SUBPART I – PERFORMANCE CLASS C
SUBPART K – INSTRUMENTS AND EQUIPMENT
Aunque la atracción de los bebés hacia los adul- tos es innata, la construcción del vínculo de apego
está sujeta a etapas evolutivas y necesita de una in- teracción frecuente para su consolidación (Bowlby, 1969; Lafuente y Cantero, 2010; Marvin y Britner, 1999). En este espacio hablaremos de la forma- ción de los primeros vínculos de apego, así como RECUERDA
Son cuatro los principales estilos de apego: seguro, inseguro ambivalente, inseguro evitativo y desor- ganizado. Los estilos de apego han sido estudiados principalmente a través de la situación del extraño. La calidad de la interacción y del cuidado subyace al estilo de apego que desarrolle el menor, pero hay una serie de características del adulto, del bebé y de carácter social que también influyen en la seguridad del apego.
de su desarrollo a lo largo de la infancia, para con- cluir con la proyección de las relaciones de apego a otros momentos evolutivos y a otros contextos, abarcando su continuidad y discontinuidad.
3.1. Desarrollo de los primeros vínculos afectivos: Empezando a apegarse Desde los primeros contactos con el bebé se va creando un tipo de interacción o de vínculo emo- cional que asentará las bases del desarrollo del ape- go. Existen varias fases en el desarrollo del sistema de apego:
— Desde el nacimiento hasta los tres primeros meses de vida, los bebés muestran prefe- rencia por los estímulos sociales (como la voz o el rostro humano) y responden a esa estimulación (sonriendo, agarrando, miran- do) incrementando así la probabilidad de mantener el contacto. Sin embargo, esa pre- ferencia hacia los seres humanos tiene en esta primera etapa un carácter indiscrimi- nado, es decir, no hay un reconocimiento global del cuidador por parte del bebé, ni es capaz de diferenciar el comportamiento de una persona frente al de otra. En estos pri- meros meses, las situaciones que se esta- blecen entre los bebés y sus cuidadores, por ejemplo, en el momento de la comida, del cambio de pañales, del baño, del sueño o en las situaciones de juego, permiten que los patrones de interacción con las figuras prin- cipales de cuidado se vayan volviendo más estables.
— Entre los 3 y los 6 meses, los bebés empie- zan a tener un papel más activo en la inter- acción y a prestar más atención a los cui- dadores principales, hacia los que dirigen en mayor medida sus señales, demostrando preferencia hacia personas conocidas (son- ríen y muestran conductas más positivas hacia los rostros familiares), aunque sin ma- nifestar un claro rechazo hacia los desco- nocidos. Esta etapa, por tanto, se caracteri-
za por una mayor discriminación entre per- sonas, pasando de la preferencia general por los seres humanos que se daba en la prime- ra etapa, a una preferencia más específica hacia los cuidadores principales en esta se- gunda fase.
— Será un poco después, en el segundo se- mestre de vida, cuando el niño o la niña muestre una clara preferencia por sus cui- dadores principales, que se manifiesta en conductas de apego que tratan de mantener la proximidad con la figura de cuidado. Gracias a los logros locomotores en esta etapa (capítulo 4), el bebé se aproxima al cuidador, intenta seguirle cuando se va y le busca cuando se alarma, además de que la figura de apego representa su base segura desde la que explorar el mundo físico y so- cial. Gracias a los logros cognitivos, como la permanencia del objeto (capítulo 5), el menor se forma una imagen mental de la fi- gura de apego, aunque todavía con un ca- rácter bastante primitivo. En esta etapa, los bebés empiezan a mostrar un rechazo ex- plícito hacia los extraños, unido a una fuer- te dependencia física de la figura de ape- go. Concretamente, en torno a los 8 meses suele situarse el momento en el que la ma- yoría de los niños y niñas ya han estableci- do un fuerte vínculo de apego con su cui- dador principal, aunque ha sido necesaria una cierta cantidad de interacción e impli- cación por parte del cuidador para que se consolide el vínculo.
El primer año de vida es fundamental para el es- tablecimiento de los primeros vínculos, pero el de- sarrollo del apego sigue evolucionando a medida que el niño o la niña crece, como veremos a continuación.
