6.7 An Open Implementation
6.7.3 The Interceptor Interface
a causa de la gloria de su rostro, aunque esta gloria fue puesta a un lado.
a. «Ahora, si el ministerio que terminó en muerte, labrado con letras sobre piedras, apareció en gloria». En el original griego, la cláusula comienza con la palabra «ahora», como elemento de transición, y marca un nuevo párrafo, que se inicia con una cláusula
condicional. Esta cláusula expresa la realidad que se deriva de un pasaje de las Escrituras del Antiguo Testamento. Éxodo 34:29–35 relata el histórico caso de Moisés, que descendió del Monte Sinaí con el segundo juego de tablas en las que Dios había escrito los Diez
Mandamientos. Nótese que este pasaje sigue al de Éxodo 32, que describe la adoración del becerro de oro, la destrucción de las primeras tablas con el Decálogo, la ira de Dios contra Israel y la muerte de tres mil personas.
[p 128] Cuando Moisés se encontró con los israelitas por segunda vez, llevaba las dos tablas de piedra en las que Dios había grabado su ley. La presentación de este segundo juego de tablas a Moisés, marca la buena disposición de Dios para renovar el pacto con Israel. Con su adoración del becerro de oro, el pueblo quebrantó la ley que Dios les había dado y abrogó el pacto. Cuando Pablo reflexionó sobre los efectos que el pacto había tenido sobre un pueblo desobediente, vio el espectro de la muerte (Éx. 32:10; Dt. 9:14). Por su incredulidad y
desobediencia, a lo largo de cuarenta años en el desierto, los israelitas fueron condenados a perecer (Nm. 14:21–23). Pablo llama a esto «el ministerio de condenación» (v. 9).
El pueblo de Israel estuvo conforme con las obligaciones del antiguo pacto (Éx. 24:3, 7); pero sólo en el aspecto externo de la ley, una ley que estaba grabada en tablas de piedra. La segunda vez que Moisés bajó con las tablas del Decálogo, su rostro irradiaba la gloria divina y demostraba que había estado en la presencia de Dios (Éx. 34:29). La redacción del texto no
27 Martin H. Scharlemann, «Of Surpassing Splendor: An Exegetical Study of II Corinthians 3:4–18»,
coincide con el relato del Antiguo Testamento. En aquel pasaje, leemos que el rostro de Moi- sés irradiaba gloria; pero aquí, el «ministerio de muerte» es la parte activa en su «aparición en gloria». La diferencia, sin embargo, no es grande si nos fijamos en que Pablo vuelve a la pro- clamación inicial del Decálogo del Monte Sinaí. Al ser la fuente de gloria, Dios se apareció al pueblo de Israel rodeado por fenómenos naturales como truenos, relámpagos y humo (Éx. 20:18). El escritor del Sirácida [Eclesiástico], menciona la donación de la ley a Israel, y dice:
Los ojos de ellos vieron la grandeza de su gloria, la gloria de su voz oyeron sus oídos. [Si. 17:13, BJ]
La ley divina emite gloria porque es santa, justa, buena y espiritual (Ro. 7:12, 14). De modo semejante, el rostro de Moisés, después de haber estado en la presencia de Dios, reflejaba la gloria divina. Por supuesto que Pablo apunta a los aspectos gloriosos que se derivan del mismo Dios. Esto no significa que todo esté claro; de ninguna manera. Una de las palabras clave que aparece en la próxima parte de este versículo y en los versículos
siguientes, tanto en forma verbal como en sustantivo, es la palabra «gloria».
b. «De tal manera que los israelitas no podían mirar el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, si bien esta gloria había sido puesta a un lado». El texto de Éxodo no dice nada en cuanto a que el pueblo no podía ver la faz de Moisés, ni que la gloria había sido puesta a un lado. Lo que nosotros leemos es que, a causa de que el rostro de Moisés estaba radiante, los israelitas tuvieron miedo de acercarse a él. Moisés se dirigió a ellos cubriendo su cara con un velo sólo mientras les hablaba. El pasaje del Antiguo Testamento guarda silencio sobre una gloria que fue inoperante (véase Éx. 34:29–35).
