percibir su materia, dado que su omnipresencia e infinitud nos conducirían a no cesar de percibirlo, de modo que nuestro entendimiento no podría sentirse estimulado y reparar en esta materia. Este último argumento alude a que para que una variable sensible pueda ser advertida es precisa que en algún momento también pueda notarse su ausencia.
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habitáculo, comprobamos que ya no se dan los fenómenos que anteriormente percibíamos en ese habitáculo, así yuxtaponiendo el concepto-predicado de fenómenos diversos en un habitáculo, al de un único fenómeno que ahora abarca todo un habitáculo de manera que coarta la mediación de cualquier otro, llegamos a la conclusión de que efectivamente existe una condición de posibilidad de los fenómenos, a la que nos referimos como espacio.
Respecto al tiempo, igualmente se parte de la existencia de una forma en base a la cual registramos la concurrencia de las percepciones sensibles en un orden de precedencia, de suerte que los diversos fenómenos que versen sobre un mismo concepto-sujeto, puedan ser entendidos sin caer en una contradicción. Este punto de partida ya nos remite al valor capital que alberga esta forma a la hora de percibir los fenómenos relativos a un mismo objeto. No en vano, todos comprobamos como los objetos que nos rodean sufren constantes mutaciones: los cambios fisiológicos que experimenta todo individuo a lo largo de su tracto vital, la intermitente iluminación y oscurecimiento del cielo terrestre, o la maduración o podredumbre de los frutos que nos ofrece la naturaleza. De este modo, apreciamos como mediante la yuxtaposición de un concepto-predicado que versa sobre un determinado objeto, frente a la de otro concepto-predicado que versa sobre un estado contradictorio del mismo objeto, obtenemos el concepto sintético de tiempo.
Finalmente, en lo que toca a la causalidad, se da por buena en parte la explicación dada por Hume, según la cual advertimos la mediación de una relación causal cuando entre dos objetos de la sensibilidad reputamos una relación de contigüidad espacio-temporal, dándose la precedencia de uno sobre el otro. Con la añadidura de que para que esta forma pueda adquirir un correlato consciente, es preciso que en ciertas ocasiones se frustren las relaciones pretendidamente basadas en estos principios, no mediando la universal necesidad. De lo contrario, conforme a lo explicado en el apartado anterior, la efectiva concurrencia positiva de estas circunstancias no sería apta para reclamar la
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atención del entendimiento y por ende para generar este concepto.
Establecida esta narrativa, cerramos este sub-apartado reflexionando que la formación de estos tres particulares conceptos, es imposible sin la intervención de estas tres formas homónimas en la percepción de ciertos fenómenos aptos a tales efectos. Así, se concluye que las formas de la sensibilidad y del entendimiento (en términos kantianos) son una base o requisito sine qua non para adquirir estos tres conceptos, pero su tenencia no implica en ningún caso contar con estos tres conceptos de forma consciente, sino que para ello siempre nos será preciso acudir a la experiencia. En última instancia, parece conveniente hacer ciertas aclaraciones en lo que respecta a la formación del concepto de causa, dado que si bien la intervención de las formas espacio-temporales es evidente a la hora de realizar la síntesis que nos proporciona los conceptos de espacio y de tiempo, pareciera que la intervención de la forma causal no está tan clara en la adquisición del concepto de causa. No en vano, aunque erróneamente, se atribuye a la egregia figura de Hume la negación del carácter innato de esta forma de la razón127.
En efecto, muchas veces se afirma que para Hume el concepto de causa se obtendría tras observar con reiteración la secuencia fenoménica causa-efecto (costumbre), tras lo cual sostiene que nuestra razón induciría mediante un juicio sintético el concepto de causalidad, siendo posterior la adquisición de la incomprensible costumbre de abordar todos los fenómenos mediante esta lógica. No obstante, de ser así Hume no habría sido capaz de caer en que el presupuesto necesario de todo juicio sintético o de todo ejercicio
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Razonamiento experimental, que poseemos en común con las bestias (…) no es sino una especie de
instinto o fuerza mecánica que actúa en nosotros sin que la conozcamos. Hume, Investigación Sobre el Conocimiento Humano, op.cit., pp.168. Es imposible que la inferencia del animal pueda fundarse en cualquier proceso de argumentación o razonamiento en virtud del cual concluya que acontecimientos semejantes han de seguirse de objetos semejantes y que el curso de la naturaleza será siempre uniforme en sus operaciones
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lógico-inductivo, es precisamente creer en la causalidad. De este modo, se le atribuye haber caído en el sinsentido al afirmar que la idea causal, presupuesto de necesario de toda inducción, es asimilada a partir de un ejercicio inductivo128. Decimos que esto es un sinsentido porque si esto fuera así, partiríamos de una situación de imposibilidad de realizar ningún ejercicio inductivo, y por ende no podríamos inducir el propio concepto de causalidad. Así, también en este caso reputamos que la forma causal precede a las circunstancias cognitivas que nos permiten obtener el concepto de causa.
Con estas últimas consideraciones cerramos el apartado epistemológico, habiendo asentado que todo conocimiento humano está basado en la sensibilidad. Y que todo razonamiento dianoético, ya sea inductivo (razón de ser del juicio sintético) o deductivo (razón de ser del juicio analítico), está basado en la creencia en un orden causal de los fenómenos.
2.2.- Ontología
Elaborada la epistemología, ya conocemos los contenidos y límites consustanciales a nuestra psique, de modo que nos hallamos en condiciones de tratar de construir una ontología que parta sobre unas bases enteramente ajenas a las incertidumbres que acompañan a la materia. Igualmente, sobre este conocimiento indubitable desarrollaremos la teoría moral que en última instancia anhelamos.
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Esta errónea interpretación puede traer causa en el siguiente pasaje de Kant, en la que el alemán hace