3.2. Evolución del apego a lo largo de la infancia
Con el tiempo, el sistema de apego se va ha- ciendo más complejo y diversificado, y los mode-
los mentales van asumiendo su regulación emo- cional y conductual en mayor medida.
— A partir del primer año de vida, la madu- ración física, cognitiva y verbal permite al pequeño alcanzar una mayor autonomía e independencia física de la figura de ape- go. Esto se refleja en una mayor acepta- ción de separaciones breves y un menor contacto físico. Los modelos mentales se van volviendo progresivamente más sofis- ticados.
— A partir de los 2-3 años de edad, la for- ma en la que se manif iesta el vínculo de apego sigue cambiando. En esta etapa, ni- ños y niñas muestran una mayor com- prensión de los sentimientos y los objeti- vos de los demás y pueden llegar a consolarse simplemente pensando en sus figuras de apego, sin tener que estar físi- camente cerca de ellas, es decir, que la meta del apego se convierte en la dispo- nibilidad de la f igura de apego, más que en su proximidad física, que era lo que se buscaba en la etapa anterior. Este avance permite una mayor tolerancia a separacio- nes más largas y las conductas de apego se activan con menos facilidad. La creciente complejidad del desarrollo cognitivo y de la memoria (capítulo 5) va permitiendo un desarrollo cada vez más complejo de los modelos mentales de apego, que al f inal del primer año seguían siendo algo primi- tivos, y que ahora adquieren un carácter más global (que trasciende a la relación específica con la figura de apego). Estos modelos mentales permiten planear y con- trolar a nivel interno las estrategias con- ductuales e implican una mayor autorre- gulación emocional. Las conductas de apego reducen su frecuencia en esta etapa, sin embargo, se reactivan en momentos de estrés, como puede ocurrir cuando el niño o la niña tiene alguna enfermedad, ante la llegada de un nuevo hermano o hermana o cuando entra en la escuela.
— A partir de los 5-6 años, las conductas de búsqueda de proximidad física y manteni- miento de contacto físico son cada vez más infrecuentes, sustituyéndose principalmen- te por intercambios verbales, y cobrando aún más importancia la confianza en la dis- ponibilidad de la figura de apego.
A pesar de que éstas son las etapas generales por las que pasan niños y niñas en la construc- ción de sus vínculos de apego, el momento con- creto en el que suceden y la forma en la que se concreten dependerá de los aspectos particulares de cada uno, así como del contexto en el que se desarrolle la relación.
A medida que niños y niñas van creciendo, se van diversificando las relaciones de apego, inclu- yéndose otros cuidadores (como los abuelos y abue- las o los hermanos y hermanas). No obstante, se es- tablece una jerarquía que encabezan los vínculos más importantes (generalmente con una figura central por la que se muestra preferencia y que ejercerá una mayor influencia), ya que las figuras de apego no son equivalentes y las relaciones establecidas con cada una pueden ser diferentes. La estructura de la jerar- quía se ve moderada principalmente por el tiempo que se pase con cada cuidador, y por la implicación, la sensibilidad y calidad de su cuidado. La conti- nuidad del estilo de apego de unos cuidadores a otros será tratada en el siguiente apartado, en el que tam- bién se abordará la continuidad del apego en otros momentos evolutivos.
3.3. Continuidad y discontinuidad de los vínculos afectivos
En este apartado vamos a hablar de la continui- dad del apego desde varias perspectivas: la con- tinuidad del apego a lo largo del tiempo y la continui- dad de los primeros vínculos de apego a otras re- laciones de vinculación. También vamos a refle- xionar sobre qué ocurre a nivel emocional cuando el contexto de crianza cambia radicalmente.
Una vez organizados, los modelos internos de apego tienden a estabilizarse, de forma que cuan-
do las circunstancias de crianza se mantienen es- tables, el estilo de apego hacia la figura de cuida- do principal (aquella que ofrece un cuidado más profundo e intenso) suele mostrar cierta continui- dad a lo largo del tiempo. Más allá de este víncu- lo, la investigación ha demostrado que los bebés son capaces de apegarse a varias personas al mis- mo tiempo, como adelantábamos en el apartado an- terior, y parece que existe cierta correspondencia entre el estilo de apego que se establece con dis- tintas figuras de cuidado (por ejemplo, Fox, Kimmerly y Schaffer, 1991). De hecho, cuando ni- ños y niñas han tenido una base segura de apego, se enfrentarán a otras relaciones con una predisposi- ción hacia la confianza.