Si Pablo da detalles que no aparecen en el libro del Éxodo (34:29–35), ¿lo hacía fiándose de una midrash (exposición) rabínica de este pasaje? Un estudio de los antecedentes del caso, realizado sobre material literario, demuestra [p 129] que, en los días de Pablo, circulaban muchas tradiciones referentes a este pasaje. Estas tradiciones arrojan cierta luz sobre las diferencias existentes entre 2 Corintios 3:7–18 y Éxodo 34. En efecto, Linda L. Belleville sugiere que «Pablo entreteje fragmentos de la última narrativa [Éxodo 34], con un número de tradiciones extrabíblicas y de su propia aportación, antes que hacer modificaciones a un texto midráshico ya existente».28 Así que lo que Pablo hace es reflejar las tradiciones literarias
de su tiempo.
Los israelitas eran incapaces de mantener su mirada en Moisés debido a la gloria que emanaba de su cara. (El verbo griego atenizein [mirar fijamente] expresa el sentido de una sola acción.) La razón de esta incapacidad de la gente de mantener la mirada puesta en la faz de Moisés, radica en el pecado de idolatría que estaban cometiendo al adorar el becerro de oro. No sólo entonces, sino que a lo largo de toda la historia de Israel los corazones del pueblo se endurecieron (v. 14). Muchas veces Dios llama a los israelitas «pueblo de dura cerviz» (Éx. 32:9; 33:3–5; 34:9).29
Pablo escribe que la gloria fue puesta a un lado. Este conciso comentario no significa que el resplandor de la cara de Moisés se desvaneciera poco a poco, pues el texto de Éxodo 34:29– 35 lo contradice. Antes bien, la gloria del antiguo pacto está siendo puesta a un lado porque ni el Decálogo, que fue cincelado en piedra, ni el rostro de Moisés, podían conseguir la perfec-
28 Belleville, Reflections of Glory, p. 79. Véase también William H. Smith, Jr. «The Function of II Corinthians
3:7–4:6 in Its Epistolary Context», Ph.D. diss., Southern Baptist Theological Seminary, 1938, pp. 44–80; SB 3:502–516.
ción.30 La palabra gloria (véase vv. 11, 13) debe entenderse en el contexto del antiguo pacto,
que ya había traído la muerte sobre los israelitas. La dureza del corazón de ellos causó que la gloria del antiguo pacto se desvaneciera. En su debido tiempo, este anticuado pacto llegó a desaparecer, cuando un mejor pacto trajo una gloria duradera.31
8. ¿Cuánto más glorioso será el ministerio del Espíritu?
Pablo frecuentemente usa el recurso literario de comparar lo menor con lo mayor.32 Tene-
mos ahora el primer contraste de una serie de tres (vv. 8, 9, 11). La desemejanza está entre el antiguo pacto y el nuevo, entre el ministerio de la muerte y el del Espíritu. A primera vista, la segunda parte de la comparación parece fuera de lugar, ya que el contraste con muerte debi- era haber sido vida (v. 7). Pero en el versículo 6, Pablo ha dicho que el Espíritu da vida; en- tonces, lo que ha hecho ahora, es aplicar una referencia abreviada. Asimismo, el texto es un paralelo con el de 2:16, en el que Pablo dice que el evangelio es olor de muerte para unos, y olor de vida para otros.
[p 130] En los versículos 7 y 8, Pablo plantea una pregunta retórica, que recibe una respuesta afirmativa. Sí, el ministerio del Espíritu es incomparablemente más grande, en grado de gloria, que la que rodeaba al ministerio del antiguo pacto. Pablo se expresa en tiempo futuro, «será»; pero no dice que esta gloria mayor comenzará al final del tiempo cósmico. Ciertamente que no. Este tiempo futuro comienza con el ministerio de Jesús y continúa después del derramamiento del Espíritu Santo, en Pentecostés, hasta la
consumación de los tiempos. ¿Qué quiere decir Pablo con la frase «el ministerio del Espíritu»? Estamos convencidos de que no está pasando por alto la presencia del Espíritu en la era del Antiguo Testamento. Por ejemplo, Dios tomó del Espíritu que permanecía sobre Moisés y lo puso sobre setenta
ancianos, que comenzaron a profetizar, así mismo hicieron Eldad y Medad. Cuando Moisés lo supo, quiso que el Señor hubiera puesto su Espíritu en todo el pueblo, de manera que todos pudieran profetizar (Nm. 11:25–29). Lo que Pablo tiene en mente es la presencia permanente del Espíritu, que comenzó el día de Pentecostés y que durará para siempre. Pablo enseña que el ministerio del Espíritu tiene que ver con el evangelio y su poder transformador de las vidas del pueblo de Dios. Somos transformados a semejanza de Cristo, de gloria en gloria (v. 18).
9. Porque, entonces, si la gloria fue otorgada al ministerio de condenación, ¿cuánto