4.3 Chapter Summary
5.1.2 Tool Space: Design Rationale
En primer lugar, para que exista la participación es necesario un “otro”, o sea no existe participación individual, la participación por definición es social, por lo que no hay formas “des-organizadas”, ya que toda participación se da en un contexto social con organización, por lo que se torna necesario el involucramiento de los actores que conforman la comunidad.
En su obra, “Comunidades de práctica, Aprendizaje, significado e identidad” (2001), Etienne Wenger analiza la participación en el contexto de las organizaciones sociales, sean éstas académicas, laborales, políticas, religiosas o familiares.
Wenger entiende por participar como compartir, constituyendo un proceso de tomar parte, y a su vez, a las relaciones con las otras personas que reflejan este proceso. Así, el autor entiende a la participación como un proceso que explica a través del aprendizaje. El aprendizaje constituye un proceso social, propio de la naturaleza humana, que atraviesa indefectiblemente a todos. Es nuestra propia experiencia de participación en el mundo. Es un proceso natural tan inevitable como comer o dormir, y sustentador de la vida como éstos. Este proceso no es una actividad separada de la vida misma. No es algo que se hace cuando no se hace otra cosa, o que se deja de hacer para realizar otra tarea. (Sagastizabal, Perlo, de la Riestra, 2007)
“El aprendizaje es un fenómeno fundamentalmente social que refleja nuestra propia naturaleza profundamente social como seres humanos” (Wenger, 2001:41)
Wenger postula que aprender es una forma de participar en el mundo. Analiza la participación en el contexto social y sostiene que en las organizaciones las personas se reúnen en grupos, constituyendo “comunidades de práctica”.
“Las comunidades de práctica se pueden concebir como historias compartidas de aprendizaje” (Wenger, 2001:115). Las personas participan de manera activa en las prácticas de estas comunidades sociales y construyen identidades en relación con dichas comunidades.
“Para que una serie cualquiera de individuos forme un todo, es preciso que cada uno de tales individuos se remita al mismo principio de organización, a una ley común que trascienda la existencia de cada uno de ellos. Dentro del montaje antropológico de la imago Dei, cada individuo se remite entonces a un individuo supremo que es el garante de su identidad. Cada ser sexuado se remite a un mismo género –el genero humano- que incluye ambos sexos y sobre el cual se edificó la idea de un Derecho de gentes, común a toda la humanidad” (Supiot, 2007:74)
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Esta participación determina lo que somos, estableciendo una relación de mutualidad, es un proceso de reconocimiento mutuo, de las propias identidades, se reconoce en los otros algo propio a lo cual se dirige.
Esta participación también es un canal de poder, entendiéndolo como influencia, autoridad personal, amistad o quizá discriminación, ambición. Ambas concepciones manifiestan al “poder” como una noción rica y compleja, ya que supone la capacidad de conseguir hacer algo como la capacidad de vivir significativamente.
Desde este marco conceptual, el conocimiento es creado, compartido, organizado, actualizado y transmitido dentro y entre estas comunidades. El aprendizaje consiste en participar y contribuir a las prácticas de las comunidades. Lo que se aprende no es algo estático, sino el proceso mismo de participar en una práctica continua y de comprometerse en su desarrollo. El aprendizaje constituye el motor de la práctica y la misma es el sustento de ese aprendizaje.
Por lo tanto, la participación es la experiencia social de vivir en el mundo desde el punto de vista de la afiliación a las comunidades y del involucramiento activo.
Así Wenger considera que una “comunidad de práctica” es un sistema de formas de participación interrelacionadas, por lo que existe una corresponsabilidad tanto referidas al éxito o fracaso del proceso participativo vinculado a las posibilidades y limitaciones de los actores implicados en la acción colectiva. La participación es el vínculo que forma parte de la compleja trama social por medio de la interacción, conformando comunidades.
Las comunidades de práctica o de aprendizaje presentan límites, no funcionan de modo aislado, es decir desarrollan modos de conexión con el contexto organizacional y social. La misma práctica es el principal límite, quienes actúan dentro de la comunidad desarrollan relaciones estrechas basadas en una forma de participación mutua, de la tarea, que alguien ajeno no puede incorporar fácilmente. El límite es tanto para los de afuera como para los de dentro, se refieren a líneas de distinción entre lo interior y lo exterior.
3.4.1. Comunidades para el aprendizaje colaborativo
Los dispositivos hipermediales dinámicos permiten potenciar desde el principio de acción responsable la red participativa.
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La cuestión se genera a partir de la pregunta ¿cómo potenciar la generación de un ambiente de comunicación y de aprendizaje colaborativo, basado en relaciones de reciprocidad que posibiliten producir conocimiento?
De este modo, el planteo de la interacción, necesaria para construir aprendizaje significativo, constituye una cuestión central. Por lo tanto, ¿como evitar que el aprendizaje no se quede en un proceso de transmisión de información?
Para esto se debe desarrollar una actitud comunicacional, que no sólo este atenta a las interacciones, sino que las promueva de modo creativo, a través de estrategias basadas en una apreciación crítica y una participación dialógica.
Evidentemente, desde el mismo dispositivo se puede posibilitar o limitar la interactividad, así como también es válido considerar que no todos los usuarios pretenden participar en igual medida.
Ante estos planteos, se presentan varias cuestiones referidas a la participación como un aspecto esencial para construir comunidades de práctica (Wenger) orientadas al aprendizaje, en base de los actuales CLE.