Paralelamente, los primeros vínculos de apego van a tener una gran influencia en otras relaciones de vinculación que se vayan estableciendo a lo lar- go de la vida. Respecto a las relaciones con los iguales, de las que se hablará con detalle en el ca- pítulo 9, la seguridad en el apego con los cuidado- res se ha encontrado relacionada con amistades más estrechas y más estables, mientras que niños y ni- ñas con apegos más inseguros se pueden mostrar más inhibidos en la etapa infantil y más hostiles al inicio de primaria (por ejemplo, Sroufe, Carlson y Schulman, 1993). El estilo de apego generado con los cuidadores principales también ha mostrado su influencia en la elección o el apoyo a la pareja en la adultez, asociándose la seguridad del apego a re- laciones más satisfactorias (Lafuente y Cantero, 2010). Igualmente, numerosos estudios han com- probado la existencia de una relación significativa entre el estilo de apego de madres y padres (cons- truido a partir de la relación con sus propias figu- ras de apego) y los apegos desarrollados por sus hi- jos e hijas (Van Ijzendoorn, 1995). A este fenómeno se le conoce como la transmisión intergeneracional del apego, y hace referencia a la influencia del ape- go adulto sobre el apego infantil.
Más allá de la estabilidad a la que tienden los modelos internos de apego, no se trata de estruc- turas estáticas, sino de construcciones activas que pueden ser reestructuradas para seguir resultando eficaces cuando el ambiente cambie. Imaginemos un niño que se ha criado en un contexto marcado
por la adversidad temprana, que ha tenido un padre y una madre que no han atendido a sus necesidades, que le han maltratado y que finalmente le han aban- donado. Imaginemos ahora que poco después del abandono, ese niño es adoptado por una familia que le espera llena de ilusión, y que le ofrece un hogar cargado de afecto, sensibilidad y estimulación. Ese niño, que durante sus primeros años aprendió a no llorar para que no le pegaran, que aprendió que era más útil desconfiar de los adultos y que creció per- cibiéndose como indigno de cariño, de repente se encuentra en el seno de una familia que le ofrece todo el afecto que nunca tuvo. En ese nuevo con- texto, las expectativas y la forma de actuación que tenía ya no le sirven, por lo que tendrá que reor- ganizar sus modelos internos para que se adapten a esa situación. Afortunadamente, los modelos in- ternos pueden modificarse, aunque durante un tiempo las representaciones mentales que sirvieron en el pasado tienden a mostrar cierta resistencia al cambio (que puede reflejarse, por ejemplo, en retos y conductas desafiantes hacia los nuevos padres y nuevas madres), por lo que la reorganización del sistema de apego no será ni fácil, ni rápida (Hodges, Steele, Hillman, Henderson y Kaniuk, 2005; Román, 2010).
De acuerdo con lo expuesto en este apartado, si no se produce discontinuidad en el contexto de crian- za, el apego tiende a mantener cierta estabilidad a lo largo del tiempo (continuidad en el tiempo) y a lo largo de las relaciones (continuidad hacia otras re- laciones), que se refleja en una influencia de los prin- cipales vínculos de apego sobre otros secundarios, o de las primeras relaciones de apego sobre otras relaciones posteriores, como los iguales, la pareja o los propios hijos e hijas. Sin embargo, cuando apa- recen nuevas figuras de cuidado, éstas también pue- den enriquecer y reorganizar los modelos internos de apego, convirtiéndose en alternativas que pueden compensar relaciones deficitarias mantenidas con las primeras figuras de apego, como ocurre en el caso de la adopción. Aunque con un papel secundario, la figura del profesorado también contribuye a la com- pleja red de relaciones que construyen niños y niñas, cuestión de la que nos ocuparemos en el siguiente apartado.
4. LA OPTIMIZACIÓN DEL DESARROLLO